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Fiebre amarilla
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Libro electrónico510 páginas6 horas

Fiebre amarilla

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Información de este libro electrónico

Luchando contra la depresión, la adicción y las dificultades de aprendizaje de sus años de formación, Bryan forjó la vida que deseaba a base de pura persistencia, licenciándose en UCLA a los 30 años y siguiendo sus pulsiones hasta Japón poco después. En abril de 2001, el futuro autor liquidó sus bienes en California y empacó para trasladarse a Japón.

Desde entonces, las experiencias y la perspectiva de Stefhen Bryan sobre Japón no han dejado de formarse y transformarse. Defensor a ultranza del país, Bryan nunca se ha abstenido de llamar la atención al gobierno japonés, y a la sociedad en general, sobre temas controvertidos como la división de sexos, las excesivas horas de trabajo y, especialmente, las inhibiciones y peculiaridades sexuales que definen las relaciones de la nación.  

Atribuyendo al país y a su sexo débil la curación de su adicción sexual de toda la vida, la perspectiva occidental del escritor sobre el país al que llama hogar se vertió ─quizá se desangró─ en las páginas de su explícito estudio etnográfico.

Bryan ofrece una perspectiva única de una sociedad homogénea y conflictiva desde el trasfondo de un viajero occidental experimentado. Allí donde habla, el público se emociona y se asombra al mismo tiempo al escuchar su visión específica de Japón. A pesar de lo mucho que disfruta presentando estas ideas, nada podría gustarle más que volver a su patria adoptiva en la segunda mitad de 2011.

IdiomaEspañol
EditorialBadPress
Fecha de lanzamiento26 sept 2024
ISBN9781667479279
Fiebre amarilla
Autor

Stefhen Bryan

Stefhen Fitzgerald DeCorcia Bryan nació en 1964 en Kingston, Jamaica. Emigró a Estados Unidos a los 15 años, y luego al Reino Unido antes de asistir al College of San Mateo y a la Universidad de California en Los Ángeles. Tras licenciarse en 1994, regresó al Reino Unido, pero pronto volvió a Estados Unidos y en 2001 se trasladó a Japón. Su primer libro, Black Passenger Yellow Cabs: Of Exile And Excess In Japan, se publicó en Amazon Kindle en agosto de 2008 y en rústica en febrero de 2009. Bryan y su esposa viven en Nishinomiya, Japón.

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    Fiebre amarilla - Stefhen Bryan

    Preparando el terreno

    Recuerdo que, cuando tenía veinticinco años, mi novia de entonces, Kathy, leía Mi historia secreta, una novela del escritor estadounidense Paul Theroux, en la que su protagonista tenía relaciones sexuales desenfrenadas con las nativas de varias aldeas africanas, durante los años que duró su voluntariado con el Cuerpo de Paz.

    ─¡Deberías leer este libro, cariño! ─gritó entusiasmada─. ¡Te pareces un montón a este tío!

    Lo que está a punto de leer, mi querido lector, es mi propia historia como depredador, una historia que no es en absoluto un secreto, pues llevo mis secretos escritos en la frente, a la vista de todo el mundo y Kathy, que, por supuesto, sabía de mis fantasías infantiles y de las ensoñaciones de desenfreno sexual sin fin que consumieron mi niñez, me contaba las hazañas del personaje haciendo crecer mi envidia por él.

    ─¡Eso es exactamente lo que yo quiero hacer! ─le respondí con sorna, mientras dejaba volar mi imaginación.

    Ya a la tierna edad de ocho años, mi pequeña tetera ─como solían llamarla en mi Jamaica natal─ se ponía en posición de máxima atención al ver a esas hermosas mujeres africanas de pechos desnudos, que periódicamente adornaban las portadas de las revistas de National Geographic. Lo más incomprensible para mí era la calma con la que los hombres parecían interactuar con ellas, como si los pechos fueran invisibles. Nadie se excitaba lo más mínimo y todos los miembros de la tribu parecían capaces de contenerse para no atacar esos senos perfectamente formados las veinticuatro horas del día. No es normal que los niños de ocho años alberguen tales pensamientos, aunque de hecho, yo no era un niño normal a esa edad, ya que mi primera experiencia sexual había sido sólo un año antes. Técnicamente fue abuso sexual, pero hasta que no inicié la terapia a los veintitrés años no me obligaron a interpretarlo como tal, pues estas experiencias eran la norma en el gueto de Dunkerque de Kingston Este y todos mis amigos habían sido iniciados de forma similar cuando no pasaban ni un metro del suelo. No era más que la iniciación del niño, como un rito en el paso a la edad adulta que, en una Jamaica tan machista y homófoba, al menos demostraba que yo no era gay.

