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Mrs. Haroy o la memoria de la ballena - Jean Portante
Mrs Haroy
o la memoria de la ballena
Jean Portante
© Jean Portante
© Traducción: Carmen Expósito Castro
© Diseño de portada: Utopía Libros
© Utopía Libros, 2020
Utopía Libros, S.L.
Patio Beatillas. Plaza de las Beatillas, s/n
14001 Córdoba
Este libro no podrá ser reproducido ni total ni parcialmente por ningún tipo de procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, sin la previa autorización escrita de los titulares del copyright. Todos los derechos reservados.
ISBN 978-84-123497-4-0
Diseño: Utopía Libros
Ebook: R. Joaquín Jiménez R.
Hecho en España
Dedicado a una ballena que sin quererlo
se introdujo en el mar y se perdió
Para mi adorada hermana Joaqui
Si escribiera una fábula
para pequeños peces,
usted los haría hablar
como grandes ballenas
Goldsmith
PRÓLOGO
En febrero de 1953, la estación de Luxemburgo, en el Gran Ducado del mismo nombre, fue el escenario de un acontecimiento poco común; una ballena se exhibió ahí, extendida en todo su esplendor en un vagón de tren, muerta por supuesto, y con la boca bien abierta. Fue capturada y asesinada unas semanas antes en augas del cabo de Harøy y fue bautizada con el nombre del lugar y llamada Mrs Haroy. Antes y después de su parada en Luxemburgo, el cetáceo dio la vuelta a Europa. Testigo de ello es la literatura existente en distintas partes, concretamente en Suiza donde cambió de sexo para convertirse en Mr haroy.
En el momento en que, en 1953, el gentío afluía a la estación de Luxemburgo para ver a la recién llegada, Jean Portante, al igual que Claude Nardelli, el narrador de su novela, solo tenía tres años. ¿Se encontraba entre los curiosos? ¿No fue más tarde cuando oyó hablar de la ballena, en especial a su hermano, tres años mayor que él? Sea que fuere, el acontecimiento le produjo un impresión tan fuerte que se quedó gravado entre sus recuerdos de infancia.
La historia de la ballena expuesta en esos fríos días de invierno en la estación de Luxemburgo no dejaría de condensarse en su memoria por un sencilla razón que el narrador deja claramente entender, su propio destino de hijo de emigrantes italianos a Luxemburgo que lo identificaba con el de todo ser desplazado, migrador, de buen grado o forzado, en este nuestro mundo. Y Mrs haroy, la ballena, precisamente había conocido esa suerte.
Como consecuencia, aparentemente, en su conciencia se fundieron de forma espontánea dos dimensiones que no siempre se armonizan fácilmente en literatura: por una parte el simbolismo de un hecho, dicho de otra manera una metáfora, aquí la ballena, y por otro lado, el drama, de dimensiones inmensas, compuesto por innumerables episodios y crónicas renovadas a lo largo de los siglos por todos los pueblos del mundo, el desgarre de la emigración. La bella y rica novela la Memoria de la ballena es precisamente un feliz producto de esa fusión.
Jean Portante no engaña al lector. No abusa de la metáfora imponiéndola a nuestro ser, y no se detiene tampoco demasiado en la pintura de lo cotidiano, en apariencia banal y monótono, de la emigración. Para hacerla aún más vívida, evita por tanto encerrarla de forma artificial precisamente dentro del marco de una metáfora. En esta historia generosa, descubrimos, ampliamente desarrolladas, una y otra, la imperecedera poética de las ballenas y la prosa severa, eterna, de la migración humana.
Si el autor ha elegido la metáfora de la ballena, es también porque ella, al no ser ni totalmente un pez, ni totalmente un animal terrestre, simboliza muy bien el eterno viaje.
De igual modo que el cetáceo, algunos personajes de esta novela, especialmente el narrador y sus parientes, están de alguna manera desdoblados: tienen dos nombres, dos lugares, dos memorias. Como la mayoría de los emigrantes, se encuentran a menudo en la situación de no ser ni italianos ni luxemburgueses, en este caso concreto, y siendo a la vez uno y otro.
Si la metáfora, en Jean Portante, reviste una fuerza y un peso particulares, se debe a que no está empleada como un artificio literario. Está desplegada generosamente como un libro dentro del libro. Esta novela, verdadera ballenología, nos hace descubrir, a la vez que nos ofrece un información rica y profunda de estas criaturas, un horizonte teñido de ansiedad respecto al destino de nuestro universo. De la ballena bíblica de los tiempos de Salomón a sus congéneres de los poemas de Allen Ginsberg, el autor evoca las de Ovidio, Swift, Kipling, D. H. Lawrence y decenas de otras, sin olvidar por supuesto la especialmente célebre de Melville. Nos encontramos también con la ballena de Lewis Carrol, que tan solo acepta responder si nos dirigimos a ella en plural, la de Steinbeck siempre triste, la de Rabelais que horroriza la mirada. Nos cruzamos de paso con una ballena llamada «diosa blanca», luego con otra que, en Japón, solo cuesta 623 yenes, también una ballena encerrada en una lavadora, otra desprovista de memoria o incluso otra extremadamente vindicativa o condecorada con una cruz de guerra.
Esta visión en sí profundamente poética no impide en absoluto que el autor se extienda en la mayor parte de su libro sobre el antiguo tormento que ha supuesto el exilio en el mundo. Dificultades materiales, sufrimientos morales, conflictos, persecuciones directas o indirectas, algunos de los males que lo acompañan, hechos y estados de ánimo entre los que se entrelazan acontecimientos y destinos que han marcado con su sello una parte de este siglo: la revolución bolchevique, Stalin, Mussolini, Hitler, la Anschluss de Luxemburgo al Tercer Reich, la Segunda Guerra Mundial, Hiroshima, la guerra de Corea, la insurrección anticomunista húngara de 1956, Kennedy, etc. Muchos hechos dramáticos que, al igual que la crónica de las ballenas, comportan también un elemento de movilidad, de desplazamiento: movimiento de tropas, de refugiados, de deportados o de prisioneros de guerra. Estos traslados y desarraigos sucesivos, desde el éxodo de los judíos de la época bíblica hasta el de los albaneses de Kosovo, participan de la esencia, del corazón mismo de la historia humana.
