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Cuerpos con historia: Una perspectiva constructivista de la psicomotricidad relacional
Cuerpos con historia: Una perspectiva constructivista de la psicomotricidad relacional
Cuerpos con historia: Una perspectiva constructivista de la psicomotricidad relacional
Libro electrónico519 páginas6 horasPsicomotricidad, cuerpo y movimiento

Cuerpos con historia: Una perspectiva constructivista de la psicomotricidad relacional

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A lo largo de nuestra vida acumulamos experiencias singulares que interpretamos y de las que extraemos significados que sustentan nuestro universo personal, nuestros valores, nuestros proyectos y anhelos. Esas historias personales orientan nuestras decisiones más trascendentales y dan sentido a nuestras vidas sin que, en la mayoría de las ocasiones, seamos conscientes de ello. Tan potentes son esas historias que dejan huellas en nuestro cuerpo. No solo establecen nuevas conexiones neuronales, sino que también alteran el funcionamiento de nuestro sistema respiratorio, cardiovascular, endocrino e inmunitario, así como aquellos patrones conductuales preestablecidos genéticamente...
La psicomotricidad constructivista es una forma de apoyar el desarrollo transformando la sala de psicomotricidad en un laboratorio experiencial. Un laboratorio adaptable a cada persona donde ésta pueda potenciar sus recursos cognitivos y emocionales para lograr una interacción con su entorno más adaptativa, para que pueda construir o reconstruir su identidad y sus significados personales y lograr un mayor bienestar psicológico. Diseñar y gestionar ese contexto es la responsabilidad del psicomotricista. Un profesional cualificado que debe tener siempre presente que las claves para favorecer el desarrollo no están en los materiales o en las actividades concretas, sino en las relaciones que se establecen en la sala. Los significados que se construyen y evolucionan durante la interacción en las sesiones serán los que ayudarán a escribir o reescribir las huellas de esas historias modulando el desarrollo psicológico de cada participante y el enriquecimiento y ajuste de sus estructuras cognitivas y emocionales.
IdiomaEspañol
EditorialMiño y Dávila
Fecha de lanzamiento11 abr 2025
ISBN9788419830760
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    Cuerpos con historia - Alfonso Lázaro Lázaro

    Primera Parte

    La persona según el Constructivismo

    — 1 —

    Cada persona es única.

    La mirada constructivista

    1.1. Conceptos básicos

    Un conocido kōan del budismo zen plantea la siguiente pregunta Cuándo un árbol cae en el bosque, si no hay nadie para escucharlo, ¿hace ruido? Nuestro modelo de comprensión de la realidad nos mueve a pensar que sí. El ruido lo produce el árbol al impactar sobre el suelo, siendo en su esencia un hecho físico independiente de los observadores que estén presentes. En cualquier caso, el ruido será el mismo y, si hubiera distintos testigos, todos ellos defenderían su carácter de hecho objetivo y que, si ninguno de ellos hubiera estado presente, el ruido se hubiese producido exactamente igual.

    La realidad científica es que todos ellos estarían equivocados. El impacto del árbol al caer produce una vibración en el suelo y en el aire, no un sonido. El sonido es una percepción que se construye en el cerebro del observador a partir de que esa vibración alcance a un tímpano y el oído la traduzca a una señal eléctrica que le hace llegar.

    Una nueva pregunta: Las manzanas pueden ser verdes, amarillas o rojas. ¿Verdadero o falso?

    Falso. Las manzanas no son ni verdes, ni amarillas, ni rojas. Las percibimos de un color u otro porque cuando están iluminadas su superficie rechaza distintas longitudes de onda de la luz que la ilumina de entre las que pueden ser discriminadas por el ojo humano. A los ojos de otras especies animales, los colores son distintos y en la penumbra todas las manzanas nos resultan grises.

    Para el constructivismo, nuestro mundo, la realidad que conocemos, no está fuera de nosotros mismos. Nosotros somos sus arquitectos y nuestra realidad es construida a partir de la información que somos capaces de extraer y procesar de nuestro entorno. Si asumimos este principio, ahora cabría preguntarse: ¿cuál es el sujeto constructor y cómo se lleva a cabo ese proceso de construcción de la realidad?

