Un amor embriagador: Los herederos Kane
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El chico malo del que tu madre siempre te previno.
Para expandir el negocio que Law Renaud tenía con sus hermanos debía impresionar a Marlowe Kane, una rica heredera. Necesitaba que convenciera a su padre para que invirtiera, algo que no parecía difícil. La destilería 4 Thieves era el orgullo y la alegría de Law, tanto como su pasión por el lanzamiento de hachas. Pero cuando una tormenta dejó a Marlowe allí atrapada, entre ellos surgió el juego de la seducción. Marlowe era un capricho irresistible, pero seguía siendo la hija del magnate al que tenía que ganarse. Y guardaba un secreto que iba a poner patas arriba el mundo de Law.
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Un amor embriagador - Cynthia St. Aubin
Capítulo Uno
Marlowe Kane estaba en el descansillo de la segunda planta de Fair Weather Hall, su rostro tan caliente como fría la balaustrada bajo su mano. Ya de niña había descubierto que aquel era el mejor sitio para espiar las fiestas que sus padres solían organizar. Por entonces, era lo suficientemente pequeña como para meterse entre los huecos de las columnas a la espera de ver lo que pasaba abajo, ya fuera un beso robado o un buen baile.
Lo que veía en aquel momento le hacía hervir la sangre.
Neil Campbell, su exprometido, estaba deambulando entre los invitados, tomando champán y aperitivos en el hall antes de pasar al salón para el acto principal.
Era otro de los elegantes festejos que organizaba su padre para agasajar a clientes actuales y potenciales. Una más de las bacanales de caviar y canapés que se alargaban durante horas y que terminaban con whisky, puros y muchas palmaditas en la espalda.
Lo que le fastidiaba era que seguía siendo predominantemente una reunión de hombres.
No acababa de entender por qué estaba allí Neil.
Sus hermanos gemelos eran un año mayor que ella y siempre habían sido sus protectores, aunque sus formas eran muy diferentes: Samuel, que podía reducir a cualquiera con su oratoria y Mason, que solía actuar primero y arreglarlo después con un acuerdo extrajudicial.
Pero con Samuel ocupado con los preparativos de su inminente boda con su amor de juventud y Mason completamente entregado a su relación con la secretaria de su padre, no podía contar con ellos.
Lo cual era una lástima puesto que la aversión que sentían por su exnovio era algo en lo que todos estaban de acuerdo.
Soltó la balaustrada, respiró hondo y se dispuso a bajar la escalera. A cada peldaño que bajaba recordaba momentos en los que había hecho lo mismo, con diferentes grados de entusiasmo: las mañanas del día de Navidad, las citas en el instituto, los partidos de polo, el funeral de su madre, la fiesta de fin de año en la que hacía dos años había conocido a Neil Campbell…
Aquel día, Neil estaba muy guapo con su esmoquin y el brillante reflejo de la luna en su pelo oscuro. El tono rosado de sus mejillas y de la punta de su nariz aristocrática habían sido la prueba de que llevaba un buen rato fuera. Antes de que la noche acabara, habían compartido historias sobre sus padres, personas muy autoritarias, y que resultaba que eran viejos amigos.
Aquel primer encuentro dio paso a una primera cita, luego surgió el noviazgo, alentado por sus padres, y enseguida se comprometieron. Se había mostrado tan diferente aquellos primeros días… Espontáneo, romántico, intrépido e incluso elegante.
Algo había cambiado cuando su padre, presidente emérito del multimillonario imperio Kane Foods International, había tomado a Neil bajo su protección. Tampoco era algo que Marlowe le hubiera reprochado. Después de todo, había pasado la mayor parte de su vida persiguiendo lo que su prometido había conseguido: el beneplácito de su padre. Y eso se había convertido en una adicción para Neil. Sus jornadas en la oficina se volvieron interminables, siempre estaba de mal humor y sus besos eran fríos. Marlowe había dejado de soñar con la boda y no había dejado de preguntarse qué había sido de la pasión.
La gota que había colmado el vaso había sido descubrir que había estado mandando mensajes aterradores a la secretaria de su padre. Su padre había sido testigo de aquel giro de los acontecimientos, y hacía cuatro semanas que todo se había venido abajo.
Lo que la llevaba a su pregunta inicial: ¿qué demonios estaba haciendo Neil allí?
Al llegar al último escalón, Marlowe miró a su alrededor buscando la inconfundible cabellera grisácea de su padre.
Sin embargo, en lugar de fijarse en su padre o en Neil, fue a fijarse en él.