Ismael Kadaré
Advertencia
Los personajes de esta novela son
ficticios de principio a fin.
Cualquier parecido fortuito
con ballenas
vivas o muertas solo es pura coincidencia.
Una de las insinuaciones de aquellas a las que ya hemos hecho referencia, y que en la mente de los supersticiosos se había identificado ya con la Ballena Blanca, era que Moby Dick, se encontraba en todas partes al mismo tiempo...
El bar sigue estando ahí. Pero ya no es el mismo bar. Es y no es el mismo. La puerta grande se ha convertido en una más pequeña, menos alta. Una marquesina y un letrero luminoso le han cortado la cabeza.
Esa es la primera impresión de mi primera vuelta. Las dimensiones han cambiado. Todo es o más pequeño o más grande de lo que pensaba. Nada se ha mantenido tal cual en mi memoria. Igual que la montaña detrás de Cardamone, Santa Croce. No la he olvidado pero ahora me decepciona. La esperaba más pequeña. Como máximo un poco más alta que las dos colinas cerca de Soleuvre. La procesión con Don Rocco a la cabeza agitando el incensario, seguido del murmullo de los pueblerinos, se paraba para rezar delante de cada una de las capillitas blancas del calvario (¿eran realmente blancas en aquel momento?) y llegábamos hasta la cumbre, cerca de la cruz, sin perder el aliento. Hoy me ha faltado el aliento desde la cuarta estación. He tenido que apoyarme en la capillita. Mi mirada buscaba algo pero el interior estaba vacío. No había cruz, no había imagen. Sin embargo, habría jurado que... Cuando me volví, para examinar el pueblo a mis pies, sentí vértigo. San Demetrio parecía una isla blanca perdida en una mar blanca, con tres campanarios pidiendo ayuda. El sonido de las campanas, las de Santa Nunziata o las de la Madonna o las de la Parrocchia, me tranquilizó no obstante. Reconocí el carillón.
No se ha perdido todo. La música se ha mantenido intacta en el tiempo, pensé. Dejé el pueblo tras de mí y continué la subida, muy por detrás de Sandra y Lucie.
Gran Bar dei Giovani, dice el letrero que ha acortado la puerta del bar. Con letras verdes y rojas en un fondo blanco. Gran Bar de los Jóvenes. Esto me hace sonreír. ¿Quedan todavía jóvenes en San Demetrio? ¿Quién se ha ido y quién ha vuelto? ¿Cuántas casas siguen estando vacías? ¿Cómo se ha ramificado el árbol del pueblo? ¿Dónde se encuentran sus diferentes ramas? ¿En América? ¿En Francia? ¿En Alemania? ¿En Luxemburgo? El salón de peluquería, al lado del bar, es la prueba. Parruccheria Josiane, dice ahora el cartel que no llega a cortar totalmente la entrada. Al irse, las mujeres todavía se llamaban Giuseppina. Se han sacrificado algunas sílabas en el extranjero. La ida ha recortado los nombres. Claudio es ahora Claude, Giovanni, Jean, Alfredo, Fredy. Todo lo demás en la fachada se ha mantenido italiano: el ocre, los balcones, las contraventanas verdes, la simetría. Pero ha cambiado de nombre. Y de dimensiones. Como yo también he cambiado de nombre y de dimensiones.
Antes, eran los viejos los que se daban cita en el bar, para su jarra de tinto y su partida de cartas. Enoteca dice hoy el letrero. El vino se ha hecho más científico. Ya no se pisan las uvas con los pies. ¿Hay todavía uvas? Por la parte de la estación, los viñedos parecen estériles. Como esqueletos. Me acuerdo de la puerta de entrada al bar. La de entonces. No, no me acuerdo de la puerta de entrada, solamente de la entrada. Se encontraba ahí, como hoy, alta y acogedora, justo después de la esquina y su balcón. Y delante, los dos escalones para subir a la acera, también siguen estando. ¿Cuántas veces me he sentado ahí cuando mi madre me pedía que fuera a buscar a mi abuelo? Dentro se oía blasfemar y cantar.
El gran pórtico, la tercera puerta debajo del balcón, está abierto. Es la entrada principal del edificio. Se ha mantenido intacta. No hay cartel ni letrero, nada. Algo me atrae a su interior. Es ahí donde yo esperaba a mi abuelo cuando se ponía a llover. Mi abuelo Claudio estaba en el bar, bebiendo y cantando, tocando su trompeta imaginaria y ganando o perdiendo a las cartas. El pórtico es tan grande como la espera. Me acuerdo poco de mí pero mucho de la espera. ¿Por qué simplemente no entraba en el bar para susurrarle a mi abuelo al oído que la cena estaba preparada y que la abuela Lucia estaba furiosa? Esperando fuera ¿no estaba yo tomando partido contra mi abuela Lucia? Es un misterio. Yo esperaba. Y mis esperas me parecen hoy heroicas. Eran puras esperas. Esperaba por opción. Sin duda, simplemente para permitir que el tiempo pasara, porque en aquel momento, cada minuto perdido todavía no valía un tesoro.
Taim is mani. Fue el tío Ernesto, mi tío de América, quien dijo eso por primera vez. Le repugnaba ver, las raras veces que volvía a Italia, cómo sus compatriotas perdían el tiempo, vagando por la plaza del pueblo, dando vueltas alrededor del monumento a los soldados caídos o embriagándose en las tabernas y los bares. Le repugnaba y a la vez lo ponía triste. En América, el tiempo se calculaba al milímetro. Al igual que, simétricamente, el polvo de carbón tapizaba los pulmones, milímetro a milímetro. En San Demetrio, cada uno pasaba las horas a su antojo. Yo, las mías, las ofrecía con gusto. Era pequeño y tenía ganas de crecer. Sentado en los escalones de la acera, notaba cómo crecían mis uñas y mi pelo. Solo, tenía el control del tiempo, en compañía de los demás, únicamente lo sufría. Tres años me separaban de mi hermano y de sus amigos, tres años y algo.
