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Vida y trabajo en la escuela divina
Vida y trabajo en la escuela divina
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Libro electrónico281 páginas8 horasObras Completas

Vida y trabajo en la escuela divina

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"Para hacer un verdadero trabajo espiritual debéis seguir una filosofía, a un sistema, y profundizarlos; si no, sucede con el organismo psíquico exactamente lo mismo que con el organismo físico. Si absorbéis toda clase de alimentos heteróclitos, os ponéis enfermos; de la misma manera el estómago psíquico puede tener una indigestión con todo lo que le hacéis digerir. ¿Qué queréis que haga con una mezcla de tradiciones egipcias, hindúes, tibetanas, chinas, gnósticas, hebreas, aztecas?… Y después, evidentemente, ¡acusan a la espiritualidad de desequilibrar a la gente! La espiritualidad no tiene la culpa de que los humanos se obstinen en no querer comprender que no es una feria en la que se encuentran toda clase de atracciones, e incluso atracciones de las más peligrosas como la droga, la magia negra y una sexualidad desenfrenada. Ya es hora de que comprendáis que la verdadera espiritualidad es llegar a ser vosotros mismos la expresión de la Enseñanza divina que seguís".

Omraam Mikhaël Aïvanhov
IdiomaEspañol
EditorialProsveta
Fecha de lanzamiento27 dic 2024
ISBN9788410379527
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    Vida y trabajo en la escuela divina - Omraam Mikhaël Aïvanhov

    I. En el Día del Sol

    Pregunta : Maestro, mis amigos y yo mismo estamos con ustedes desde hace algunos días y estamos verdaderamente estupefactos de oír tantas cosas nuevas y tan importantes para nuestra vida. En el marco del Día del Sol, que va a celebrarse este año en Francia y en varios países, nos gustaría que usted nos hablase del Sol, de la luz y de su importancia para el desarrollo físico y espiritual del hombre.

    La luz es una de las cuestiones más importantes de la ciencia espiritual y hay tantas cosas que decir sobre ella que me pregunto cómo podría responder con unas palabras.

    Antes de hablar del papel de la luz, hay que hablar de su origen. El origen de la luz es el Sol. Pero la ciencia todavía no sabe muy bien lo que es el Sol exactamente ; lo presenta como una especie de horno crematorio en el centro del cual reina una temperatura de quince millones de grados, que es producida, así como su irradiación, por la transformación ininterrumpida de masas considerables de hidrógeno en helio. En realidad, sólo los grandes Iniciados, que tienen la posibilidad de viajar por el espacio con su cuerpo astral, han visitado el Sol, así como los otros planetas, y saben lo que éstos son realmente. Ya he hablado mucho sobre el Sol (podéis encontrar algunas de estas conferencias en los libros y, principalmente, en Los esplendores de Tiphéret),1 diciendo, en particular, que estos rayos, que la ciencia presenta como un flujo de fotones, son, para los Iniciados, como pequeños vagones llenos de víveres que no sólo transportan por todas partes del espacio los elementos necesarios para la vida y el crecimiento de los vegetales, de los animales y de los hombres, sino también otros elementos mucho más sutiles de los que nosotros podemos servirnos para nuestro desarrollo espiritual.

    Sin duda, os asombraréis al saber que el oro, que siempre ha sido tan apreciado por los hombres, es una formación de los rayos solares. Lo mismo que sobre la tierra existen fábricas, en las que se elaboran toda clase de productos y de objetos, funcionan también bajo tierra unas fábricas en las que trabajan millones de entidades ; y son ellas las que, condensando la luz solar, fabrican el oro. Diréis : ¿Pero cómo puede ser el oro una condensación de la luz solar? Es muy sencillo ; tomemos un ejemplo : el árbol. Los árboles, y sobre todo algunos de ellos, como los pinos, los robles, los nogales, aparecen como una materia extremadamente compacta y dura, ya que podemos construir con ella casas, barcos, etc. El árbol nace de la tierra y está considerado, por tanto, como una formación de la tierra. Pues bien, esto es un error : el árbol está hecho de luz del Sol. Tomad un árbol, el más grande que encontréis, y quemadlo : se escapan llamas, una cantidad formidable de llamas, gas, en menor cantidad, vapor de agua, todavía menos ; y sólo queda en el suelo un pequeño montón de cenizas : ahí tenéis la tierra.

