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Alicia en el País de las Maravillas
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Alicia en el País de las Maravillas
Libro electrónico164 páginas1 hora

Alicia en el País de las Maravillas

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Alicia en el País de las Maravillas, el clásico intemporal de Lewis Carroll, invita a los lectores a un viaje a través de las curiosas y fantásticas experiencias de una niña.


La aventura comienza cuando Alicia, aburrida de su entorno actual, sigue a un peculiar Conejo Blanco por una madriguera. Este simple acto la impu

IdiomaEspañol
EditorialRosetta Edu
Fecha de lanzamiento14 jul 2024
ISBN9781836470359
Autor

Lewis Carroll

Lewis Carroll (Charles Lutwidge Dodgson), profesor de matemáticas encorsetado en un redingote negro, se aburrió terriblemente durante toda su vida. Daba clase de forma automática: los teoremas salían de su boca, su mente vagabundeaba, y sus alumnos se aburrían. Hay que decir que, para él, el paso de la infancia a la vida adulta fue muy difícil: durante toda su vida, la infancia, la suya, le planteó cuestiones a las cuales no pudo responder. Se inventó, entonces, un mundo fantástico, que tenía como objetivo explicar comportamientos humanos, que le parecían incomprensibles. Su experiencia podría ayudar a los niños de hoy, y de mañana, a alcanzar un nivel de conciencia más elevado.

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    Alicia en el País de las Maravillas - Lewis Carroll

    CAPÍTULO I — POR LA MADRIGUERA DEL CONEJO

    Alicia empezaba a sentirse muy cansada de estar sentada junto a su hermana y de no tener nada que hacer… en una o dos ocasiones se había asomado al libro que leía su hermana pero no tenía dibujos ni conversaciones. «¿Y para qué sirve un libro», pensó Alicia, «sin dibujos ni conversaciones?».

    Así que mentalmente estaba considerando (tan bien como podía, pues el caluroso día la hacía sentir somnolienta y tonta) si el placer de hacer una cadena de margaritas valía la pena de tener que levantarse y recogerlas, cuando de repente un conejo blanco de ojos rosados corrió cerca de ella.

    No había nada muy extraño en ello; a Alicia no le pareció muy raro oír al Conejo decir: «¡Oh, Dios! ¡Oh, cielos! ¡Llegaré demasiado tarde!» (cuando ella lo pensó más tarde, pensó que debería haberse sorprendido, pero en aquel momento todo le pareció muy normal); sin embargo cuando el conejo sacó un reloj del bolsillo de su chaleco, lo miró y se apresuró a seguir su camino, Alicia se puso en pie, pues le vino a la mente que nunca antes había visto un conejo con un bolsillo en el chaleco ni con un reloj, y, muerta de curiosidad, corrió a través del campo detrás de él y llegó justo a tiempo para verlo entrar a una gran madriguera bajo el seto.

    Alicia se fue tras él, sin plantearse, ni por un momento, cómo rayos iba a salir de nuevo.

    La madriguera del conejo era recta como un túnel y luego se inclinaba bruscamente hacia abajo, tan de repente que Alicia no tuvo ni un momento para pensar en detenerse antes de encontrarse cayendo por lo que parecía ser un pozo muy profundo.

    O el pozo era muy profundo o ella cayó muy despacio, porque tuvo mucho tiempo mientras descendía para mirar a su alrededor y preguntarse qué iba a pasar a continuación. Primero, intentó mirar hacia abajo y distinguir lo que se acercaba, pero estaba tan oscuro que no pudo ver nada… luego miró a los lados y se dio cuenta que estaba lleno de armarios y estanterías… aquí y allá vio mapas y cuadros colgados de pinzas. Ella tomó un tarro de uno de los estantes; llevaba una etiqueta que decía «MERMELADA DE NARANJA», pero para su gran decepción estaba vacío… no quiso dejar caer el tarro por miedo de lastimar a alguien, así que se las arregló para meterlo en uno de los armarios mientras caía.

    «¡Bueno!», pensó Alicia, «después de una caída como ésta, ¡no me preocuparé de caer por las escaleras! ¡Qué valiente me creerán todos en casa! ¡Vaya, no diré nada aunque me caiga desde lo más alto de la casa!». (Lo cual era probablemente cierto).

    Abajo, abajo, muy abajo. ¡Ojalá la caída nunca llegara a su fin! «Me pregunto cuántas millas habré caído hasta ahora», dijo en voz alta. «Debo estar acercándome al centro de la tierra. Veamos… serían cuatro mil millas de caída, creo…» (pues, como ven, Alicia había aprendido varias cosas de este tipo en sus clases y aunque ésta no era una muy buena oportunidad para demostrar sus conocimientos ya que no había nadie que la escuchara, era una buena práctica hacerlo) «…sí, ésa es más o menos la distancia correcta… pero entonces, me pregunto ¿a qué Latitud o Longitud habré llegado?». (Alicia no tenía la menor idea de lo que era la Latitud, ni tampoco la Longitud, pero pensó que eran bellas y grandilocuentes palabras para decir).