¿Cuánto tiempo he estado mirando las tres entradas, el bar, el salón de peluquería y el gran pórtico? Las familiares campanas me vuelven a salvar. Están diciéndome: ¡hay tanto que ver, que reconocer, no te quedes ahí plantado como la estatua de Garibaldi! Ve mejor a ver la casa. ¿Te acuerdas de la casa? ¿Tu casa? Paso a lo largo de la iglesia de la Madonna sin desviar la mirada, cojo el atajo para llegar al centro recreativo y la escalera que corta la curva, y sigo sin mirar a mi alrededor. Después, viene la pendiente que pasa al lado de nuestro jardín. El orto, decía el abuelo Claudio. El paraíso.
Aunque el paraíso únicamente sigue ahí mutilado. En la parte alta, en lugar de almendros y de higueras hay una casa mientras que el lado que da al centro recreativo se ha mantenido tal cual. Los pies de viña parecen estar vivos. Esqueletos vivos. Vivos e intactos. Desde hace veinte años, nadie los ha tocado. ¡Qué raro! ¿Por qué se dice pie de viña? Si realmente la viña tuviera pies, ¿se habría quedado ahí plantada? ¿No habría seguido a los jóvenes del pueblo, a mi madre, a sus primos, a sus amigos? También existe el pie de la montaña, el pie de Santa Croce, el pie del Gran Sasso. ¡Cuántos pies, cuántas posibilidades de irse! Pienso todo esto sin pararme delante de la verja de lo que queda del jardín.
Me digo muchas cosas, tantas cosas que no me doy cuenta. Me olvido de que no estoy solo. Pero Sandra no interrumpe nada. Ella y Lucie están descubriendo el pueblo del que tanto les he hablado y que es tan distinto de lo que yo les he contado. Sin duda alguna, me habrán tomado por un mentiroso. La estatua de San Demetrio por ejemplo, la imaginaba en la iglesia de la Madonna. Como la Virgen Roja. Por eso entramos en la iglesia, esperamos a que terminara la misa y después recorrimos las naves hasta el altar con el niño Jesús recién nacido. La iglesia se vació de repente y el cura nos observó fijamente. Acabó diciendo: sé que no es de aquí, y sin embargo algo le une a este lugar.
Era la frase que yo estaba buscando desde que pusimos los pies en el pueblo.
¿Cuándo empecé a hablarme a mí mismo? ¿Qué pensé por ejemplo, cuando aparcamos el coche delante de la estación, en la entrada de San Demetrio?
...a la altura de la estación, no, esto no es todavía la estación a pesar de los letreros luminosos ya encendidos, chorros de luz multicolor a los dos lados de la carretera, una escolta casi cegadora, mientras que la fila de árboles a la derecha, interminable desde hacía un rato, troncos rodeados de una banda blanca, se ha interrumpido brusca, momentáneamente para seguir unos metros más lejos, un corte preparado por la desaceleración del coche que transformó poco a poco la línea de árboles en árboles individuales, contables, desde que Sandra le pidió a su marido que fuera más despacio, para poder ver el paisaje que solo conocía de oídas, y para no perderse la estación pequeña de la que él tanto le había hablado, una estación que las ha pasado canutas, sobre todo durante la guerra, una estación testigo de todas las idas, pero todavía no llega la estación y Claude (¿habría que decir Claudio?) acelera de nuevo, devolviendo a los árboles su anonimato de antes, hasta la siguiente desaceleración que muestra troncos enteros, una desaceleración precedida esta vez, de un «¿es aquí?» de Sandra, seguido de un frenazo de Claude, del sobresalto de la pequeña Lucie que se despierta en el asiento de atrás (¿habría que decir Lucia?) y del coche que da marcha atrás para aparcar entre dos árboles, justo debajo de un panel publicitario, encendido también, en un camino blanco que se mete en el campo y termina en una especie de casa rural, una pequeña granja solitaria sin granero ni establo, hundida, aplastada, formada solo por una planta, cuyo color no destaca apenas del de los campos que la rodean, una isla de color tierra sucia en medio de un campo de color tierra sucia, la nieve que ya no es nieve, el barro que todavía no es barro, y esta línea de ferrocarril que pasa por detrás, después de haberse extendido interminablemente por la hilera de árboles momentáneamente agujereada, bordeada fielmente por el asfalto negro de la Nazionale, cuando Sandra abre la puerta en ese intervalo entre dos árboles, debajo del letrero que solo vemos si nos paramos, como le han explicado a Claude hace un momento, durante la parada para repostar en la estación Agip, a la salida de L’Aquila, el letrero y su pez con tres o cuatro líneas onduladas de fondo, el agua esbozada en la luz, una redundancia piensa Claude, tanto más cuanto que el mar está lejos de aquí, allí detrás de las montañas, al otro lado de las montañas, haciendo de la región una lengua de tierra, atascada por el agua, montada por la cadena de los Apeninos, un color de esperanza que avanza hacia el pasado, después, en la pancarta, la R desmesurada, seguida de las otras letras de un tamaño mucho más modesto, como si estuvieran escritas a mano, una i primero, que se desliza en una s tocando a su vez la pequeña barra diagonal al pie de una t, una o, una r y así sucesivamente, Ristorante, hasta la G mayúscula de la palabra siguiente, también excesiva, después una r que no está totalmente pegada, terminando en una i y dos l sin pecho, dos simples palos un poco inclinados terminando en un gancho apenas insinuado, y finalmente, como para restablecer el equilibrio, una botella, una botella redonda, desproporcionada, con la panza hinchada, el cuello corto y delgado y alrededor unos vasos sin pie que parecen estar bailando en corro, con colores dobles, que emanan a la vez de la electricidad y un poco del sol poniente, neutralizándose mutuamente, un letrero apagado y encendido a la vez con el sol al oeste, salpicando a la naturaleza una luz roja en agonía, gastando una última broma a los objetos antes de desaparecer detrás de las montañas...
...había vuelto,..., a los lugares de la infancia.
Los recuerdos, mezclados con el presente, afluían en mil pedazos y en desorden...
¿Qué hay en la cabeza del que vuelve a los lugares de la infancia? A fuerza de intentar vaciarla por completo, se llena demasiado. A causa del plural todo se vuelve singular. Si tan solo hubiera habido un lugar, me digo a mí mismo, y los tres, Sandra, Lucie y yo, cogemos de forma automática la calle que, a la derecha, se mete en el corazón de Cardabello, todo sería más penetrable quizá. Las puertas nos escoltan, a nuestra derecha. En frente de la casa del ahorcado. En cada pueblo hay un ahorcado. Su historia nunca se pierde. Nadie lo ha visto, pero existe. Sin él, el pasado estaría un poco más vacío.
