Breviario: Narrativa Breve
()
Información de este libro electrónico
Colección Dimensiones, compuesta por tres grupos de cuentos para adultos: Andaduras (cuentos morales, muy premiados y reconocidos); Eternidad (acerca de la reencarnación); y Desamores (sobre el sufrimiento causado por el desamor).
Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel (Madrid, 1955) es uno de los más prolíficos autores de la literatura actual española, y tal vez el autor más completo en cuanto a la variedad estilística y a la profundidad de su obra. Finalista de los Premios La Rama Dorada 1986, Azorín de Novela 1996, Planeta 1999, Fernando Lara 2002, Ateneo de Sevilla 2002 y Planeta 2008 entre otros, es autor de numerosas novelas que abarcan casi todos los géneros literarios, aunque todas ellas con un denominador común: no son obras concebidas solo como entretenimiento, sino que se adentran en las profundiades de la condición humana y su sociedad, con el fin de reflexionar en cada una de ellas sobre un aspecto trascendente que enriquezca nuestra existencia.
Lee más de ángel Ruiz Cediel
La otra -irreverente, pero verdadera- historia Calificación: 5 de 5 estrellas5/5La manzana Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLemniscata Calificación: 5 de 5 estrellas5/5El esplendor de la miseria Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesMultiverso Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesApollyon Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesOcaso - Los días de Gilgamesh Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Eternidad Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesAdán Nada Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesNovela histórica: Novela histórica Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesCarne Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa saga de los Montoro: La saga de los Montoro Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesGermen de Dios, semilla del diablo Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl creador creado Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa hora Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesUna flor en el infierno Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesAndaduras Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesSangre de Lunas Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesFlor de sombra Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesAmén Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesThriller: Thiller Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesNovela corta: Novela corta Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones
Relacionado con Breviario
Libros electrónicos relacionados
La saga de los Montoro: La saga de los Montoro Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl imaginario mundo del doctor Panurgo Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones7 mejores cuentos de Adela Zamudio Calificación: 5 de 5 estrellas5/57 mejores cuentos - Bolivia Calificación: 5 de 5 estrellas5/5¿Quién es Luz Bella? Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Cuentos Espiritistas Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesFilón Y Los Argonautas Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesDios Te Salve Mi Hijo Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl Buey Que Quería Ser Abogado Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesSUA. Una historia de brujas Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa derrota de la luz: Ensayos sobre modernidad, contemporaneidad y cultura Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesSemyaza Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesCuentos de la Biblia para niños. Vol. 1. Antiguo Testamento Calificación: 1 de 5 estrellas1/5Las Doce Vidas del Caído Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl forastero misterioso Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl océano sin nombre Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa mitad del diablo Calificación: 3 de 5 estrellas3/5365 Noches Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl Barco de Cristal Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa Batalla Final Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl Paraíso Perdido: Clásicos de la literatura Calificación: 4 de 5 estrellas4/5El Despertar de la Oscuridad Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesGabriel: Novela Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLas Parábolas de Don Nadie: Retorno al Umbral Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones¡Atrévanse a morir! Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl Penúltimo Sabio Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesHa Querido Nacer 2: El Diario.: Ha Querido Nacer, #2 Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesExposición del Libro de Job: Traducido del Hebreo Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl diablo mudo Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesExpresión Del Alienígena De La Redención Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones
