Belleza roja
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Bernardo Esquinca
Nació en Guadalajara, Jalisco, en 1972. Es narrador y periodista, y estudió Ciencias de la Comunicación en el ITESO. Fue productor y locutor de radio en la Universidad de Guadalajara. Ha publicado en Crónica, Día Siete, El Financiero, La Jornada Semanal, Letras Libres, Milenio, Nexos, Reforma y Tierra Adentro. Es miembro del SNCA y recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez 1994. Participó en la antología Grandes hits volumen 1. Nueva generación de narradores mexicanos, editada por Almadía. Belleza roja fue reconocida por el diario Reforma como la Mejor Primera Novela de 2005.
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Belleza roja - Bernardo Esquinca
I
LA LENTE Y EL BISTURÍ
1
El verano ha sido espléndido. Los pacientes vuelan en grupos hasta esta tranquila isla, atraídos por nuestra promoción todo incluido: vacaciones y cirugía en un mismo paquete. Hoy en día la gente está dispuesta a hacer lo que sea con tal de verse —y sentirse— mejor: la prueba es esta floreciente clínica donde el hedonismo y el bisturí han consumado un insospechado matrimonio. El doctor Badial es el visionario de este nuevo concepto médico-recreativo. Tras convencer a una serie de inversionistas con su entusiasmo y reputación —es uno de los cirujanos plásticos más veteranos y habilidosos del país— hizo realidad este anhelado proyecto, que desde hace tres años funciona exitosamente como un híbrido entre hospital y beach & resort. Cada mes son más los clientes que se recuperan de sus intervenciones mientras toman cocteles sin alcohol o les masajean los músculos frente a la playa. Desde la ventana de mi consultorio puedo ver que no queda un solo lugar libre en la hilera de tumbonas junto a la piscina. Los pacientes, acostados a la sombra de las palmeras con las cabezas vendadas y las narices cubiertas de gasas ensangrentadas, parecen los sobrevivientes de un repentino bombardeo.
Rinoplastias. Liposucciones. Mamoplastias. Lipoesculturas. Mastopexias. Otoplastias. Peels químicos. Aquí te reconstruimos y te damos la apariencia de tus sueños, siempre y cuando tengas el dinero suficiente. Y si no, existen atractivos sistemas de crédito. ¿Por qué privar a alguien de la necesidad de la belleza? En eso el doctor Badial es muy contundente: hemos evolucionado lo suficiente como para seguir permitiendo que la herencia genética condene nuestras vidas. El cuerpo es un vestido que puede hacerse a la medida. Seamos realistas: actualmente unos senos pequeños y unos senos firmes y rotundos pueden ser la diferencia entre conseguir o no un trabajo. Y ya no digamos pareja. La fealdad es uno de los más terribles males de nuestro tiempo, pero afortunadamente tenemos las herramientas para erradicarla. Por eso esta clínica simboliza el más caro sueño del doctor Badial —y también el mío, por supuesto—: un futuro mejor en el que una nueva civilización de mujeres y hombres posthumanos y perfectos se erigirá como el triunfo del progreso y la evolución. Como el signo de la derrota definitiva de la fealdad.
El doctor Badial ha sido muy generoso conmigo. Trabajamos hombro con hombro en el proyecto de la clínica desde que yo era su alumno en la facultad de medicina. Y cuando logramos cristalizarlo, me nombró subdirector a pesar de que tengo pocos años de haber egresado y de que, sin duda, había entre sus colegas gente más experimentada que yo. Pero no lo he defraudado. Este año ha sido de un gran aprendizaje. Las narices y los pechos que opero quedan cada vez mejor. Eso en cuanto a la técnica. Pero también está el lado psicológico, en el que el doctor Badial es un experto. La manera en que convence a los pacientes —en su mayoría del género femenino— de que se operen, pero sobre todo, de qué es exactamente lo que tienen que hacerse. A veces pienso que está moldeando un ejército de mujeres para su propio deleite. Muchas de ellas vuelven varias veces a ponerse en sus manos, aunque sólo sean intervenciones menores, como quitarse alguna verruga o cauterizarse los poros de las piernas. Él las trata con ternura y comprensión infinitas, como el paciente amo de un harem de cuidados intensivos.
Yo lo observo y aprendo. Soy fiel a su doctrina. Para venirme a esta isla tuve que dejar a mi novia de toda la vida. Aunque en honor a la verdad no me costó mucho trabajo. Las presiones de parte de las familias de ambos para casarnos eran cada vez mayores y, aunque siempre fue una buena chica, nunca me gustó del todo. Su físico no me convencía. Suena horrible, lo sé, pero la belleza es una de las cosas más importantes para mí en una mujer. Y que me cuelguen si soy el único hombre que piensa así.
2
No he vuelto a encontrar una belleza como la de Laura. Decenas de modelos han pasado por mi estudio, y mi cámara fotográfica lo único que captura es el vacío de sus ojos, la estrechez de sus caderas. En realidad, Laura no era una modelo profesional. Ni siquiera era hermosa para el resto de la gente. Incluso para muchos pasaba por una mujer fea o cuando menos desconcertante. Pero a mí me cautivaron su piel blanquísima, su carne abundante, sus ojos de animal nocturno. Ella vino a mí porque sabía que yo estaba en la búsqueda de una modelo diferente para mis montajes fotográficos. En cuanto la vi le di el trabajo. La utilicé para la exposición que estoy por inaugurar en una galería alternativa. Pasamos meses recreando esas imágenes de crimen y sexo que traía en mente. Mi cámara no
