Un rostro cálido del Estado: Socioantropología del clientelismo político
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Un rostro cálido del Estado - David Luján Verón
Nombre: Luján Verón, David, autor.
Título: Un rostro cálido del Estado : socioantropología del clientelismo político / David Luján Verón.
Descripción: Primera edición electrónica. | Ciudad de México, México : El Colegio de México, Centro de Estudios Sociológicos, 2024.
Notas: Requisitos de sistema: programa lector de archivos ePub. | Versión en libro electrónico de la edición impresa.
Identificadores: ISBN 978-607-564-548-3 (impreso). | ISBN 978-607-564-599-5 (ePub)
Temas BDCV: Clientelismo político – Aspectos sociales – Chile. | Clientelismo político – Aspectos antropológicos – Chile. | Poder (Ciencias sociales) – Chile. | Chile – Política y gobierno.
Clasificación DDC: 306.2/0983–dc23
Primera edición impresa, 2023
Primera edición electrónica, 2024
DR © El Colegio de México, A.C.
Carretera Picacho Ajusco No. 20
Ampliación Fuentes del Pedregal
Alcaldía Tlalpan
C.P. 14110
Ciudad de México, México
www.colmex.mx
ISBN impreso 978-607-564-548-3
ISBN electrónico 978-607-564-599-5
Conversión gestionada por:
Sextil Online, S.A. de C.V./ Ink it ® 2024
+52 (55) 52 54 38 52
contacto@ink-it.ink
www.ink-it.ink
Presentación
Una invitación a leer la granularidad del clientelismo
Agradecimientos
Introducción
El clientelismo como relación
¿Qué tipo de política se crea desde el clientelismo?
La antropología del Estado
El plan general de la obra
Etnografiar contextos de poder, ¿qué implica?
I. Literatura, metodología y conceptos centrales
Medio siglo de estudios sobre clientelismo
La antropología del Estado
La metodología de la investigación
Conclusiones
II. Aspectos históricos y contextuales relevantes
Historia
Contexto
Conclusiones
III. La legitimidad del lazo público
El punto de vista del patrón político
La búsqueda de votos
El punto de vista de los clientes
Conclusiones
IV. Las oficinas de atención al público
Escuchantes terapéuticos
El trabajo en oficina
Formas de legitimar públicamente las demandas
Conclusiones
V. La interacción epistolar
La función de las cartas en la comuna
Las formas de presentación, los recursos movilizados
Peticiones hechas y procesos de distribución
Conclusiones
VI. Ecos del trabajo político
Bingos, mujerazos
y tallarinatas
Relaciones fuertes
Relaciones débiles
Conclusiones
VII. ¿Clientes pasivos versus ciudadanos activos?
Los clientes: trayectorias y formas de lucha
Fronteras nebulosas entre clientes y no clientes
¿Y el vínculo posclientelar?
Conclusiones
Conclusiones
Sobre los afectos, el desinterés y el Estado
Las imágenes sobre el Estado
Estado, ¿fuerte o débil?
Sobre la confianza y el compromiso en política
El clientelismo chileno en el contexto latinoamericano
Bibliografía
Sobre el autor
Presentación
Javier Auyero
Una invitación a leer la granularidad del clientelismo
En las últimas tres décadas la literatura académica sobre el clientelismo político ha girado desde lo que en un trabajo ya clásico Axel Weingrod llamó un enfoque antropológico
hacia uno politológico
. La perspectiva antropológica sobre el clientelismo se centraba en un tipo particular de relación interpersonal, con énfasis en la inequidad y la reciprocidad. Mientras que la perspectiva antropológica examinaba el clientelismo como un tipo de relación social, el nuevo y ahora predominante enfoque politológico se centra en una característica del gobierno o en un aspecto de un partido político. Este giro en el énfasis analítico y en la perspectiva empírica tuvo un costo. Los conocimientos ganaron en precisión pero, al mismo tiempo, a) restringieron el ámbito del análisis más y más a tiempos electorales, b) estrecharon el foco de atención a la venta del voto y/o a la compra de la participación electoral, y c) crearon una división tajante entre clientes y mediadores políticos (necesaria para los modelos formales). Como resultado de la atención (ahora casi exclusiva) a los intercambios (y los incentivos y cálculos consecuentes) que tienen lugar antes y durante los comicios, la mayoría de los estudios suelen no profundizar en dos aspectos del clientelismo que la investigación socioantropológica sobre este tema solía destacar: su enraizamiento en la vida cotidiana y la granularidad de las interacciones cara a cara.
