La lógica según Roberto
Por Nguyen Peña Puig
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Roberto representa lo que somos o tememos ser. Nos aferramos a las repuestas como mecanismos de sobrevivencia. Las respuestas nos sitúan aquí y ahora, nos hacen parte del grupo, de la manada. Pero luego tememos a esa incógnita interior, inimaginable, ajena a toda razón metafísica: ¿Quiénes somos realmente? ¿Alfa o Beta? ¿Cazadores o víctimas? Quién sabe. O como se cuestiona Roberto: ¿Quién sabe un tarro de la vida?
Nguyen Peña Puig
Nguyen Peña Puig (Camagüey, Cuba, 1977). Miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, UNEAC. Licenciado en Derecho por la Universidad de La Habana y Máster en Bioética por la Universidad Católica San Vicente Mártir de Valencia, España. Egresado del Centro de Formación Literaria de La Habana “Onelio Jorge Cardoso”. Finalista del XV Premio de Cuento “La Gaceta de Cuba”. Primera mención las ediciones XXIII y XIX del concurso de cuento Ernest Hemingway. Mención en el Premio David de cuento, año 2012. Mención en el Premio Calendario de Cuento, año 2012. Premio de cuento La Gaveta, año 2013. Premio David de cuento, año 2013 (libro Nakara, publicado en el 2014, Edic. UNIÓN. Cuba). Premio de narrativa Hermanos Loynaz, 2013 (libro La lógica según Roberto, publicado en el 2014, Edic. Loynaz, Cuba). Cuentos del autor aparecen recogidos en libros y revistas nacionales e internacionales. Es además promotor cultural, reseñista y bloguero.
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La lógica según Roberto - Nguyen Peña Puig
22 de diciembre (1:27 a. m.)
RECUERDO UNA FRASE DE IMMANUEL KANT:
El universo entero no es propiamente más que un vasto conjunto de fenómenos sujetos a determinadas reglas, de suerte que nada, absolutamente nada, existe sin su fundamento.
En los últimos minutos esa idea ha estado rondándome (así mismo, con toda su complejidad), entrando y saliendo de mi cabeza, tan solo para hacerme concluir que es apenas una gran mentira, una cínica construcción por conveniencia.
O, cuando menos, cuando mucho menos, Kant no sabía un tarro de la vida.
Es que la realidad no tiene fórmula. Me ha costado entenderlo (de hecho, aún no lo entiendo del todo). Tendría que aceptar entonces que las cosas pasan porque sí, que Dios se tira un peo y se le ocurre que hoy, precisamente hoy, te quedas sin trabajo, o que tu mujer se empata con una vecina o con una desconocida en la parada del P9, o con una compañera de trabajo (esa, la misma que todos los días le presta una nueva pinturita de uñas); o que un carro aplasta a tu perro; o que te cae una bomba de racimo en la cabeza, o un racimo de bombas, igual; o que será divertido ver tu casa dentro de un tsunami del océano Pacífico. Una infinita cantidad de o… esponjándote el cerebro, llenando de figuras tu íntimo universo.
Dios es un tipo irónico.
Dios tampoco sabe un tarro de la vida.
¡Me cago en Dios!
¡Me cago en la madre de Immanuel Kant!
22 de diciembre (2:15 a. m.)
Si la traductora no hubiera estado desnuda, él la habría matado. Eso pensé.
Y si la hubiera matado entonces ahora todo sería diferente, aunque bien dentro de un rango no muy amplio de posibilidades. A saber:
El calvo del 42 sin su amante (al menos por un tiempo).
El escritor del 36 sin una soberana paliza (al menos por esta vez).
Yo dirigiendo los binoculares a otro apartamento, quizá hacia donde la hija del mismo calvo del 42, y sin motivos para perder la paciencia con la flaca (al menos esta noche).
O quizá no en ese orden exacto, pero algo así.
Lo que quiero decir es que si aquel tipo hubiera matado a la traductora del 43, como indicaba la lógica, como establecen las reglas de un mundo coherente, la tragedia estaría de aquel lado de la calle. En la mañana, yo para mi oficina, y en la noche a templarme a la flaca después de seguir la nueva rutina de los vecinos. Todo como si nada.
Por lo demás, apartamentos y mujeres se sobran en ese edificio.
22 de diciembre (3:00 a. m.)
No logro dormir, lo cual no me parece nada extraño dadas las circunstancias.
He levantado el teléfono un par de veces.
He comenzado a marcar el número de la policía.
He colgado antes de terminar.
No sé qué estoy haciendo.
No sé qué voy a hacer.
22 de diciembre
(deben ser como las cuatro y algo, dejé el reloj en el baño y no tengo ganas de ir a recogerlo)
Al parecer en los últimos días a la flaca le dio por llevar un diario (este diario en el que comencé a escribir hace algunas horas). Estaba escondido en el fondo de su cartera.
Esto de escribir en diarios siempre me ha parecido de telenovelas, de gente floja o desesperada. Además, no hay en él nada interesante que leer: algunas baboserías y chismes de hospital.
La última página dice algo acerca de su trabajo: que es aburrido, que está cansada de bañar viejos, cambiar sueros, repartir pastillas e inyecciones, poner termómetros, tomar la presión; cansada además de que los médicos le pasen por al