    Las víctimas de lo que hoy muchos considerarían abuso sexual eran dos chicas de dieciséis y diecisiete años a las que yo había acariciado desde que tenía uso de razón. Meter las manos en sus faldas y en las de otras chicas y mujeres era mi saludo y, por supuesto, una vergüenza constante tanto para mi madre como para las víctimas involuntarias. Las dos niñas, hija y nieta de hermanas de la congregación, se cansaron de mi constante acoso desde que yo tenía unos cinco o seis años y acabaron por consentirme. Al verme reventar los pantalones, se escandalizaron del tamaño inusual en un chiquillo de siete años y quisieron investigar más a fondo el extraño equipo que parecía portar aquel crio.

    Tras negociar con ellas, llegamos a un acuerdo.

    Mi wi show oonu it if oonu show mi fi oonu own fus.[1] Os lo enseñaré si vosotros me enseñáis primero el vuestro ─les dije con ese lenguaje criollo y todavía infantil que casi sonó como un agresivo susurro. Pero sólo había un problema: la presencia constante de adultos.

    Hasta que una tarde, en la vivienda de una sola habitación encima de la iglesia de la comuna donde residíamos mi madre y yo, la más joven de las dos se levantó la falda, dejando al descubierto sus desgastadas braguitas azules de niña, mientras la otra vigilaba. Mi anatomía de siete años perdió el control, al tiempo que sus ojos de adolescente se abrían de par en par con incredulidad. Aproveche la ocasión para intentar tocarle el pubis, pero rápidamente se bajó la falda apartando mi mano de un manotazo.

    Weh your own deh?¿Dónde está lo tuyo? ─insistió.

    Así que me bajé los pantalones y dejé al descubierto mis calzoncillos blancos. En ese momento, la chica que vigilaba susurró:

    Smaddy a come ─Como un rayo me subí los pantalones y empecé a fingir que me ayudaban con las tareas del colegio como hacían a veces. Fue una falsa alarma y cuando reanudamos, renegocié con ella para que no sólo se levantara la falda, sino que también se bajara las braguitas antes de cumplir mi parte del trato.

    Empezó por bajarse la ropa interior, para luego levantarse la falda, mientras yo procedía a bajarme los calzoncillos y... voilà!: sus mandíbulas golpearon el suelo mientras mi tetera todavía infantil se agrandaba. Tocarla transfirió su penetrante olor a mujer a mis deditos.

    Jezas chrise! A weh a likkle pickney lacka yu get dat deh supm deh from? Mi wouldn’ wau meet you when you tun big man, a kill you aggu kill ooman wid dat deh weapon deh. ¡Jesucristo! ¿De dónde has sacado esa cosa? No me gustaría conocerte cuando seas adulto, vas a matar a las mujeres con eso.

    Pero yo no era ajeno a mi aparente anomalía, pues desde que tenía uso de razón, hacia los tres o cuatro años, mi madre se lamentaba a menudo de su tamaño mientras me bañaba. «No sé cómo vas a encontrar esposa con ese cacharro ─se preocupaba a menudo─. ¿De dónde la habrás sacado?»

    Después de ese día, intensifiqué mi acoso a las dos niñas y pronto empezaron a permitirme una mayor exploración durante periodos prolongados, incluso dirigiendo mis acciones. Cuando exploraba sus cuerpos con mis manitas podía ver en la expresión de sus caras, como se trasladaban a un universo totalmente nuevo, como si estuvieran teniendo experiencias extracorpóreas. Fue entonces cuando quedé totalmente fascinado por el acto de dar placer a las mujeres y, durante días me abstenía de lavarme las manos, mientras saboreaba aquel olor, placentero y repulsivo a la vez. Hasta el día de hoy sigo saboreando el aroma de mujer en mis dedos. Por eso, si alguna vez me ven en el tren con los dedos metidos en las fosas nasales no es precisamente oro lo que busco, pueden estar seguros.

    Después de mucho insistir, Madge, la más joven de las dos, y yo nos aventuramos bajo la casa, donde haríamos lo que ella me prometió que haríamos.

    Las casas de nuestro gueto del este de Kingston estaban construidas sobre postes, dejando un espacio lóbrego y tremebundo por debajo del suelo de la vivienda, plagado de nauseabundos insectos traicioneros y de escombros punzantes. Pero a medida que la sangre corría de la joven cabeza superior a la inferior, poco importaba que estuviéramos invadiendo el hogar de escorpiones,  ciempiés y culebras: el miedo dejaba de ser un problema. Estaba demasiado excitado para tener miedo.