    Dejando al margen los dogmas religiosos, hoy en día, a pesar de los avances científicos, se mantiene muy viva una concepción dualista del ser humano a nivel de cultura popular. Una concepción que separa el cuerpo y la mente, tal y como fue descrito por el filósofo René Descartes. Para Descartes estos dos diferenciados elementos (res cogitans y res extensa) eran considerados como objetos con esencia y cualidades inmutables que existían por sí mismos sin necesidad del otro. Muchas miradas sobre el ser humano y algunas teorías psicológicas están basadas explícita o implícitamente en una dinámica de estructuras mentales estables que actúan conforme a principios específicos y universales. Esa literatura mentalista está avocada en nuestros días a rendir espacio poco a poco al conocimiento científico.

    Hoy en día, desde la biología contemporánea, la mente es considerada como un proceso del cerebro que media en la interacción corporal con el entorno, optimizando la capacidad adaptativa de los seres vivos. La clave para que esta mediación mantenga su eficacia en esta función se encuentra en la plasticidad de los circuitos neuronales capaces de modificarse a partir de experiencias y aprendizajes. No obstante, no debemos caer en el espejismo de sustituir mente por cerebro e identificar a la persona con su cerebro. El cerebro permite ajustes muy finos y precisos en la interacción con el entorno, pero por sí mismo no es sinónimo de ser vivo. No debiéramos caer de nuevo en el dualismo cartesiano considerándonos un cerebro pensante que instrumentaliza al resto del cuerpo para cumplir sus deseos.

    Una planta enredadera o un girasol no precisa sistema nervioso para moverse inteligentemente. Por no hablar de virus y bacterias que con una estructura muy simple son capaces de mutar inteligentemente y hacerse resistentes a nuestros antibióticos. Todo ello sin necesitar un cerebro y, mucho menos, una mente.

    La comprensión de cualquier ser vivo, ya sea una planta o un ser humano, pasa por considerar su totalidad como cuerpo, es decir, como sistema orgánico global. El cuerpo de un ser vivo en su integridad es el que se adapta y actúa inteligentemente para sobrevivir en su entorno. El modelo explicativo general de los seres vivos tiene que concernir al cuerpo considerado globalmente como un macrosistema capaz de adaptarse y transformase permanentemente para ello. El sistema nervioso es un gran recurso para este propósito, fruto de una larga evolución de las especies vivas, pero sólo es parte de un cuerpo que interactúa con su entorno como una totalidad. En algunos aspectos conscientemente, en otros automáticamente, pero siempre autotransformándose a partir de la experiencia para mejorar sus competencias.

    La biología nos muestra las posibilidades y limitaciones de recogida de información de los órganos sensoriales de los seres humanos, así como las diferencias con otras especies. Ni con mucho poseemos la mejor vista, oído u olfato, pero son suficientes para que nuestro cerebro, sin duda el más desarrollado entre los seres vivos, construya el modelo de realidad que experimentamos cada uno de nosotros. Es más, lo relativo y limitado de la información recogida de nuestros órganos sensoriales, también es aplicable a nuestras ideas, creencias y valores sobre cualquier hecho concreto o constructo abstracto. Cuando uno viaja y trata de comprender honestamente la perspectiva de personas de otras latitudes con una realidad social y un bagaje cultural muy alejado del propio, entiende esto perfectamente. Así, frente a los que defienden sus particulares verdades absolutas, universales e incuestionables y los que se limitan a considerar exclusivamente los datos físicos y medibles, el constructivismo defiende la subjetividad como realidad legítima y válida de cada individuo preconizando su respeto y protección.

    Protágoras dejó para la historia la primera expresión registrada de este principio constructivista cuando afirmó que el ser humano es la medida de todas las cosas. Este principio apunta a que se pueden encontrar perspectivas dispares de cualquier evento… y todas serán reales desde el punto de vista de quienes las construyen. Con ello quería afirmar que nuestro conocimiento de la realidad es una interpretación que nos tiene a nosotros como epicentro y como fronteras. Siglos después, Kuhn (1962) se atrevería a aplicar la misma tesis respecto al conocimiento científico, resaltando que su validez siempre ha caducado tarde o temprano, cuando aparece una nueva teoría que lo rebate o matiza recibiendo la aceptación de la comunidad científica del momento.