En Un rostro cálido del Estado, David Luján Verón invita a trascender esta dicotomía entre clientelismo como relación y clientelismo como forma de gobierno. Lo hace sumergiéndose etnográficamente en las relaciones clientelares, las interacciones políticas cara a cara que conllevan, y las afectividades en las que se basan y que suscitan —a los efectos de escudriñar el funcionamiento de una de las muchas manos del Estado— o, mejor dicho, de la manera en la que el Estado aparece en la vida de los ciudadanos.
El punto
, escribe el periodista Ted Connover en su libro Immersion: A Writer’s Guide to Going Deep:
Es que simplemente pasando tiempo con las personas, estando a su lado cuando se encuentran con situaciones desafiantes, en otras palabras, pasando el rato, aprendes mucho más sobre ellos de lo que podrías aprender sólo realizando entrevistas. Al comer con ellos, viajar con ellos, respirar su aire, obtienes más que sólo información. Obtienes experiencia compartida. Y a menudo obtienes poderosas historias reales.
David Luján Verón se sumerge en la vida de dos patrones políticos chilenos, Ramón y Óscar, y en las interacciones entre representantes políticos, dirigentes barriales y ciudadanos —algunos clientes,
otros anticlientes
—. Pero nuestro autor sabe que, para producir un buen trabajo etnográfico, no alcanza con esa buena inmersión
que describe Connover y sobre la que aconsejan múltiples manuales de etnografía. Es necesario sumergirse armado de herramientas teóricas y conceptuales. Éstas, reseñadas en la Introducción y en el capítulo i y utilizadas hábilmente a lo largo del texto, le permiten a Luján Verón distinguir entre las voces e interacciones oportunas de ser examinadas a detalle y las que no. Esa vigilancia epistémica
—motorizada por un conocimiento pormenorizado no sólo de perspectivas pasadas y presentes sobre clientelismo sino también de abordajes antropológicos del Estado— es la que hace de esta etnografía teóricamente inspirada en las prácticas políticas una obra digna de ser leída y discutida.
Barcelona,
18 de enero de 2023
Agradecimientos
El presente libro es una versión retrabajada de la tesis doctoral: ‘El Estado soy yo’: Clientelismo, poder e intermediarios en Chile
, defendida en junio de 2018 para obtener el título de Doctor en Ciencia Social con Especialidad en Sociología por El Colegio de México. Deseo expresar mi agradecimiento a mi director de tesis, Marco Estrada, así como a los sinodales María Luisa Tarrés y Martín Paladino, quienes siempre fueron muy cálidos y generosos. También me brindaron la confianza para apostar por el estudio de un país en el cual no crecí y que conocí al mismo tiempo que estudié, así como me apoyaron para que la tesis se convirtiera en libro. La publicación de este título también fue posible gracias a un par de dictámenes anónimos, así como a la distinción que me fue otorgada por la Academia Mexicana de Ciencias: Premio a las mejores tesis de doctorado en Ciencias Sociales y Humanidades
, edición 2018.