    Y fue allí, en aquel oscuro lugar, durante mi bautismo en aquel mar de sensaciones infinitamente placenteras imposibles de olvidar, donde nació un adicto. Hasta ese momento, mi todavía breve existencia estuvo consumida por la depresión, profunda y constante, y el deseo irrefrenable de acabar con mi vida. De hecho, a los cuatro años cometí el error de expresarle a mi madre mi deseo de «tirarme de la cama y morir», pues ella no supo hallar mejor respuesta que hacer salir a mis demonios con una buena tunda y arrastrarme escaleras abajo, donde se encontraba el pastor de la congregación, para un exorcismo difícil de olvidar. No funcionó, pues mi depresión y mis intentos de suicidio persistieron hasta bien entrada la edad adulta, al igual que mi nueva adicción.

    Poco después de mi debut empecé a desear a las madres de mis amigos y no paraba de comentarles lo sensuales y atractivas que me parecían y lo que me gustaría hacer con ellas. Pero, para mi sorpresa ellos se interesaban por mi madre ─señal inequívoca de que ellos también habían sido iniciados─ lo que me resultaba totalmente repulsivo; ¡pensar en sexo con mi propia madre me ponía al borde del vómito! Típico de nuestras pésimas condiciones socioeconómicas, mi madre y yo compartimos cama hasta poco después de mi décimo cumpleaños y cuando esos pensamientos desviados invadían mi mente, me repugnaban. Sin embargo, siempre quise tener una hermana, que, por supuesto, habría sido mi juguete sexual, pero mi madre no había tenido más hijos. Tampoco era capaz de entender cómo era posible que mis amigos no dieran a sus hermanas una revolcada de vez en cuando. Evidentemente, desde mi perspectiva, desconocía los posibles mecanismos biológicos y/o socioculturales que impiden que uno se sienta atraído sexualmente por miembros de la familia inmediata, por lo que no podía entender qué no quisieran tocar, al menos a sus hermanas, cuando yo lo habría hecho sin dudarlo.

    Tras mi estreno en las relaciones sexuales, mis ansias no tenían límites, por lo que a los ocho años decidí intentarlo con un gato, pero, para mi decepción, aquella gata atigrada tenía otros planes y no fui capaz de convencerla.

    Después de aquella primera experiencia, Margerie y yo empezamos a tener encuentros cada vez más frecuentes debajo de la casa, convirtiéndome en un adicto al sexo en lugares arriesgados. Presas de la excitación y con miedo a ser descubiertos por algún adulto, éramos muy conscientes de las consecuencias; con toda seguridad una paliza que nos costaría la vida. Fruto de esa adicción, figura entre mis experiencias sexuales más memorables una que tuve muchos años después en la sala de juntas de una empresa de renombre internacional, en el piso veintiséis de su sede central de San Francisco. Ella, una joven asiático-americana con las palmas de las manos apoyadas contra la gran cristalera que daba a la bahía de San Francisco, la falda subida por encima de su cintura, las bragas y las medias de nailon en los tobillos, mientras empujaba su redondo trasero hacia mí. Aún puedo ver mis fluidos goteando sobre la alfombra: si nos hubieran pillado, las consecuencias habrían sido el despido fulminante, una reputación por los suelos para siempre e incluso cargos penales menores.

    Mi Jamaica natal no era la que aparecía en los folletos de viajes de todo el mundo, la que te invita a cabalgar a caballo por las paradisíacas playas de arena blanca, la que te motiva a volver, como incitaba una de las campañas publicitarias de la Oficina de Turismo de Jamaica. Para mí, en cambio, desde mis primeros recuerdos a los tres años, era un entorno miserable del que había que huir a toda costa, un lugar de barbarie incomprensible, asesinatos sin sentido y miseria absoluta. Mi Jamaica era anárquica, sin paz y sumida sin remedio en una violencia despiadada, completamente opuesta a su imagen de nirvana tropical.

    Los constantes y omnipresentes signos de abandono y decadencia ─edificios quemados, tejados hechos astillas─, causaron estragos en mi delicada sensibilidad desde mí más tierna infancia. En mi Jamaica era normal que las aguas residuales se estancaran o fluyeran por las calles, y la vida cotidiana era una lucha perpetua, que transformaba el simple hecho de levantarse cada mañana de la cama en un acto peligroso, siempre representado por el omnipresente riesgo de encontrarse con una bala. La muerte y su macabra simbología decoraban el barrio; desde las frecuentes excursiones a los funerales ─uno de los pocos acontecimientos que disfrutaba─, los tiroteos nocturnos, los «hombres del saco» que se llevaban a los niños, hasta los atropellados diarios por los coches que circulaban a toda velocidad que nadie retiraba y terminaban infestados de gusanos. Vi más muertes en los diez primeros años de mi vida de las que presenciaría en los treinta siguientes. En este barrio oscuro, ruinoso y plagado de delincuencia, los asesinatos brutales y los tiroteos policiales eran habituales, generando en mí a una edad temprana una fuerte fascinación por la muerte. En mi barrio, el hedor de los cadáveres de perro y de los neumáticos incendiados para incinerarlos eran los ambientadores del vecindario. Aun así, a diferencia de las chabolas del oeste de Kingston, mi barriada del este era el Beverly Hills de los guetos.