    El árbol está hecho, pues, de tierra, de agua, de aire y de fuego, pero es el fuego, los rayos de Sol, los que posee en mayor cantidad. Un árbol no es, pues, tierra, sino luz condensada. Por otra parte, si vais a ciertos bosques, como los que vi en la India, en Ceilán, en los Estados Unidos, en Canadá o en Suecia, podréis constatar que estos árboles, que representan miles de millones de toneladas, no han hecho bajar el nivel del suelo ; si hubiesen extraído de la tierra los elementos que los constituyen, el suelo hubiera debido hundirse varias decenas o centenares de metros. Ahí tenéis otra prueba de que el árbol es una condensación de luz solar. Y, si esto es así, ¿por qué no podrían los rayos de Sol ser condensados por ciertas entidades que trabajan bajo tierra y convertirse en oro?... Sí, hay con qué reflexionar.

    Conocí un día a alguien cuya mayor preocupación era encontrar oro. Se había procurado toda clase de libros sobre los tesoros, así como sobre las prácticas mágicas que permiten descubrirlos. Durante un cierto tiempo le dejé hacer sin decir nada (evidentemente, no encontraba nada) y, después, un día le dije : ¿Por qué le echa los tejos a la sirvienta en vez de tratar de ganarse la amistad de la dueña del castillo? Se indignó : Estoy casado, no echo los tejos a nadie. – Ya sé que está casado y que es un marido fiel, pero veo, de todas formas, que trata de seducir a la sirvienta...

    No comprendía nada y se lo expliqué : Sí, usted busca oro: pero el oro es la sirvienta, y la dueña del castillo es la luz del Sol, cuya condensación en las entrañas de la tierra ha producido el oro. Así que, cuando la dueña del castillo ve que en vez de tratar de obtener sus gracias, sus miradas, sus sonrisas, persigue usted a su sirvienta, se siente vejada y le cierra la puerta. En adelante, diríjase directamente a la dueña del castillo, a la luz del Sol, procure amarla, comprenderla, atraer sus beneficios, y, un día u otro, el oro vendrá. Si usted es amigo del rey, todos los ciudadanos le consideran. Pero si sólo se ha ganado la amistad del portero, se quedará con el portero, los demás no le conocerán... Estaba estupefacto. Lo he comprendido, dijo. Pero no lo creo, ¡porque siguió lanzando miradas ardientes a la sirvienta!

    El oro es, pues, una condensación de la luz solar.2 Y el hombre también, igual que el árbol, está hecho en su mayor parte de luz solar. Por eso, cuanto más oro tiene en su sangre, mejor salud tiene.

    Esta imagen del árbol puede también ayudarnos a comprender ciertas palabras de Jesús en los Evangelios. Cuando los fariseos, que querían comprometerle incitándole a hablar contra el César, le preguntaron : ¿Debemos pagar el diezmo al César? Jesús respondió : Dadme una moneda... Se la presentaron. ¿De quién es esta imagen que hay en la moneda? – ¡Del César! Entonces, dijo Jesús : Dadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios... Ésta es una frase muy conocida y que se cita muy a menudo, pero nunca se ha explicado cuánto había que dar al César y cuánto al Señor. ¿Quién es el César? Es el cuerpo físico, es el vientre, el sexo, que no cesan de reclamar, y se lo damos todo. Pero el hombre también tiene que darle algo al Señor, a su Yo superior. ¿Y cuánto? Acabamos de ver que cuando un árbol se quema no queda en el suelo más que ceniza, mientras que las llamas, el gas y el vapor de agua se escapan hacia arriba. Ahí tenéis la respuesta que nos da la naturaleza : hay que dar un cuarto al César y tres cuartos al Señor.

    La luz posee unos poderes increíbles que ya conocían algunas civilizaciones muy antiguas, como la de los atlantes. Sabemos que, con la ayuda de enormes cristales, captaban y concentraban la luz solar gracias a la cual hacían funcionar toda clase de aparatos y de máquinas. En nuestros días la ciencia ha puesto a punto el láser, que permite obtener haces luminosos de un gran poder y realizar maravillas en el dominio técnico. Pero todavía no conoce todas las posibilidades de la luz.

    Tomemos ahora este pasaje de los Evangelios en el que Jesús dice : Amasad tesoros en el Cielo, en donde los gusanos y la herrumbre no destruyen nada, y en donde los ladrones no penetran ni roban... Desde hace miles de años esta parábola nunca ha sido interpretada correctamente, porque no se ha comprendido que los ladrones, los gusanos y la herrumbre representan los peligros que amenazan al hombre en sus tres facultades esenciales : el intelecto, el corazón y la voluntad.