Emmanuelle Barozet se reunió conmigo y me apoyó en distintos momentos antes de viajar a Chile para ayudarme a definir mi objeto de estudio y brindarme pistas metodológicas. Realizó diversas gestiones para que pudiera realizar una estancia en aquel país y me acogió en el proyecto que en ese momento coordinaba: ¿Malas prácticas o ‘aceitar la máquina’? Las instituciones informales en tiempos de cambios políticos y su impacto en la democracia chilena (2016-2019)
, bajo el auspicio de la Universidad de Chile. Siempre me escuchó atentamente y me abrió un espacio de diálogo con Vicente Espinoza, Peter Siavelis y Kristen Senbruch, a quienes les agradezco la hospitalidad y camaradería. También acompañaron mi investigación en Chile Rolando Álvarez y Evelyn Arriagada. Aníbal Pérez, con quien guardo una amistad entrañable, también me otorgó muchísimas facilidades durante mi estancia en aquel país. Hicimos nuestras tesis sobre temáticas similares y eso nos permitió su acompañamiento intelectual, el cual hemos tenido oportunidad de continuar a lo largo de los años. He seguido sus logros y siento alegría por él.
También obtuve comentarios a este trabajo por Gabriel Vommaro y Edison Hurtado, y me han ayudado a definir una apuesta subjetiva y cultural en el estudio de la política. Javier Auyero me recibió en la Universidad de Texas y me otorgó nuevas pistas de análisis. También me permitió estar en su clase de Etnografía Urbana
, de la cual extraje valiosas enseñanzas.
Las reflexiones que aquí presento se han publicado en las siguientes revistas: Polis (Santiago), Debates en Sociología, Desafíos, Estudios Sociológicos, Cuadernos de Antropología Social y Desacatos. Revista de Ciencias Sociales; asimismo, publiqué un capítulo en el libro: Expectativas democráticas e instituciones en disputa, coordinado por Diana Guillén y Alejandro Monsiváis, bajo el sello del Instituto Mora. Agradezco todos los comentarios de las/los revisores anónimos, así como a Diana y Alejandro que me recibieron en el seminario: Virtudes democráticas, vicios públicos
, del que he aprendido mucho.
Por último, pero los más importantes, agradezco mucho la comprensión y amor de Libertad, así como a León quien me ha permitido redescubrir el mundo a través de su mirada. Dedico este libro a mi madre Marcela Verón Vargas, quien me crio con su corazón.
Introducción
Durante las fases iniciales de mi formación académica, me acerqué a distintas perspectivas en sociología y ciencia política en el estudio de la relación entre Estado, cultura, política y sociedad. Sobre todo, los enfoques en el estudio de estos temas —demasiado normativos, institucionalistas, macrosociológicos o que hacen del interés su principal mecanismo explicativo— me causaban desafección, pues consideraba que decían muy poco acerca de los lazos morales y emocionales de los vínculos políticos, la forma en que las estructuras sociales son vividas, las actuaciones e interpretaciones locales, así como el carácter oscilante, precario y lábil en la hechura de lo social. Ante estos déficits, he sido seducido por una sociología política más interpretativa y, sobre todo, por la antropología política y la antropología del Estado, corrientes que desde mi punto de vista incursionan con una profundidad notable en la comprensión de los ensambles precarios entre sociedad y política a distintos niveles.
En especial, el descubrimiento del método etnográfico me permitió acercarme a la dimensión cotidiana de los procesos políticos: seguir a un conjunto de actores en distintos escenarios ofrece la ventaja de analizar la dimensión temporal de las interacciones sociales, así como observar las diferencias entre lo que la gente siente, dice y hace, pues se puede estudiar no sólo el discurso sino también las prácticas sociales. Del mismo modo, permite ubicar a nuestros actores en distintas posiciones y entramados, lo cual significa una gran ventaja para explicar la forma cotidiana en que negocian los términos de sus relaciones sociales y el poder. En el mismo sentido, facilita acercarse al estudio de las actuaciones y las emociones, y, por lo tanto, analizar la acción como una dotación expresiva. En suma, ojalá que el esfuerzo aquí volcado sirva como una invitación para considerar que las categorías con que solemos estudiar lo social no son fijas sino porosas, y varían en distintos plexos de interacción (Joseph, Mahler y Auyero, 2007).