    Recuerdo muy claramente una noche, cuando sólo contaba nueve años, me abordaron a punta de pistola para pedirme que me identificara:

    Identify yuself! Woo a yu bloodclaut madda?¡Identifícate! ¡¿Quién es tu puta madre?!

    Yeow, Yeow, Yeow ─gritó alguien desde el otro lado de la calle.

    A sista Andisn yout. Es el hijo de la hermana Anderson.

    Awoah! Bloodcleet, a sista Adisn yout dis?¡Joder! ¿... el hijo de la hermana Anderson? ─Y volviéndose hacia mí─, likkle yout, yu fi identify yuself quick y nuh, cau it dread out ya. Deberías identificarte más rápido..., aquí fuera es peligroso.

    También recuerdo como si fuera ayer, yendo con mis amigos a la escuela primaria de Franklin Town acompañados por tanques anfibios de las Fuerzas de Defensa de Jamaica. A los diez años ya había presenciado innumerables palizas, asesinatos, ataques con ácido, palizas a esposas a machetazos y la quema de dos individuos hasta matarlos: uno simplemente por ser simpatizante del partido político equivocado en el barrio equivocado, y el otro por ser supuestamente gay.

    Por si todo esto fuera poco, mis años de formación los pasé en una comuna eclesiástica exclusivamente para mujeres, unas cincuenta o sesenta,  con las que compartía vivienda, les desabrochaba los sujetadores y me asomaba por pequeños agujeros para verlas desnudas. De niño ─uno de los dos únicos varones y el único niño varón socializado en este entorno por lo demás femenino─ crecí hasta convertirme en una lesbiana felizmente atrapada en un cuerpo de hombre, y desde mi primera experiencia sexual hasta hace poco, el sexo era lo primero en lo que pensaba al conocer a una mujer.

    Mientras vivía en la comuna, aventurarme, aunque sólo fuera hasta la puerta para echar un vistazo al mundo exterior, me estaba estrictamente prohibido, en un intento de protegerme de los peligros de mi entorno, y podía tener graves consecuencias. Aislado de la comunidad en general y dejado sólo para entretenerme con mis obsesiones era mucho menos asertivo y espabilado en la calle que los otros chicos. Como resultado, a menudo era usado como el saco de boxeo de los matones del barrio, jóvenes asesinos en ciernes, armados con mini navajas de carraca, que se dedicaban a recorrer las calles en sus ruidosos patinetes caseros de madera con rodamientos de bolas por ruedas, a hacer rodar neumáticos viejos con palos o, guiar ruedas hechas con mangueras de jardín con perchas de alambre enganchadas. Especialmente, en los días de lluvia, su juego favorito con diferencia era el buode aus o caballo de madera en el que se colocaban trozos de palos de caramelo recortados para después lanzarlos a las alcantarillas sobresaturadas de aguas residuales, simulando carreras de caballos. Durante mi niñez, si mi madre llegaba a enterarse que yo asistía, aunque sólo fuera como espectador a estas actividades, me enviaba al tamarindo a seleccionar las ramas más apropiadas, que luego usaría para azotarme en mi trasero desnudo. La primera escuela a la que asistí, la Escuela Básica de Primaria de su Santidad, también estaba en la comuna, a sólo treinta segundos a pie de la caja de cerillas que compartíamos mi madre y yo. Sin embargo, mi segunda escuela, el Elletson All Age School ─donde superé sin mayores problemas el primer y segundo grado por ser un lector avanzado─ estaba a quince minutos a pie y una vez más, en aras de protegerme de mi entorno, una de las formas más rápidas de asegurar un encuentro entre las varas del tamarindo y mi negro trasero desnudo era sobrepasar los veinte minutos asignados para mi regreso a casa desde la escuela.

