Cuento de navidad
Por Charles Dickens
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Charles Dickens
Considered by many to be the greatest novelist of the English language, Charles John Hummham Dickens was born Februrary 7, 1812, in Portsmouth, England. Some of his most populars works include Oliver Twist, David Copperfield, Nicholas Nickleby, A Tale of Two Cities and Great Expectations.
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Cuento de navidad - Charles Dickens
Colección Travesías Asombrosas
Título original: A Christmas Carol
Autor: Charles Dickens
Adaptación: María Fernanda Medrano
©Calixta Editores S.A.S, 2019
Para la presente edición.
Bogotá, Colombia
Editado por: ©Calixta Editores S.A.S
E-mail: miau@calixtaeditores.com
Teléfono: (571) 3476648
Web: www.calixtaeditores.com
ISBN: 978-958-5107-05-2
Editor en jefe: María Fernanda Medrano Prado
Coordinador de colección: Natalia Garzón Camacho.
Adaptación: María Fernanda Medrano
Traducción: María Fernanda Medrano
Corrección de planchas: Alvaro Vanegas
Maqueta e ilustración de cubierta:
Juan Daniel Ramírez @rice_thief_
Ilustraciones internas: Julián Tusso @tuxonimo_art
Diseño, diagramación e ilustración de mapa:
David Andrés Avendaño @davidrolea
Primera edición: Colombia 2019
Impreso en Colombia – Printed in Colombia
Todos los derechos reservados:
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño e ilustración de la cubierta ni las ilustraciones internas, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin previo aviso del editor.
Para mi mamá, quien me enseñó a amar la navidad y a entender siempre su verdadero significado. Siempre vivirás en nuestros corazones. Te amamos.
La editora
Contenido
Contenido
Una travesía a nuestro pasado
Prefacio
El espectro de Marley
El primero de los tres espíritus
El segundo de los tres espíritus
El último de los tres espíritus
Conclusión
FIN
Una travesía a nuestro pasado
Nochebuena siempre fue el día más importante del año en mi casa. Los recuerdos de Navidad son, quizá, los más importantes en mi memoria y, claro, la clásica historia de Charles Dickens, Cuento de Navidad , fue contada de mil formas en mi hogar. Desde la versión increíble de Disney, en la que el viejo Tío Rico encarnaba al avaro Ebenezer Scrooge y el bueno de Mickey al pobre Bob, hasta las versiones ilustradas para niños que cada Navidad llegaban a mí gracias a mi Mamá.
Y es que la Navidad era tan importante en casa gracias a ella; no se escatimaba en nada, desde el enorme árbol que cada año decorábamos con miles de luces –entre más luces, mejor, Mafita, un buen árbol depende de la cantidad de luces– hasta la cena del 24, en la que empezábamos a trabajar, incluso, algunas veces, dos días antes. El pavo, el pernil de cerdo, la ensalada de papa, las gelatinas de colores, las galletas, las colombinas de chocolate, y todas las delicias que ella me enseñó a preparar y que nunca podían faltar.
Mi mamá me enseñó a amar la Navidad, suena tradicionalista, quizá aburrido, pero las tradiciones tienen algo especial, guardan en su centro un pedacito de cada generación que nos antecedió y nos permiten agregar nuevas cosas, para que nos pertenezcan y podamos pasarlas a quienes vendrán después. Y así fue para mí, mi tradición navideña se parece mucho a la de Dickens en su famoso cuento, un buen Ganzo –pavo– al horno, humeante, y la familia reunida, villancicos, agregando algunas cosas muy colombianas, como el pesebre y las novenas, que muchos nos sabemos de memoria. Pero lo más importante es el espíritu navideño, ese que muestra el autor: la generosidad, la familia, la importancia de ser una persona cálida, a quien las posesiones materiales no son las que la hacen feliz, sino con quien las comparte.
Cuento de navidad es un libro que no debe faltar en las bibliotecas infantiles, juveniles y, en realidad, en ninguna biblioteca, es un clásico de clásicos y una oportunidad para entender que no importa si no te gusta la Navidad, cualquiera que sea la tradición que tengas en tu familia –Pavo, Tamal, Ajiaco o Pizza–, lo que importa es con quién estás, al lado de quién sonríes a las doce de la noche y con quién la quieres celebrar.
Felices Navidades para todos y que Scrooge, Marley y los tres espíritus nunca nos dejen olvidar la importancia de estas festividades.