    Enseguida comenzó de nuevo. «¡Me pregunto si caeré a través de la tierra! ¡Qué gracioso será salir entre la gente que camina con la cabeza hacia abajo! Los Antipáticos, creo…» (se alegró bastante de que no hubiera nadie escuchándola esta vez, ya que no sonaba en lo absoluto bien) «…pero tendré que preguntarles cómo se llama el país. Por favor, señora, ¿es Nueva Zelanda o Australia?» (e intentó hacer una reverencia mientras hablaba… ¡qué elegante hacer una reverencia mientras caes por los aires! ¿Crees que podrías lograrlo?). «¡Y qué niña más ignorante pensará de mí por preguntar! No, nunca lo preguntaré… tal vez lo vea escrito en alguna parte».

    Abajo, abajo, muy abajo. Sin nada más que hacer, Alicia pronto empezó a hablar de nuevo. «Creo que Dinah me echará mucho de menos esta noche». (Dinah era la gata). «Espero que se acuerden de darle su plato de leche a la hora del té. ¡Dinah, querida! ¡Ojalá estuvieras aquí abajo conmigo! Me temo que no hay ratones en el aire pero podrías cazar un murciélago, que es muy parecido a un ratón, ¿sabes…? Pero me pregunto si los gatos comen murciélagos». Y aquí Alicia empezó a tener algo de sueño y siguió diciéndose a sí misma, en una especie de ensoñación: «¿Los gatos comen murciélagos? ¿Los gatos comen murciélagos?», y en ocasiones, «¿Los murciélagos comen gatos?», pues, como no podía responder a ninguna de las dos preguntas, no importaba de qué forma se lo planteara. Sentía que se estaba quedando dormida y acababa de empezar a soñar que caminaba de la mano con Dinah y le decía muy seria: «Ahora, Dinah, dime la verdad: ¿te has comido alguna vez un murciélago?», cuando, de repente, ¡pum! ¡pum! cayó sobre un montón de palos y hojas secas, y la caída había terminado.

    Alicia no se hizo el menor daño y se puso en pie de inmediato… miró hacia arriba pero todo estaba oscuro; frente a ella había otro largo pasadizo y el Conejo Blanco seguía a la vista, bajando a toda prisa. No había tiempo que perder… Alicia se alejó como el viento y alcanzo oírle decir al doblar una esquina: «¡Oh, mis orejas y mis bigotes, qué tarde se hace!». Aunque estaba muy cerca de él cuando dobló la esquina, ya no pudo ver al Conejo… ella se encontró en un vestíbulo largo y bajo, que estaba iluminado por una hilera de lámparas que colgaban del techo.

    Había puertas por todo el vestíbulo pero todas estaban cerradas con llave. Después que Alicia recorriera todo el pasillo de un lado a otro, probando todas las puertas, caminó tristemente por el centro, preguntándose cómo iba a encontrar la salida.

    De pronto se topó con una mesita de tres patas, toda de cristal macizo; no había sobre ella más que una diminuta llave dorada y la primera idea de Alicia fue que podría pertenecer a una de las puertas del vestíbulo; pero, ¡ay! o las cerraduras eran demasiado grandes o la llave demasiado pequeña y no pudo abrir ninguna de ellas. Sin embargo, en su segundo intento, descubrió una cortina baja que no había visto antes, y tras ella había una puertecita de unas quince pulgadas de alto… probó la pequeña llave dorada en la cerradura, ¡y para su gran alegría encajó!

    Alicia abrió la puerta y descubrió que daba a un pequeño pasadizo, apenas más grande que una ratonera… se arrodilló y a lo largo pudo ver un jardín tan hermoso como nunca antes había visto. Ansiaba salir de aquel oscuro vestíbulo y pasear entre los parterres de brillantes flores y frescas fuentes pero ni siquiera podía meter la cabeza por la puerta. «Incluso si mi cabeza pudiera pasar», pensó la pobre Alicia, «de muy poco serviría sin mis hombros. Oh, ¡cómo me gustaría poder cerrarme como un telescopio! Creo que podría, si supiera cómo empezar». Últimamente habían sucedido tantas cosas fuera de lo común que Alicia había empezado a pensar que muy pocas cosas eran realmente imposibles.

    Parecía inútil esperar junto a la puertecita, así que regresó a la mesa, con algo de esperanza de encontrar en ella otra llave o al menos un manual de reglas para cerrar a la gente como telescopios… esta vez encontró sobre la mesa

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