El presente libro tiene como tema central el clientelismo político desde una vertiente socioantropológica. Las preguntas orientadoras de la investigación se dirigen a explorar los modos en que se crean, reproducen y quiebran lazos sociales dentro de los vínculos clientelares, las actuaciones, moralidades y emociones que delinean este tipo de vínculos, las imágenes que sobre el Estado se crean desde el clientelismo, así como las similitudes y diferencias entre clientelismo y otros modos de hacer política. El trabajo de campo fue desarrollado durante el periodo que va de julio de 2016 a enero de 2017 en la comuna de Avellaneda, en Chile, cuyo nombre ficcionalizamos, así como el de nuestros informantes clave, para resguardar su identidad. Las técnicas utilizadas fueron entrevistas semiestructuradas a actores político-partidarios (exalcaldes, un consejero regional, concejales, diputados), entrevistas no-estructuradas, en más de una ocasión, a los mismos dirigentes de organizaciones barriales (en particular, juntas de vecinos, clubes de adulto mayor, clubes deportivos y centros de madre),¹ el seguimiento etnográfico a las actividades políticas cotidianas de algunos actores partidarios, dirigentes vecinales y vecinos, así como fotografías de las cartas que la población local envió a un concejal para demandar bienes y servicios, durante el periodo junio-septiembre de 2016.
Sobre el clientelismo, se han escrito diversas aproximaciones. Aquí buscamos rebatir algunos sentidos comunes que suelen impregnar los análisis sobre este tema. El primero es su reducción a un fenómeno económico atravesado por relaciones de poder. Según esta interpretación, actores políticos o estatales proveen de bienes y servicios de forma personalizada a cambio de lealtad o subordinación de una población, de ahí que supuestamente contribuyen a perpetuar la desigualdad social y política. Por ello, se suele intercambiar el término clientelismo por el de cooptación
: cuando los actores colectivos o los movimientos sociales son desactivados por el Estado o los partidos políticos vía distribución personalizada de bienes y servicios, se dice que han sido cooptados, es decir, neutralizados en cuanto a sus capacidades de beligerancia. También, se suele señalar que el clientelismo inhibe la participación autónoma (dado que a los clientes se les provee de bienes y servicios a cambio de que no se rebelen), la democracia, el fortalecimiento organizacional o la solidaridad entre los clientes.
Además, suele pensarse al clientelismo como algo fijo, es decir, adherido a un grupo social (los pobres), que se explica a partir de sus déficits
, sea de recursos materiales (los pobres recurren al clientelismo porque sus imperiosas necesidades materiales les lleva a vender su voto
por un bien puntual antes que votar con base en algún programa político o ideológico), de ciudadanía social (los pobres recurren al clientelismo porque no tienen derechos consagrados en la ley o por el Estado), o de una apropiada cultura democrática (el clientelismo opera porque los pobres prefieren mirar a corto plazo —un bien—, que a largo plazo — una política pública—). Estas miradas miserabilistas sobre los pobres a veces son contrapuestas a las interpretaciones del rational-choice, en que son vistos como maximizadores de utilidades guiados por el criterio costo-beneficio.
Ante estas miradas, el clientelismo desde el punto de vista que aquí se expondrá busca restituir su componente relacional y procesual. ¿Qué implica ello? Lo exponemos a continuación:
El clientelismo como relación
En sociología son abundantes las perspectivas que se asumen hoy día como relacionales, como las que siguen la obra de Norbert Elias, Pierre Bourdieu o Bruno Latour. Parto de que una perspectiva relacional implica preguntarse: ¿qué es lo relevante para la creación, reproducción y quiebre de los lazos sociales? Apuesto en este estudio a que los lazos se crean, reproducen y quiebran a través de la práctica social. Sigo la teoría de la práctica de Pierre Bourdieu (2012, 2007; Bourdieu y Wacquant, 1995) para afirmar que la relación de los actores sociales con el mundo es una fundamentalmente práctica, pues somos seres experienciales, encarnados y situados, y, por lo tanto, inculcamos y nos apropiamos de los diversos sentidos de los juegos socialmente instituidos en y a través de la práctica. Por medio de ella incorporamos un saber-hacer como las categorías de percepción y apreciación del mundo.