Ficción literaria para usted
Noches Blancas Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Erótico y sexo - "Me encantan las historias eróticas": Historias eróticas Novela erótica Romance erótico sin censura español Calificación: 3 de 5 estrellas3/5Deseando por ti - Erotismo novela: Cuentos eróticos español sin censura historias eróticas Calificación: 4 de 5 estrellas4/5El Viejo y El Mar (Spanish Edition) Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Las gratitudes Calificación: 5 de 5 estrellas5/5La máquina de follar Calificación: 4 de 5 estrellas4/5El Idiota Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Te di ojos y miraste las tinieblas Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Orgullo y prejuicio: Clásicos de la literatura Calificación: 4 de 5 estrellas4/5El retrato de Dorian Gray: Clásicos de la literatura Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Por la vida de mi hermana (My Sister's Keeper): Novela Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Lazarillo de Tormes: Clásicos de la literatura Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Libro del desasosiego Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Matadero cinco: La cruzada de los niños Calificación: 5 de 5 estrellas5/5La muerte de Iván Ilich Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Nunca me abandones Calificación: 4 de 5 estrellas4/5secreto del Bambú: Una fábula Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Se busca una mujer Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Trilogía Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Cartas a Ricardo Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Un mundo feliz de Aldous Huxley (Guía de lectura): Resumen y análisis completo Calificación: 4 de 5 estrellas4/5El cuerpo en que nací Calificación: 4 de 5 estrellas4/5La ligereza Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesDesayuno en Tiffany's Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Los 43 de Iguala Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Canción de cuna en Aushwitz Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Los hermanos Karamazov Calificación: 4 de 5 estrellas4/5El olvidado Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Cuando vi a la muerte prestar su sombrero Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones
0 clasificaciones0 comentarios
Vista previa del libro
Breviario - Ángel Ruiz Cediel
Narrativa
Breve
Ángel Ruiz Cediel
Andaduras Dimensiones I
Andaduras
Dimensiones I
Ángel Ruiz Cediel
Queda taxativamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio técnico o manual, sin el consentimiento previo y por escrito del autor.
Título Original: Andaduras Dimensiones I
Autor: Ángel Ruiz Cediel
©2.002
©2.014
©2.020
ARC Ediciones
c/Manuel Machado, 25
28806 Alcalá de Henares, Madrid
Tel.: 680766266
www.angelruizcediel.es
arc@angelruizcediel.es
1 ― Germen de Dios, semilla del diablo
Dios estaba tan solo al principio y le sobraba tantísimo amor que, no teniendo a quién dárselo, creó a los hombres. Fueron estos unos seres muy, pero que muy hermosos y meditados. Sin embargo, el diablo, quien todavía era su ángel predilecto y hasta entonces había podido imitarle en todo, comprendiendo que no era capaz de crear nada por sí mismo, por envidia de Él puso su propia semilla en ellos sin que el creador lo percibiera.
Una vez terminado el proyecto humano, asentó Dios a sus creaturas sobre la tierra, igualmente creada a su medida, esplendente y abrotoñada de maravillas, y tuvo Él, al fin, sobre quién derramar la infinita ternura que sentía.
—Sed fieles —les dijo—. Mirad que habréis de dejarme en buen lugar, ya que en vosotros está mi germen.
Empero, en ellos estaba el germen de Dios y la semilla del diablo, la cual, por ser mala, creció más aprisa que aquel, cundiendo en sus almas y ganándoles para su indigna causa.
Al principio, el tiempo trascurrió con desmedida felicidad y grato alborozo, complaciéndose las creaturas en su creador y el creador en sus creaturas; pero un día Dios percibió con dolor que los seres que con tanto amor había creado eran débiles y cedían con facilidad a la perversión de sus instintos, inficionándose con cuanto de baldón había arraigado en ellos, pues más gustaban de lo fácil y placentero a sus sentidos que de lo esforzado y provechoso para sus espíritus.
Comprendiendo que allí se veía la mano de su ángel, a quien el mucho conocimiento adquirido le había tornado suspicaz y envidioso, le llamó para pedirle explicaciones, y le dijo:
—¿Por qué hiciste esto, traicionándome?
—Porque tu obra es imperfecta —se justificó— como imperfectos somos nosotros, incapaces de crear nada, salvo la maldad. Pero ve que esta es más fuerte y arraiga con mayor señorío que el bien.
