Cine de vanguardia: Instrucciones de uso
Por Nicole Brenez
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Cine de vanguardia - Nicole Brenez
Cet ouvrage, publié dans le cadre du Programme d’aide à la publication, a bénéficié du soutien de l’Institut français / Esta obra, publicada en el marco del Programa de ayuda a la publicación, contó con el apoyo del Instituto Francés de Chile a través de su programa de apoyo a la traducción Gabriela Mistral, 2018.
Registro de la Propiedad Intelectual Nº 2021-A-5995
ISBN: 978-956-6048-58-9
ISBN digital: 978-956-604-859-6
Imagen de portada: Still de Perfect Day, Ange Leccia, 2007. Cortesía de la directora.
Diseño de portada: Paula Lobiano
Corrección y diagramación: Antonio Leiva
Traducción: L. Felipe Alarcón
© ediciones / metales pesados
E mail: ediciones@metalespesados.cl
www.metalespesados.cl
Madrid 1998 - Santiago Centro
Teléfono: (56-2) 26328926
Santiago de Chile, julio de 2021
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com
info@ebookspatagonia.com
FONDO DEL LIBRO Y LA LECTURA
Proyecto Financiado por el Fondo del Libro y la Lectura, Convocatoria 2020.
portadEl cine puede cambiar las cosas como cualquier cosa puede hacerlo,
como un panfleto político, pero todavía más.
No se trata de hacer del cine un mito,
el cine simplemente abraza de más cerca la realidad.
Jean-Marie Straub, 1970
Índice
I. La vanguardia: definiciones y concepciones
1. Historia y lógica de los conflictos
2. Orígenes ideológicos del cine y desafíos de la representación
3. Iniciativas logísticas del cine de vanguardia
II. Tareas y gestos del cine de vanguardia
1. Elucidar las propiedades específicas del cine
2. Problematizar el dispositivo: elaborar instrumentos técnicos para crear nuevas plásticas. Reordenar, evitar, rechazar los artefactos industriales
3. Utilizar los instrumentos ofrecidos por la industria mejor o al máximo de sus capacidades, de manera entonces más exigente que los estándares de la industria misma
4. Inventar nuevas formas narrativas
5. Documentar los fenómenos profundizando las propiedades descriptivas propias de la analogía cinematográfica
6. Oponerse al reparto normado de los fenómenos y proponer nuevas formas de organización del discurso
7. Realizar y difundir las imágenes que una sociedad no quiere ver
8. Anticipar o acompañar las luchas políticas
9. Articular la vanguardia cinematográfica con la de las otras artes, filosofía, literatura, música, pintura, danza, video. Asegurar de este modo una permanente «superación del arte»
10. Interrogar el rol y las funciones de las imágenes pasadas y presentes
11. Establecer otro mundo aquí y ahora, en un registro eufórico o melancólico
12. Salir de lo simbólico
III. El cine explota: la década del 2000
1. Fóllame de Virginie Despentes y Coralie Trinh Thi (Francia, 2000): En los tiempos de la confiscación del placer
2. ¿Dónde yace tu sonrisa escondida? de Pedro Costa (Francia/Portugal, 2001) y Chic Point de Sharif Waked (Palestina/Israel, 2003): Renacimiento del humanismo revolucionario
3. Dios me perdone de Mounir Fatmi (Francia, 2004): Rumor visual de los guetos
4. In this house de Akram Zaatari (Líbano, 2005): La memoria creadora
5. Creación de RebeldeMule (2006): Tareas de la crítica
6. United Red Army de Kōji Wakamatsu (Japón, 2007): A la altura de los desafíos históricos
7. Camera War de Lech Kowalski (Estados Unidos, 2008-2009): El individuo como revuelta
8. La autobiografía de Nicolae Ceaușescu de Andrei Ujică (Rumania, 2010): Prédica visual de la abominación del poder político
9. X+ de Marylène Negro (Francia, 2010): Refundar la presentación del pueblo
10. Film Socialisme de Jean-Luc Godard (Suiza, 2010): Una república de las imágenes
