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Good Morning, Mister Morrison
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Libro electrónico241 páginas2 horas

Good Morning, Mister Morrison

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Egbert es el nombre del protagonista de esta historia. Nacido en la isla de Jamaica como ciudadano inglés, realizará estudios de derecho en la Universidad de Oxford en Inglaterra.

Siguiendo la estructura del viaje del héroe de Joseph Campbell, en cada una de las estaciones de esta magnífica novela de Mateo Morrison, Premio Nacional de Literatura de República Dominicana, la voz grave nos mantiene expectantes en la virtuosa narratividad de los sucesos en el lenguaje efectivo y cadencioso al que nos tiene acostumbrados por sus hermosos libros de poesía que hacen de él un maestro de las letras de toda Hispanoamérica.

***

Good Morning, Mr. Morrison nos lleva por el periplo afectivo y valiente de un hombre, quien, escuchando el llamado de la aventura, encontrará aliados, oponentes, mentores y pruebas para por fin llevar el elixir de la libertad al pueblo negro de las islas del Caribe, deteniéndose en la recompensada maravilla del amor de una jovencita dominicana, Efigenia ("mujer de raza fuerte", del griego), con quien construirá en el amor y la dedicación una familia y una patria de justicia para su corazón.

Good Morning, Mr. Morrison es el retrato entrañable de una figura patriarcal cuyos más altos valores son la educación y la libertad, el relato de la vida de un hombre que con su bondad y su honorable actitud supo sortear diversos peligros como la guerra civil, la ocupación extranjera y la dictadura, sin renunciar jamás a su deseo de liberación del pueblo negro y a la igualdad de todos los seres humanos en la primera mitad del siglo XX.

Mario Bojórquez
Premio Nacional de Poesía, México
IdiomaEspañol
EditorialEditorial Bubok Publishing
Fecha de lanzamiento7 feb 2025
ISBN9788468586816
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    Good Morning, Mister Morrison - Mateo Morrison

    Homenaje

    Sirvan estas palabras de reconocimiento y homenaje por parte de sus alumnos al legado del profesor Egbert Morrison.

    El Profesor Morrison fue mi profesor. Tenía seis años y vivíamos en los altos de la Avenida Mella esquina Santomé. Todo lo que sé de inglés se lo debo a él. Lo cierto es que él no cobró una parte de las clases que me dio, que no era inglés, sino ética, responsabilidad, cumplimiento, puntualidad, desprendimiento. Todo eso lo aprendí yo con el Profesor Morrison durante los diez años que me dio clases.

    Jose Luis Corripio Estrada (Don Pepin)

    Presidente Grupo Corripio

    Egbert Morrison, a quien todos llamábamos Míster Morrison. Él había sido mi profesor de inglés y si hay una imagen de dignidad, de rectitud, de educación y de honorabilidad que guardo de mi adolescencia caótica y dolorosa, es su figura alta siempre con saco y corbata; sus lentes que reflejaban unos ojillos que se movían a la par que explicaba la clase; y la atención de quienes estudiábamos con él, bebiéndonos sus palabras para después hacer entre nosotros concursos de pronunciación esperando ansiosos que llegara el día siguiente para que Míster Morrison diera el veredicto. Entonces él sonreía de manera pacífica y amable, y estoy segura de que estaba sintiendo la satisfacción del maestro cuando comprueba que lo que siembra está dando frutos.

    Jeannette Miller (Escritora)

    Premio Nacional de Literatur

    Good Morning Mr. Morrison es una obra de ficción, donde algunos hechos pueden coincidir con la realidad.

    Jamaica

    1

    —Aunque amas tu tierra, sé que tu horizonte será el mundo. Lo veo en tus ojos. En nuestros viajes familiares orientas tu mirada por mucho tiempo hacia el mar, hacia las distancias… —dijo Mrs. Mary Morrison a su hijo Egbert.

    No era la primera vez que lo decía; en algún momento expresó que había soñado que lo veía en las calles de Europa buscando el conocimiento y el amor. Ella había visitado a una persona sumamente respetada, Mrs. Elizabeth, quien era considerada una sabia. Esta, en su bola de cristal, vio a Egbert recorriendo el mundo.

