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El hombre roto
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El hombre roto

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Corre la última década de los años treinta en una Venezuela aún rural y llena de belleza bucólica, pero también de penurias y guerrillas inter nas. En este contexto Luis Fermín Gutiérrez recrea El hombre roto, su segunda novela, que puede leerse como una historia de amor, como una novela de formación (Bildungsroman), o como el relato íntimo de un ambicioso joven que, buscando una vida mejor, es arrastrado por la con tingencia y el azar. El hombre roto es una representación conmovedora de la condición humana, que explora la fragilidad y la fortaleza del espíritu mientras se navega por la complejidad del amor y el autodescubrimiento. Ambienta da entre Caracas, Maracay y Ocumare de la Costa, esta historia refleja las luchas personales del protagonista, así como el cambio cultural y social de aquella época. La transición de lo rural a lo urbano simboliza un viaje más amplio hacia la modernidad y el progreso, marcado por desafíos y oportunidades que constituyen una suerte de laboratorio donde se fragua la reciedumbre del alma del joven que se busca a sí mismo por caminos anónimos e imposibles. Luis Fermín Gutiérrez nos ofrece una historia vibrante y profunda mente hermosa, donde los personajes, cada uno a su manera, debe recomponer el tejido fracturado de su vida. Los escenarios, cargados de memorias, se articulan en el transcurrir de un tiempo que se amalgama en la constante búsqueda de Sebastián, y evoca la épica odisea de Ulises. El protagonista emprende una carrera personal, que culmina cuando cierra un ciclo de veinte años, mientras el ocaso tiñe de naranja la tarde y da paso a la oscuridad de una noche rotunda. El hombre roto no solo muestra la precariedad del ser humano a través de los encuentros y desencuentros, que Sebastián lleva tatuados como el signo de un deseo inalcanzable, sino que también es una representación poderosa de las transformaciones simbólicas que, como un eco, resuenan en la sombra de las adversidades que colman la existencia.

 Les Quintero

IdiomaEspañol
EditorialEditorial Lector complice
Fecha de lanzamiento23 nov 2024
ISBN9789804290626
El hombre roto
Autor

Luis Fermin Gutierrez

Estudio en la Escuela de artes de la Universidad Central de Venezuela y en la Escuela de Letras, trabajó por algunos años en el Museo de Bellas Artes y más tarde se desarrolló en el diseño gráfico y publicidad. Luego trabajo en animación 3D y diseños gráficos para comerciales de TV, y como redactor creativo en varios canales de televisión por suscripción. Mas tarde como productor audiovisual y guionista. Actualmente se desempeña como productor audiovisual freelance.

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    El hombre roto - Luis Fermin Gutierrez

    Reseña

    Corre la última década de los años treinta en una Venezuela aún rural y llena de belleza bucólica, pero también de penurias y guerrillas internas. En este contexto Luis Fermín Gutiérrez recrea El hombre roto, su segunda novela, que puede leerse como una historia de amor, como una novela de formación (Bildungsroman), o como el relato íntimo de un ambicioso joven que, buscando una vida mejor, es arrastrado por la contingencia y el azar.

    El hombre roto es una representación conmovedora de la condición humana, que explora la fragilidad y la fortaleza del espíritu mientras se navega por la complejidad del amor y el autodescubrimiento. Ambientada entre Caracas, Maracay y Ocumare de la Costa, esta historia refleja las luchas personales del protagonista, así como el cambio cultural y social de aquella época. La transición de lo rural a lo urbano simboliza un viaje más amplio hacia la modernidad y el progreso, marcado por desafíos y oportunidades que constituyen una suerte de laboratorio donde se fragua la reciedumbre del alma del joven que se busca a sí mismo por caminos anónimos e imposibles.

    Luis Fermín Gutiérrez nos ofrece una historia vibrante y profundamente hermosa, donde los personajes, cada uno a su manera, debe recomponer el tejido fracturado de su vida. Los escenarios, cargados de memorias, se articulan en el transcurrir de un tiempo que se amalgama en la constante búsqueda de Sebastián, y evoca la épica odisea de Ulises. El protagonista emprende una carrera personal, que culmina cuando cierra un ciclo de veinte años, mientras el ocaso tiñe de naranja la tarde y da paso a la oscuridad de una noche rotunda.

    El hombre roto no solo muestra la precariedad del ser humano a través de los encuentros y desencuentros, que Sebastián lleva tatuados como el signo de un deseo inalcanzable, sino que también es una representación poderosa de las transformaciones simbólicas que, como un eco, resuenan en la sombra de las adversidades que colman la existencia.

    Les Quintero

    No soy un hombre que sabe. He sido un hombre que busca y lo soy aún, pero no busco ya en las estrellas y en los libros: comienzo a escuchar las enseñanzas que mi sangre murmura en mí.

    Mi historia no es agradable, no es suave y armoniosa como las historias inventadas; sabe a insensatez y a confusión, a locura y ensueño, como la vida de todos los hombres que no quieren más mentirse a sí mismos.

    Demian. Hermann Hesse

    Mi abuela me decía:

    En la vida ni se gana ni se pierde,

    ni se fracasa

    ni se triunfa.

    En la vida se aprende,

    se crece,

    se descubre,

    se escribe,

    se borra.

    Y se reescribe otra vez,

    se hila,

    se deshila y

    se vuelve a hilar.

