Solo quedamos nosotros
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Solo quedamos nosotros - Jaime Rodríguez Z.
© Gabriela Wiener
Jaime Rodríguez Z.
(Lima, Perú, 1973) es escritor, periodista y editor. Se formó como fotógrafo y reportero en su ciudad natal y, tras su mudanza a Barcelona en 2004, trabajó en la revista cultural Lateral y fue director de la revista literaria Quimera. En 2011 se trasladó a Madrid, donde impulsó junto con otros socios el proyecto editorial Esto no es Berlín. Ha publicado los poemarios Las ciudades aparentes (2001) y Canción de Vic Morrow (2009). Solo quedamos nosotros es su esperado primer libro de narrativa.
Cuando estalló la pandemia en Madrid, Jaime Rodríguez Z. estaba preparando un curso sobre la representación de la figura masculina en la literatura. Pero contrajo la COVID-19 y cambiaron todos sus planes. Inició entonces un exigente proceso de investigación sobre sí mismo. Y empezó a escribir sobre su padre y su madre, sus miedos, su experiencia personal con la paternidad, sus amigos y sus conversaciones machistas, sus ataques de pánico, su migración y su propia familia, que forma junto a su hijo, su hije y las también escritoras Gabriela Wiener y Rocío Lanchares Bardají. El resultado de ese proceso de memoria y de crítica es este impresionante libro de relatos y crónicas autobiográficos, que combinan con maestría la narración, la poesía, el periodismo y la confesión.
«Un memorable ejercicio literario de demolición de los materiales con que está hecho un hombre del siglo XXI, que es al mismo tiempo un descenso a los infiernos personales y una celebración del amor, la amistad y la vida.»
Jorge Carrión
Serie Interespecies
Dirigida por Jorge Carrión
Primer libro de la serie «Interespecies», dirigida por Jorge Carrión, que se propone abordar las claves culturales, sociológicas, tecnológicas y científicas de nuestra época.
Publicado por:
Galaxia Gutenberg, S.L.
Av. Diagonal, 361, 2.º 1.ª
08037-Barcelona
info@galaxiagutenberg.com
www.galaxiagutenberg.com
Edición en formato digital: agosto de 2021
© Jaime Rodríguez Z., 2021
© Galaxia Gutenberg, S.L., 2021
Imagen de portada: © David Navas
Conversión a formato digital: Maria Garcia
ISBN: 978-84-18807-37-4
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede realizarse con la autorización de sus titulares, aparte las excepciones previstas por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 45)
Para Gabriela (siempre) y Rocío
(hay otros amores, pero están en este)
Who said that every wish would be heard and answered
when wished on the morning star?
Somebody thought of that, and someone believed it
Look what it’s done so far
KERMIT THE FROG
I’ve been in this town so long that back in the city
I’ve been taken for lost and gone
And unknown for a long long time
THE BEACH BOYS
Gato
A menudo pienso en la maldad y en sus formas más simples. Hay cierta belleza en esa pulsión estática e insaciable, como una gota de rencor flotando en el más absoluto de los vacíos. Las posibilidades son infinitas. Son agujas que lo hieren todo. Son silencios monstruosos en los que puedes escuchar al tiempo royendo hacia fuera, desde tu cráneo, hasta capturar toda inocencia. En mi caso particular, por retorcidas e inconfesables que resulten ciertas evocaciones, nunca, nada, en todos estos años, ha superado al gato. Las cosas simples de la vida. Ya llegaremos a eso.
El hecho es que el local estaba vacío y metimos al gato. Era pequeño, no llegaría al año. El local era un entresuelo abandonado, las puertas de metal daban a la calle, pero llevaban años clausuradas. Nosotros solo podíamos ver el interior a través de una pequeña ventana en la pared trasera, apenas un respiradero, a la que se accedía desde la primera planta. Por ahí echamos al gato sabiendo que no tendría escapatoria, que nadie acudiría nunca a rescatarlo, que su pequeño cerebro aguijoneado por el hambre, el frío y el dolor, jamás llegaría a formular una sola pregunta. No por qué. No por qué yo. No qué significa todo esto. Y nos quedamos a escucharlo. Maullidos del horror más elemental y más puro. Y volvimos al día siguiente. Y al siguiente y al otro. Hasta que la desesperación se convirtió en el gimoteo de una conciencia leve, tan leve como la pelusa que se desprende de los cuerpos que agonizan. Y después el silencio.
Han pasado tantos años que ya no puedo visualizar el color del gato. He intentado recordar, y recordarme, en su mirada suplicante durante esos días en que íbamos a verlo.
Nada.
Lo que recuerdo son las risas. A veces me río así.
Iba a dictar un taller sobre
nuevas masculinidades (cuando
llegó la pandemia)
Despierto en la misma silla, en un momento entre las tres y las cinco de la madrugada del 20 de marzo. No tengo miedo. El chico que conducía la ambulancia que me trajo aquí se ha despedido de mí haciendo chocar su puño contra el mío. Como en las películas. «Vas a salir de esta, tío», ha dicho. Tal vez son las seis. No sé la hora porque me queda 2% de batería en el teléfono y no quiero encenderlo para que no se me apague si tengo algo importante que informar a Gabriela y Rocío. Las tomas de electricidad donde cargamos los teléfonos de la sala de espera de Urgencias del Hospital 12 de Octubre, en Madrid, se han vuelto un territorio en disputa. Lo mismo que las sillas, unidas unas a otras por gruesas barras de metal y ocupadas en su mayoría por ancianas y ancianos. Solos. Ellos parecen los más fuertes, los más estoicos. Veo los rostros angustiados y exhaustos de los más jóvenes y pienso que es normal que los mayores muestren más templanza. Es un pensamiento recurrente que me lleva a las guerras, los olvidados y los famélicos del mundo. Madrid no es una patera en medio del Mediterráneo. No vamos a morir. No tengo miedo. Yo mismo he visto cosas peores. Una vez mi viejo estuvo delirando durante cuatro días en una camilla, en el estacionamiento de un hospital en Lima, a la intemperie, porque no había habitaciones ni personal sanitario. Ni amor. «Aquí solamente somos muchos», pienso. Estoy dispuesto a negar la violencia sin precedentes con la que el virus nos ha arrojado a este agujero de soledad y confusión con tal de no convertirme en una víctima.
Llevo en la sala de espera unas doce horas. Las doctoras que me han recibido me han dado antibióticos y paracetamol y me han hecho la prueba de la covid-19: una enfermera ha metido un bastoncillo gigante por mi nariz. «Esto va a ser incómodo.» Y lo ha sido. Otra enfermera ha llenado tres frasquitos con mi sangre. También me han sacado unas placas y el resultado ha salido sorprendentemente rápido. «Tienes una neumonía bilateral. Eso es que la neumonía está en tus dos pulmones, ¿lo ves?» Y he visto mis pulmones manchados de blanco en las