    En este apartado introductorio vamos a recoger de forma resumida algunas de las contribuciones a la larga tarea de establecer la metateoría constructivista como marco general del conjunto de saberes científicos.

    Así, desde la filosofía, se pueden señalar algunos antecedentes tales como los siguientes:

    •Kant en su crítica a la razón pura dice que no podemos acceder a la esencia de las cosas sino a su expresión tal y como la percibimos. Mantenía que nuestra mente construye el conocimiento a partir de los datos de la experiencia y gracias al orden que el propio sujeto impone sistemáticamente a dichos datos para organizarlos y comprenderlos. Para él, la realidad se encuentra dentro de la persona que la observa ya que el individuo la percibe y categoriza conforme a su capacidad de comprenderla. Así, distintas personas tienen inevitablemente distintas experiencias de ella. En otros términos, sostiene que nuestro conocimiento de los objetos no desentraña la esencia del ser, sino cómo lo hemos experimentado.

    •Ortega y Gasset, a su vez, afirmaba que toda realidad es simplemente una perspectiva, nunca una verdad absoluta.

    •La fenomenología de Husserl marcaría el acento sobre el carácter subjetivo de la conciencia de uno mismo, estableciendo que todo conocimiento tiene una base experiencial.

    •Por último, Sartre concluye que la realidad que percibimos tiene alternativas infinitas, una por cada observador posible.

    En el ámbito de la física se debe mencionar a Schröringer, (2016) y su conocida paradoja del gato, vivo y muerto al mismo tiempo en universos paralelos. Con ella, pretende ejemplificar el papel del observador de la realidad en la física de la mecánica cuántica que centra la investigación actual más avanzada en este campo. Desde su perspectiva, el observador aporta a lo observado tanto como el objeto de observación en sí. También el principio de indeterminación de Heisenberg (1974) o la teoría de la relatividad general de Einstein (1998) cuestionan las realidades estables de la física newtoniana tradicional.

    Por su parte, Varela y Maturana (1973) desde la biología nos aportan otro principio fundamental del constructivismo. Explican al ser vivo como un sistema que se genera a sí mismo como entidad autónoma, lo cual lleva a cabo mediante un proceso de delimitación y diferenciación de su entorno. La estabilidad de dicho sistema se verá perturbada por los eventos que producen cambios en el entorno y tendrá como consecuencia que su estructura se transforme para readaptarse. Ese sería el origen del movimiento que caracteriza a los sistemas biológicos y de su evolución empleando una gran diversidad de estrategias.

    Para Varela y Maturana, las posibilidades de los seres vivos para mejorar su adaptabilidad al entorno y mantener su homeostasis interna está en función de su capacidad para detectar los cambios en dicho entorno a través de sus sentidos y una permanente autotransformación.

    Desde la sociología, algunos teóricos del constructivismo plantean principios radicales:

    •El sociólogo Max Weber (2010) afirma que vivimos atrapados en tramas de significación generadas por nuestro marco cultural de las que es difícil hacerse consciente y escapar. Es decir, vemos las cosas, en particular los hechos sociales, como nos enseñaron a verlos.

    •Berger y Luckmann (1998), en el mismo sentido, remarcan el papel del entorno social como mediador en el aprendizaje y el desarrollo, haciendo referencia a las redes simbólicas de intersubjetividad que determinan socialmente la construcción del conocimiento mediante las expectativas que nos transmite nuestro entorno. Por ello, piensan que nuestros constructos solo tienen sentido verdaderamente dentro del propio nicho sociocultural.

    En el campo de la psicología se pueden destacar las siguientes aportaciones:

    •Kelly (1955) y su teoría de los constructos personales concebía al ser humano como un constructor de significados. Afirma que la realidad se nos hace comprensible a través de nuestros constructos personales, los cuales generamos al identificar cualidades que diferencian a distintos objetos, personas o hechos, constituyendo un modelo interpretativo idiosincrático de la realidad y de uno mismo.