    El día que comprendí que lo único que me voy a llevar es lo que vivo,

    empecé a vivir lo que me quiero llevar.

    Poesía Purépecha. Mexica Teahui. Autor desconocido

    Por esta calle se va a Ítaca

    y en su rumor de voces, pasos, sombras,

    cualquier hombre es Ulises.

    Eugenio Montejo

    ¡Oh pájaro de amor,

    que vas nadando cielo en mi tristeza...!

    Más allá de tus ojos

    mis crepúsculos sueñan bañarse en tus luces...

    ¿Es azul el misterio?

    Julia de Burgos

    Porque teniendo memoria

    elegí la amnesia...

    Porque siendo testigo

    negué haber estado...

    Porque tendí mi mano

    pero no la abrí...

    Porque prometí

    sabiendo que no cumpliría...

    Porque me negué

    a soñar despierto...

    Porque le tuve

    miedo al miedo...

    Porque conocí el mundo

    para no conocerme...

    Porque no me atreví

    a morir de amor...

    Porque me doblé

    en vez de romperme...

    Porque no hice lo necesario...

    Soy el Hombre Roto.

    Escrito sobre un muro de la Universidad de la Plata. Buenos Aires, Argentina.

    La inteligencia sin ambición es un pájaro sin alas.

    Salvador Dalí

    El amor es el espacio y el tiempo medido por el corazón.

    Marcel Proust

    Voces del pasado

    Era como un imán para mis ojos, una seductora ventana por donde asomarme al pasado, al más temprano y elocuente hito en mi vida. Siempre que voy transitando en mi automóvil por esa amplia y moderna avenida, y paso frente a ese lugar, me es inevitable aminorar la marcha y arrojar, aunque sea un rápido vistazo. Pero en esta ocasión, quizás buscando respuestas a mi turbulento presente, de pronto me dejé arrastrar por esa seductora voz del pasado y decidí detenerme, estacioné el auto frente a la entrada, y tras una profunda exhalación, apagué el motor.

    Un acogedor silencio me retuvo por unos minutos dentro del auto. De pronto, me embargó una profunda e inefable inquietud, esa que, en ciertas ocasiones, me invita a ir por respuestas que sé enterradas en lo más profundo de mi memoria, entre los más remotos recuerdos de infancia, suscitadas siempre por la familiar imagen que ahora tenía ante mis ojos.

    Abrí la ventanilla, necesitaba tomar aire fresco, quizás buscando sentir nuevamente el peculiar olor de ese lugar que siempre me aviva el recuerdo. Después de algunos minutos, que me robaron las dudas, decidí bajarme, y con lentos e inseguros pasos llegué hasta la entrada. Casi sin advertirlo me encontré parado allí, viendo a través del mismo enorme y viejo portón de hierro forjado, aferrado con ambas manos a sus fuertes y herrumbrosos barrotes, como un condenado que anhela la libertad perdida.

    Me asaltaron nuevamente las mismas interrogantes que, en ciertos momentos de turbadora soledad, me acosan con su siempre inoportuna estridencia, socavando mi ánimo, y ahora, atizando aún más la ansiedad con la que venía hacía apenas algunos minutos atrás: ¿cuándo había comenzado todo? ¿Sería allí? ¿En ese lugar? ¿En qué momento torció el rumbo en mi vida?

    ¿Rumbo? No, quizá nunca lo tuve, y seguramente, aún no lo tenga; fue a la conclusión a la que llegué como una confirmación de mi turbulento presente: «…empieza por llamar a las cosas por su nombre», una vez más resonaron las palabras del Viejo. Desde temprana edad, me había dejado arrastrar por esa caudalosa corriente, ese torrente de circunstancias ajenas a la voluntad, eso que algunos llaman «destino». Sí, ahora entendía que a partir de ese momento siempre viví engañándome. ¡Cuánta arrogancia!, me dije, tras una profunda exhalación. ¡Cuánta insensatez...! Sí, también, y mucha. Creí llevar siempre el timón en mi vida e ir en la dirección correcta, y no hice otra cosa que extraviarme aún más, vana ilusión que compartimos todos.

    Allí estaba de nuevo esa imagen, enmarcada por los gruesos barrotes, dispuesta siempre a confirmármelo, y quizás, hasta reprochármelo.

    —¡Pero si eras apenas un niño! —me dije, buscando el consuelo que sabía inútil de antemano. Siempre he sentido ese irritante reclamo del pasado con su irrevocable voz. Es la principal razón de ese especial magnetismo que siempre he sentido por ese lugar, y que ahora descubro que permanece aún vivo, como el primer día. Allí fue donde mi destino dio sus primeros e inesperados pasos. Sí, un temprano giro en mi vida, el primero de muchos. Allí, definitivamente había comenzado todo, algo se agrietó dentro de mí desde ese momento, y con el tiempo terminaría por romperse.

    A pesar de los años transcurridos, siempre me asombraba que la antigua casona permaneciera inalterable, como una ensoñación, como una antigua pintura detenida en el tiempo. Sin darme cuenta, se dibujó una sonrisa en mi rostro, suscitada por una inexplicable añoranza. Ese lugar conservaba la misma imagen bucólica de aquel entonces, todo se veía igual. Observé el fondo, al final del largo y sombreado sendero, bajo el frescor de la misma pequeña arboleda privilegiada por la vecindad con el gran Parque de la Ciudad, compartiendo su frescura y verdor, como si todavía fuese la casa de campo que conocí en aquel tiempo remoto, resistiendo aún en su trinchera vegetal la embestida feroz de la ola de concreto que todo lo arrasa y termina por ahogar en su frío y gris océano de cemento. Aún se mantenía en pie, habitada, serena y viva, palpitando en medio de la hostil y agitada ciudad en la que hoy vivo.