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    Estudiemos, pues, lo que son la herrumbre, los gusanos y los ladrones. La herrumbre es conocida, sobre todo, por atacar a los metales sobre los que se deposita. Todos los objetos metálicos que utilizamos a menudo para trabajar están brillantes, mientras que aquéllos que dejamos de lado, se oxidan. Y, en el lenguaje corriente, por ejemplo, se oye decir de un virtuoso que sus dedos están oxidados, porque hace mucho tiempo que no se ha entrenado. En todos los dominios, todos aquéllos que no tienen voluntad y que sólo piden no tener que hacer esfuerzos, están oxidándose.

    Los gusanos son unos bichos que atacan a los vegetales. Aparecen y se multiplican cuando hay humedad, pero la sequía los mata. Puesto que el reino animal corresponde al plano astral, al dominio del corazón, los gusanos son, pues, los sentimientos impuros (el odio, los celos, el egoísmo, el desprecio, el deseo de venganza) que carcomen el corazón del hombre y le impiden producir frutos suculentos. Sólo el calor del amor divino puede matar a estos gusanos en el corazón del hombre.

    En cuanto a los ladrones, que se aprovechan de no ser vistos – y, por tanto, de la oscuridad – para llevar a cabo sus fechorías, son el símbolo de los peligros que amenazan al intelecto cuando éste ha perdido la luz. Cuando el hombre ha perdido la luz, los ladrones, es decir, las ideas extravagantes, las dudas, las inquietudes, se introducen en él y le dejan empobrecido, débil, pudiendo incluso llevarle hasta la locura. ¡Cuántos están en los hospitales psiquiátricos porque apagaron la luz en su cabeza! A causa de la oscuridad, vinieron los ladrones. Así que, si queréis protegeros de los ladrones, encended la luz. Por otra parte, si se dejan las vitrinas de las tiendas iluminadas durante la noche, es porque la luz protege.

    Un día tuve la ocasión de tener una conversación con unos inspectores de policía, y les dije : Creen ustedes que van a poder combatir la criminalidad aumentando el número de policías, de gendarmes, ¿mejorando sus métodos de vigilancia y de investigación? Pues bien, se equivocan, porque los medios exteriores son incapaces de actuar eficazmente en este dominio. El único medio eficaz es la luz. Me miraban estupefactos : ¿La luz? ¿Y cómo? – Pues bien, reflexionen : si los criminales pueden permitirse transgredir las leyes y preparar tranquilamente toda clase de robos, de secuestros, de asesinatos, es porque saben que, en la mayoría de los casos, la gente no sospecha lo que están tramando, no tienen ninguna intuición susceptible de advertirles y de hacerles tomar precauciones. Pero imagínense que la gente posee una luz interior, un olfato que les permite detectar de antemano, y desde muy lejos, lo que alguien está preparando contra ellos : tomarán precauciones y el malhechor no logrará sus fines. El único medio de aniquilar la criminalidad es, pues, la luz. Por eso hay que enseñar a los humanos a desarrollar su luz interior. Eso llevará mucho tiempo, pero es el único medio seguro..." Los inspectores, claro, me miraron asombrados. ¡Nunca habían pensado en una cosa semejante!

    Hasta que los humanos no hayan desarrollado en ellos lo único que permite ver y prever : la luz, serán siempre pillados desprevenidos, en uno u otro momento, por aquéllos que están continuamente concentrados en las fechorías que preparan. Ni siquiera los medios técnicos más perfeccionados pueden asegurar una protección suficiente contra los ladrones, porque éstos también se sirven de ellos. ¡Mirad todos estos robos que hay en los bancos! A pesar de las cajas fuertes blindadas, de los sistemas de alarma electrónica, etc., los ladrones consiguen sus fines, porque tienen otros medios para superar estos obstáculos. Sólo llegarán a aniquilar la criminalidad el día en que se decidan a utilizar la luz.