    Considera que las personas buscamos construir de forma activa una red de constructos operativa con el objetivo de anticipar las situaciones. De hecho, nada nos genera más ansiedad que un futuro incierto o no comprender por qué suceden eventos que son relevantes en nuestra vida.Estos constructos poseen un polo emergente y otro antagónico (por ejemplo: bueno/malo; justo/injusto; confiado/suspicaz; tolerante/autoritario) y nos permiten dar sentido a nuestras experiencias.

    Las experiencias los harán surgir y posteriormente los validarán o refutarán conforme su capacidad para predecir los acontecimientos. Su función es precisamente interpretar dichas experiencias y anticipar lo que va a ocurrir a partir de esa interpretación, determinando el comportamiento adaptativo del sujeto.

    En cada persona los constructos son distintos y, aun siendo semejantes, su importancia puede variar si se encuentran en una posición más central o más periférica dentro de la estructura global de los constructos del individuo. Por ejemplo, para una persona, la bondad puede ser lo más importante, mientras que, para otra, puede ser algo considerado, pero de carácter secundario. Esta centralidad de un constructo en la forma de entender la realidad de un individuo es dinámica y varía a lo largo de la vida conforme las experiencias significativas demandan un reajuste de la estructura. Así, probablemente nuestras prioridades serán distintas en la juventud y en la vejez.

    Es más, una misma persona puede actuar incoherentemente y orientar su comportamiento conforme a un constructo en un contexto y conforme a otro distinto en otras circunstancias. Por ejemplo, es algo común y razonable que los jóvenes actúen de diferente forma con sus amigos que con sus padres. Del mismo modo, podemos encontrarnos con policías que defienden la ley, pero que en algunos momentos actúan saltándosela, médicos que tienen conductas poco saludables o personas piadosas, pero muy desconsideradas con algunos colectivos que son objeto de sus prejuicios, etc.

    Nuestra personalidad se soporta sobre la estructura jerarquizada de nuestros constructos. Por otra parte, el nivel en que nuestro comportamiento es coherente con ellos nos identifica ante los demás y ante nosotros mismos. No siempre es sencillo mantener un comportamiento coherente. Cada decisión y cada acto se ve afectado por numerosas variables en cualquier contexto social. Por ejemplo, algunas personas actúan en contra de sus valores personales para abrirse paso profesionalmente, y algunos padres tienen una mentalidad muy liberal excepto con sus hijos adolescentes. Por eso, la estructura de los constructos personales se debe considerar como algo dinámico, fruto de la interacción permanente con el entorno y la acumulación de experiencias personales.

    •Kurt Lewin (1973, 1988) plantea los conceptos de espacio vital y campo psicológico con los que hacía referencia a la percepción que tiene cada individuo de su propia realidad y al conjunto de motivaciones, expectativas, patrones cognitivos, valores, etc. Considera estos factores como fuerzas que interactúan entre sí, las cuales canalizan la percepción, el pensamiento, el comportamiento y la vida emocional del sujeto en un equilibrio dinámico.

    •Neimeyer y Mahoney (2009) y Mahoney (2005) aportarán un matiz social al planteamiento afirmando que cada persona interpreta activamente sus experiencias de forma contextualizada en un marco social. Por ello, al final, toda comprensión de la realidad es una construcción interpersonal en la que los individuos intercambian recursos simbólicos para dar significado a sus experiencias y poderse integrar en un colectivo.

    Las personas se entienden con otras personas cuando comparten los mismos constructos, aunque hayan llegado a ellos a partir de vivencias distintas. Se sienten reforzados si hacen la misma previsión de acontecimientos que otras personas significativas para una determinada situación. En dicho caso, y en ausencia de otros factores condicionantes, su conducta se orientará en la misma dirección y, al haber coincidido en el análisis, creen que su interpretación común de los hechos es objetiva por el hecho de ser compartida. Por eso, las personas desean constituir grupos con aquellos con los que intercambian influencias confirmatorias significativas y tienden a crear con ellos una subcultura dentro de la comunidad, acomodando su personalidad a la forma conjunta de percibir la realidad.

    No obstante, pese a lo compartido genética y socioculturalmente, el proceso de autoconstrucción del individuo siempre es único, ya que incorpora materiales elaborados a partir de la interpretación de sus vivencias estrictamente personales. Estas vivencias únicas y su interpretación le llevarán a construir peculiaridades que le identifican como individuo.