    Así como su belleza no había palidecido por los años, ni su dignidad, mucho menos su magia y vetusto abolengo de antigua casona de la hacienda San José, tampoco se había desteñido el recuerdo. Aún permanecía nítido en mi memoria el recuerdo de aquel primer día de mi llegada a Caracas, cuando anduve por ese mismo sendero junto a mi padre, siendo todavía un niño, ese inolvidable día en que conocí la casa del escritor.

    Me subí al automóvil, eché un último vistazo al lugar antes de girar la llave para encender el motor y ponerme en marcha de nuevo. Con la mirada anclada en esa imagen, como si de una vieja fotografía familiar se tratara, me afloró el absurdo pensamiento que me ha perseguido durante años en los momentos más difíciles de mi vida, ese que siempre acude a mi mente con inoportuna insistencia: ¿dónde está ahora ese futuro? ¿Dónde esa «vida mejor» que me prometieron cuando dejé mi hogar siendo apenas un niño?

    La casa del escritor

    Habíamos llegado un poco antes de la hora acordada y esperábamos de pie detrás un gran portón hecho de hierro forjado, ricamente bordado en tracerías y entrelazados ornamentos de hojas y flores del regio metal.

    —¡Buenas! ¡Buenas tardes! —gritó mi padre varias veces.

    Su voz se perdió entre los árboles, en medio del apacible silencio del bosque; el trinar de los pájaros y el palpitante canto de las chicharras, fue solo lo que obtuvo como respuesta. Tras unos minutos de espera y con nuestras miradas prendadas al hermoso lugar, de pronto, sin darme cuenta, me recosté de uno de los dos pesados portones, y para nuestra sorpresa, el oxidado lamento de sus goznes nos reveló que no estaban trancadas y, tras intercambiar una mirada, terminamos de abrirlas y nos decidimos a entrar.

    Caminamos por el largo y recto sendero que conduce a la casa grande, flanqueados por altos y frondosos caobos que, como enormes columnas, le daban cierto aire solemne al momento. Marchábamos juntos, arrastrando un pesado silencio; yo caminaba dos o tres pasos más atrás de mi padre, quien mantenía un andar lento, inseguro, como quien desea posponer un difícil momento. Llevaba en sus manos mi liviano equipaje, y en el corazón, el pesado dolor de la decisión de dejarme. Hablamos poco desde que salimos de Porlamar, a pesar de las largas horas de viaje por mar y de la novedad para ambos: era nuestro primer viaje largo en barco.

    El temor me robó las palabras aquella noche en que, sin querer, le escuché decir a papá: «voy recomendado por alguien que conoce mucho al doctor desde que era presidente de Estado. Estoy seguro de que le puede conseguir algún trabajito en una casa de familia allá en Caracas». A partir de ese instante fueron meses de callada, pero ardiente inquietud.

    No era tan largo el sendero, la casa grande se veía con facilidad desde la entrada, al fondo, a la sombra en una pequeña y apacible arboleda. Sin embargo, aun así, se me hizo interminable el trayecto por el árido silencio; solo se escuchaban el sonido que producían mis zapatos nuevos al chocar contra la graba del camino, y dentro de mi cabeza, las palabras que una noche cualquiera, me llegaron desde la habitación de mis padres, justo en el momento que pasaba frente a la puerta cerrada, y me detuve a escuchar:

    —No le parece, mija, que está muy niño para irse solo a la capital, aún no cumple los doce— dijo mi padre conmovido, procurando interceder por mí.

    Antonia, mi madre, guardó silencio.

    —Sí, la verdad es que está muy muchacho; pero tendrá que hacerse hombre antes de tiempo, aquí no hay futuro, mijo —sentenció, tras un profundo suspiro.

    En los días sucesivos llegué a pensar que ese momento estaba muy lejos. Abrigaba la esperanza de que quizás nunca llegaría, probablemente algo ocurriría antes y, con suerte, cambiarían su decisión en el último momento. De modo que no tendría que dejar mi hogar, mis amigos, mi infancia… e irme solo a vivir lejos de mi familia. Pero no fue así, una déspota realidad inclinaba la balanza en mi contra, y sin ningún contrapeso. La pesca había estado escasa en los últimos años, la isla se hundía en una despiadada pobreza y bajo el peso de la dictadura; más tarde o más temprano todos se marcharían. Hacía algunos meses atrás, mi hermano mayor, sin la menor vocación militar, había tomado el camino del cuartel espoleado por las privaciones. «Una boca menos que alimentar», fue el pensamiento que lo empujó a dar ese paso y dejar nuestra casa. Y para despejar cualquier duda, había naufragado la esperanza que llegó por mar, desde muy lejos, a bordo de un navío de extraño nombre, ahora sinónimo de derrota, frustración y muerte: Falke.