    Pero la luz no es sólo la mejor protección contra los ladrones, sino que es también la mejor protección contra la enfermedad. Se opone a la intrusión de todos los elementos nocivos – físicos o psíquicos – que pueden infiltrarse en el hombre para carcomerlo y disgregarlo. El hombre sólo estará verdaderamente sano cuando sea capaz de formarse un aura pura y poderosa con todos los colores del espectro. Ésta es la verdadera medicina. La medicina no está donde la buscan. Los humanos transgreden las leyes de la naturaleza y hacen toda clase de locuras que les destruyen, ¡y después quieren que todo ande bien! Pero todo está al revés, y, a pesar de los descubrimientos recientes de la medicina, cada vez más aparecen nuevas enfermedades. El único remedio es introducir la luz en nuestros pensamientos, en nuestros sentimientos y en nuestros actos.

    Volvamos ahora al Sol. Yo pregunto : Vosotros, los sabios, los eruditos, que lo sabéis todo, decidme, ¿quién es el primer hombre que aportó la ciencia? Buscan, y no lo encuentran, y, por otra parte, no hubo un primer hombre, porque el iniciador de la ciencia es el Sol. Me dirán que no es posible, que el Sol no es inteligente, que no tiene cerebro para pensar ni boca para hablar. Claro, sólo los ignorantes son inteligentes, ¡y aquél gracias a quien la vida es posible en la Tierra no es inteligente!...

    Y sí, justamente, el Sol fue el primero que aportó la ciencia. Es muy sencillo de comprender. Cuando el Sol da su luz, los humanos empiezan a ver los objetos, las formas, los relieves, los colores, las distancias. Gracias a esta luz, pueden ver, pueden orientarse, observar, comparar, calcular. Sin la luz no hay ciencia posible. ¿Qué podéis conocer en la oscuridad? Nada.

    Y ahora, si pregunto quién es el que aportó la religión, algunos, que se creen grandes filósofos, me responderán que fue el miedo, el miedo de los humanos ante las fuerzas de la naturaleza... No, todo eso no son más que estupideces, fue el Sol quien creó la religión. Al dar su calor a los humanos, introdujo en ellos una necesidad de dilatarse, de amar, de adorar. En el frío no puede haber amor. Pero calentad a alguien y éste se abre, se siente bien, y empieza a amar. Así es cómo apareció la religión : con el calor, con el amor. Quizá al principio no fuera más que amor por un hombre o una mujer, o incluso por un animal : un perro, un gato, un canario, pero, no importa, ya era un principio... hasta el día en que se convirtió en amor y adoración por el Dueño del universo, por el Señor.

    De momento, la religión más extendida es la del dinero. E incluso aquéllos que dicen que no practican ninguna religión rinden, en realidad, culto al dinero : le erigen altares y vienen cada día a arrodillarse ante él, a rezarle, a invocarle y a meditar sobre sus inmensas ventajas... El dios que está en su cabeza, en su corazón, es el dios Dinero. Y ahí es donde podemos ver, por otra parte, que los humanos, instintivamente, adoran al Sol bajo la forma de oro.

    Y veamos ahora quién fue el iniciador del arte... También fue el Sol, porque es el que aporta la vida. Cuando tenemos vida empezamos a movernos, a actuar, a expresarnos, y ahí están la danza, el canto, la pintura, la escultura. El arte empieza con la vida. Mirad a los niños : se mueven, gritan, hacen garabatos... Sus gritos son el comienzo de la música ; sus garabatos son el comienzo de la pintura ; sus pequeños amasijos de arena son el comienzo de la escultura : sus pequeñas casitas son el comienzo de la arquitectura ; y todos sus pequeños movimientos son el comienzo de la danza. Sí, el arte empieza con la vida, y la vida viene del Sol.

    El Sol, que aporta la luz, el calor y la vida, ha sido, pues, el iniciador de la ciencia, de la religión y del arte, pero es el último a quien los humanos aman y respetan. Por eso, les diré ahora a los sabios : Abandonad todo lo que estudiáis en vuestros laboratorios y ocupaos del Sol. Todo está ahí, en el Sol : la salud, la riqueza, la felicidad de la humanidad...

    Diréis que algunos astrónomos y científicos ya estudian al Sol... Sí, lo sé, estoy al corriente de lo que los sabios estudian en todos los países, y particularmente en América y en Rusia. Lo que buscan, ante todo, es encontrar unos medios eficaces para la seguridad y la defensa de su país, y todos sus descubrimientos son destructivos. Algunos se sirven incluso de ratas para destruir centrales atómicas o submarinos royendo los hilos metálicos y las piezas de caucho. Porque las ratas son muy eficaces en este dominio. Por otra parte, durante la segunda guerra mundial, parece que contribuyeron a la derrota alemana en el frente de Stalingrado royendo las correas y los cables de los carros de asalto que los Alemanes habían llevado allí algún tiempo antes ¡y que habían recubierto de paja para camuflarlos!