    También empezó muy pronto mi gusto por lo amarillo. En aquel barrio empobrecido y asolado por los homicidios había tres tiendas chinas, que sirvieron para sembrar las semillas de mi fiebre amarilla, desde incluso antes de mi primera experiencia sexual: una en la esquina de la carretera Windward con la calle Brays, otra junto al cementerio en una propiedad de la iglesia, y la tienda de Ho, en la calle Telephone con la carretera Elletson (Ho no es un seudónimo, si no su nombre real). Conducían un Buick Skylark marrón de 1973, uno de los cuatro únicos coches americanos de mi barrio y siempre me pareció curioso que, ni siquiera los que vivían encima de sus tiendas, nunca jamás se relacionaron con nadie del barrio. Seguro que tenían buenas razones para no hacerlo. Aquellas mujeres, con su pelo negro azabache liso y sus ojos rasgados hacia arriba, apenas abiertos, me parecían muy enigmáticas y con frecuencia me ofrecía para hacer recados y poder admirarlas. No tenían el trasero redondo y las piernas torneadas que me habían enseñado a encontrar sexy, pero, sin embargo, cuando empezaron a gustarme esas cinturas largas y piernas cortas, empecé a desarrollar un fuerte deseo por conocerlas ya desde mi niñez, aunque, para mí desesperación sabía que eso era imposible, pues ni siquiera había visto nunca una paseando por nuestro decrépito barrio, y mucho menos hablando con una persona de ascendencia africana, aparte de los empleados de los comercios durante las horas de trabajo. Me preguntaba a menudo cómo llegaron aquí, a este barrio, desde China y hablando, en el mejor de los casos, un poco menos que rudimentario inglés. Además, los que no vivían encima de sus tiendas, quizá residían en alguna comunidad cerrada lejana en la parte alta de la ciudad, a la que huían al final de la jornada laboral, sin quedarse nunca por el barrio. Todavía a día de hoy, mientras doy rienda suelta en alguna de esas ocasiones a mi «pasión amarilla», a veces me imagino con una de las hijas del tendero.

    Pero mi enigmática personalidad de niño también se manifestaba de otras formas que no eran sexuales, pues siempre me llamaron la atención aquellos tenderos chinos, que, aparte de por querer dar a sus hijas una educación adecuada desde esa tierna edad, se convirtieron rápidamente en mis modelos económicos a imitar. Me sorprendía mucho, por ejemplo, la marcada disparidad entre las razas, que ya desde pequeño me resultaba bastante evidente, pero nadie, ni siquiera mi madre, que no superó el noveno curso, podía explicarme por qué estos forasteros parecían tan lanzados, tan dispuestos a la hora de emprender cualquier negocio y que no parecían pasar penurias monetarias. La mayoría de los jamaicanos ─el 95%─ son descendientes del África subsahariana y subsistían entonces, e incluso ahora, en la más absoluta pobreza, alabando diariamente al Señor, por lo que nunca estuve seguro o simplemente estaba más allá de mi comprensión, por qué era necesario alabar incesantemente al Señor por perdonarnos otro día más en aquel infierno terrenal, mientras que los chinos eran propietarios de tiendas, conducían grandes coches americanos... ¡y todo ello sin haber pisado nunca una iglesia!

    Sin nadie que respondiera a mis primeras preguntas sobre la raza y esos curiosos acuerdos socioeconómicos, me quedaba sólo, desarrollando, a menudo, enormes complejos de inferioridad, creyendo que los negros estaban realmente malditos, exactamente como me había enseñado el adoctrinamiento de las historias bíblicas sobre los llamados descendientes de Caín. Eso, unido a mi obsesión por el amarillo, me llevó a la determinación total y absoluta de abandonar cualquier idea de perpetuar mi raza, al tiempo que decidí que procrearía sólo y exclusivamente con amarillos. Esta decisión, tomada por un niño pequeño, recibió más tarde la etiqueta adecuada de suicidio racial por parte de Michael Pariser, mi mejor terapeuta.

    Paralelamente a la decisión mencionada estaba mi observación de que los niños de raza negra/amarilla o de cualquier combinación mestiza parecían mostrar con mayor frecuencia un mayor atractivo que sus homólogos de raza pura y, en mi visión pueril durante los primeros días de odiar mi propia existencia, los encontraba especialmente más atractivos que a sus padres negros. Más tarde, ya en mi edad adulta, descubrí que los científicos habían etiquetado mis observaciones infantiles como el fenómeno del vigor híbrido. Y aunque años de terapia, educación y viajes desterraron ese odio hacia mí mismo, el impulso de actuar según el fenómeno del vigor híbrido persistió.

    La calle Wild

    Simone Chang, de once años, fue mi encuentro más cercano con mis más profundos deseos a los nueve años.

    Empezó, de repente, como una anomalía en mi barrio, pasando por delante de mi casa en el vecindario una vez por la mañana, de camino al colegio, y otra vez por la tarde. Menuda, con una larga trenza que le llegaba por la mitad de la espalda hasta las nalgas y vestida con el uniforme del colegio Holy Trinity en el centro de la ciudad: falda blanca, blusa también blanca y una corbata de cuadros rojos y blancos. Pero, ¿qué estaría haciendo esta chica china en el pozo negro de mi barrio, asistiendo a una escuela secundaria pública o, se arruinaron sus padres de Beverly Hills o Cherry Gardens y, de ser así, por qué acabaría aquí, en Dunkerque, en el gueto?