Encolerizado, Dios expulsó del cielo al demonio y a cuantos le apoyaban, diciéndole:
—Pues partidario del horror eres, ahí tienes el infierno, un reino creado a tu medida al igual que a la medida de los hombres creé la tierra. Y puesto que Yo estoy por encima de ella, pues bueno es cuanto creo, estate tú por debajo, ya que es malo es lo que haces, y quede el hombre en medio por ser su causa la que nos separa. Sea la oscuridad tu imperio y el dolor tu goce, sea el terror tu fuerza y la envidia tu ciencia, sea lo efímero tu regocijo y lo caduco tu riqueza, y sea así por una eternidad.
No obstante, el creador, quien tantísimo quería a los hombres y quien tanta ternura precisaba derramar, se culpó a sí mismo por haberles dejado de su mano siendo aún tan tiernos, de manera que se hizo el propósito de que sintieran siempre muy cerquita su presencia amiga, para que cuando llegaran las flaquezas que les imprimían la semilla del diablo Él pudiera ayudarles.
Y el mundo volvió a ser hermoso. Hubo dificultades porque siendo los hombres creaturas celestes no podían habitar la tierra sin mostrar ciertos desbarajustes y alteraciones; si bien, todo se coadyuvaba con su firme apoyo.
Rabiando el diablo, porque de veras rabiaba, caviló largamente la forma del desquite. Al cabo de mucho devanarse la sesera, trazó un plan perfecto: puso a un lado un demonio tan horripilante y monstruoso, tan cruel y desalmado, que nada más verle los hombres corrían despavoridos hacia el lado opuesto, cayendo en las redes de otro demonio que fingía ser bueno y apacible y tener remedio para las calamidades que el primero les había infligido, el cual consistía en contarles bellísimas historias que no eran sino verdades a medias, que es decir las más gordas y peores de todas las mentiras. Y si esto hizo el Maligno en una cosa, lo hizo en todas: inventó la cultura y la anticultura, ideó el radicalismo y la pasividad, instituyó la rebeldía y el servilismo y, en fin, cuantas cosas contrarias hay, no siendo ninguna de ellas auténtica, de tal suerte que quien no cayera en un lazo pusiera el cuello en el otro.
No es difícil suponer que cuando Dios tuvo conocimiento de esta trampa corrió en ayuda de sus creaturas amadísimas; pero ¿creéis acaso que se dejaron auxiliar?... ¡Qué disparate! Tan engalladitos estaban con su falso protagonismo y sus locuras que al mismo que les creó le acusaron de desvariar.
—¡No nos dejas vivir nuestra vida! —protestaron—. Así no puede ser. ¿Tienes que andar siempre hocicando en todo?... ¡Ya está bien! ¡Respétanos y te respetaremos! Ahora, que si nos has creado para manejarnos como a títeres..., pues, ¡hala!, a servirte de entretenimiento.
Dios, que es bueno, pensó que tal vez había creado seres más inteligentes de lo que se propuso en un principio, y aceptó no interferir nunca más en sus asuntos a no ser que se lo pidieran expresamente. Llegó a razonar, incluso, que quizá estuviera resultando empalagosa su conducta y que por esa causa se echaban en los brazos del diablo; pero que en cuantito se dieran unos buenos testarazos, ¡hala!, volverían al redil y con la lección bien aprendida. Así pues no le pareció mal la idea y, tranquilamente, con infinita paciencia se decidió a esperar que le reclamaran ayuda sus queridísimos hijos. Tenía la seguridad, por otra parte, de que en los momentos de mayor peligro el germen divino que había en ellos florecería, dándoles el valor preciso y la templanza suficiente para salir airosos del paso.
—Bien está —convino—; pero recordad: cuanto es bueno y cuanto no lo es ya está escrito en vosotros, pues resultado sois de mi germen. Así, cuando dudéis buscad en vuestro corazón, y si aun buscando no encontráis, llamadme que Yo acudiré enseguida y os mostraré el camino.