    Si digo que la ciencia no se ocupa del Sol, es porque todavía no ha estudiado verdaderamente qué es la luz solar, cómo puede el hombre trabajar con ella, hacerla penetrar en él para purificarse y reforzarse. Porque los rayos de Sol, que pueden llegar hasta las profundidades de los océanos (lo que permite que ciertos peces, especialmente equipados para captarlos, puedan difundir luz), pueden también, al penetrar en un hombre que sabe recibirlos, poner en marcha los centros y encender las lámparas que hay dentro de él. Para mí, ya os lo dije, los rayos de Sol son pequeños vagones llenos de víveres, es decir, de elementos y de energías que el hombre puede utilizar a voluntad para su desarrollo físico y psíquico. Todo lo que el hombre necesita está contenido en la luz del Sol.

    Si pregunto cuánto tiempo puede estar un ser humano sin comer, me responderán : Treinta, cuarenta, cincuenta días... Y cuánto tiempo puede estar sin beber : Diez, quince días... Y cuánto sin respirar : Unos minutos solamente... Es evidente, pues, que, para el hombre, el elemento sólido (que corresponde a la tierra) es menos importante que el elemento líquido (que corresponde al agua) ; y que el elemento líquido es menos importante que el elemento aéreo. Y si ahora pregunto cuánto tiempo puede estar un ser humano sin fuego, me responderán : ¡Durante años! ¡Hay gente que está durante años sin calefacción, o que nunca la han tenido! En realidad no se trata de este fuego, sino del fuego que hay dentro del hombre, y ahí, el hombre muere en el mismo segundo que lo pierde. Sí, en el mismo segundo en que el corazón pierde su calor, el hombre pierde la vida. El fuego es, por tanto, el elemento más importante en el hombre ; por eso debemos aprender a alimentarnos con él.

    Ahí tenéis algo nuevo. Los humanos están acostumbrados a alimentarse solamente con elementos sólidos, líquidos, gaseosos... ¿Pero qué hacen con el cuarto elemento, con el fuego, con la luz? No gran cosa, o nada ; no saben alimentarse con luz, que es, sin embargo, todavía más necesaria que el aire. Por eso, todos éstos que nos critican y nos ridiculizan porque vamos por la mañana a la salida del Sol lo único que muestran es que son unos ignorantes. Nosotros asistimos a la salida del Sol para alimentarnos con luz y, en vez de burlarse de nosotros, ellos deberían hacer lo mismo. El hombre debe alimentarse con luz para alimentar su cerebro. El cerebro también necesita comer, y la luz es su alimento ; ésta es la que despierta las facultades que permiten penetrar en el plano etérico. Mientras el hombre se limite a alimentar su cerebro con partículas sólidas, líquidas y gaseosas, que no son los elementos que más necesita, seguirá siendo muy limitado en su comprensión.

    Diréis que comiendo, bebiendo y respirando, alimentáis al cuerpo entero, incluido el cerebro. Es verdad, pero, si alimentáis también al cerebro con este elemento sutil, la luz, los resultados serán diferentes. La tradición cuenta que, un día, Zoroastro preguntó al dios Ahoura Mazda cómo se alimentaba el primer hombre, y que Ahoura Mazda le respondió : Comía fuego y bebía luz... Porque la luz y el fuego son dos realidades diferentes. El fuego es el que produce la luz, y la luz es fría, mientras que el fuego es cálido. El fuego es el principio masculino, y la luz es el principio femenino.

    En todas sus actividades, el hombre debe tener siempre presente ante él la idea de la luz como el mejor medio de triunfar, pero también como la meta a alcanzar. Os daré una imagen. Para encender el fuego, los primitivos tomaban, por ejemplo, dos trozos de madera, que frotaban entre sí. Este movimiento empezaba produciendo calor, y después, finalmente, el fuego, la luz. Cada acto, cada movimiento, debe tener como meta final la luz. Y esto es verdad, sobre todo, para los enamorados. Éstos saben encontrar el movimiento que va a producir el calor, pero no saben producir la luz. Eso se ve : no están iluminados. Por otra parte, ni siquiera saben que, gracias a su amor, pueden llegar hasta la iluminación.

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