    Falke

    Subieron las escalinatas que daban al porche de la casa y el padre tocó con timidez. Mientras esperaban, una vez más recordó las palabras del mayor de sus hijos, palabras que le venían a la memoria impregnadas del amargo sabor a fracaso, decepción y temor. Fue su recomendación la última vez que hablaron.

    —Mi general me aconsejó que lo mejor será que te dejes ver poco a poco en el pueblo. Un día en la plaza, otro en el botiquín; que desaparezcas unos días y vuelvas a aparecer otra vez por la bodega. El que te vio, no estará seguro de haberte visto, el que no te vio hoy, te verá mañana. Así, la gente terminará por acostumbrarse a tu presencia casi sin darse cuenta y, sobre todo, a tan sospechosa ausencia.

    Tras un año escondido en el monte, todavía podía escuchar, como si fuese ocurrido ayer, el traqueteo de la metralla de los aviones sobrevolando los cielos de Cumaná, a todos los tomó por sorpresa la novedad bélica: la recién creada aviación militar, estrenada por la dictadura para enfrentar al navío que traía en sus entrañas desde ultramar, el tan preciado y costoso sueño de libertad: el Falke.

    Recordaba todo aquello con dolorosa claridad. En los primeros días del mes había llovido mucho, tanto, que el calor de Cumaná se elevaba como un vaho asfixiante que saturaba el aire de moscas y zancudos. Sin embargo, aquella mañana de agosto de mil novecientos veintinueve, el cielo amaneció despejado y el sol comenzó a secar la tierra desde muy temprano, no mucho más tarde se empaparía de nuevo, pero de sangre.

    Intentó dormir la noche anterior.

    —¿Será que todo esto es tan solo una locura más arrastrados por la desesperación?

    Fue la recurrente pregunta que alimentaba sus dudas y que le desveló toda la noche. Pensaba que, si todo fallaba, y lo tomaban prisionero, iría a parar a La Rotunda como tantos otros o, en el mejor de los casos, algún disparo, una bala perdida en medio del tumulto, le daría fin a la angustia de los últimos años. Por fin, mañana sería el día y era tarde para estar con preguntas inútiles, mucho menos con arrepentimientos de última hora. La verdad era, que, a fin de cuentas, no tenía mucho que perder: la pobreza no da opciones.

    Muchos de sus compañeros se habían ido hacia el prometedor occidente, al Zulia, a probar suerte en los campos petroleros. Buenos pescadores, con toda una vida de oficio; años que quedaron enredados en la arena, entre viejos y descoloridos peñeros y deshechas redes de pesca. El mundo en el que había nacido se desteñía a su alrededor como la pintura de los peñeros, por el viento, el sol, el salitre abandonado sobre la playa. Recordó con nostalgia los amaneceres en la ensenada, el aroma húmedo de algas de mar al desenredar los trenes de pesca, su voz potente luchando contra el viento, la alegría plateada rebosante de pescado en la orilla y la risa de los pescadores entremezclada con aroma de ron y tabaco en las noches de botiquín en el pueblo, en los días de buena pesca.

    Todo eso ahora estaba tan lejos en el tiempo; deshaciéndose en el pasado, y como un viejo barco se hundía irremediablemente encallado en el arrecife de las nostalgias. Fueron tiempos inolvidables, una felicidad sencilla, llana y al alcance de todos como la misma orilla del mar. «Nunca más volverá a ser como antes» era la recurrente oración en boca de todos, allá en el pueblo tras un lánguido suspiro.

    La mañana de la partida se levantó y su estómago apenas pudo soportar un trago de café negro que le ofreció Antonia. Los hombres saben qué hacer, se dijo, tratando de tranquilizar su ansiedad, pero nunca se está seguro hasta llegado el momento.

    No logró reunir muchos, no todos los que él hubiera querido, eran hombres de pueblo, sencillos pescadores, ajenos a la guerra, hechos para la vida, no para la muerte. El temor se paseaba con arrogancia por todos los rincones del país; la gente le temía incluso, a que se les delatara el miedo en el rostro.

    —Será mejor que te marches, te están esperando y el trecho es largo —le dijo Antonia mientras le entregaba un pequeño atado de tela—. Aquí tienes, te preparé esto para que comas algo en el camino.

    —Despídeme de las niñas… y de Sebastián —dijo con ojos acuosos.

    El padre abrió la puerta para salir, y el soplo de la fresca madrugada le golpeó en el rostro y lo hizo temblar como un negro presagio. Antes de marcharse arrojó una última mirada a su mujer, y con la puerta entreabierta antes de salir, le dijo:

    —Antonia…

    —Sí…

    —Si no regreso, no olvides lo que hablamos de la ida de Sebastián a Caracas.

    —Volverás, pero igualmente, él tendrá que irse —sentenció Antonia con esa dura expresión que siempre cincela la pobreza en el rostro.

    El escritor

    De pronto unos pasos se escucharon detrás de la puerta, y al abrirse, una mujer gruesa de piel morena, rostro amable, amplia y blanca sonrisa, apareció en el umbral.

    —Buenas tardes, el doctor Díaz…

    —¿Señor Hernández? —preguntó, evidentemente ya había sido advertida de la visita— Pero…pasen, pasen, por favor, el doctor los está esperando en su despacho.