El tiempo pasó y pasó, y a pesar de que las cosas iban de mal en peor nadie reclamaba su amparo. Los niños eran buenos, tanto como Él les había creado al principio; pero en cuanto crecían, los mayores les hacían más y más malos y cada generación era siempre peor que la anterior. Cada vez era más corta la infancia, porque los adultos hacían florecer antes en ella la semilla del diablo, pues todos eran esclavos de la Bestia y ya carecían de voluntad para negarle nada, ni a sus propios hijos.
El germen de Dios moría dentro del pecho sin arraigar, ahogado por la maldad de las gentes, la cual llegó a ser tan abrumadora que incluso encumbraron a quienes les proporcionaron argumentos para que tan grandísimas bajezas semejaran virtudes. Y como la mentira es más fácil de creer que la verdad..., pues se la creyeron enseguidita. Tanto, tanto alcanzó el mal, que la propia sabiduría y comodidad de que los hombres se habían rodeado y todo el hermoso mundo en que habían asentado sus reales, se fue trasformando en inquietud, belicosidad y pesadumbre.
Tal vez por eso a quienes no eran como ellos los eliminaban, como prohibían con severidad cualquier acto o idea que les indicara la gravedad de su error. Y si hicieron esto por sufrimiento con semejantes o ideas, lo hicieron también con su bello mundo, infestándolo como a su alma de su maldad; de modo que, en un loco afán por experimentar placeres y adquirir bienes que les ayudaran a olvidar su dolor, se sirvieron de los más débiles como si fueran mercancías y contendieron entre sí ferozmente, esquilmando ríos y mares, destruyendo bosques y aires, exterminando bestias y hasta corrompiendo el agua que bebían y el aire que respiraban. La soberbia y la fuerza, hijo, son las máscaras de la tristeza y la ignorancia.
Y así fue hasta que un día los hombres, hastiados de su debilidad, hartos de su lucha sin sentido y de su dolor sin objeto, llamaron a Dios y le dijeron:
—Compadécete de nosotros, Señor, y olvida lo te reprochamos un día. ¿No ves que esto no es vida?... ¿Es para esto que nos creaste?...
Pero Dios no respondió porque un gran nudo en la garganta le impedía hablar. De sus ojos cayeron copiosas y mudas lágrimas, las cuales bebió con amargura infinita porque tenía mucha ternura para derramar y un grandísimo amor por repartir.
—Ayúdanos, Señor —le apremiaron con irritación sus creaturas—. Apresúrate, que sufrimos grandes tormentos.
Y como Dios los amaba tanto, y porque de veras quería ayudarlos, los destruyó.»
2 ― Un infierno portátil
No sabía bien qué le había cambiado. Quizá fuera una indigestión de independencia propiciada por esa difícil edad que es la pubertad, territorio de nadie donde campeaba por sus fueros la infancia de la mano de la pretendida hombría que se asomaba a su cuerpo. Quizá, quién sabe. O tal vez fueran las compañías, los amigos del barrio y del colegio, esos a los que los años empujaban a asumir roles que no les correspondían, a menudo imitando modas o tendencias que nada tenían que ver con lo que hubiera sido consustancial a sus propias naturalezas. Tal vez, quién sabe. O aun fuera esa desazón que produce el incierto porvenir, o el más que probable futuro de empleo precario, si es que había suerte. Cierto que sabía que la culpa no podía ser compartida, que nadie le forzó a imitar modas o conductas o a fracasar estrepitosamente en sus estudios: ¡es tan tedioso el estudio pudiendo divertirse uno! Bueno, que lo sabía queda más que claro; pero no era eso lo que más le