Hay cuatro puertas en frente de la casa del ahorcado. Lo sé sin contarlas. Mi madre me decía: ve a casa del profesor Bergonzi y llévale esta tarta. Hoy, todas las contraventanas de su casa están cerradas. El profesor Bergonzi está muerto, y si Sandra me pidiera que lo describiera, no sabría ponerle cara ni a él, ni a su mujer, ni a sus dos hijos, Anna y Piero. Es la primera puerta. Luego viene la de debajo del balcón. Ahí también, las contraventanas están cerradas en pleno día. Giustina vivía allí, con su padre Rinaldo y su madre cuyo nombre he olvidado. ¿Dónde está ahora Giustina? Nadie tiene cara. Todo está muerto en esta parte de Cardabello.
Nos hemos cruzado no obstante, con tres personas. Me han reconocido, las he reconocido. Su mirada y la mía se asemejaban. Pero no nos hemos saludado. Algo ha paralizado nuestras bocas.
Es invierno, la vida volverá tan solo en verano, nos dijo alguien. San Demetrio se llena en verano. ¿Qué vienen a buscar los hijos y los hijos de los hijos? ¿Siguen el mismo itinerario que yo? ¿La estación, el cementerio? Al menos, y quizá sea justamente eso lo que los atrae, encontrarán cada vez, su casa natal, cerrada con llave en invierno y bulliciosa en verano. Pero la casa que se encuentra ahí, después de la cuarta puerta, nuestra casa, no es el lugar donde yo nací. Es tan solo una casa entre otras de mi infancia. Me importa y no me importa. La reconozco y no la reconozco.
La puerta decorada con clavos, por ejemplo, no está en mi memoria. Es al verla cuando le doy vida. No se ve la cerradura. Solo un agujero grande para la llave. ¿Cuántas veces habré metido ahí la enorme llave mohosa? Era ahí donde estaba el vino.
En el coche, antes incluso de pararnos delante de la estación, paradójicamente, en lo primero que he pensado es en la otra casa, mi casa natal, la de Differdange. Me he reído a carcajadas y Sandra me ha mirado perpleja. Hacía un buen rato que no decía nada, desde la estación Agip, y después de repente me estaba partiendo de risa. Sandra comprendía el silencio. La carcajada por el contrario le intrigaba. Pero ¿cómo podía decirle que en vez de reír, de lo que tenía ganas era de llorar?
Empezamos a hablar. Intenté explicarle que al acercarme a San Demetrio, me alejaba bruscamente de allí. Que al intentar imaginar en qué estado se encontraría nuestra casa, se había borrado de mis pensamientos para dejar sitio a la otra casa, la de Luxemburgo, en Differdange, mi casa natal. Curiosamente, unas semanas antes, cuando nos disponíamos a visitar Differdange, ya se produjo el mismo fenómeno. A la inversa esa vez. Mientras más nos acercábamos a Differdange, más se disipaba la casa de la calle Roosevelt. Al entrar en la ciudad, por la parte de Oberkorn, me habría gustado enseñarle a Sandra las cabinas del teleférico, pero en su lugar, había un enorme conducto, que conducía el gas a la fábrica. El presente se había impuesto. Empezaba la erosión.
Era la casa de San Demetrio la que se imponía. La veía al principio de Cardabello, la parte alta del pueblo, con su balcón dando a Santa Croce, prolongada por el interminable vergel que bajaba hasta las paredes del centro recreativo, lleno de viñas, de higueras y de almendros. Pero apenas había cruzado el umbral en mi pensamiento, y el más mínimo gesto me trasladaba a la primera, como si una fuerza invisible me impidiera pararme allí ni siquiera unos días, unas horas, unos instantes, el tiempo necesario para restablecer tal o cual recuerdo más preciso, más largo.
Y me digo también esto, y fue el párroco de la iglesia de la Madonna quien me hizo caer en la cuenta: mi infancia, o más bien la imagen que yo me hago de ella, me resulta bipolar, desesperadamente móvil, un frágil vaivén de una casa a otra, de un país a otro, de una lengua a otra, como si, en realidad, dos seres vivieran en mí, o un ser dotado del don de la ubicuidad, dos seres coherentes y antagónicos, plantados obstinadamente en sus mundos tan diferentes y tan idénticos a la vez, librándose la más insólita de las batallas por miedo a perecer en el olvido.
Paso así sin esfuerzo, de la cocina totalmente blanca de la calle Roosevelt, envuelta en la voz estridente de Pol Leuck¹ comentando a grito pelado la guerra de Corea y la vuelta de los voluntarios luxemburgueses, a la habitación de Cardabello con sus moscas a pesar de la mosquitera verde de las ventanas, llena todavía del carillón conjunto de las campanas de Santa Nunziata y de la Madonna. A veces, cuando estoy en el vergel, en el orto, rociando las viñas, parecido a un marciano por culpa del tanque del rociador de sulfato colgado a la espalda, oigo la voz de mi madre que me llama porque la cena está lista o porque todavía tengo que hacer mis tareas del colegio o porque tengo que ir a buscar a mi abuelo Claudio a una de las tabernas de San Demetrio. El vergel se encuentra detrás de la casa. Pero para entrar a mi casa, hay que pasar delante de las granjas y el establo de Rinaldo con el asno rebuznando todo el santo día. Y huele a heno y a estiércol. Llego por fin a mi casa, paso por el comedor donde el tocadiscos reparte por toda la sala la voz de Mario Lanza o de Nilla Pizzi y echo un último vistazo por la ventana. Está pasando un coche cualquiera, negro o blanco. Está lloviznando. Cuento los pocos autos que bajan y suben por la calle Roosevelt.