IV. Doce textos de referencia
1. «El verdadero propósito del trabajo», Raymond Duncan, 1912
2. «Entrevista sobre Una página de locura», Teinosuke Kinugasa, 1926
3. «El cine del diablo», Jean Epstein, 1947
4. Black Liberation, Edouard de Laurot, 1967
5. «¿Qué hacer?», Jean-Luc Godard, 1970
6. «Manifiesto del Ejército Rojo/FPLP: Declaración de guerra mundial (Sekigun-P.F.L.P.: Sekai Senso Sengen)», Masao Adachi, Japón/Líbano, 1971
7. «Después de Artaud», Raymonde Carasco, 1984
8. «Digital Dekalogo. Un manifiesto por una Filipinas sin películas», Khavn de la Cruz, 2003
9. «Sobre Película mala, infinita, inacabable (Nappun Yeonghwa) de Jang Sun-Woo», Lionel Soukaz, 2002
10. «Definición y principios para el cine de intervención social», René Vautier, 2003
11. «Carta sobre la enseñanza del cine», Philippe Grandrieux, 2009
12. «Al principio fue la imagen, antes del principio fue la vanguardia…», Peter Whitehead, 2010
Filmografía cronológica: otras películas
Bibliografía introductoria
Agradecimientos
I. La vanguardia: definiciones y concepciones
A pesar de sus ricas y complejas relaciones con la Historia, de su vínculo particular con la captación de lo real, de su genio descriptivo, el cine, en igual medida que la literatura, la música o la pintura, no está en sí mismo investido de una misión. Sin embargo, como todo esfuerzo de simbolización, este participa del examen de los fenómenos, posee virtualidades críticas, puede abrir el cerco de lo dado, de lo previsible y lo ineluctable. Pero por diferentes razones y con medios muy variados, algunos cineastas han hecho de él una formidable palanca de liberación.
1. Historia y lógica de los conflictos
El término vanguardia se desarrolla en tres etapas.
Pertenece primero al vocabulario militar: un tratado hindú del siglo IV antes de Cristo, Los seis procedimientos de la política, redactado por el ministro Kautiliya, describe en detalle las funciones de la vanguardia, asumidas en el ejército por los elefantes¹. Lo que justifica la extensión del término a otros campos tiene que ver con el peligro, la confrontación a lo desconocido, la necesidad de forzar una situación: como escribe un teórico de la guerrilla revolucionaria, «no siempre hay que esperar a que se den todas las condiciones»². Ese efecto técnico de anticipación, de riesgo y entonces de sacrificio posible alimenta el prestigio heroico ligado a la vanguardia.
El término se institucionaliza en el campo de las ideas y los debates a fines del siglo XVIII, en virtud de los desarrollos y las necesidades de la Revolución francesa. La primera publicación titulada La vanguardia data, en efecto, del quinto ventoso del segundo año de la República (es decir, 1794). Se trata de La vanguardia del ejército de los Pirineos Orientales, consagrada, como detalla su redactor, «a desarrollar los grandes principios de la libertad que deben fortalecer la Revolución»³.
Por último, el término vanguardia «fue introducido en el vocabulario estético alrededor de 1820 en los medios saint-simonianos, que afirman que el arte debe ser la vanguardia
de la sociedad»⁴. El principio de una vanguardia iluminada, que combate en el terreno del arte, como lo hacen los guerreros mejor formados y más decididos que el resto de la tropa, no dejará de reactivarse durante el siglo XX: los valores revolucionarios, pero también los modelos insurreccionales concretos elaborados por Blanqui, Bakunin, Marx, Engels, Lenin, Mao, Giap, Guevara, han inspirado la práctica de muchos cineastas que los han traspasado al campo estético. Guy Debord, por ejemplo, anuncia: «Una asociación internacional de situacionistas puede considerarse como […] un intento de organización de revolucionarios profesionales de la cultura»⁵.