molestaba, no; lo que verdaderamente le dolía era que le compararan con su hermano gemelo: las comparaciones. ¡Nada más odioso que estas cuando uno es el que pierde! Y es que mientras él había comenzado a trabajar muy joven, hacia los dieciocho, entretanto su hermano estudiaba una carrera de ingeniería, él gastaba el dinero como si le cayera del cielo, que incluso se había comprado un automóvil de segunda mano y una moto de más cilindrada que su cerebro, con lo que conseguía no solamente la admiración de quienes él llamaba eufemísticamente las pibis, sino de sus propios compañeros de barrio. Incluso hacía de tanto en tanto un préstamo a su hermano para que comprara cigarrillos o saliera con su novia al cine, porque la paga que le deban en casa la gastaba en librotes y fotocopias y cosas por el estilo. Pero nada es eterno ni hay mal que cien años dure. Su hermano ya se había licenciado, trabajaba para una compañía muy importante y tenía unos ingresos excelentes, entretanto él había perdido su empleo y ahora vagaba por las empresas de trabajo temporal como un córvido que husmeara por carroña. ¡Qué vueltas que da la vida, Señor, Señor! Miraba hacia atrás y no le gustaba lo que veía. Ya, lo de su hermano casi ni le importaba. Sentía que había perdido el rumbo, el control sobre su vida. Aquel dinero fácil que ganó a los dieciocho y a los veinte ya no le llegaba, y ahora debía conformarse con revolotear con casi treinta por los alrededores de su casa, donde vivía a costa de la exigua pensión de su madre. ¿Quién había tenido la culpa de que las cosas se dieran como se dieron? ¿Era culpable él o su juventud de aquella borrachera de poder emanada del fracaso escolar? ¿Podía culparse a sí mismo de una presunción que dimana de la naturaleza humana como el humor de una pústula? Sí y no. No se sentía peor por haberse extraviado, ni se consideraba un Judas de su propio destino. «Son las cosas», se decía. Y no se engañaba. Las cartas que jugó estaban marcadas, y era demasiado inocente para conocer las artimañas de la vida. Su madre se lo decía reiteradamente, machaconamente, como si su tonillo fuera el tictac del reloj de pared que había en el recibidor de su casa. ¡Su madre! A ella sí que la quería, y por ella sufría más que por sí propio. Nunca, nunca le reprochó nada, a no ser darle de tanto en tanto un consejo y sonreír siempre, incluso sobre las lágrimas, cuando a su entender su retoño se estaba despeñando por una sima sin fondo. Nunca, nunca le hizo un feo, ni le dejó de lado cuando las cosas vinieron mal dadas, sino que permaneció ahí, a su lado, dándole ánimos y alumbrando caminos que él veía inundados de la más abstrusa tiniebla. Y sonreía..., ¡Dios!, con esa dulzura tan suya, tan tiernamente suya. Ya no era más que una anciana, apenas un retal de la hermosura que aún ondeaba en las fotografías de aquella juventud remota que se había extinguido en el sufrimiento. De sobra sabía que era su preferido no por ser más listo, ni el más guapo, ni siquiera el más afortunado, sino precisamente por lo contrario. ¡Las madres tienen una forma tan azul de querer, que el alma se le llenaba de nubes y los ojos se le poblaban de golondrinas cuando pensaba en ella! «Mi viejecita», se lamentaba. Aún podía sentir la consternación de su alma cuando ella le encontró en el bolsillo de la camisa su primer preservativo, junto a un papel de estaño que envolvía una porción de chocolate. Aquellos ojos, desde entonces, nunca habían dejado de mirarle, como si se