Cómo no ser un esclavo del sistema
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Cada vez somos más los que soñamos con escapar del sistema. Escapar de esa maximización del beneficio que nos rodea por todas partes, devastando nuestras sociedades y el planeta. Pero romper con la forma de vida convencional requiere sacrificios que pocos de nosotros estamos dispuestos a hacer. Entre la pertenencia plena y la fuga, ¿hay un camino?
Sí, responde Alexandre Lacroix, que ahonda en las raíces de nuestro malestar al desvelar la lógica de nuestra modernidad conectada. Ese mundo donde el emprendimiento, el teletrabajo y las verdades alternativas de las redes sociales borran las fronteras entre lo público y lo privado, jornada laboral y tiempo libre, explotador y explotado, verdadero y falso.
Desnudar este mecanismo proporciona nuevos puntos de referencia a cada uno de nosotros y nos permite introducir un poco de juego. Al liberarnos del utilitarismo dominante y al adoptar un ideal no negociable que guíe nuestra acción, es posible retomar las riendas de nuestra existencia.
La crítica ha dicho...
«Lacroix explica con asombrosa maestría su manera de combinar el ideal con el utilitarismo y de reconciliar naturaleza y tecnología». J-R Van der Plaetsen, Le Figaro Magazine
«Un relato vivaz y absorbente sobre el cambio de modernidad que se ha producido con la revolución digital y las tensiones que genera». Mathieu Colinet, Le Soir
«Un relato fascinante por su descripción de nuestro tiempo, el de la modernidad conectada, las redes, la confusión de lo verdadero y lo falso, de lo privado y lo público». Ali Baddou, France Inter
«Si los últimos años de pandemia y crisis mundial despertaron en algunos el deseo de huir del mundo, Lacroix propone en este vivaz ensayo resistirse a la huida, fijando un ideal que guíe nuestros actos y retome las riendas de nuestra existencia». Aziliz Le Corre, Le Figaro Vox
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Cómo no ser un esclavo del sistema - Alexandre Lacroix
I
LOS ORÍGENES DEL SISTEMA
La modernidad se abre con una experiencia de desconexión radical. René Descartes la experimentó y la relató en su Discurso del método, publicado en 1637. El joven filósofo estaba de viaje por Alemania en aquel entonces:
El comienzo del invierno hizo que me detuviese en un lugar en el que, no encontrando conversación alguna que distrajese mi atención, y no teniendo, por fortuna, ninguna preocupación ni pasión que perturbase mi ánimo, me pasaba el día entero encerrado a solas, junto a una estufa, con todo el tiempo libre necesario para entregarme a mis pensamientos.1
Gracias a esta ausencia momentánea de distracciones, a este pasaje vacío en un país desconocido, Descartes se dedicará al tipo de búsqueda de la verdad característico de los filósofos modernos. Se trata de retirarse del diálogo, de no absorber nueva información, de encerrarse en el fuero interno de uno mismo para examinar la validez de las enseñanzas que uno ha recibido y de las opiniones comúnmente aceptadas. Una desconexión total es lo único que proporciona las circunstancias propicias para el ejercicio de una autonomía de juicio tan perfecta.
El método inventado por Descartes, que tendrá un papel tan decisivo en el desarrollo de las ciencias y técnicas en Occidente, consiste, además, en replicar esta operación de separación en el ámbito del pensamiento, es decir, en procurar desenmarañar y separar unas ideas de otras. De hecho, el primero de los cuatro preceptos que componen el método cartesiano para progresar en el conocimiento es no añadir nada más a los propios juicios que aquello que se presenta de forma clara e inteligible a la mente, aceptar únicamente las ideas «claras y distintas». Una idea es clara cuando no presenta ninguna sombra, ningún rastro de misterio. Para lograr tal claridad, es indispensable que esté aislada de las ideas vecinas o asociadas, que ella misma esté desconectada.
Por supuesto, este criterio elegido por Descartes no ofrece más que frágiles garantías; solo atañe a la manera en la que las ideas se presentan ante el sujeto que está pensando y no nos informa en absoluto sobre la exactitud de las propias ideas. Es como si dijéramos: «Solo me creo las teorías simples, no las complejas». O «no acepto las explicaciones multifactoriales, solo las monocausales». Si la realidad es compleja en sí misma, si no se produce nunca ningún efecto por una sola causa y si me niego a salir de este marco de razonamiento, me estoy condenando a no entender nada nunca. De la misma manera, si la existencia es sombría y confusa, pero solo deseo retener las ideas claras y distintas, no tendré perspectivas adaptadas a mi propia vida. Es como si yo decidiese, por capricho, que una luz pura bañase el paisaje mientras camino en plena neblina.
Sea como fuere, Descartes sentó las bases de un «régimen de separación» destinado a ejercer una profunda influencia en la cultura occidental, y durante varios siglos. Puesto que es difícil abordar en pocas páginas un hecho de civilización que se desgrana en un gran conjunto de disciplinas y actitudes, me limitaré a proceder con rápidas muestras, es decir, a citar algunos fragmentos de obras modernas que han tenido una repercusión de primer orden, habiendo todas ellas preconizado la distinción, el aislamiento, la desconexión.
Las exigencias de Descartes se reflejaron en primer lugar en una determinada concepción del estilo, propia del clasicismo, promovida por un célebre pasaje de El arte poética de Nicolas Boileau en 1674:
Hay pensamientos tan obscurecidos
Que en una espesa nube están metidos,
La más clara razón no los comprehende.
Ántes que escribas á pensar a prende.
Según la idea es clara ó es obscura,
La expresión es más limpia ó menos pura.
Quien bien concibe i dice claramente,
Las palabras le vienen fácilmente.2
Con estos versos, se produce un deslizamiento: la preferencia por lo «claro y distinto» —que se supone que permite el acceso a lo verdadero— pasa del campo del conocimiento al de la estética, y se convierte en un criterio de lo bello. Así pues, el propio lenguaje, que sin embargo tiene propiedades metafóricas, analógicas, alusivas, que permite imbricar ideas en las imágenes, o viceversa, y también hacer chocar significados dispares, se ve sometido por el estilo clásico a un decapado implacable, a un esfuerzo de análisis y de recorte que pone de manifiesto cada articulación de la frase y desliga sus elementos.
En el siglo posterior, es la desconexión de los poderes lo que aparece como condición imprescindible si se pretende escapar de la tiranía. La propuesta de Montesquieu en su El espíritu de las leyes, de 1748, como mínimo inspiró la redacción de la mayoría de las constituciones de los Estados modernos hasta nuestros días:
En cada Estado hay tres géneros de poder: el poder legislativo, el poder ejecutivo de lo que depende del derecho de gentes y el poder ejecutivo de lo que depende del derecho civil.
Cuando en la misma persona o en el mismo cuerpo de magistrados se hallan reunidos el poder ejecutivo y el poder legislativo, no hay libertad, porque se puede recelar que el mismo monarca o el mismo senado promulguen leyes tiránicas para aplicarlas tiránicamente.
Tampoco hay libertad si el poder judicial no se halla separado del poder