Existen numerosas concepciones de vanguardia, ya sean doctrinales o informales, creadas por militares, filósofos, artistas o historiadores. En los dos extremos de un muy extenso abanico encontramos, por un lado, una concepción amplia, transhistórica y retrospectiva según la cual toda época engendra su propia vanguardia artística. Historiadores del arte con métodos muy diferentes pueden, a pesar de ello, coincidir en este punto. Es el caso de Germain Bazin, cuando escribe una Historia de la vanguardia en pintura del siglo XIII al siglo XX ⁶, y de Patricia Falguières, cuando titula una obra El manierismo. Una vanguardia en el siglo XVI ⁷. El principio de vanguardia remite en este caso a la invención formal, avala la capacidad que tiene una obra o un movimiento de revolucionar su propia disciplina. «No sorprenderá entonces que se haya incluido entre los pintores de vanguardia
a artistas como Rafael o Correggio, quienes permitieron verdaderas revoluciones en el arte»⁸. En el otro extremo del abanico encontramos una concepción precisa, doctrinal y programática, según la cual el artista de vanguardia tiene la tarea de transmitir las consignas revolucionarias fijadas por un partido y cumplir un programa social de educación popular, del mismo modo que un destacamento de soldados cumple una función especializada. Esta teoría, en su versión leninista, estalinista, maoísta y luego castrista, atraviesa todo el siglo XX y todos los continentes. Fue incansablemente difundida por el Komintern⁹, sus avatares y el conjunto de sus agencias y sucursales culturales conscientes o inconscientes. Esta subordina el trabajo artístico a una misión social que consiste en defender los intereses de la «clase de vanguardia», es decir el proletariado. Encontramos un resumen de esto en el pequeño libro rojo del presidente Mao Tse-tung, al que de preferencia citamos en otras variantes, pues inspira directamente algunas de las más bellas películas y textos de Jean-Luc Godard¹⁰. En el mundo actual, toda cultura, todo arte y literatura pertenecen a una clase determinada y están subordinados a una línea política determinada. No existe, en realidad, arte por el arte, ni arte que esté por encima de las clases, ni arte que se desarrolle al margen de la política o sea independiente de ella. El arte y la literatura proletarios son parte de la causa de la revolución proletaria en su conjunto; son, como decía Lenin, «ruedecilla y tornillo
del mecanismo general de la revolución»¹¹.
Esa concepción paramilitar de la vanguardia fue dominante en la vida intelectual desde fines del siglo XIX, al punto que, cuando en 1989 cae el muro de Berlín, se decretó «el fin de las vanguardias», como si la única vanguardia que existiera fuera la comunista. Se olvidaban, por supuesto, de las otras posiciones: las que precedieron a Marx (Blanqui, Proudhon, Bakunin y los anarquistas, por ejemplo); las del mismo Marx, que no tiene nada de doctrinario; la de Trotsky, que se opuso firmemente a la instrumentalización del arte; las de todos los artistas, políticos y filósofos críticos o no-alineados, empezando por Victor Serge, Walter Benjamin, Theodor W. Adorno, Herbert Marcuse y la Escuela de Frankfurt; las de los diferentes formalistas. Incluso en tanto militantes, los artistas marxistas no necesariamente se sometieron a una doctrina, como lo atestigua la bella fórmula del cineasta argentino trotskista Raymundo Gleyzer, torturado y asesinado en 1976 por la Junta Militar, en su película México: la revolución congelada (1971): «El partido de la clase obrera no existe. La vanguardia deberá surgir de la lucha misma». La decisiva línea divisoria entre la definición leninista de la vanguardia artística y las otras concepciones, a menudo determina el debate fratricida entre las diferentes vanguardias: esta pasa entre el arte concebido como instrumento (de la revolución, pero en realidad del partido) y el arte concebido como fuerza autónoma. Alimenta así los conflictos no solo entre las tendencias (los formalistas contra los políticos, por ejemplo), entre los grupos, entre los artistas, sino que también entre los periodos de un mismo artista. Este debate se encuentra en el centro candente de una contradicción irresoluble. El pensamiento de Breton desde ese punto de vista ofrece un importante ejemplo. De acuerdo con el papá del surrealismo, la vanguardia forma parte de «la derrota del pensamiento burgués». ¿Pero cómo? A veces «está ligada con la actividad social revolucionaria y, como ella, tiende a la confusión y a la destrucción de la sociedad capitalista» (declaración hecha en Praga en abril de 1935); otras veces, por el contrario, «la obra de arte, so pena de dejar de ser ella misma, debe permanecer desligada de todo tipo de fin práctico» (declaración hecha en Santa Cruz de Tenerife en mayo de 1935)¹². Ligada o desligada, militante o kantiana, «al servicio de la revolución» o actividad autónoma, práctica social especializada o lugar de redefinición de la división social: así se despliega la gran dialéctica de las vanguardias, con sus apuestas por la invención de la libertad, la reivindicación o no de una eficacia social, la fetichización o no del arte como práctica singular.