    Era una mañana en la que la familia Morrison aprovechaba las vacaciones para subir a las Blue Mountains a hacer pícnic y a agradecer a Dios por la cosecha y la bonanza en la cría de aves, cabras y cerdos. Mr. Joseph Morrison observaba a Mrs. Mary tratando de acomodar capullos de bromelias en su cesta.

    —Noto a Egbert muy distraído —le dijo a su hijo mayor, Salomón.

    —Es cierto. No ha participado en los últimos juegos y se nota pensativo —le respondió—. Tampoco quiso acompañarnos al campeonato de críquet, alegando que se quedaría leyendo en la hamaca. Desde que aprendió a leer, la lectura se ha convertido en su pasión.

    —No está mal —expresó Mr. Joseph.

    Los dos hijos menores, Víctor y Franklin, permanecían observando una bandada de gorriones que volaba alrededor de la pradera.

    A la hora del almuerzo, después de bendecir los alimentos, los acogió el silencio. Terminaron la tarde con la promesa de estudiar y trabajar duro para que el futuro fuera fructífero, no solo para ellos, sino para todo el pueblo de Jamaica.

    2

    Aquel 14 de enero de 1907 Egbert salió a las tres de la tarde y se acercó al parque que estaba al lado de su casa. Notó enmudecer el espacio que ocupaba. Un silencio ensordecedor lo cubrió, incluso los pájaros se habían acallado. La tierra lo sacudió y lo tiró al suelo.

    Incendios, gritos y lágrimas poblaron la calle. Las personas salían de sus casas, muchas se habían derrumbado del todo. Egbert, inconscientemente, se palpó: no le dolía nada, no tenía sangre sobre su cuerpo. Un terremoto había asolado la ciudad dejando un espectáculo dantesco. Todo iba deprisa en su cerebro de diez años, nada volvería a ser lo mismo. Sintió la necesidad de ver a sus padres.

    —¡Mamá!, ¡mamá!…

    Al llegar hasta su madre, notó que su casa estaba medio destrozada. Su papá intentaba apagar un pequeño incendio que había surgido en la cocina.

    —¡Egbert!, ¡Egbert! —gritó su madre medio temblorosa mientras lo abrazaba—. No te veía, hijo, pensé que habías muerto sepultado. Tu habitación está destrozada. Egbert escuchaba su corazón latiendo a toda velocidad.

    —Salí a jugar con mis amigos, mamá, pero no encontré a nadie.

    —¡Por Dios! En este momento tan terrible, ¿qué será de tus hermanos que están en la finca? ¡Qué horror!

    Él notó un suspiro que salió de lo más profundo de su pecho. El mundo que conocía acababa de estallar en pedazos. Diez segundos bastaron para cambiar una vida. Familias enteras se desplazaban desesperadas por las calles: confusión extrema, fuego y explosiones por todos lados.

    3

    Por los alrededores de Kingston, donde vivía la familia Morrison, corría la noticia de que tres estudiantes de la escuela primaria habían sido envenenados. El rumor señalaba un atentado contra los niños. Las familias de la vecindad instruyeron a sus hijos para que no aceptaran regalos de nadie. Mr. Joseph convocó a una reunión:

    —Nadie debe recibir regalos, ni de frutas ni de nada. La situación es peligrosa. Tengo la información de que tres niños están al borde de la muerte.

    —Así es —opinó Salomón—. Quien esté cometiendo tales actos debe estar loco. Es una acción criminal que parece no estar dirigida a una sola familia. Los tres hospitalizados viven en localidades distintas y solo coinciden en que son escolares y negros.

    Los comentarios habían llegado hasta la prensa y obligaron a las autoridades a hacer pesquisas y allanamientos que trajeron como resultado la detención de dos personas calificadas como enajenadas mentales. Los interrogatorios fueron intensos y el encierro tan inhumano que indignó a los familiares de los detenidos; sin embargo, antes de que se cumpliera el plazo para que se formularan cargos o los liberaran de prisión, hubo cuatro envenenamientos más. Las autoridades locales pidieron refuerzos a Londres porque dos de los niños habían fallecido.