    •La perspectiva constructivista también está presente en alguna medida en Carl Rogers y la psicología humanista (Rogers y Freiberg, 1996) cuyos postulados fundamentales conectan claramente con lo recogido anteriormente: una visión del individuo como protagonista y creador de su propia realidad personal y un impulso vital hacia autorrealizarse que le lleva a construir activamente su identidad personal y sus propios valores a partir de sus experiencias.

    Rogers sitúa al autoconcepto como referente central del campo experiencial propio y de las interpretaciones de dichas experiencias. Por ello, para él, toda observación de la realidad es en alguna medida autorreferencial, lo que le hace desconfiar de las interpretaciones de la realidad de una persona hechas desde fuera por un observador, aunque sea un experto. Para Rogers, (2000), cada persona construye su propia realidad y es el mayor experto posible en sí mismo, por lo que solo uno mismo tiene en su mano sanar sus propios traumas.

    •Vygostki (1956, 1978, 1979) considera el aprendizaje como un proceso constructivo por parte del sujeto, pero andamiado por un mediador adulto. Afirma que todos los aprendizajes se dan primero en interacción con el mediador semiótico que pone a disposición del niño los significados propios de la comunidad y genera con él una intersubjetividad en la que los aprendizajes cobran sentido. Una vez que ha sucedido esto, en un segundo momento, el individuo puede integrar el conocimiento y hacerlo suyo.

    No obstante, el papel del mediador solo se puede llevar a cabo en lo que él denominó zona de desarrollo próximo, que representa el conjunto de aprendizajes que puede realizar el niño si, y sólo si, tiene la mediación de un agente social. Dicha zona de desarrollo próximo está delimitada, por una parte, por el conjunto de conocimientos que el niño ya posee o puede adquirir autónomamente y, por la otra parte, por aquellos conocimientos que no está capacitado en ese momento para adquirir por mucho que tenga la mediación del adulto.

    •Piaget (1971, 1977) considera que el procesamiento de cualquier evento que observa el niño está determinado por las funciones y recursos cognitivos que tenga operativos en cada etapa de desarrollo y, por otro lado, por las experiencias a las que se enfrenta, las cuales facilitan el despliegue y consolidación de dichas funciones y recursos.

    •La psicología de la Gestalt (Kölher, 1947) y el análisis transaccional (Berne, 1985; Steiner, 2000) también consideran al individuo como constructor de su percepción de la realidad, defendiendo la capacidad de reformularla para reorientar su vida.

    •Algunas de las afirmaciones más radicales en relación a la actividad cognitiva y su desarrollo las encontramos en Ernst von Glasersfeld (2010) que llega a afirmar que la función de la cognición no es descubrir la realidad, sino organizar las experiencias para facilitar nuestra adaptación.

    •También es radical la postura de Watzlawick y Nardone (2000) desde la psicología sistémica. Ellos plantean el concepto de mapa de representación del mundo construido a partir de las experiencias propias y llegan a declarar que el valor transformador de la educación o la psicoterapia no depende de la veracidad de los postulados teóricos desde donde se actúa, sino de que la relación terapéutica impulse al sujeto a transformar su realidad.

    Todas estas aportaciones han ayudado a superar la concepción del ser humano como una mente o espíritu que habita un cuerpo y a la conceptualización de la realidad como una construcción dinámica y subjetiva. Con ello, están mucho más en consonancia con el conocimiento científico contemporáneo y han contribuido a que se produzca un giro en la forma en que se concibe actualmente la educación, la vida en sociedad o la trayectoria vital de las personas. De hecho, se podría afirmar que el constructivismo inspira algunos de los valores de las sociedades contemporáneas tales como el respeto al pluralismo y la diversidad en aptitudes, intereses, valores y estilos de vida.