No se va a tratar aquí de defender una concepción de la vanguardia por sobre otra, sino de repartir películas y discursos cinematográficos para observar las maneras en las que el cine participa de esa gloriosa y compleja historia de las ideas con los medios que le son propios.
2. Orígenes ideológicos del cine y desafíos de la representación
Como algunos historiadores han establecido y reflexionado en la estela de los trabajos de Michel Foucault, el dispositivo cinematográfico no nace simplemente gracias al desarrollo lógico de las técnicas¹³. A fines del siglo XIX, el cine emerge en el seno de una capa cultural determinada, participa en la concretización de los lazos entre investigación científica sobre el movimiento, industria militar y control de los cuerpos. «Si supiéramos en qué condiciones se obtiene el máximo de rapidez, de fuerza o de trabajo que puede ofrecer el ser vivo, acabarían con muchas de nuestras lamentables vacilaciones», escribía Jules Marey en 1873¹⁴. Las diferentes técnicas de catalogación y de descomposición visual del movimiento eliminarán esas vacilaciones y darán paso al registro audiovisual. En tanto que dispositivo tecnológico, el cine sirve primero a los intereses del Estado y del ejército (el Ministerio de Guerra financia la Estación fisiológica de Marey, cuna del cine), quienes a su vez preservan los privilegios de una «feudalidad financiera», según la expresión de Augustin Hamon, futuro suegro del cineasta científico Jean Painlevé¹⁵. En Estados Unidos, las investigaciones de Eadweard Muybridge se inscriben en el contexto de la taylorización del trabajo. En Francia, las de Étienne-Jules Marey lo hacen en el contexto de la racionalización del movimiento humano y animal. En los dos casos se trata de una empresa de control y de rentabilización de los cuerpos que comienza con la cronofotografía, pasa por el cine y se prolonga, hoy, con la más masiva producción de imágenes que la humanidad haya conocido, es decir, con la proliferación de las cámaras de vigilancia.
Pero toda técnica, todo objeto, toda institución, toda lógica puede ser desviada, subvertida y vuelta contra sus propias determinaciones. A la invención del cine como instrumento de domesticación responden numerosas iniciativas que apartan a las películas de sus condiciones de posibilidad y reinscriben el cine en otra vertiente de la historia de las ideas, ligada con una concepción crítica del rol del artista (o del «productor», pues a su vez el vocabulario manchado de metafísica que reina en el campo del arte se verá sometido a la crítica materialista). ¿Cómo caracterizar esa otra vertiente? En el marco de los valores de justicia, de libertad y de igualdad elaborado en el siglo XVIII por filósofos de la Ilustración, el estatuto y el rol del artista cambian radicalmente: el artista ya no se encuentra al servicio de un poder, sea este religioso, político o económico. Ahora tiene como función no-mandatada mantener y profundizar los ideales de liberación, anticipar un estado posible del mundo, mostrar por dónde puede escaparse a la dominación, incluso reivindicando el carácter asocial, insensato o inútil de su obra. En resumidas cuentas, el artista se encarga de asegurar la perennidad del espíritu revolucionario, en primer lugar contra las osificaciones de la revolución victoriosa. En este sentido, el artista de vanguardia no está nunca enrolado. Entrados en ese terreno, es toda la diferencia entre, por ejemplo, un Roman Karmen, documentalista ruso a cargo de las imágenes oficiales de la historia soviética, y René Vautier, a quien se le pidió que devolviera su cédula del Partido Comunista al secretario de su sección cuando, en 1950, fue a filmar los movimientos de liberación en África contra el poder colonial francés, pero también contra las posiciones políticas del propio partido. Es también la dolorosa historia de los cineastas soviéticos como S. M. Eisenstein y Dziga Vértov, cuyas crecientes dificultades para producir películas muestran los síntomas más evidentes de la traición a los ideales revolucionarios por parte de un poder de Estado que, sin embargo, los sigue reivindicando como suyos.