    Aquella tarde esplendorosa el sol parecía impedir la noche. Mr. Peter Kitts se acicalaba con smoking y sombrero, como era su costumbre, para ir al Centro Rogers: un famoso club donde se reunía la élite. Resaltaba por su altura, su corpulencia y por sus ideas esclavistas. La entrada se les permitía exclusivamente a las personas blancas y solo podían ingresar negros si estaban encargados de realizar labores de servidumbre. Mr. Kitts, además de admirado, era temido por quienes veían en él un símbolo de poder y discriminación.

    Se había construido el Centro Rogers como una imitación de las grandes instalaciones recreativas del Reino Unido, que recordaba a Irving Rogers, uno de los primeros colonos ingleses, quien fue víctima de una rebelión de esclavos junto a su familia. Al llegar Mr. Kitts, lo recibió una comisión de damas con trajes victorianos, acompañadas del presidente.

    En una semana, Mr. Kitts asumiría por quinta vez la presidencia del club. Se sumaban a este cargo el de la presidencia de la Cámara de Comercio de la Sociedad Británico-Jamaiquina, la dirección del Patronato para la Liga de Críquet y la distinción honorífica de las fuerzas militares acantonadas en la isla.

    —No podemos ser indiferentes ante esta ola de envenenamientos —comentó Mrs. Leonard, dama interesada en los problemas de caridad para los pobres y por lo cual era muy criticada.

    —Los envenenamientos no son temas para tratar en este club —replicó Mr. Kitts—. Dejemos que las autoridades investiguen ese problema.

    —Es un problema humano. Yo voy a sumarme a las investigaciones, ejerceré mi derecho como ciudadana y me uniré en oración junto a otros integrantes del centro caritativo para que se detenga esta barbarie que ha dejado cinco fallecidos; todos eran niños, negros y pobres.

    —En mi gestión nunca habrá en agenda temas como ese, ni siquiera en las reuniones informales —dijo Kitts, refiriéndose al presidente saliente, al tiempo que daba órdenes al mayordomo para que preparara su coche—. En diez minutos me retiro de esta reunión.

    Su cohorte estaba compuesta por quince empleados, cinco de ellos encargados de los denominados servicios especiales. Esos servicios incluían limitar el avance de los negros, porque entendían que los descendientes africanos se estaban preparando para actuar como en el pasado: urdir rebeliones, emanciparse y sembrar el horror.

    Mr. Louis Smith, el coordinador del grupo y su mano derecha, le pidió una reunión a su jefe con participación de los cinco encargados de las tareas especiales. En estricta privacidad expresó:

    —El plan está dando frutos. El miedo se ha extendido y ya una parte ha dejado de mandar a sus hijos a las escuelas.

    —Espero que se hayan manejado con cuidado. Ya pueden parar. Hoy mismo Mrs. Leonard introdujo el tema —respondió Mr. Kitts, satisfecho, ante la efectividad del plan para detener el avance de los afrodescendientes.

    —Esa señora no importa, anda con ideas extrañas.

    —Sí, pero su marido tiene contactos con la Corona

    —replicó Mr. Kitts—, y, si aplican las leyes, todos seríamos juzgados y no importaría que fueran negros los afectados.

    —Sí, pero las penas serían inferiores —respondió Smith.

    —¡Qué importa que sean inferiores!…

    —Lo importante, Mr. Kitts, es entender que estas acciones contribuyen a detenerlos para que no se multipliquen tanto. Hay familias hasta con diez hijos y, si nos descuidamos, en unos años serán la mayoría. —Mr. Kitts asintió, convencido—. Además, centenares de ellos con estudios, sin duda, serían un peligro para el progreso que ha experimentado esta isla.

    —Yo no quiero continuar con esto —replicó Mr. Clark con valentía y sorprendiéndolos a todos desde la parte trasera—. Murió un niño que es conocido de mi hijo. Me arrepiento de estar en esto por dinero. Estas son acciones criminales y yo soy cristiano. Ya me reuní con Mrs. Leonard, a quien dije todo lo que sé.

    Clark era el encargado, junto a dos más, del aprovisionamiento del material, que incluía guineos, dulces, galletas, chicles y un líquido verduzco oscuro, cuyo nombre nunca fue mencionado. Cuando Mr. Clark apareció ahorcado cerca de su residencia, casi todos dudaron de que fuese un suicidio, pero así lo reportaron las autoridades en una investigación que solo duró horas.