    Entraron con timidez al amplio estudio atestado de anaqueles repletos de libros, e inundado con el aroma de la fina agua de colonia del doctor. Sentado detrás de su gran escritorio los recibió, vestido de elegante traje oscuro. Al verlos entrar, de inmediato se puso de pie y le extendió la mano al padre, acompañada de una amable sonrisa; aun así, la estrechó con firmeza.

    —Mucho gusto, Díaz Martínez —dijo mirando alternativamente al hombre y al jovencito que lo acompañaba—. Adelante por favor, tomen asiento —continuó, señalando con un ademán dos sillas enfrente al lustroso escritorio atiborrado de libros y papeles—. ¿En qué puedo serles útil? —preguntó mientras se sentaba ordenando algunos documentos y resguardando otros en las gavetas.

    —Gracias, mucho gusto, doctor, Gerardo Hernández —respondió el padre mientras le hacía señas al niño para que se sentara también—. En realidad, el asunto que nos trae por aquí… bueno, es que un amigo en común me escribió diciendo que usted podría ayudarme con el muchacho. Usted sabe, ubicarlo en alguna casa acá en Caracas, con una buena familia y quizás, más adelante, cuando esté un poco más grande, conseguirle trabajo —dijo el padre, mirándolo a la cara, y con la mano cariñosamente sobre hombro del niño.

    Entre tanto, ajeno a la conversación, el niño contemplaba fascinado el lugar, todo era nuevo para él. Los anaqueles de madera iban de piso a techo repletos de pesados libros de cubiertas en cuero que mostraban sus anchos lomos con letras doradas sobre sobrios colores: vino tinto, verde oliva, azul marino, marrón tabaco; parecían armoniosamente acomodados por sus elegantes tonalidades. En la pared del fondo, detrás del escritorio, colgaban varios cuadros, eran pinturas al óleo con paisajes de la ciudad y el imponente Ávila como tema principal; otras, con bucólicas escenas de casas campestres y empedradas calles de pueblo.

    —Sí, por supuesto, ya recuerdo. No se preocupe, todo eso está arreglado. Aquí tiene una carta de recomendación firmadas por mi persona y allí mismo está una nota con la dirección de residencia de la familia —dijo el doctor mientras doblaba y metía la carta en un sobre, luego de entregársela, agregó—: tengo muy buenas referencias de usted, por otra parte, le aseguro, y le doy mi palabra, de que don Pedro Téllez, al que conozco desde hace años, y a quien va dirigida la carta, es una persona correcta, de buena posición económica y, sobre todo, de buen corazón. Tiene una bella familia que acogerá al muchacho con buena disposición. Le garantizo que eso será así.

    —Nunca sabré como pagarle lo que está haciendo por nosotros… —dijo el padre, al tiempo que recibía el sobre, y mientras lo frotaba entre sus toscas manos de pescador, agregó—: le estaré siempre muy agradecido —antes de terminar la frase se le quebró la voz.

    —No, por favor, no se preocupe por eso, es un placer para mí ayudarle con esto o con cualquier otra cosa que necesiten. Ahora me disculpan, salgo mañana para Nueva York por razones de salud y tengo muchos asuntos que dejar resueltos antes de partir.

    —Seguro, doctor, ya nos vamos, no queremos seguir quitándole su valioso tiempo y espero que mejore su salud; de nuevo, muchísimas gracias —dijo el padre estrechando con fuerza la mano del escritor que se puso de pie para despedirlos.

    —Mucha gracias, y le repito, no es ninguna molestia, es un placer para mí —y después de despedirse del niño con una cariñosa palmada en el hombro, dijo—, aquí cerca, en Los dos caminos, pueden tomar el tranvía que lo llevará a Caracas. Vayan, que allá los estarán esperando.

    Orfandad

    —Pasa, pasa… por aquí, mijo, que nosotros no comemos gente —dijo la rolliza mujer amablemente, con un particular acento que le resultó familiar, mientras que, con un gesto cariñoso, posaba una mano sobre la cabeza del niño—. Coloca tus cosas ahí, en esa mesita. Esta va a ser tu habitación de ahora en adelante. Sé que no es muy grande, pero estarás tranquilo aquí, alguna vez, hace ya tiempo de eso, fue la mía… Dormirás en ese catre, la colchoneta lo hace un poquito más cómodo, pero es todo lo que podemos ofrecerte por ahora. Si te da mucho frío me dices para buscarte otra cobija, mira que ustedes los margariteños no están acostumbrados a este clima de la capital. Ya nosotros lo estamos, bueno, más o menos porque tampoco somos de aquí, somos también de oriente. La señora y el señor son de allá, y los dos hijos mayores, solo la menor nació aquí en Caracas. Todos somos de Cumaná, ¿la conoces? ¡Claro que no la conoces! ¿Cómo? Si apenas eres una criatura y debe ser la primera vez que sales de tu casa… mi nombre es Mercedes, pero me puedes llamar Meche, así me dicen todos —la mujer hablaba sin pausa mientras recogía algunas prendas de vestir regadas por toda la habitación—. Yo me vine con ellos para ayudarlos con los quehaceres de la casa, tú sabes, el lavado de la ropa, la limpieza de adentro, atender a los niños y la cocina, por supuesto; bueno, ahora te dejo solo para que te acomodes. Ah, casi se me olvida, si te quieres bañar, allí, detrás del lavandero, hay un bañito de servicio, ese va ser el nuestro. Ahí te dejé una pastilla de jabón y una toalla que será la tuya de ahora en adelante, después la cuelgas en las cuerdas para que se seque. No esperes que se haga muy de noche, mira que aquí el agua es bastante fría. Ahora sí, me voy para que descanses. Buenas noches, mijo —dijo finalmente.