Trasladando este argumento al campo de la sociología política, sigo a Julieta Quirós (2011) para afirmar que la política crea a los sujetos, es decir, los actores participan de la cristalización contingente de reglas y repertorios culturales producidos por oposiciones como la de buena vs. mala política. Así, el clientelismo es más que una relación entre gente mediada por cosas (favores por votos), es una constelación de reglas estructuradas y recreadas en la vida cotidiana, pero también continuamente disputadas y contestadas.
Por las razones anteriores, la práctica del clientelismo supone la incorporación de competencias sociales
, las cuales son movilizadas en actuaciones, apariencias, fachadas y modales (Goffman, 1997). Observo las competencias sociales en las destrezas, habilidades y capacidades que los actores movilizan en interacciones concretas. Dentro de la literatura sobre clientelismo, aquella que ahonda en la categoría de trabajo político (Combes, 2018; Ferraudi, 2014; Gaztañaga, 2013, 2008; Gené, 2018; Hurtado, Paladino y Vommaro, 2018; Manzano, 2013; Quirós, 2018, 2011), así como etnografías sobre campañas políticas (Freidenberg, 2010; Hagene, 2015; Tosoni, 2005; Yang, 2005) han situado su foco de atención en esta problemática, la cual sumo a la perspectiva general de análisis.
De este modo, si lo que importa son las reglas de interacción y los modos en que son aprendidas y manejadas por los actores, ¿cómo definir al clientelismo? Lo defino como una constelación, un juego, el cual está mediado por la lógica del don
. Este concepto remite directamente a la obra de Marcel Mauss (2009 [1950]). Para el antropólogo, los intercambios pueden ser mercantiles o bajo la forma de don. Cuando son mercantiles, los bienes pueden ser cuantitativamente sopesados mediante un precio, las cosas intercambiadas pueden ser escindidas de sus portadores (un bien, en cuanto es intercambiado, pierde toda conexión con el provisor del bien), y los intercambios se buscan para generar utilidades, las cuales son manifiestas y explícitas. Los dones, por el contrario, son formas de intercambio en que los bienes están personalizados
, es decir, no pueden ser fácilmente escindidos de sus portadores, y en el valor de los bienes están enraizados criterios morales, es decir, responden a un sistema de derechos y deberes no sólo asociados al acto de dar, recibir y devolver, sino al cómo hacerlo (la manera de dar, recibir y devolver es tan importante como lo que se da, recibe y devuelve). Del mismo modo, bajo la lógica del don las declaraciones de intención son ambiguas y no explícitas.
Esta reflexión inicial ha sido profusamente explorada en antropología. Recupero el trabajo de Maurice Godelier (1998) y Marshall Sahlins (1979) para señalar que el don implica: a) un acto voluntario antes que coercitivo, tanto individual como colectivo, b) la solicitud o no de un bien, c) la creación de obligaciones pero también de diferencias y jerarquías, pues un don no devuelto sitúa en una posición de inferioridad al deudor, de ahí que la acumulación de deudas pueda ser un mecanismo de poder y que la circulación de dones esté asociada con la circulación de honor, prestigio y reconocimiento, d) la ausencia, en algunos casos y de modo parcial o total, del cálculo económico, en tanto combina solidaridad y proximidad entre las partes, además de que lo donable desborda lo material, e) se encuentra sujeto a tácticas y estrategias para producir encadenamientos pero también riesgos, ambigüedades y dobles interpretaciones, f) plantea como principio la reciprocidad, es decir, la simetría de los intercambios; ello implica que los dones se equilibran pero no se anulan, pues más allá del tiempo en que se intercambia, subyace un reconocimiento entre las partes involucradas, y g) formas de intercambio cuyo análisis debe ser complementado con el de los bienes no donables, es decir, de lo que los actores no hacen circular, pues ello también nos habla de cómo imaginan estos últimos sus relaciones sociales.