    Todos los días a eso de las tres, con semblante traumatizado, miedo y miserable abatimiento, los ojos fijos en la carretera plagada de baches que tenía a sus pies y desafiando el acoso de la casa de matones del número cuatro de la calle Wild ─en diagonal frente a mí casa─, pasaba por delante de mí patio en el número uno de la calle Wild. Yo por mi parte, siempre que podía, corría a mi pared para ver pasar a la chica de mis fantasías. The Ugly era uno de los muchos terroristas de renombre en el barrio de aquella casa repleta de matones: un troglodita con tajos telefónicos a modo de marca tribal adornando su rostro, el suyo era un carácter lo bastante burdo, soez y grosero como para cuajar piedra. Apenas había un día en que Simone pudiera pasar por su lado de camino a casa sin que la asaltara su áspero y tosco acento.

    Pssssssttt, aaay Chinie girl, Ms Chin, come ‘ere nuh?¡Eh, chinita, ¿por qué no vienes aquí?

    Al lado de la casa de los matones vivía la señora Icy: negra como el jade, ruidosa, lasciva y pendenciera. Pero siempre interviniendo en favor de Simone.

    Weh yu nu lef di likkle girl alone? Yu nuh si se shi a likkle pickney a guh a school? Yu tink shi cyan tek big man hood? ¿Por qué no dejas en paz a la niña? ¿No ves que es una niña que va a la escuela?

    A lo que The Ugly respondía expresando sus intenciones, no muy aptas para la imprenta:

    Mi se fi lef har! ¡Te he dicho que la dejes en paz! ─le espetaba la señora Icy con muy mal genio.

    Entre las ratas y las cucarachas se repartían la tarea de destrozar los pocos zapatos que mi madre y yo teníamos la suerte de tener, por lo que necesitaban constantes reparaciones. En una ocasión, mi madre me dijo que fuera al zapatero de la calle de arriba, en vez de al zapatero habitual de la calle Bryden, para evitar pasar por el acueducto, donde últimamente eran frecuentes los tiroteos mortales. Al entrar en el patio del nuevo zapatero, allí estaba la chica de mis sueños poniendo a secar la colada en el tendedero.

    Is in ‘ere suh yu live? ¿Así que aquí es donde vives? ─le dije como si hubiera resuelto el enigma de toda una vida.

    ─¿Qué? ─preguntó ella, con la misma cara melancólica, concentrada en la colcha que estaba tendiendo.

    Jus’ choo mi always si yu a walk dung a Wild Street. Es que te veo paseando por la calle Wild ─respondí con la confianza de una ameba.

    De vuelta a casa, flotando a varios metros sobre el suelo, se me ocurrió un plan para hacer recados al zapatero para todas las hermanas de la iglesia en la comuna. Pero resultó que Simone era sólo medio china, lo que confirmaba mi teoría de por qué había acabado entre nosotros en aquella zona de guerra, y por mas vueltas que le diera, en mi opinión, el hecho de que acabara en la calle Wild sólo podía atribuirse a su mitad maldita. Ningún chino de pura cepa viviría en este agujero miserable sin alguna conexión con los negocios. En los meses siguientes llegamos a conocernos y descubrimos nuestros puntos en común. Al igual que yo, su tutora era una cristiana fanática y autoritaria, con la diferencia de que la mía era mi madre, mientras que su tía ni siquiera era pariente suya. Tras ser abandonada por su padre taiwanés, su madre la envió a ella y a su hermana pequeña desde el campo a vivir con la tía, una adventista del séptimo día autoritaria y con un carácter intratable. Ambos nos sentíamos desgraciados y abocados a la depresión por nuestra situación en aquel entorno miserable, pero, por si fuera poco, más tarde, durante nuestra edad adulta, me reveló que, entre sus tareas rutinarias, se encontraban trabajos manuales inenarrables para el hermano de su padre desde que tenía unos ocho años.

    Una vez, hablando con ella en su porche, en una de esas raras ocasiones sin adultos alrededor, surgió la oportunidad de jugar a los médicos. Recordando aquel día unos quince años después, intentó describir la euforia de aquella experiencia totalmente novedosa cuando ella tenía doce años y yo diez.

    ─Nunca había sentido nada parecido ─dijo─. No puedo explicar lo bien que me sentí, fue como el paraíso. Lo recuerdo más que mi primera experiencia sexual.