    La mujer no paró de hablar con el modo atropellado típico de la zona oriental del país. Antes de marcharse, desde el vano de la puerta, con la mano ya sosteniendo el pomo antes de decidirse a cerrarla, se quedó pensando con los ojos puestos en el niño, en cómo se sentiría por encontrarse en un lugar tan ajeno, lejos de su hogar; y el recuerdo la sorprendió, y vio su reflejo en el espejo del pasado. Esbozó una media sonrisa, tratando de reprimir una ráfaga de furtiva tristeza que la sorprendió al ver el temor y el desconcierto estampado en sus aún infantiles ojos. El muchacho no había dicho ni una sola palabra desde que llegó, apenas asentía con casi imperceptibles movimientos de cabeza.

    Meche cerró la puerta despacio, tras el restallido de la cerradura, sus pasos se fueron apagando dejando todo en silencio, solo el tenaz canto de los grillos se colaba con el fresco y húmedo azul de la noche por una estrecha ventana que daba al jardín. Se mantuvo de pie, paralizado en medio de la habitación. Su recelosa mirada repasó detenidamente todos los objetos que contenía el austero lugar: el enclenque catre tendido con una manta de descoloridos cuadros, un poco más allá, en una esquina, un perchero roto y arrumado como un anciano echado al olvido y, colgado en la pared, un marco de madera descuadrado y roto que contenía una descolorida imagen pintada a mano: la familiar Virgen del Valle.

    Fue solo hasta que vio la pequeña mesa junto a la pared, que se dio cuenta de que aún mantenía aferrada en su mano, con inusitada fuerza, la mochila donde llevaba sus escasas pertenecías. Lentamente y sin quitarle la mirada la colocó sobre ella. Luego caminó hasta el desvencijado camastro y se sentó en él, no sin antes probar con dos pequeños saltos su resistencia y comodidad, dos oxidados chirridos confirmaron sus sospechas. Una vez sentado se descalzó, le dolían los pies por los zapatos nuevos, los había comprado el padre para la ocasión —no estaría bien, Antonia, que llegase con esos zapatos rotos—, resonaron las palabras que acompañaron el inesperado regalo el día que llegó con ellos en las manos. Paseó la mirada nuevamente por todo el lugar hasta detenerla en la desconchada pintura de la Virgen. La entrañable imagen le trajo el aún fresco recuerdo, las palabras de su padre al despedirlo en la puerta de la casa hacía apenas unos minutos atrás, ahora resonaban como un doloroso eco que le oprimieron el pecho.

    —Ya sabes, hijo, como dijo el doctor, quedas en buenas manos, mucho fundamento. En lo que llegue a la isla, le digo a tu hermana Carmen que te escriba. Bueno, mijo, que la Virgen del Valle me lo acompañe y que Dios te bendiga.

    El padre selló su bendición con dos palmadas en el hombro, luego se giró rápido para que el niño no descubriera que en sus ojos se anidaba el presentimiento de un «para siempre», y emprendió el camino de regreso. Al muchacho se le quedaron las palabras prendidas en los labios apretados, mientras lo veía desaparecer calle abajo, con pasos firmes y apurados, a penas iluminado por la cálida luz tangencial del crepúsculo que se colaba entre los árboles. Sería la última imagen que conservaría de él, el ultimo recuerdo, no lo volvería ver.

    Allí, en esa estrecha habitación, hizo nido en sus viseras ese nuevo y profundo sentimiento de orfandad, había llegado el tan temido momento, se había quedado solo en un mundo totalmente desconocido y ajeno, arrojado de pronto en aguas profundas para que aprendiera a nadar solo. El palpitante canto de los grillos descontaba los largos minutos como un reloj invisible; el intermitente silencio se quebró con un incontenible e inoportuno suspiro que escapó de su pecho. Una lágrima rodó lentamente por su imberbe mejilla hasta detenerse en la comisura de sus temblorosos labios apretados que intentaban dominar el llanto. «Tendrá que hacerse hombre antes de tiempo», resonaron las lapidarias palabras de Antonia. Sería la última lágrima que derramaría de niño, y cerraría tras de sí la puerta por donde se fugaba su infancia, dándole paso sin retorno al mundo de los hombres.

    La familia de Caracas

    —Niños, por favor, presten atención un momento, él es Sebastián, y de hoy en adelante va vivir aquí en la casa con nosotros. Viene de la isla de Margarita —dijo Meche mientras se secaba las manos en su curtido delantal, para luego, señalando una silla ubicaba junto una pared lateral de la cocina, agregar—: si quieres siéntate allí un momento, hijo, mientras ellos terminan, luego te preparo algo para que desayunes —dijo al muchacho que esperaba de pie, sordo a sus palabras, en el vano de la puerta de la cocina que daba al jardín; el contraluz hacía imposible ver el temor y la aprensión estampados en el rostro del recién llegado, solo se distinguía su infantil silueta recortaba por el sol de la mañana, esperando temeroso que los niños terminaran de comer.