La traductora
Prefacio
He pretendido que, en este relato fantasmal, los espíritus nazcan de una idea que no ponga malhumorados a los lectores consigo mismos, ni con los demás, ni con la navidad, ni conmigo. Les deseo que este cuento hechice con gran magia sus hogares y que nadie quiera dejar de leer.
Su fiel amigo y servidor, Charles Dickens.
Diciembre, 1843.
El espectro de Marley
Para comenzar, Marley estaba muerto. No hay duda alguna de eso. El acta de su entierro fue firmada por el clérigo, el sacristán, el sepulturero y el principal doliente. Sí, Scrooge la firmó: y su nombre era de gran prestigio en la Bolsa, sin importar cuál era el papel sobre el que pusiera su firma. El viejo Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta.
¡Disculpen! Esto no quiere decir que yo sepa, por mi propia experiencia, qué es lo que está muerto en particular en el clavo de una puerta. Puedo inclinarme, a considerar el clavo de un féretro, como la pieza de ferretería más muerta que hay en el comercio. Pero la verdad es que la sabiduría de nuestros antepasados está en los símiles, y mis manos profanas no van a perturbarla, o el país se acabaría. Me permitirás, entonces, repetir, enfáticamente, que Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta.
¿Sabía Scrooge que él había muerto? Por supuesto que lo sabía. ¿Cómo podía ser de algún otro modo? Scrooge y él fueron socios durante no sé cuántos años. Scrooge fue su único albacea, su único administrador, su único cesionario, su único legatario universal, su único amigo y el único que vistió luto por él. La verdad era que Scrooge no estaba realmente afligido por el triste suceso, además jamás dejaba de ser un perfecto negociante, así que el mismo día del entierro, lo solemnizó con un buen trato.
Hablar del entierro de Marley me regresa al punto de partida. No había duda de que Marley había muerto. Esto debe ser entendido a la perfección, o nada maravilloso podrá nacer de esta historia que estoy a punto de contarles. Si no estamos convencidos del todo de que el padre de Hamlet muere al inicio de la Obra, no habría nada de admirable en sus caminatas nocturnas, bajo el viento del Oeste, sobre sus murallas; sino que podría entonces ser un caballero cualquiera, de mediana edad, precipitándose hacia la noche en un lugar tempestuoso –dígase, por ejemplo, la iglesia de San Pablo–, en concreto para sorprender la débil mente de su hijo.
Scrooge nunca borró el nombre del viejo Marley. Allí se mantuvo, años después, sobre la puerta del almacén: «Scrooge y Marley». La firma era conocida como «Scrooge y Marley», pero algunas veces, los clientes modernos, le decían a Scrooge «Scrooge», y algunas veces «Marley», pero él contestaba bajo los dos nombres. La realidad es que a él le daba lo mismo.
¡Oh! Pero él era de codo apretado. ¡Scrooge! Amarrado, roñoso, estrecho, avariento, sórdido, desalmado, codicioso, era un viejo pecador. Duro y afilado como aquel pedernal del que ningún acero ha logrado sacar ni una sola chispa; sigiloso, contenido y solitario como una ostra. El frío dentro suyo congelaba sus facciones, pellizcaba su puntiaguda nariz, marchitaba sus mejillas, endurecía su paso, ponía sus ojos rojos, sus delgados labios, azules; hablaba con astucia y con voz áspera. Una fría escarcha cubría su cabeza, sus cejas y su barba de alambre.
Siempre cargaba consigo la temperatura bajo cero; helaba su despacho en los días caniculares¹, y no lo derretía, ni un solo grado, en Navidad.
El calor, o el frío, externo tenía muy poca influencia en Scrooge. Ningún calor podía calentarle, ni el invierno enfriarle. Ningún viento era más áspero que él; ninguna nieve, más insistente; ninguna lluvia torrencial más mísera. El temporal no sabía cómo atacarle. La más fuerte lluvia, y la nieve, y el granizo, y la aguanieve podían aventajarlo en solo un aspecto; algunas veces, cedían con belleza, mientras que Scrooge, nunca lo hizo.
Nadie nunca lo detuvo en la calle, con una mirada alegre, para decir «Querido Scrooge, ¿cómo estás? ¿Cuándo vendrás a visitarnos?». Ningún mendigo le pedía limosna, ningún niño le preguntaba por la hora, ningún hombre ni mujer le preguntaron en toda su vida por dónde se iba a algún lugar. Aun los perros de los ciegos parecían conocerlo y, cuando lo veían