Alto, fuerte, vestido con un traje que, aunque no era de sastre, le sentaba a la perfección. Tenía el pelo oscuro y ladeaba la cabeza en una posición algo arrogante. Sus ojos del color del café la recorrieron de arriba abajo.
Sintió que le ardían las mejillas. Los hombres solían mirarla de aquella manera. Era un hecho irrefutable que tenía comprobado después de años soportando miradas furtivas en las interminables reuniones y fiestas de la compañía.
¿Pero un hombre que ni siquiera se molestaba en fingir? Jamás.
La comisura de sus labios se curvó ligeramente, pero su expresión permaneció inalterable. Dudaba que algo pudiera suavizar aquel gesto.
Su rostro no se correspondía con los adjetivos que solían aplicarse a los hombres de su entorno.
¿Bien parecido? Apenas.
Con esa caída de párpados, aquel hombre tenía… mala pinta. La pinta de los que la llevaban a una al asiento trasero del coche. La pinta de los que te hacían llegar tarde a casa. La pinta de los que tu madre siempre te prevenía.
¿Guapo? Decididamente no.
Con un mentón marcado, unos pómulos afilados y una nariz aguileña desviada posiblemente por más de una pelea, sus facciones eran todo menos simétricas.
¿Atractivo?
Su ceño fruncido le daba un aspecto todo lo contrario. Su expresión, el equivalente a una señal de «No pasar».
El conjunto resultaba sugerente, y le resultó imposible apartar la vista de él.
Lo peor de todo era que él se estaba dando cuenta e incluso de que estaba disfrutando.
Sin dejar de mirarla, se llevó la copa a los labios y dio un sorbo. Más que la bebida, parecía que estuviera saboreándola a ella.
Marlowe trató de recuperar la compostura, levantó la barbilla y apartó bruscamente la mirada antes de mezclarse entre la multitud. Aceptó de buena gana la copa que le ofreció el primer camarero con el que se cruzó, y se deleitó con el frescor y la acidez del champán.
–Te he estado buscando –dijo una voz a sus espaldas.
Marlowe se puso rígida. No recordaba desde cuándo era esa su reacción hacia su exnovio, pero sabía que era anterior a todo aquel asunto con Charlotte.
–Hola, Neil.
Se volvió hacia él, sujetando con fuerza la copa de champán.
Siempre había estado muy guapo con traje y aquella noche no era una excepción. Esta vez era de color azul oscuro, corte perfecto y, sin duda alguna, caro. Pero la yuxtaposición de su antes prometido y la masculinidad arrogante y sin pretensiones del hombre que estaba al otro lado del salón hacía que Neil pareciese… vulgar en comparación. Llevaba el pelo excesivamente arreglado, las cejas demasiado cuidadas y la impecable camisa blanca le daba un aspecto anticuado.
–¿Sorprendida de verme?
Unas líneas se dibujaron en la comisura de sus ojos mientras se llevaba el martini a los labios y contenía una mueca.
–No sé si sorprendida es la palabra que habría elegido –contestó ella y dio otro sorbo a su champán.
–Bueno, últimamente no contestas mis llamadas, así que he tenido que buscar otras medidas más creativas.
Su sonrisa dejó a la vista una fila de dientes impecablemente blancos.
–¿Así que has decidido colarte en una reunión de clientes?
Marlowe echó a andar, segura de que se pondría a su lado.
–¿Quién habla de colarse? He venido invitado por mi padre.
Henry Campbell, nacido en Londres, insoportablemente esnob y socio mayoritario de Campbell Capital, había resultado ser un importante obstáculo para romper su compromiso. Aunque Parker Kane se había mostrado indiferente respecto al hijo de Campbell, su devoción por el banquero inversor y las importantes cantidades que controlaba permanecía invariable.
–Entonces, deberías ir a hacerle compañía –le sugirió dirigiendo la mirada hacia la barra, el sitio más probable en el que encontrar a Henry Campbell.
Neil dio un paso al frente y le bloqueó el camino.
–Necesito hablar contigo.
–No –dijo Marlowe, esquivándolo–. No hay nada de qué hablar.
–Por favor, Marlowe.
Fue aquel «por favor» lo que la ganó. Lo había dicho con una nota de urgencia y sinceridad que no le había conocido en mucho tiempo.
–Cinco minutos de tu tiempo –añadió con mirada suplicante–. Eso es todo lo que pido.
Se quedó pensativa mirando hacia donde había visto al hombre misterioso y se sintió decepcionada al comprobar que ya no estaba.