    También podemos constatar que el constructivismo fundamenta todos los sistemas educativos modernos que sitúan al alumno en el centro del proceso de enseñanza y le conciben como el protagonista de su propia historia y constructor de su propio conocimiento. Sistemas educativos que entienden el papel de los docentes como de respetuosos acompañantes en ese proceso, atribuyéndoles labores que serían fundamentalmente de andamiaje y no tanto de fuente de sabiduría como antaño, impulsando el uso de metodologías que promuevan un aprendizaje activo, significativo, personalizado, por descubrimiento, considerado con el ritmo individual de aprendizaje de cada alumno y una evaluación formativa que sustituya su tradicional carácter sancionador.

    Esto parecería cuestionar la función del educador como transmisor cultural, pero en realidad el constructivismo se interesa y aprecia por el acervo de las comunidades culturales, sus valores, creencias y todo lo que aportan al desarrollo de la persona, pero se distingue porque no sitúa a un marco sociocultural concreto como el modelo incuestionable por encima de los demás, ya que es muy consciente del relativismo de todos ellos si se observan a lo largo de distintos momentos históricos y latitudes. Todos los marcos socioculturales representan historias que confieren identidad a los individuos, pero, para el constructivismo, mientras respeten al resto, son producciones con idéntica legitimidad.

    Neimeyer y Mahoney (1998) clasifican las distintas aportaciones al constructivismo de la siguiente forma:

    Constructivismo Orgánico. Por ejemplo, el de Piaget (1971, 1977), centrado en cómo la interacción con el entorno permite desplegar el programa genético del desarrollo cognitivo en los seres humanos.

    Constructivismo Eficiente . Como el recogido por distintas perspectivas socioculturales. Por ejemplo, la de Vygostki (1978) que nos habla del aprendizaje como un proceso social y una construcción interpersonal, pero también la de Bandura (1989) para quien el pensamiento es un instrumento adaptativo o la de sociólogos como Berger y Luckman (1998), para quienes las personas vivimos en un nicho conceptual definido por el marco sociocultural de nuestra comunidad.

    Constructivismo Formal . Como el de Kelly (1955) o Bruner (1988) que consideran el conocimiento como una red de significados construidos por el propio individuo.

    Constructivismo Radical. Defendido por físicos, biólogos y neurocientíficos, para quienes el ser vivo es un macrosistema biológico (Von Bertalanffy, 1976) que se autoconstruye mediante procesos de interacción con su entorno y las transformaciones que dichos procesos generan (Maturana y Varela, 1973; Von Glaserfeld, 1984; Llinas, 2003; Damasio, 2011). También podrían incluirse en esta perspectiva los psicólogos humanistas (Rogers, 2000) y sistémicos (Watzlawick, 2003, 2008) que consideran que lo que llamamos realidad sólo nos describe a nosotros mismos.

    Todas estas aportaciones han sido consideradas como contribuciones a la metateoría general del constructivismo. Metateoría que recorre transversalmente todas las ciencias básicas y también las ciencias sociales. Sin embargo, en la literatura científica, algunas de las desarrolladas en el ámbito sociológico aparecen con la denominación de construccionismo. Ambos conceptos: constructivismo y construccionismo son homologables y comparten la misma perspectiva básica (Neimeyer y Mahoney, 1998; Coll et al., 1997; Freixas y Villegas, 2008), si bien es cierto que se distinguen por poner el acento en los factores individuales o sociales del desarrollo humano. Un proceso complejo, donde creemos que ambos tipos de factores juegan su papel tal y como vamos a intentar reflejar en el siguiente apartado.

    1.2. El desarrollo humano desde el constructivismo

    El conocimiento científico está transformando la forma en que concebimos la realidad, por lo que si quisiéramos encontrar una base que pudiera sustentar el edificio de la psicomotricidad en el mundo contemporáneo; dicha base debería superar algunas inercias en la explicación del ser humano heredadas de otros tiempos y circunstancias. Solo de esa forma podría construirse un discurso compatible con el conocimiento actual en lo que afecta a nuestra comprensión del desarrollo, de los procesos cognitivos y emocionales, de las dinámicas sociales e incluso de nuestra percepción y comprensión de las cualidades físicas de la realidad.

    Es posible que haya llegado el momento en el cual quienes trabajamos como agentes de apoyo al desarrollo abandonemos el relato mágico o ideológico y edifiquemos nuestra profesión sobre los nuevos territorios que nos abren las neurociencias y las ciencias sociales fundamentadas en la investigación científica.