    Los tres niños Téllez estaban en ese momento en la hora del desayuno, uniformados y aún con los cabellos mojados, como todas las mañanas, listos para salir al colegio. Comían en una pequeña mesa de la amplia cocina. Dos hembras y un varón: Alicita, la mayor, acababa de cumplir los quince años, de cabello corto y negro, tez blanca, apenas levantó la mirada para observarlo de arriba abajo con total indiferencia, esbozó una desfallecida sonrisa y siguió devorando su desayuno. Pedro José, un año menor que ella, también de cabello negro, y piel algo más trigueña, alto y fornido para su edad, ni siquiera volteó a verlo después de terminar de tomar de un solo sorbo lo que restaba de su café con leche, se paró de la mesa, agarró su atado de útiles escolares y salió de la cocina, caminado con desgano. Solo María del Valle, la más pequeña, tres años menor que el varón; posó su alegre mirada sobre la silueta del recién llegado y en sus menudos labios asomó una sonrisa que descanso en ellos por largo rato. De cabellos largos y dorados, ojos intensamente azules, delgada y vivaz; de una simpatía natural, fogoso temperamento y carácter voluble, era la favorita del padre, él se desvivía por complacer sus caprichos. La niña, después terminar su jugo y secarse los labios con la servilleta, se puso de pie y se encaminó con lentitud hacia la puerta, no sin antes arrojar de soslayo una mirada a la silueta que, aun de espaldas a la luz matutina, esperaba inmóvil las ordenes de la cocinera.

    —¡Date prisa, niña! Que tu padre los está esperando en el automóvil.

    La niña rubia se dio vuelta, y con torpes gestos sacudió algunas migas de pan que aún quedaban en su uniforme escolar. Luego dio una carrerita hasta a la alta y rolliza mujer, que se inclinó para abrazarla, y ella, elevándose sobre la punta de sus pies, le dio un sonoro beso en la mejilla.

    —Hasta la tarde Meche, gracias por el desayuno, estaba muy sabroso, como siempre.

    —De nada, mi amor, pero, anda. ¡Apúrate niña! ¡Que solo faltas tú! ¡Y no olvides tus útiles!

    No te voy a esperar toda la vida

    Estaba por terminar de barrer el jardín. Intentaba torpemente llenar un gran saco de yute con una montaña de hojas secas que había amontonado sobre la grama. Le fue difícil hacer el trabajo, no conocía de jardines hasta ahora. En su casa en Porlamar no hay jardín, mucho menos grama, solo un árido y arcilloso corral rodeado de tunas y espinosos cactus, sembrados en hilera a manera de cerca vegetal, además de uno que otro frutal como la mata de semeruco y moribundas de topocho o cambur. En eso estaba cuando escuchó la voz de la niña rubia parada en la orilla del patio, aún vestida con su uniforme escolar, acababa de llegar de la escuela y fue directo a saciar su natural curiosidad: la novedad de la llegada del muchacho a la casa.

    —¿Qué estás haciendo? —preguntó con una picara sonrisa, la obvia interrogación hacía evidente la intención de entablar conversación.

    El muchacho apenas levantó la mirada para saber de dónde provenía la voz y, sin decir palabra, continuó tratando inútilmente de llenar la bolsa. Con una sola mano sostenía uno de los bordes, mientras que la otra, con la escoba de jardín a manera de pala, trataba meter las hojas dentro; cada vez que lo intentaba se le derramaban alrededor de la bolsa. La presencia de la niña lo puso nervioso y sus movimientos se hicieron aún más torpes. Ella se cubrió la boca con una de sus manos para sofocar la risa, luego se aproximó, y al llegar junto a él, preguntó divertida:

    —¿Te comieron la lengua los ratones?

    El muchacho permanecía callado, ni siquiera volteaba a verla.

    —Así le dice Meche a mi hermano Pedro cuando no quiere hablar.

    Él continuaba mudo.

    —¡Deja, que yo te ayudo! —y diciendo esto le quitó la bolsa, la tomó por los bordes con las dos manos y la abrió lo suficiente para que pudiera echar las hojas en ella.

    —¡Dale, pues! ¿Qué esperas para empezar a llenarla? No te voy a esperarte aquí toda la vida —le dijo divertida.

    Primero vio a todas partes por el temor que alguien los estuviera observando, nadie los veía. Por primera vez la miró y descubrió sus ojos azules, ella le respondió con una amplia sonrisa. De inmediato él comenzó a meter rápidamente las hojas en la bolsa con ambas manos hasta llenarla por completo; mientras, de tanto en tanto, ella la sacudía con fuerza para compactarlas y así, de esa manera llenarla lo más posible.

    —¡Ves! entre dos es mucho más fácil —dijo mostrándole la bolsa repleta de hojas.

    Sebastián, aún temeroso, alargó sus brazos, para agarrar el saco.

    —Sí, gracias por ayudarme —y después de aclarar la garganta, agregó—: tú eres María.

    —Sí —respondió a secas.

    En ese momento ambos mantuvieron un elocuente silencio, donde no tienen lugar las palabras, embrujados por el mágico instante de reconocerse uno en el otro, con los ojos en los ojos del otro: pulcros espejos de sus almas infantiles. Un repentino rubor cubrió las mejillas de María.

    —Bueno, bueno, ya me tengo que ir —dijo ella, nerviosa y se fue corriendo por el jardín hasta entrar en la casa.

