El sueño del elefante
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El sueño del elefante - Antonio Arias Mosquera
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
info@Letrame.com
© Antonio Arias Mosquera
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Ilustración de cubierta: Patricia Souto
Ilustraciones: Álvaro Dorda
Fotografía de cubierta: Gimena Berenguer
Diseño de portada: Gimena Berenguer
ISBN: 978-84-18186-81-3
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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El sueño del elefante
Dios en la tierra el dinero,
en tu mente el recuerdo,
y en la muerte silencio.
De los héroes dormidos
Soñamos que vivimos porque no soportaríamos desaparecer.
Empecé a gustarme cada vez más, hasta que dejé de compartirme con nadie. Al principio soñé, y ese sueño creció haciéndose dentro como una verdad construida y completa. Por el día solo esperaba. A veces hacía trampa, entrando a cualquier hora a gozar en mi espacio de realidad, donde nada era perfecto, pero se había creado a medida. Llegada la noche retomaba el sueño, e inmediatamente empalmaba con el de la anterior jornada. Mi vida era feliz. Aprendí que todo era posible fuera si lo era dentro del sueño, que la superación ocurría mediante una introspección profunda y que volar no era el propósito, sino consecuencia de la materia; que el vuelo verdadero pasaba dentro de la cabeza, cuando uno salía victorioso, dejando atrás los miedos de funesta naturaleza. En sueños, descubrí que no existen los demás, que todo es reflejo o interpretación de uno, sin diferencia entre unos y otros, sin separación ni escisión de Dios.
Entendí la trinidad. Para que exista la vida en el sueño, esta debe continuar. Para que esta continúe, necesita de la carne, la carne hecha madre, hecha padre y, finalmente, hijo, pero carne, que entrará en el sueño para habitar la soledad.
Y comencé a soñar que habitaba un lugar:
En Utopía, el pueblo que ves desde este lado, pegado al mar, las tardes, como ahora, se hacen ventosas de repente y la lluvia cae. De madrugada refresca, y según la estación, llegamos al día con un frío que moja hasta en el interior de la ropa; sales con una gorra, guantes y chubasquero, pero nada te quita la sensación de estar a merced de los elementos. Los de aquí no perdemos el sueño centrándonos en lo desagradable, y entiendo insoportable este clima para uno de fuera, pero para mí es perfecto; solo los adaptados, pocos, permanecemos en el pueblo desde que nacemos. Así pasa el tiempo y nos saludamos comprendiendo qué somos, quiénes, conociéndonos y sabiéndonos dueños y partícipes de una élite de huraños y a la vez risueños transeúntes en el desierto. Que no prodigamos las relaciones, es cierto, y que la gente es proclive al aislamiento; aun con todo, la estirpe ha conquistado, gracias a la dureza física y a la capacidad de asimilación del sufrimiento, los rincones variopintos del mundo, quizá escapando de esto.
La fe que tienen las cosas en mí no es algo nuevo; yo también la tengo. Algo que emana de la fuerza vital, vive y revive, habita y cohabita formando un substrato, conformando lo que ya estaba hecho con el primer ego; el que ordenó las cosas que fueron inhóspitas, silenciosas, coloreadas con el gris de la tarde; sonrientes como la canción de la mañana; oscuras, suaves y frías, como el mar rompiente, y embriagadoras, como la noche al calor de una hoguera. El fuego, ese asesino, ese amigo que vence, ese amante de siempre, continúa siendo el hábitat que elijo cuando quiero escapar de mí mismo. Luego, mirándolo, sintiendo el tacto y el color que deja en los ojos con su desafío, me reconforto y nazco mientras lo avivo, y conozco al tipo que miro en mis manos ya deshecho cualquier espejismo, presente, cristalino, sin tiempo ni destino, siendo uno los dos, escuchando inmerso en el sonido del fuuu-ego.
En el campo, la putrefacción es un charco de naturaleza propia, retornan los muertos a los vivos. Suelo pasearme por la estepilla que moja los zapatos ya sea invierno o verano, recordando aquel amor juvenil, roto por donde siempre rompe lo que no es flexible. «Entre tú y yo, hay un abismo de inflexión. Un momento fugaz te contemplo dormida; muy fugaz, muy fugaz, ¡qué paz!».
—¿Me prestas tus zapatos mojados?
—Siempre vuelvo al momento postrero de la orilla, chiquilla, como un animal crustáceo, donde los dedos de tus pies me miran como a un crustáceo.
Horacio de Utopía
Me llaman Horacio cuando hago de «el pensar» algo grande y habito en este hecho manteniéndolo despierto, dentro, como un ente con vida propia, con sus variantes y variaciones, hijos libres que portare, y que solo se subyugan de vez en cuando a la voluntad. El resto de los momentos, mi cuerpo y decisiones son ajenos al pensamiento, la razón al movimiento y la teoría a la práctica. Tal incoherencia no me priva de llevar a cabo cualquier empresa. Por impulso actúo desde innumerables puntos de vista, seguro de que haciendo camino, el destino dilucidará lo que hubiera de pasar. Confiando, sabiéndome manejado por incontrolables fuerzas, también siento vivamente, y acepto esta dispersión, como la vista acepta el cambio que los años tallan en el cuerpo, reconociendo como suya la imagen en el espejo. En mi mollera hay ventanas y puertas, caminos que trasladan el ser hacia las emociones, y acotadas las voces varias, con ciertas divisiones individualizadas. Nunca estoy solo; lejano en el trato humano. Las ideas moradoras de mi calavera, amantes resueltas de los recovecos, me ayudan y muestran desnuda la esencia pura de las cosas. Si alguna vez perdiera esta cualidad, mis días estarían contados al no encontrar paz, sino en el movimiento y en la posibilidad de ser distinto u otro.
¿De dónde proviene la inspiración?, ¿por qué no cesa?, ¿es un proceso propio de la vida?… como la respiración.
Parece