Enfrente, a través de los árboles sin hojas, entreveo la casa del doctor Weyler, un chalecito rodeado de un jardín y cuyas paredes no han podido resistir el asalto de la hiedra. Detrás, en la plaza Millchen, adivino los carruseles de la feria del mes de mayo. El vergel con sus viñas, el establo de Rinaldo, la granja, los rebuznos del asno, el heno, el estiércol, todo ha desaparecido, aunque sé que todo sigue estando ahí. Lo sé porque la voz de mi madre me está preguntando en italiano qué estoy haciendo en el jardín. Y yo le respondo en italiano que estaba sulfurando la uva para protegerla de las enfermedades o que con una vara larga estaba vareando el almendro para recoger almendras frescas o que estaba simplemente tendido bajo la sombra de la higuera contando los frutos del árbol. Entonces mi madre me riñe con cariño, debido a la llovizna: vas a coger un resfriado, ¿por qué no te has puesto la gorra y el anorak? Yo le miento sin quererlo y le digo que en el jardín no hace frío, que el otoño es la estación de la vendimia y que ya estoy disfrutando al pensar en pisar bajo mis pies, metidos en unas enormes botas, los racimos jugosos que acabamos de coger. Acabamos, es decir mi abuelo y yo. El abuelo Claudio que siempre está ahí cuando pienso en el vergel. El abuelo Claudio que me lo ha enseñado todo: a sulfurar, a hacer regueras entre las viñas para que llegue el agua hasta el último rincón del jardín, a binar, a labrar, a pasar el rastrillo, a reconocer las malas hierbas, a varear los almendros y los nogales. La música la inventamos cuando bailamos encima de la mezcla que dentro de poco llenará las jarras de la taberna y, a veces, canturreamos hasta canciones que conozco desde siempre, Bella ciao ciao ciao o Santa Lucia o La donna è mobile, mientras que por nuestras botas, llenas y floreadas con granos y pellejos, sube el indefinible olor de la uva que redobla nuestro entusiasmo, arrastrándonos en un baile turbulento que solo se detiene cuando todo en la bodega, empieza a arremolinarse alocadamente, en espiral, corriendo el riesgo de salir volando.
Como las sillas voladoras del carrusel de la plaza Millchen de las que me bajo tambaleándome, con la mano enterrada en la de mi madre y el corazón en la garganta. Cada año lo mismo, dice suavemente mi madre en italiano, la feria está muy bien, pero tú, en cuanto eso empieza a dar vueltas, te pones a vomitar. ¿Por qué no te quedas mejor fuera para ver a tu hermano sentado en las sillas voladoras? Él por lo menos, no vomita cada vez. Y además, a veces hasta coge el pompón. Pero yo, saco sin responder mi mano escondida en la suya y sigo la llamada de mi nariz que acaba de detectar, en un puesto, el olor de los cacahuetes garrapiñados. Tía Nunziata, en Cardabello, hacía lo mismo con las almendras. Pero su azúcar se quedaba blanca.
Esa es toda la diferencia: en San Demetrio el azúcar se queda blanca, como tiene que ser, en Differdange es negra. Esta es azúcar candi, me ha explicado mi madre, cuando se calienta se pone oscura, sigue diciendo mientras los olores se llaman y se contestan y yo me esfuerzo por descubrir entre uno y otro, aunque solo sea un milímetro de diferencia. Finalmente, el que gana es el de las almendras tostadas de la tía Nunziata, por el color, y también porque casi puedo tocar el olor de las almendras blancas de la tía Nunziata. Se encontraba en todas partes al mismo tiempo...
¹ Comentarista político de la derecha anticomunista en la RTL (Radio Televisión de Luxemburgo).
...entonces la ballena abrió la boca más y más y más atrás hasta casi tocar la cola, y se tragó al Marinero náufrago, y la balsa (...) Pero tan pronto como el Marinero, que era hombre de sagacidad y recursos infinitos, se encontró de verdad en los armarios interiores, cálidos y oscuros de la ballena, empezó a pisotear y a saltar, a aporrear y a chocar, a brincar y a bailar, a golpear y a retumbar, y golpeaba y mordisqueaba, saltaba y se arrastraba, merodeaba y aullaba, saltaba a la pata coja y abajo se venía, gritaba y suspiraba, gateaba y vociferaba, andaba y brincaba, y bailaba danzas marineras donde no debía, y la ballena se sintió muy mal de verdad...
Me llamaba Claudio. Ahora me llamo Claude. Llamadme Ismael. Al igual que mi hermano no se llama ya Nando o Fernando, sino Ferni o Fernand. No vayan a pensar que me gusta mi nombre. En absoluto. Vaya idea haberme puesto un nombre así. Es verdad, que el abuelo Claudio, el padre de mi madre, se llama así, lo mismo que el otro abuelo se llamaba Nando. Pero, ¿eso es una razón? Vale que un abuelo, quiero decir el otro abuelo, porque el abuelo Claudio no ha tenido descendencia masculina, legue su nombre a su propio hijo y por tanto a mi padre, pero estarán de acuerdo conmigo que tres Nandos en una misma familia parece un poco raro. Nico, por ejemplo, el hijo del maestro Schmietz, no se llama para nada como su padre, y apostaría que tampoco lo han penalizado con el nombre de su abuelo. El caso de Charly, el hijo del tendero Meyer, es distinto. Lleva el mismo nombre que su padre. Entre ellos, según me ha dicho, es una tradición, y además a él le gusta llamarse Charly, porque Charly es el nombre del tren urbano que circula por la ciudad. Por la gran ciudad. La capital. Sin olvidar que Charly, también es el nombre de Charly Gaul, el ganador del Tour de Francia, quien derribó a Fausto Coppi y a Gino Bartali, le gusta repetir a Charly, no sé por qué, como si yo tuviera algo que ver con esos dos tragamacarrones. Después de todo, ahora me llamo Claude.
A veces incluso me dicen Clodi, lo que no me hace mucha gracia, porque ese nombre me encoge y me recuerda que tengo un hermano, Fernand, al que no se le escapa ni una ocasión para decirme que es mi hermano tres años mayor que yo, tres años y algo. Como si fuera un mérito el ser mayor. Cuando pierde jugando al parchís o a los barcos, siempre dice que en realidad es él el que ha ganado, porque yo solo soy una copia suya, ¿no tengo que ponerme yo la ropa que él se ha puesto antes que yo? me pregunta; una prueba ineludible de que yo soy su doble, que no sirvo nada más que para hacer lo que él ya ha hecho mucho antes, por eso es él quien ha ganado, dice, aunque haya perdido. Entonces yo, cansado de esta misteriosa lógica de la que él tiene el secreto y que siempre le favorece, le respondo que la verdadera copia es él, puesto que en la familia no hay un solo Fernand, sino tres, incluso si uno ya está muerto desde hace tiempo y el otro se llama Nando, de vez en cuando.