    Por desgracia, esa rara oportunidad de hacer travesuras nunca volvió a presentarse, ya que estábamos constantemente rodeados de adultos, y ella siempre estaba bajo arresto domiciliario. Pero nueve años más tarde, cuatro años después de que yo hubiera emigrado de la isla, volví de visita y me topé accidentalmente con ella al girar por la calle Wild a la calle Little Telephone, con unos rulos enormes en el pelo y una sonrisa de oreja a oreja. Dos días después, como animales salvajes en la calle Wild, destrozamos el colchón de la que fue mi cama en la vivienda de dos habitaciones de mi madre. Con diez años de deseo reprimido, me liberé en ella en un festival de orgasmos con la esperanza de dejarla embarazada: tenia la esperanza de poder ganarme el respeto de mis compañeros al regresar a Estados Unidos, afirmando haber engendrado un hijo. Aunque ya habían pasado cuatro años desde que deje Jamaica, aún no me había librado de aquella idea de que los hombres de verdad se deben preocupar por hacer hijos y abandonarlos, mientras que los pusilanimes cuidan a los hijos de los hombres de verdad, pero, como era de esperar, ningún espermatozoide se encontró en ese momento con su óvulo, aunque si lo harían más tarde ya en Estados Unidos, después de que yo me complicara la vida con un acuerdo comercial para llevarla allí. Por desgracia, al final no era lo suficientemente china para satisfacer mis instintos y nuestra relación se rompió en mil pedazos, después de mil discusiones por la custodia del bebé.

    Preparativos para Japón

    Tras una traumática separación de la coreano-estadounidense Anne Moo Young, llegué a Japón en abril de 2001 para empezar de nuevo, en lo que sería un renacimiento de proporciones inimaginables. Anne y yo llevábamos saliendo cerca de un año, de los cuales tres meses los pasamos viviendo juntos en lo que bien podría haber sido un infierno sexual en la tierra, con un demonio de la naturaleza que rezumaba sensualidad por todos y cada uno de los poros de su piel. Inseparables, lo hacíamos casi todo a la vez, incluso íbamos y veníamos juntos del trabajo. Tenía veinticuatro años ─en edad de casarse─, bajita, con una cara cautivadoramente bonita, y unos pechos de tamaño anormal para una mujer de su altura y raza: como dos grandes tartas de cumpleaños. Cuando la conocí en un centro comercial de Orange County, me mantuve en posición de máxima atención durante toda nuestra conversación y, afortunadamente, en mi primera visita a su apartamento, se mostró bastante permisiva: si no lo hubiera sido, ahora estaría compartiendo celda con Harvey Weinstein, ya que me arrojé sobre ella como un adicto al crack en medio del síndrome de abstinencia mas atroz en cuanto abrió la puerta. Ese lanzamiento, digno de un portero de futbol, fue una fuente constante de risas a lo largo de nuestra relación. Me volví adicto desde la primera calada. De ahí que, con una química inexplicable y fuera de este mundo, me enamorara y nos fuéramos a vivir juntos poco después de conocernos.

    Mi pequeña hada de la fruta vivía con un compañero de piso gay, con el que salía a menudo de fiesta en West Hollywood, y le encantaba el éxtasis y la cocaína. Procedente de una familia coreano-americana típicamente opresiva, se sentía tremendamente insegura sobre su aspecto físico y extremadamente incómoda con los hombres heterosexuales, una clara señal de que algo en su interior no andaba bien y todo apuntaba a una alta probabilidad de algún trauma sexual durante su infancia. En apariencia, parecía regocijarse en su capacidad para poner a los hombres a sus pies, pero en privado, pero, en privado ─la que había sido víctima en dos ocasiones de drogas de violación en fiestas de su alma mater, la usc─, se derrumbaba. Anne me confesó cuanto odiaba que lo único que los hombres vieran en ella, sobre ella, a su alrededor o acerca de ella fuera sexo.

    ─Soy bajita, guapa y todo tetas. Lo único que quieren hacer los hombres conmigo es follarme. ¡Lo odio! ─Las lágrimas caían resbalando por sus mejillas color burdeos.