    A lo largo de este apartado iremos encajando las distintas aportaciones que presentamos en el anterior, cristalizándolas en una nueva forma de concebir al ser humano, su desarrollo y el apoyo profesional que le ofrecemos. Compondremos el puzle con piezas de distinta procedencia que comparten sus axiomas básicos y esperamos esbozar con ello una sugerente base para integrar el pasado de la psicomotricidad mirando a su futuro. Para ello, nuestra casilla de salida debe ser inevitablemente las ciencias de la vida, lo cual nos obliga a bajarnos del pedestal y asumir sin ambages que, para la biología, la genética o la ecología simplemente somos una especie de primate homínido, que surgió de la evolución de las especies sustentada en la química del carbono y el ADN.

    Todas las especies tienen sus habilidades adaptativas y ciertamente los humanos tenemos una capacidad cognitiva singular que nos permite elaborar complejas interpretaciones de la realidad a partir de nuestras experiencias. Disponer de un modelo comprensivo de la realidad potencia la adaptabilidad del ser humano a su entorno físico y social y le sirve de base para su percepción, su memoria, sus expectativas y sus decisiones, que serán las producciones cognitivas con las que construirá su identidad. Así, puede afirmarse que somos un cuerpo que se desarrolla a partir de un programa genético, pero que vive una realidad que construimos con elementos socioculturales de nuestra comunidad e interpretaciones de nuestras experiencias personales. El relato de cómo integramos cada uno de esos elementos es nuestra historia personal, una historia en permanente reescritura que registramos y manifestamos aun sin ser conscientes de ello.

    Los cuerpos de todos los seres vivos están configurados como grandes sistemas biológicos autoconstructivos (Maturana, 2009). El concepto de sistema autoconstructivo es nuclear desde la perspectiva constructivista de cualquier disciplina científica y nos permite explicar eficazmente un amplio espectro de fenómenos, desde la circulación atmosférica a la evolución de un agente infeccioso, desde el comportamiento político de los ciudadanos hasta la interfaz de un teléfono de última generación. También se utilizará en este texto para explicar las distintas facetas del desarrollo del ser humano.

    Para adentrarnos en este concepto, tendríamos que establecer en primer lugar qué se entiende por sistema. Un sistema se puede definir como una entidad identificable y delimitada que está compuesta por elementos interdependientes. Los sistemas no se pueden equiparar a la suma de sus elementos y, como entidad global, adquieren características y capacidades propias que establecen su forma específica de interactuar con su entorno (Von Bertalanffy, 1976). No obstante, el análisis completo de un sistema sólo es posible si también le contemplamos como elemento del sistema mayor que le engloba y que constituye su entorno.

    Un ejemplo de esta anidación de los sistemas lo podemos encontrar en el análisis de la estructura social que hace Bronfenbrenner (1989) en la cual considera los siguientes niveles:

    Microsistema . Constituido por personas con relaciones directas, como la familia.

    Mesosistema . Constituido por los distintos microsistemas de una persona que se influyen entre sí; por ejemplo, en un niño serían su familia, su escuela y sus amigos.

    Exosistema . Sistema que influye indirectamente en la persona, como los servicios sociales, educativos o sanitarios de una comunidad.

    Macrosistema . El conjunto de valores y creencias compartidas por dicha comunidad.

    Cronosistema . La evolución histórica del macrosistema.

    Otro aspecto a considerar es la distinción entre sistemas cerrados y autoconstructivos. Los sistemas cerrados no se ven modificados más allá del natural desajuste y deterioro que le produce su propia actividad. Sirvan de ejemplo un coche o un electrodoméstico. Por otro lado, los sistemas autoconstructivos, como los seres vivos, están configurados formando estructuras de redes modificables, que se abren a su entorno e interactúan con él mediante procesos cíclicos para obtener e integrar recursos que les permiten, no solo mantener la homeostasis, sino también transformarse mejorando sus capacidades adaptativas. Esta permanente transformación, denominada desarrollo, sigue un patrón genético, pero es modificable en distintos aspectos y medida según la especie de ser vivo que se trate. Si el entorno es muy estable, los aspectos incluidos en el programa genético suelen ser suficientes para la supervivencia de los individuos durante el tiempo de vida programado genéticamente. Si el entorno es muy cambiante, sólo podrán readaptarse a las nuevas situaciones las especies cuyos individuos dispongan de las apropiadas capacidades de autotransformación a través de procesos de aprendizaje.