Además, es así como conseguimos distinguirlos cuando hablamos de ellos en una conversación o cuando los llamamos. A mi hermano, y se ha convertido en una regla a la que está muy apegado, todo el mundo, menos nuestras abuelas Maddalena y Lucia, le dice Fernand. Es verdad, que no es lo mismo si lo dice mi madre o uno de sus amigos, Marco por ejemplo. Quiero decir, es lo mismo y no es lo mismo, porque cuando mi madre lo llama, tiene la costumbre de acentuar la segunda sílaba, nand, como si no pudiera pararse a tiempo y tuviera que pronunciar obligatoriamente la d final o continuar con una tercera sílaba, inexistente sin embargo desde hace un siglo. Y además, mi hermano dice que ella pronuncia exageradamente la r en medio del nombre, y eso no le gusta nada. ¡Ay! si no hubiera esa abominable r justo en medio de su nombre. Qué no daría él por tener un nombre sin r, ni en medio, ni en otro sitio, porque esa r, nada más que esa r, le ha costado tantas burlas de sus amigos que casi hubiera preferido llamarse como yo, Claude.
En cuanto al nombre de mi padre, varía en función de las circunstancias y de las personas que lo pronuncian. Si por ejemplo me preguntan en la escuela, el primer día, ¿cómo se llama tu padre? digo sin dudarlo, Fernand, con una r muy suave, como sé hacerlo desde hace unos meses. Mi madre, por el contrario, dice tanto Fernand con una r muy marcada, como Nando sin ninguna r, mientras que la abuela Maddalena habla siempre de su pequeño Nando, aunque mi padre no sea ya tan pequeño. Claro, por una parte, entiendo por qué lo llama mi pequeño Nando a mi padre —esto tiene que ver con el otro Nando, su Nando, que en paz descanse—, por el contrario, yo no consigo hacerme a la idea de que para ella, mi hermano se llame Nando simplemente. ¿No debería decir más bien, Nandino, o mi pequeñito, mi minúsculo, mi microscópico Nando, mi pigmeo, mi enano, mi retaco de Nando? Naturalmente, yo no he hablado de eso con mi hermano ni le he dicho nada, porque me temo sus imparables y agobiantes razonamientos lógicos, y ya lo imagino lanzándome a la cara que si él es un pigmeo o un retaco, yo ni siquiera soy una hormiga, ni una pulga.
Lo que no cambia nada a mi descontento. A veces, plantado delante del espejo, intento mirarme a los ojos, al blanco de los ojos, sin conseguirlo por supuesto, porque, y todos los que ya lo hayan intentado pueden confirmarlo, es imposible mirar a los dos ojos a la vez, sean los de uno mismo o los de otro, de Lola, por ejemplo, nuestra gata Lola, que, aunque no sea nuestra Lola de antes, negra con manchas blancas salteadas por su pelo, también se llama Lola, es mi madre quien así lo ha decidido, porque piensa a menudo en allá, en Italia. Por mucho que me concentre en fijar los dos ojos verdes grises de Lola, o mis dos ojos marrones que me miran desde el espejo, mis pupilas, a pesar de todas las acrobacias posibles, no consiguen ver nada más que un solo ojo a la vez, quiero decir verlo de verdad, en el interior, profundamente. Pero cuando estoy plantado delante del espejo, lo que me interesa es la boca, los labios redondos que articulan un nombre: Claude, o Clodi, cada vez más fuerte, luego me acerco a la superficie plateada, casi puedo besar los dos labios igual de redondos que también se han acercado a la superficie plateada y ahora, llenando de vaho el espejo, gritan ese nombre que odio tanto y que ya no me pertenece, puesto que a un lado y otro del espejo, está mi último héroe, al que he descubierto sin la ayuda de mi hermano, justo después de la llegada de Mrs Haroy.
Porque, viéndome así en el espejo, me acuerdo de nuestras travesuras, en casa de Charly, cuando delante de la tele apagada, adoptábamos toda clase de posturas que se reflejaban en la pantalla verde y hacían como si fuésemos nuestros personajes preferidos, Tarzán o Sigurd o El Zorro. Y como en mi casa no hay televisión porque eso cuesta un ojo de la cara, según ha dicho mamá, me planto delante del espejo y poco a poco, dejo de ser yo, para convertirme por ejemplo, en Kemp, el portero rubio del equipo del Red Boys o, como es el caso hoy, después de la llegada de Mrs Haroy, en Achab, el capitán de la pierna de márfil, de pie en el castillo de proa o de popa del Essex, con la punta de mi pata de palo metida en uno de los innumerables agujeros del suelo, y el brazo levantado, fijando con una mirada intrépida y llena de odio la superficie plateada del mar, escudriñando la espuma gris para encontrar la huella de mi peor enemigo, Moby Dick, ese abominable monstruo de los mares que, de un bocado, me arrancó la pierna hace algunos años.
A decir verdad, al cerrar, después de haber leído de un tirón, el Clásico Ilustrado que Charly me había prestado, estaba bastante escéptico, porque, unos años antes o algunos meses o algunas semanas, había visto, ¿o era mi hermano el que la había visto?, a Mrs Haroy, tendida en un vagón, delante de la estación, y ahí no parecía tan peligrosa. Pero al examinar la imagen de Moby Dick volcando de un coletazo el ballenero con toda su tripulación, al leer en los ojos del capitán Achab el odio contra ese monstruo maligno y diabólico sumergiéndose en el mar azul oscuro o escurriéndose entre la espuma brillante de las olas, me he acordado de repente de Pinocho, ese maldito mentiroso de nariz larga que, también tuvo problemas con una ballena, como mi abuelo Claudio me había contado cuando estábamos todavía allá, en Italia, para que me durmiera, sin olvidar que en la escuela, durante la hora de religión, sor Lamberta también nos habló de un tal Jonás, al que como Pinocho, se lo tragó una gigantesca ballena blanca enviada por Dios en persona.