    «El consumo de cocaína y éxtasis, el consumo excesivo de alcohol y las fiestas, algo no funciona», pensé. Pequeñita y preciosa, sin amigos varones heterosexuales, con complejo de sobrepeso y pechos enormes, especialmente para una coreana, «se odia», concluí. «Definitivamente algo le pasó en su infancia, incluso podría tener algún trastorno de la personalidad», analicé. Después de todo, conocía muy bien su tipo y son las mujeres más excitantes del planeta. Esas mujeres con trastorno límite de la personalidad son, sin duda, la cumbre del nirvana sexual. Las mujeres normales no consiguen ofrecer el tipo de excitación sexual que pueden ofrecer aquellas con tlp y que, hasta hace poco, eran las únicas mujeres por las que me sentía atraído. Finalmente, con la confianza adquirida después algún tiempo juntos, terminó por revelarme que, efectivamente ─como todos los raros, como todos los adictos al sexo con los que he estado─, ella también había sufrido abusos constantes desde los cinco años por un amigo de la familia. Desde aquella revelación había empezado a animarla a acudir a terapia, y tras convencerla de mi apoyo incondicional e inagotable, por fin había hecho caso de mi consejo. Pero, lamentablemente, por primera vez, Anne y yo tendríamos que separarnos: la madre de mi hija (Simone Chang) me había acusado de maltrato doméstico y vandalismo por destruir su teléfono móvil en la California post OJ Simpson, y fui condenado a participar en un programa de permiso de trabajo de un mes en San Francisco. Anne enloqueció, en un estado de amnesia emocional, convencida de que la había abandonado. Aunque sólo fueron treinta días, la separación le resultó insoportable y durante ese tiempo conoció a otra persona en el supermercado, terminando bruscamente la relación y convirtiéndome en un enemigo instantáneo. Era como si nunca nos hubiéramos conocido, y mucho menos hecho planes para un futuro juntos. Nuestro anterior estado «siamés», unidos sobre todo por los labios y los genitales, era un fugitivo de su memoria.

    ─Te fuiste y me dejaste ─repetía─ ¿Qué se supone que tenía que hacer?

    En la primera semana de nuestra separación, adelgacé cinco kilos, lloré como nunca antes lo hubiera hecho durante tres meses, y me vi obligado a visitar al cardiólogo por unos dolores en el pecho que con frecuencia me paralizaban y me dejaban como un trapo. Para empeorar las cosas, era Navidad y yo estaba hecho un desastre, incluso me atreví a desahogarme con completos desconocidos, a veces de forma cómica. Y gracias a su apoyo y al de algunos amigos, el dolor se hizo manejable. Consciente de que mi «deseo amarillo» estaba ahora tallado en piedra y de que me sería imposible interesarme por alguien que no fuera «amarillo», hice las maletas y me mudé a Japón, donde podría actuar según creyera mas conveniente y superar mi amor perdido, especialmente nuestros planes de casarnos y mudarnos a Monterey en California. Con el tiempo me di cuenta que no podría haber hecho una mudanza mejor. Ese cambio completo de entorno y lo que vendría después fue la receta perfecta.

    Japón: Año uno

    18 de abril de 2001, miércoles: A diferencia de muchos de mis contemporáneos occidentales en Japón, no investigué sobre mi futuro hogar ni me compliqué con preparativos previos. Sin embargo, nada más llegar descubrí que nada podría haberme preparado para esta Isla de la Fantasía, e inmediatamente caí cautivado por su belleza física: Japón me pareció una versión infinitamente más bella de mi Jamaica natal y de Inglaterra, donde algún tiempo atrás había pasado una temporada.

    Mi presentación, por decirlo de alguna forma, tuvo lugar en una pequeña ciudad rural de la región de Kansai a unos 160 kilómetros de Osaka. Nada más llegar, de forma casi surrealista, me vi rodeado de las mujeres que siempre me habían resultado tan atractivas. Aquel miércoles inolvidable coincidió con una fiesta semanal en casa de uno de los profesores de la escuela, donde iba a empezar a dar clases. Asistían muchos de los estudiantes locales, en su mayoría mujeres que sumaban unas quince y no más de unos cinco o seis hombres. Yo era el primer afrodescendiente que llegaba a este pequeño pueblo y, con toda seguridad, también el primero que muchos de los nativos contemplaban en carne y hueso. Meses más tarde, una de las chicas me contó con regocijo que se puso fuera de sí cuando entré en aquella casa, ya que había sido una fan del hip hop en esta especie de aldea rural durante muchos años, y se había preguntado constantemente cómo sería conocer a un afroamericano. Más tarde aquella chica se convirtió en mi primera acosadora en Japón.

    Ayumi era lo que más tarde llegué a calificar de intocable en Japón; veintiséis años, alrededor de cincuenta y cinco kilos ─sobrepeso para los estándares japoneses─, y divorciada con dos hijos, y, aunque no habíamos intimado, ni siquiera nos habíamos dado un beso, muchas mañanas la encontraba en su coche, diccionario en mano esperando a que yo saliera de mi apartamento para negociar conmigo ser su novio, recurriendo, en ocasiones, incluso a la ayuda de la que quizá fuera su única amiga con conocimientos básicos de inglés.

    Al poco tiempo me di cuenta de que ser afroamericano o jamaicano por estos lares equivalía a ser una especie de estrella de cine y, al haber nacido en Jamaica

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