    No obstante, por muy eficaz que sea su capacidad de autoconstrucción y muy estable que sea el entorno, las posibilidades de supervivencia van reduciéndose progresivamente por el deterioro natural de todo sistema de base orgánica. Después de transcurrido el tiempo previsto genéticamente, el ser vivo va perdiendo capacidad de captación de energía y de regeneración, deteriorándose sus elementos constitutivos que acaban degradándose y convirtiéndose en energía aprovechable para otros seres vivos.

    Podríamos pensar en la dinámica de la vida como una pulsación de un sistema con una etapa en la que se desarrolla apropiándose de elementos del entorno, se reproduce y luego inicia otra etapa en la que se deteriora y pierde sus capacidades hasta hacerse inoperativo y colapsar, siendo sustituido en el entorno por descendientes que gracias a su experiencia resultan mejorados en adaptabilidad sin desequilibrar el ecosistema.

    Los seres humanos se desarrollan y degeneran simultáneamente en diferentes aspectos y lo hacen en ciclos de amplitud distinta. Así, por ejemplo, el momento de máxima competencia física de las personas no suele coincidir con el momento de máxima competencia en la comprensión de los hechos sociales. Por ello, en realidad, al pensar sobre la vida de un ser humano, debemos entenderla como una sinfonía compuesta de múltiples pulsaciones que se pueden encontrar en distintos momentos de su ciclo.

    Todas las especies de seres vivos consolidan y trasfieren muchas de las características y competencias adquiridas a sus descendientes, las más consolidadas son transferidas por vía genética. Las más novedosas, lo son por vía de aprendizaje social. Luego, cada individuo las concreta y modifica a partir de su propia experiencia dentro de unos límites conforme a la capacidad de su especie para incorporar patrones aprendidos.

    El modelo de desarrollo y las capacidades autoconstructivas son específicas de cada especie. Una estrella de mar puede autoconstruir un miembro perdido, un ser humano puede autoconstruir muy diversos intereses vitales. Sus estrategias adaptativas han encontrado diferentes soluciones autoconstructivas que les abren distintas posibilidades. Pero lo cierto es que, en un entorno dinámico, el aprendizaje representa un valioso instrumento para alterar el programa genético de desarrollo, lo que le convierte sin duda en la mejor estrategia de la naturaleza para garantizar y mejorar la capacidad adaptativa de una especie y sus miembros a las alteraciones de su entorno.

    Los procesos de desarrollo y aprendizaje definen el marco de la actividad del psicomotricista. Si enfoca su actividad profesional desde una perspectiva constructivista, ésta le ofrecerá un marco conceptual compartido con el estado actual de las ciencias básicas y de las ciencias sociales, alejándose de los encuadres teóricos mentalistas y mecanicistas que tuvieron gran protagonismo en la interpretación psicológica del ser humano en otro tiempo.

    Las teorías mentalistas son narrativas que en algunos casos tienen una factura muy rica y estética, pero que intentan obviar que sólo responden a una época y contexto cultural y que difícilmente describirían la realidad de entornos suficientemente alejados en el tiempo, el espacio o la realidad social. Nos aportan mucha luz sobre el universo particular de sus autores, pero no encuentran encaje en la ciencia del sigo XXI y los vertiginosos avances en neurociencia, los cuales, muy probablemente, van a conducir a estas teorías a convertirse en pocas décadas en un mero objeto de estudio antropológico. A su vez, las teorías mecanicistas simplemente son insuficientes para explicar, no sólo al ser humano, sino a cualquier ser vivo.

    Transcurrido el primer cuarto del siglo XXI, nos encontramos en tiempos para la física cuántica, las matemáticas no lineales y los sistemas inteligentes autoconstructivos. A la psicomotricidad no le conviene quedarse en las rígidas narrativas propias de otras épocas.

    Por su parte, el constructivismo nos permite recoger e integrar los principios

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