Pero mientras que, imitando la voz del capitán Achab, grito los peores insultos contra Moby Dick, mis labios, pegados al espejo, vacilan de vez en cuando, debido a Mrs Haroy, tendida, totalmente tranquila, con la boca muy abierta mantenida con ayuda de un enorme palo, una boca, en la que yo cabría, como cupieron Pinocho o Jonás, y ya estoy viendo al capitán Achab, con la pierna de márfil bloqueada entre la hilera inferior de dientes del monstruo, intentando no ser tragado, intentando en vano, porque el monstruo mide treinta metros y es por tanto más grande que nuestra cocina y nuestro comedor juntos. ¡Qué final para el capitán Achab! Un final provisional no obstante porque, tatatachán, Pinocho tiene una idea genial, intentar que la ballena se lo trague también a él, aprovechar de un enorme bostezo de Moby Dick para introducirse en la enorme boca de ese monstruo y después dejarse aspirar, en compañía de miles de peces, hacia el estómago inmenso en cuyo fondo el capitán Achab, vencido y melancólico, espera lo peor. Se pone muy contento cuando ve llegar a Pinocho. Solo hay que esperar tres días, y la ballena los escupirá de nuevo. No, aquella ballena, el peor enemigo del capitán Achab no lo hará, al igual que no escupió la pierna de Achab hace algunos años. Por eso hay que utilizar la astucia, y Pinocho empieza a reflexionar. Después, de repente, grita: ¡eureka! ya lo tengo, y empieza a encender un fuego en la barriga de Moby Dick, un fuego para hacer que la ballena estornude, para que abra la boca bien grande, como Mrs Haroy. Y mientras que el estómago de la ballena se ilumina debido al fuego, Moby Dick empieza a agitarse, a retorcerse, a convulsionar, después viene el estornudo liberador, ¡aaa... chís!
Otra vez te has resfriado Clodi, dice suavemente en el espejo la voz de mamá. Y la ballena se sintió muy mal de verdad...
...por tanto, los cetáceos se fueron al mar y allí se quedaron. Los millones de años pasados en el agua les dieron ese aspecto pisciforme tan particular...
Cuando mi pensamiento vuelve a lo que yo creo que es mi casa natal en Differdange y revuelvo, con los ojos cerrados, en mi memoria, tranquila y avariciosa, enterrando y desenterrando sin parar, como si se tratara del más preciado de los tesoros escondidos, los varios detalles que quedan, llego a pensar a veces, recordando esos detalles, que una casa natal, después de todo es importante, puesto que oculta, lo quiera o no, que yo lo quiera o no, que cualquiera lo quiera o no, esa imagen, ese poder, ese halo misterioso de los primeros días, de mis primeros días, del mundo que comienza, de mi mundo que comienza, ese inexplicable momento en el que, unos instantes antes, todavía no se existe, no existo todavía y después estoy ahí, con vida, como por arte de magia, una vida después de la nada, de la oscuridad, del vacío, una vida que se pone a gritar, llorar, reír, reclamar alimento, sentir frío o calor, en definitiva, una vida que surge de la oscuridad y empieza a vivir, mientras que hace una hora todavía, un día, un mes, o incluso un año, la luz existía a pesar de esa oscuridad, la casa existía sin esa vida, de igual forma que seguirá existiendo después de esa vida, entre dos oscuridades, cuando esa vida ya no esté ahí, cuando yo ya no esté, cuando esté muerto, o me haya ido, o cuando me haya mudado, desertado, abandonado, lo que viene a ser lo mismo, por lo menos desde el punto de vista de mi casa natal, que encierra ahora a otros habitantes, desconocidos de los que ignoro el nombre, porque no he querido incitar la curiosidad o el valor hasta el punto de ir a leer en el buzón o el timbre cómo se llaman las personas que viven en mi casa natal, aunque en más de una ocasión, solo, llueva o haga bueno, me haya plantado en el cruce que une la calle Roosevelt, la calle del Hospital, la Grand-rue y la calle de Francia, ese cruce curioso, en pleno desequilibrio, debido a la pendiente que sube de la calle de Francia y se prolonga hasta la calle del Hospital, una pendiente atravesada por la calle Roosevelt y la Grand-rue que forman casi un ángulo recto entre ellas y despistan a cualquiera que no conozca ese lado de la ciudad, ese último rincón, diría yo, porque, más allá la ciudad se termina, el país se termina, otro país nace, un cruce curioso pues, puesto que, normalmente, en un cruce, solamente hay dos calles que se cruzan y siguen más allá del cruce, pero aquí, las calles que desembocan en el cruce se terminan, como si el esfuerzo de subir la calle de Francia fuera demasiado grande, pierden su nombre, dejan de ser las calles que eran antes de acercarse al cruce, eso es lo que yo pienso, cuando me encuentro en ese triángulo de las Bermudas, en ese césped más bien, con la hierba siempre cortada, a la derecha de lo que era la tienda de comestibles Meyer, en ese pedazo triangular de hierba fresca que permite pasar directamente de la calle de Francia a la calle Roosevelt, sin atravesar el cruce y desde donde se ve, detrás del muro y las ramas frondosas de los árboles, el buzón blanco, abajo, a la izquierda de la puerta de mi casa natal, obligando al cartero a inclinarse, a ponerse de rodillas casi, a rozar con su chaqueta gris la escalerita, los tres escalones de la escalerita que, no sé cuántas veces, he subido con las rodilleras de los pantalones rotas, las piernas destrozadas, la cara sudorosa, después del agotador partido de fútbol del búnker detrás de la escuela municipal, o después de una de las numerosas batallas campales, ganadas o perdidas, contra la pandilla de Oberkorn bajo las cabinas basculantes del teleférico y mientras que estoy en el césped, no puedo evitar girarme hacia la calle de Francia, abrir de repente los ojos, medir por enésima vez la plaza pequeña, la plaza Millchen que, en realidad, no es una verdadera plaza sino otro cruce raro, que hace que se entre en otra calle, de la que he olvidado el nombre, en la calle de Francia que ya no se llama calle de Francia sino calle J.F. Kennedy, desde el asesinato de Dallas cuando ya no vivía en mi casa natal de la calle Roosevelt, y mi mirada recorre lo que para mí sigue siendo la calle de Francia, se detiene un momento en los árboles de la calle de la que ya no conozco el nombre, se para en la fachada verde radiante del café que hace esquina con lo que para mí sigue siendo la calle de Francia, sigue el autobús amarillo y blanco con la publicidad Martini y el coche rojo que bajan hacia la plaza del Mercado que yo adivino detrás