    Un suave y agradable vértigo lo tomó por sorpresa, su mente nublada se quedó vacía, solo su corazón palpitaba con fuerza y una nueva e indecible calidez recorrió sus venas mientras la seguía con la mirada. La niña, justo antes de entrar, se detuvo, se dio media vuelta, y lo obsequió con una media sonrisa y un tímido gesto de su mano diciendo adiós, luego desapareció tras la puerta.

    El trato

    Pedro José es el único hijo varón de la familia Téllez. Es un joven alto, algo fornido, bien parecido, y a pesar de su corta edad, recién cumplía los catorce años, es un muchacho bastante serio y formal. Además de ser buen estudiante y ávido lector, es bueno en los deportes, no en vano es integrante destacado del equipo de baloncesto de su colegio. Aunque oriundo de Cumaná, como casi toda la familia, llegó pequeño a Caracas y ha sabido asimilar con avidez la arrogancia capitalina.

    Esa tarde del sábado, Pedro José estaba en su habitación tratando de concentrarse en la lectura de una novela de uno de sus autores favoritos, Julio Verne. Poseía la colección completa de sus obras. «Me los obsequió mi papá cuando cumplí los trece años», solía decir con orgullo a todo el que se la mostraba. Se había leído buena parte de ellas. El joven saboreaba las aventuras encerrado en su habitación y le irritaba que lo molestaran o interrumpieran en esos ratos de voluntario aislamiento. Fue entonces cuando se percató de aquello que no lo dejaba entregarse a la lectura con placidez, era un repetitivo sonido que venía desde el patio, alguien hacia un ruido como si golpeara algo contra el piso una y otra vez. En vano intentó ver de qué se trataba desde la ventana de su cuarto en la planta alta de la casa.

    —¡Por Dios! ¿Quién hará tanto ruido? —se preguntó irritado, y furioso decidió bajar a ver. Al salir al patio encontró al muchacho recién llegado con el brazo en alto, justo cuando se disponía a lanzar una vez más algo que sujetaba con la mano cerrada, haciendo imposible ver qué sostenía en ella.

    —¡Oye vale! ¡Mira! ¡Detente! ¿Qué estás haciendo? A ver, ¿qué es eso que tienes ahí?

    El muchacho volteó a ver quién le gritaba de esa manera, y al reconocerlo, sorprendido y desconfiado, bajó con rapidez el brazo y de inmediato se guardó el objeto en el bolsillo.

    —¡Déjame ver! —le ordenó mientras daba largos y decididos pasos hacia él, al tiempo que extendía su brazo con la mano abierta. El muchacho respondió con una mirada desafiante y mantuvo la mano metida en el bolsillo del pantalón. El joven de la casa notó el fuego en los ojos del joven margariteño y, declinando el tono imperativo, agregó:

    —Por favor —dijo, aún con la mano extendida.

    El muchacho, sin decir una palabra, llevó primero la mirada hasta donde estaba escondido el objeto, y con algo de dificultad logró sacarlo. Alargó su brazo con el objeto sobre la palma de la mano y se lo mostró.

    —¿Qué es eso? —preguntó el joven extrañado.

    —¿De verdad no sabes qué es? —repreguntó el muchacho y en su rostro había una expresión de sincero asombro por la inesperada pregunta.

    —No, te dije que no sé, no tengo ni idea… ¿Para qué sirve eso?

    El muchacho esbozó con picardía una media sonrisa, se volteó y le dio la espalda para ocultar en ese momento lo que hacía con sus manos. De pronto, aun de espalda, giró su cabeza, lo miró fijamente a los ojos, con intencional teatralidad en el gesto, y tras unos segundos de espera, que le imprimieron cierto suspenso a la acción, levantó el brazo lentamente por encima de su cabeza y lanzó con fuerza el objeto contra el piso como si quisiera romperlo. En su mano quedó atado un cordel del que tiro con fuerza en dirección opuesta. El joven de la casa se sobresaltó desconcertado, retrocediendo unos pasos. El extraño objeto cayó en el piso girando vertiginoso sobre una fina punta de metal, dibujando arabescos en una danza frenética y sonora. Seguidamente, el muchacho, en una hábil maniobra, abrió los dedos de su mano y lo recogió del piso en la palma, todavía girando con fuerza sobre esta, se lo colocó justo frente a los ojos al joven.

    —Se llama trompo y así es como se baila —dijo con una amplia sonrisa y mirada triunfal, al ver el sincero asombro en el rostro de Pedro.

    —¡Caramba! No, no lo conocía… ¡Qué divertido se ve! —exclamó este, entre admiración y algo de vergüenza.

    El muchacho frenó el giro con la otra mano y se lo ofreció. El joven lo tomó entre sus manos, le dio vuelta y lo examinó por todas partes.

    —Bueno, en realidad, creo recordar que en alguna ocasión oí hablar a papá de esto. Se ve algo difícil de hacer. ¿Bailar? Tú, ¿tú me puedes enseñar a bailar el trompo? Así se dice… ¿No? —preguntó.

    —Sí, así se dice. Allá en la isla, los muchachos y yo hacíamos competencias lanzando el trompo de uno contra el del otro, para tratar de golpearlo y detenerlo; a veces hasta llegaban a partirse en dos. Es una lástima, son bonitos y divertidos, yo prefiero bailarlo solo. Este me lo hizo mi tío, es el mejor haciendo

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