–De acuerdo.
Salieron del salón y recorrieron el pasillo lateral hasta una terraza situada junto al comedor privado de la familia. No era el sitio exacto donde se habían encontrado la primera vez, pero era evidente el intento de recrear el mismo ambiente.
Neil abrió las puertas dobles de cristal y esperó a que ella saliera para cerrarlas.
Marlowe se acercó al murete y apoyó los antebrazos en el antepecho de piedra. Seguía sujetando con fuerza la copa y se quedó mirando los jardines que se extendían abajo. La mansión de Fair Weather Hall había sido construida a finales del siglo XIX por su bisabuelo. Estaba ubicada en una propiedad de varias hectáreas de superficie y rodeada de un denso círculo de árboles frondosos, lo que la aislaba del resto del mundo.
–¿No es precioso?
Neil se quedó a cierta distancia de ella mirando las estrellas del cielo, como invitándola a hacer lo mismo.
–¿De qué querías hablar? –preguntó ella, en un intento por boicotear aquel ambiente romántico.
–De nosotros.
Marlowe dejó escapar un sonoro suspiro.
–No hay nosotros.
Él se acercó un poco más y se quedó mirando fijamente su mano.
–Si eso es así, ¿por qué sigues llevando el anillo?
Marlowe se había quedado tan sorprendida al verlo que se le había olvidado que lo llevaba. Siempre que tenía algún evento social se lo dejaba puesto para espantar a posibles pretendientes.
–Ten –dijo dejando la copa a un lado y quitándose el anillo–. Aquí lo tienes de vuelta.
Neil le apartó un mechón de pelo de la mejilla.
–No, lo que quiero recuperar no es el anillo, lo que quiero recuperar es a ti.
Marlowe se apartó, sacudiendo la cabeza.
–¿Cómo se te ocurre que estoy dispuesta a volver contigo después de lo que has hecho?
–¿Vas a tirar por la borda todo lo que teníamos solo porque le mandé unos cuantos anónimos sobre Mason a la secretaria de tu padre?
Se rio como si aquello fuera algo insignificante.
–Te recuerdo que uno de esos mensajes se lo mandaste desde la puerta de su casa, que está a más de una hora de la ciudad.
Neil apuró su martini y dejó la copa en el antepecho.
–No digo que lo que hice estuviera bien. Lo que pretendía era cuidar de alguien que estaba en una posición vulnerable.
Marlowe se contuvo para no poner caras.
–Tal vez te sorprenda saber que estoy familiarizada con los sabelotodo, así que si pretendes comerme la cabeza con esa táctica, te pido encarecidamente que lo dejes.
Neil se cruzó de brazos y se apoyó en el murete.
–¿No fuiste tú la que acudió a mí porque estabas preocupada por Mason?
Era cierto. Siempre había estado más unida a Mason que a Samuel, y su repentino distanciamiento de Mason había hecho que las alarmas saltaran. Había empezado a preocuparse al verlo ir a trabajar con moretones mal disimulados. Cuando se enteró de que había estado sacando fuertes sumas de su cuenta bancaria, se preocupó aún más.
–El que te contara que estaba preocupada por mi hermano no te da derecho a acceder a información confidencial sobre las finanzas de la familia, ni siquiera para advertir a Charlotte de que no se acercara a él.
–Lo sé –dijo poniéndole la mano en la muñeca–. Lo que hice fue una estupidez. Me impliqué demasiado.
Ella estiró los dedos, ofreciéndole una vez más el anillo.
–Yo también.
–Marlowe, vivamos nuestro sueño –dijo desesperado, y frunció el ceño–. Una dinastía familiar, la unión de los Kane y los Campbell, lo que siempre quisimos.
–Lo que siempre quisiste tú.
Y durante una temporada le había seguido la corriente cada vez que le hablaba de la vida que construirían juntos: una boda de ensueño, viajes y, con el tiempo, hijos. Todo eso en cuanto ascendiera en Kane Foods con la ayuda de las inversiones de su propio padre.
Solo que la fecha de la boda no hacía más que alejarse cada vez más, y con ella sus esperanzas. Ahora, con la boda inminente de su hermano, Marlowe se había dado cuenta de lo tonta que había sido al esperar tanto tiempo.
–Tómalo.
Neil bajó la vista al anillo de diamantes que le ofrecía en la palma de la mano. El brillo esperanzado de sus ojos dio paso a algo frío.
–¿Qué te parece un beso de despedida?