de la curva, después sube a lo largo del jardín de la casa Meyer, la terraza pequeña detrás de la casa, el semáforo que ya no se puede reflejar en los escaparates, los coches que esperan delante de las persianas bajadas de los escaparates de lo que antes era la tienda de comestibles Meyer, al menos es lo que indican aún las letras casi ilegibles en la fachada deslavada, después, mi mirada podría posarse en la entrada de la Grand-rue y meterse en la calle del Hospital, pero prefiere volver al césped para examinar durante un momento la locomotora eléctrica y las dos vagonetas llenas de pequeños bloques de mineral de hierro, una locomotora cuyo pantógrafo está levantado y palpa el cielo buscando unos cables eléctricos invisibles, como si este trenecito, más parecido a una miniatura que a un tren real, no hubiera servido nunca aún y se preparara, precisamente hoy, para atreverse a su primera bajada por una de las innumerables galerías imaginarias de una mina imaginaria, mientras que a través del parabrisas o la reja lateral de la puerta, el interior de la locomotora hace pensar en el interior de un juguete, completamente limpio, completamente pequeño, completamente ficticio, con una lámpara de minero en el asiento metálico, única huella de vida en esta masa de hierro inútil encaramada en un pedazo de raíles inútiles tirando de dos vagonetas inútiles llenas de bloques de mineral inútil, porque el mineral, hace mucho tiempo que no se extrae de la mina Thillenberg, al igual que hace mucho tiempo que no se oyen las explosiones de dinamita repercutidas en un cielo lleno de nubes casi negras hoy, ni los pasos ni murmullos de los mineros bajando, a las dos de la tarde o a las diez de la noche, por la calle del Hospital, con las cabezas metidas en gorras o boinas sombrías, con los rostros enrojecidos por la tierra, las voces amortizadas por la profundidad, los ojos ojerosos por el polvo, de repente mis ojos se topan, a través del pantógrafo de la locomotora y la cortina de hojas, con el número ocho de la calle Roosevelt, y se cierran rápidamente para espiar mejor, a escondidas, protegidos detrás de la pared de las pupilas, las idas y venidas eventuales de los ocupantes eventuales de esta casa, a escondidas porque hace meses que todos los días vengo y me coloco en este césped como un ladrón, con la conciencia cada vez más pesada, el pulso más que acelerado, espiando el menor movimiento en la parte baja de la calle Roosevelt, anotando minuciosamente los detalles de las casas que rodean al número ocho, mi número ocho, el estrecho número seis encastrado entre mi casa natal y el café Dipp, un número seis verde pálido ahora, pálido como la cara y el pelo del que vivía en ese momento en esta casa tan estrecha y tan curiosa, una casa de juguete, con una puerta de entrada dos veces más baja que la de mi casa natal, y unas ventanas que no llegaban a ser la mitad de las de mi casa natal, con la misma altura que las casas vecinas pero con cuatro plantas en vez de dos, como si esta casa, atascada entre mi casa natal y el café Dipp, no fuera una verdadera casa, como si hubiera encogido, como si ya no llegara a defenderse del tiempo, desde el día que la mujer que en ella vivía, al cruzar justamente allí, no vio el Dauphine azul celeste que bajaba a toda velocidad por la calle Roosevelt, desde ese día en que el pelo del hombre que allí vivía se transformó en un blanco total cuando oyó el grito desesperado del claxon, el gemido crispado de los frenos, el graznido salvaje de las ruedas del Dauphine azul celeste, y se inclinó encima del charco rojo en medio del que se postraba, como si durmiera encima de una colcha púrpura, el cuerpo inerte de la mujer, su mujer, recién salida del número seis de la calle Roosevelt, para ir, como todos los días, a comprar a la tienda de comestibles Meyer, con la bolsa de la compra prisionera entre los dedos de la mano izquierda, con el paraguas abierto inclinado, llevado por el viento, hacia el cruce, un número seis que en la oscuridad, si cierro los ojos, vuelvo a ver totalmente normal, como cualquier otra casa de la calle Roosevelt que se encontrara en el abanico de mi mirada si me atreviera a abrir los ojos, un número seis encastrado normalmente entre mi casa natal y el café Dipp, haciéndose cada vez más estrecho a medida que mis párpados ceden a las ganas de abrirse, que los músculos orbiculares de los párpados empiezan a temblar, que la luz se introduce en mi mirada a través de las pestañas y me impide ver, durante un instante, un corto instante, un instante que reduce aún más el número seis tan pálido y tan frágil, casi engullido entre el número ocho y el número cuatro bis, mientras que la casa del vecino del cabello blanco se ha vuelto realmente más estrecha, ahora estoy seguro de ello, porque escondido como estoy, detrás del pantógrafo de la locomotora, no puedo equivocarme, no todos los días, y hace meses que vengo a esconderme al mismo sitio, esconderme a medias a decir verdad, porque mi espalda queda al descubierto y desde la plaza Millchen se puede observar fácilmente mi maniobra llevada a cabo desde hace meses, al igual que yo puedo observar fácilmente, solo tengo que abrir los ojos, todo lo que ocurre en ese trozo de la calle Roosevelt, y a veces imagino que me están observando a mí, desde una de las ventanas de la cafetería que se encuentra a mi espalda, observándome mientras yo observo y tomo algunas notas, y quizá incluso que desde una de las ventanas del café de detrás de mí, en esa casa verde oscuro que hace esquina con la calle de Francia y la calle de la que he olvidado el nombre, el o la o los que me observan están también tomando notas, puesto que mi vaivén permanente debe parecerles insólito, por no decir extraño o incluso sospechoso, hasta el punto de que de vez en cuando me digo que el, la o los observadores, escondidos detrás de las cortinas de una de las ventanas del café que se encuentra detrás de mí, no van a tardar en llamar a la policía que no va a tardar en intervenir y, para no mentir, un coche de policía, con sirena y todo, apareció un día detrás de mí, obligándome a abrir los ojos justo en el momento en que me volvía a ver en los tres escalones de la escalera, demasiado pequeño para llegar al timbre, llamando con todas mis fuerzas a mi madre, gritando y llorando para olvidar el escozor de las heridas de mis rodillas, y evitar la suave letanía de las reprimendas de mi madre, y cuando me volví, aún tuve tiempo