hubieran clavado en su alma para la eternidad. Con ella no podía engallarse como con sus amigotes del barrio, ni podía usar ese tono engolado de quien tiene infinita cosmología ante sus pibis. Muy por el contrario, cuando su madre le preguntó que qué era aquello, sabiendo por de más lo que era, solamente pudo sentir pudor y gravitó su cabeza para evitar aquella mirada que no reprobaba, sino que le hacía contemplarse como ante un espejo. «No te hagas daño, mi niño, que la vida es bella», le dijo. Hubiera querido decirle que no, que no era bella en lo más mínimo, sino fea, muy fea; pero también él la quería, sabía de su necesidad de amarle y protegerle de los cristales del mundo, y no replicó. Se prometió a sí mismo que nunca más acercaría un porro a sus labios; pero únicamente fue un propósito, y como los demás incumplido. No fue un porro lo siguiente, sino cocaína, y luego, otros alucinógenos. Cómo comenzó a precipitarse por aquel pozo sin fin, ya no lo recordaba. Siempre le pareció que pudo controlarlo, y se ufanaba de ello ante sus amigos y sus pibis; pero no lo controlaba, y bien sabía dentro de sí que así era. Tuvo conciencia de ello cuando comenzaron a abandonarle los demás casi al mismo ritmo que él iba cayendo más y más hondo en aquel suplicio que, lejos de producirle placer, se iba convirtiendo en un infierno portátil que le acompañaba en el sueño y la vigilia, como si él y su alma fueran la misma cosa o hubieran emparentado. ¡Dios, qué solo se vio entonces! Perdió su empleo y no volvió a encontrar otro. Le faltaron recursos, y pronto tuvo que cometer su primer delito. Su madre, su buena madre, lo sabía, y algunas veces, cuando podía, se olvidaba a propia intención la cartera sobre la encimera de la cocina o sobre la mesita de noche para que él lo encontrara y sustrajera algunos billetes..., pocos, porque ella no tenía más que una pensión, y su otro hijo, el ingeniero, vivía demasiado lejos y nunca le refirió de este asunto ni una sola palabra. Él tomaba lo menos que podía, pero pronto todo lo que hubiera le fue insuficiente, y revolvió cajones y armarios buscando «niditos». Ella, su madre, como que miraba para otro sitio para no darse por enterada, y siempre estaba cerca de él ofreciéndole una taza de té o una merienda para que comiera algo y saliera de aquella delgadez que estaba por consumirle el cuerpo, siempre dispuesta lo mismo a una confesión que a un beso; pero su humor había ido mudando, y ya no tenía paciencia para nada. Aquellos alucinógenos eran ya su alma. El infierno era ya su alma, y el infierno siempre exige la presencia de sus diablos, y estos salían al caer de la tarde para buscar unos euros con los que acallar las ascuas que le abrasaban por dentro. La primera vez que dio un tirón de un bolso fue a aquella señora que aún le parecía verla. Tuvo intención de detenerse en seco y ayudarla a levantarse al ver que la había derribado. Todavía quedaba en él algo de humanidad, de aquella humanidad que su madre había sembrado tan amorosamente desde que era un chiquillo; pero poco a poco esta se fue durmiendo... o muriendo, casi al mismo ritmo que aquellas sustancias se diluían en su sangre. Después de inyectarse, lloraba. Lloraba desconsoladamente, queriendo ignorar lo que de ninguna manera podía obviar. Deseaba ser aquel chiquillo que se sentía perdido sin su madre, o aquel que reía como un loco cuando ella le despertaba haciéndole cosquillas. Pero ya no tenía cosquillas. «¡Devolvedme mi infancia!», parecía