    Egbert siempre pensó que estudiar Derecho le permitiría luchar para reabrir el caso de Mr. Clark y los envenenamientos. Se ocultaron los verdaderos motivos y el crimen quedó como uno más de esos hechos oscuros en contra de los sectores marginados en los que el poder y el dinero están por encima de la verdadera cristiandad.

    4

    La limitada luz que le llegaba a Egbert mientras estudiaba por las noches comenzó a afectarle la vista; el haber pasado al nivel secundario lo impulsaba a utilizar esas horas para completar sus estudios, sobre todo en periodos de exámenes. Su padre, sonriente, sorprendió a la familia al llegar a la casa con una caja de tamaño considerable.

    —¿Y ese regalo? —preguntó con énfasis Mrs. Morrison. Joseph Morrison no contestó y lo acomodó en la mesa.

    Al abrirlo, mostró un candelabro de baterías que había llegado desde Inglaterra.

    —Acabo de conseguirlo. Con él podemos tener más alumbrada la casa y no depender solo de las lámparas de gas —dijo Mr. Morrison con una sonrisa.

    Egbert abrió los ojos con visible alegría. Esa primera noche fue festiva y compartieron el regalo utilizándolo cada uno de los hermanos durante una hora.

    —En mi condición de hermano mayor —dijo Salomón—, me quedaré con el último turno. Tengo que ver cómo marchan las actividades comerciales en la finca.

    —Muchachos, recuerden que la llegada de este alumbrado no anula el uso de la lámpara de gas. Pueden usar ambas —comentó Mrs. Morrison mientras miraba a Franklin, el menor de sus hijos—. Tú puedes ir usando esta. Mientras Egbert, quien tiene exámenes, utilizará un poco más de tiempo la lámpara de baterías.

    Algunos vecinos, al ver el esplendor que salía de la casa, se acercaron a preguntar dónde habían conseguido la lámpara.

    —La hemos comprado en el centro con algunos ahorros. Mrs. Brown, sería bueno que usted también ahorre para que compre una —dijo Mrs. Morrison a una de sus vecinas.

    —Solo han llegado cien y me pareció escuchar que los colonos ya se han llevado la mitad —comentó Mr. Morrison—. Si pudiesen completar el dinero lo más pronto posible, sería lo mejor; podrían tardar mucho tiempo en reabastecerlas.

    —Me temo que no podría comprarla por ahora…

    —dijo Mrs. Brown, apenada.

    —No se preocupe —interrumpió Mrs. Morrison—, puedo prestarle el dinero que le falta.

    —¡Excelente! —exclamó Mrs. Brown con alegría—. Le devolveré cada centavo en el menor tiempo posible.

    5

    Egbert descubrió, en un libro de historia, que durante más de cien años Jamaica había sido una colonia española y que Santiago, su nombre original, fue impuesto por Colón. Muchos lugares de la isla conservaban sus nombres en español. Leyó que en 1586 el pirata Francis Drake había fracasado en su intento de conquistar la isla, que en ese momento era española. Y que luego en 1655 Penn y Venables decidieron invadir y conquistar Jamaica, que desde ese momento, y después de diversas batallas, pasó a ser colonia del Imperio británico.

    Él y sus hermanos dividían el tiempo estudiando y ayudando a su padre en el cultivo de la tierra y en el cuidado de los animales, pero sabían que la única forma de superarse era a través del estudio. La escuela a la que asistía Egbert era un amplio edificio marrón, que había sido el cuartel a donde llegaban los esclavos trasladados por millares en la flota inglesa desde el continente africano.

    El edificio estaba dividido por aulas y una oficina para el director; sin embargo, conservaba algunos aspectos de su antigua condición de campamento. Se había dulcificado con una biblioteca y dibujos de los símbolos de la bandera inglesa. El director era un hombre atlético de gran estatura: exhibía algunas canas prematuras y muy pocas veces sonreía. Nació en Jamaica, hijo de británicos colonizadores que heredaron ingenios azucareros y contribuyeron al desarrollo material de la isla.

    Egbert llegaba media hora antes para consultar libros y prepararse mejor para la docencia que empezaba exactamente a las ocho de

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