Al considerar al clientelismo como relación social, señalo que éste ocurre en y a través del tiempo, de ahí que no sólo sea útil prestar atención a los bienes que se intercambian y sus modos de presentación, sino a lo que transcurre entre los intercambios. Para Bourdieu (2007), la creación de obligaciones interpersonales se expresa también en los intervalos entre una circulación y otra, como las muestras de gratitud y amabilidad de un deudor antes y después de la restitución de la equivalencia de los intercambios.
Conceptualizar al clientelismo como un juego no enteramente mercantil encuentra eco en numerosas socioantropologías acerca de este tema. Ariel Wilkis (2010; Wilkis y Carenzo, 2008) lo define como una economía de bienes simbólicos
, es decir, que funciona sobre la base de la recompensa a actos desinteresados. También la moralidad de los intercambios ha sido profusamente estudiada (Quirós, 2011; Vommaro y Quirós, 2011; Vommaro y Combes, 2016). Recupero estos trabajos para señalar que, dado que el clientelismo es una relación voluntaria en que los actores movilizan sentidos asociados a la buena o mala política, lo moral puede observarse en sus puntos de vista acerca de las formas apropiadas e inapropiadas, justas e injustas, justificables e injustificables, tanto de demandar bienes y servicios como de otorgarlos. También, en las atribuciones de intención que los actores se achacan unos a otros y que les sirven de guía para otorgar valencias positivas o negativas a diversos modos de hacer política.
¿Qué tipo de política se crea desde el clientelismo?
Además de situar al clientelismo como un juego guiado por la ética antimercado, recupero diversas contribuciones clásicas desde la socioantropología (Gellner y Watebury, 1977; Schmidt et al., 1977), así como contemporáneas (Álvarez-Rivadulla, 2017; Auyero, 2001; Desmond, 2016; Lapegna, 2019; Manzano, 2013; Roniger y Günes-Ataya, 1994; Roniger, 1990; Hagene, 2015; Heredia, 2016; Heredia y Palmeira, 2015; Hurtado, 2013; Quirós, 2011, 2006), para conceptualizarlo como un modo de hacer política, un recurso de la movilización del que echan mano los ciudadanos para conseguir información y bienes tanto individuales como colectivos. Esta conceptualización hace eco de intercambios particularistas y, por lo menos, la promesa de apoyo político. El ser particularista significa que es fundamentalmente cara a cara (Álvarez-Rivadulla, 2017), es decir, no es ajeno a la acción colectiva o la protesta social, pero privilegia los contactos personales, la negociación y el establecimiento de compromisos con el Estado
(Manzano, 2013), antes que la ruptura o la confrontación directa (Lapegna, 2019). El señalar que tiene objetivos específicos y que, al mismo tiempo, se reviste de una ética antimercado hace de este fenómeno una construcción paradójica, pues lleva a que los actores movilicen una generosidad calculada
(Sahlins, 1979). Por último, asumo que el clientelismo establece un modo de ensamble entre Estado y sociedad y, por lo tanto, no es ajeno al lenguaje y a la práctica de la politización, los derechos y la construcción de identidades.
Visiones predominantes en sociología política han privilegiado el estudio del conflicto social, la beligerancia y las grandes acciones colectivas cristalizadas en marchas, protestas y confrontaciones. Asumo que el estudio del clientelismo desde una vertiente socioantropológica confronta y resiste estas miradas, permitiendo acercarse a la comprensión de la política desde sus intersticios, sus aspectos granulares y elusivos. Ahondar en el aspecto local, contextual y situacional del proceso político activado por el clientelismo no significa denostar la generalización, al contrario, el libro busca interrogar a partir del estudio de Avellaneda cuestiones más generales, así como entender otros contextos. En este aspecto sigo a Desmond cuando afirma que: necesitamos desplazarnos de estudios arriba-debajo de las instituciones políticas a examinaciones abajo-arriba de las dinámicas de poder locales
(Desmond, 2006: 206), y a Ferraudi (2014) que abona por una perspectiva en política que considera