gritar su alma en el silencio. ¡Silencio! Sus demonios le gobernaban, le exigían otra pifia. Podía contemplar como si lo estuviera viendo la tristeza de su madre cuando acudió a la comisaría del barrio para sacarle de allí porque le habían detenido como consecuencia de un intento de robo frustrado. Había roto un escaparate y, gracias a Dios, el tendero se conformó con que le pagara los desperfectos y retiró la denuncia. Le prometió que nunca, nunca más volvería hacerlo; pero fue otra mentira más. ¿Qué importaba otra mentira en la inmensa e insoportable suciedad de su alma? Pero su madre no le reprochaba, sino que le quería, le mimaba, trataba de recuperarle por la cuerda del cariño. ¡Ja, el cariño! ¿Dónde estaba ya su cariño? No era capaz de pensar por sí mismo, a no ser que se tratara de acudir a por una dosis. Por él mismo, por su orgullo, por su vida, era incapaz de ponerse en pie, pero sí era capaz de arrodillarse o de arrastrarse por una dosis, que incluso llegó a prostituirse, a violar la sagrada integridad de su cuerpo y de su alma. Era el último bloque que le quedaba por derribar de su fortaleza. Después de aquello nunca más se respetó. Lloró tanto y tan seguido, sentía tal repugnancia de sí mismo, que deseó su propia muerte con tal intensidad que si no se quitó la vida, fue por la manía de esta de perpetuarse contra viento y marea. Pero su madre lo supo, porque estuvo un día entero en la cama y se negó en redondo a poner un pie sobre el mundo. Ella, como siempre, le decía que la vida era bella pese al dolor, y que al final del túnel siempre refulgía la luz de la esperanza. Y lo sabía mejor que nadie porque perdió a su esposo en lo mejor de su madurez, en un terrible accidente de tráfico; pero nunca perdió la sonrisa, aquella sonrisa, ya algo desdentada, que la hacía tan querible. Durante todo aquel día reflexionó sobre esto. Si no era por él, que fuera por ella, pero debía ponerse en pie sobre sus ruinas y reconstruirse. A mediodía, ya no lo veía tan claro, y pensaba que lo mejor que podía pasarle era que se muriera para que su madre viviera sin tanto quebranto, que le llorara de una vez todo junto, y listo. A media tarde comenzó a sentir temblores, sudor frío, espasmos y una necesidad imperiosa de salir de aquel cuarto como una celda y acudir en busca de aquellas alas de murciélago que le proporcionaban la libertad, por más que esa libertad fueran las rejas de la prisión más obscura. Ya entrando la noche recordó que le pidió a su madre dinero y que ella le dijo que no tenía más que apenas unos céntimos, que nada más había en la casa. Lo demás que recordaba era muy, muy confuso. Creía que había levantado la mano a su madre, pero esa idea le repugnaba, no la podía soportar. ¡Cualquier cosa menos eso! No; a su viejecita levantarla la mano, no. Y se vio tendido en el suelo, semiinconsciente, como si al caer se hubiera golpeado la cabeza con algo, porque sentía un insoportable dolor en ella, cual si se la hubiera fracturado. Le despertó el calor de su mano, húmedo y reconfortante, y al alzar sus ojos, con una visión no muy clara, comprobó con horror cómo su mano asía aún el cuchillo que estaba hundido en el pecho de su madre. La miró con los ojos queriendo escapar de las órbitas, pero ella sostuvo su mirada serena, apacible, como si nada irremediable hubiera sucedido, y con una crepuscular sonrisa, mientras le acariciaba la cara en un esfuerzo postrero, casi al punto de expirar le dijo:
—¿Te has hecho daño, hijo mío?
3 ― Querida madre
—¡Ay, hijo! No; tú no eres malo, sino solamente un poquitín tonto: nada más que eso. Ingenuidad, digamos: un pecadillo de desconfianza. Pero no; no es de los peores. Mientras otros van por ahí haciendo de lo sagrado un conventillo, al menos tú eres de los que creen que pueden remediar este mundo desmadrado que tanto tiempo lleva en su oficio de desconcierto, así, como chasqueando los dedos; pero, en fin, así como los hay que tienen los pies más que hundidos en el suelo, tú tienes la santa chaveta en las nubes. ¡Ay, tonto, que te lo crees todo! ¿No te sirvió mi experiencia? Y a final de cuentas, ¿qué? Pues nada, tontín, nada de nada. Si es lo que te digo, hijo: ingenuidad. Claro que la candidez a los dieciséis, vaya y pase, ¡pero es que has saltado los cuarenta y todavía crees en las burras de leche! Si este berenjenal no hay quien le ponga en orden, hombre de Dios, y mira que no será porque no se te ha advertido, ¿eh? Cuarenta años, hijito: ¡cuarenta, y tu vida como al principio! Dos matrimonios, y estás más solo que la una. ¡Ay, cabecita loca, si hicieras caso alguna vez! Pero no, no es que le dé la razón a Pili, no, que esa, ya te lo dije cuando te empeñaste en casarte con ella, no te iba a traer nada bueno. No; no era trigo limpio, ¡ya me lo decía el corazón! Le gustaban demasiado los pantalones, y mientras tú lucías bien y conservaste aquel empleo de tanto ringorrango, pues tan enamoradita; ahora, que cuando con tu santa soñera lo echaste a perder y te hiciste uno de tantos parados, corriendito iba a estar ella sin poder salir a quemar lo que no tenía ni a lucir su culito. ¡Como si el culito fuera un bien imperecedero! Pero, en fin, así parecía y así fue. Y luego, cuando lograste aquella dirección en la multinacional, de vuelta, ¡y pelillos a la mar! Y tú aceptaste, aunque bien sabías que estabas comprando un cariño que no existía sino en tu desquicio de niño grande; pero Dios lo quiso: dentro de la estupidez del amor, un rayo de esperanza. ¡Bendito idiota aquel que se la llevó para siempre! Sí, sí, hijo: ¡bendito y mil veces bendito! Porque ya ves que te sacó de encima un pendón de lo más pintoresco, ya que eso es lo que era, ¡y lo que es! Y tus buenas lágrimas te costaron. Dos hijos, dos, que quedaron a medio camino de la nada, sin madre ni padre, sino dos... ¿amigos, lo decís?, que quedaron a cargo de unos inconscientes que no hacían sino libar de flor en flor, dándoles un ejemplo de aúpa. Menos mal que al final te hiciste cargo de ellos y les pudiste dar un poco de estabilidad. Gracias a Gloria, ¡bendita criatura! Esa sí que fue la mujer de tu vida: buena, ordenada, modosa y ama de su casa, como Dios manda. En fin, un premio, hijito: ¡y gordo! Pero tú, erre que erre, volviste a las andadas. ¿Qué te importaba a ti si los pluses o las horas? ¿Qué te importaba a ti si la reconversión o no la reconversión? ¡Rábanos! Pero tú, Quijote de domingo, ¡hala!, a combatir molinos. ¿Y qué conseguiste? Nada, claro está, porque al final la reconversión se hizo contigo o sin ti, como bien se sabía de antemano. ¿Y todos aquellos por lo que perdiste tu empleo, qué? Pues nada, tampoco, ¡y si te he visto, no me acuerdo! ¿Cuántos te llamaron, cuántos te dieron las gracias? Ninguno, por supuesto. Este mundo, hijo, es un teatro en el que cada cual va a lo suyo y nada más que a lo suyo. ¡Sálvese quien pueda!: ese es el lema. Pero tú no, ¡quiá!, qué te ibas a estar quieto. Tenías que remediar el mundo una vez más. Perdiste el empleo y perdiste a tu mujer, a esa santa que te tenía siempre como un san Luís. En fin, dos chicos más que quedaron al alimón. ¡Y menos mal que tus otros dos hijos ya eran mayores! Bueno, al menos lo suficiente como para no cargarte demasiado. Aunque, por otra parte, bastante tienes con lo que tienes que hay que ver cómo han salido. Claro, que con los ejemplos que han tenido, no me extraña que suceda lo que sucede. Lucas, es un torbellino que no sé adónde a va a parar con esa manía por la juerga y las chicas, que como un día se descuide su ángel de la guarda, ¡zas!, ahí se va a quedar. Para él no hay otra cosa que chicas, coches y caprichos. Y de estudios ¿qué? Pues nada, que cuesta esfuerzo. Como
