Alerta Barcelona: Adiós a la ciudad autocomplaciente
Por Miquel Molina
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El legado de los Juegos de 1992, ejemplo de excelencia e implicación de todos los sectores de la ciudad, empezó a diluirse en los fastos del Fòrum del 2004. En los últimos años, el efecto del 'procés' y las políticas de Ada Colau, muy centradas en lo social pero sin discurso cultural, obligan a redefinir el modelo.
Es necesario recuperar el consenso para impulsar los puntos fuertes de la ciudad: la cultura, el libro, la investigación, el sector tecnológico, los grandes eventos y congresos, el deporte, el pacifismo, la tolerancia... Este libro se atreve a detallar aciertos y errores y a formular propuestas concretas para el futuro, entre ellas la de relanzar Barcelona como salida al conflicto político catalán.
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Alerta Barcelona - Miquel Molina
Miquel Molina
Alerta Barcelona
Adiós a la ciudad autocomplaciente
Índice
1. Coalición de desintereses
2. La última samba
3. El baile de los alcaldes
4. ¿Aquí sí hay playa?
5. Casi la perdemos
6. Reconectar Barcelona
6.1. Primera reconexión: la reputación perdida
6.2. La respuesta es la cultura
6.3. El legado baldío
6.4. Que no pare la música
6.5. La Barcelona escultural
6.6. Turismo de cultura
6.7. BarnaMad
6.8. Metrópolis no metropolitana
6.9. Transitar la frontera entre la ciencia y el arte
6.10. Desconexión empresarial
6.11. La singularidad barcelonesa
7. Capital con Catalunya
8. Breve epílogo: Barcelona como remedio
Para Emilia y Cesc
"Multipliquen Barcelona por
diez y tendrán Nueva York"
Jules Romains
* De una conversación entre el escritor francés y el periodista Sempronio, recogida en 1.000 testimonis sobre Barcelona, de Lluís Permanyer (La Campana, 2007)
1. Coalición de desintereses
El resorte necesario para empezar a escribir este libro se activó el 27 de septiembre del 2017. Aquella tarde, miles de personas ascendíamos la montaña de Montjuïc para cumplir con el que se ha convertido en un ritual muy barcelonés: pasar dos horas en el Estadi Olímpic en compañía de los Rolling Stones. Había expectación por ver si Keith Richards volvía a ser el de antes —las apuestas las tenía en contra— y por averiguar cómo adaptaba Mick Jagger sus coreografías a sus 74 años cumplidos.
La sexta visita a la ciudad de sus satánicas majestades no se producía en un momento cualquiera. Durante las horas previas de aquel miércoles aún veraniego se habían sucedido las noticias alarmantes en torno a los preparativos del referéndum del 1 de octubre. Desde el Tribunal Superior de Justícia de Catalunya se había ordenado a la policía impedir el uso de los edificios públicos para las votaciones. El entonces ministro del Interior, José Ignacio Zoido, afirmaba que el inusitado despliegue policial pretendía garantizar la convivencia. Y en el mundo independentista ganaban peso los partidarios de una declaración unilateral de independencia, la famosa DUI.
Mientras la inminencia del tan invocado choque de trenes era perceptible en el ambiente electrizado de la ciudad, Montjuïc, en cambio, se ofrecía como un remanso de calma. Ni una bandera, ni una pancarta. En el estadio, la única referencia patriótica era una enseña albiceleste colgada de una de las gradas laterales: Argentina, República Stone
, se leía en ella. Faltaban pocos días para que el término república se adueñara del relato político catalán.
Las visitas a Barcelona de los Rolling Stones, desde aquel concierto en 1976 que incluyó cargas de los grises, habían coincidido con momentos relevantes del historial anímico de la ciudad (la euforia preolímpica de 1990, la depresión post-Fòrum del 2007…). Aquel 27 de septiembre del 2017, sin duda, lo que tenían en común la banda de músicos y la ciudad de Barcelona era una situación sostenida con alfileres. Los Stones ya no eran la troupe diabólica cuyo aterrizaje era esperado con ansiedad por las groupies y los traficantes de narcóticos. Esta vez, quien les aguardaba a su llegada era un conocido médico barcelonés, contratado por la organización para atender en el backstage las necesidades geriátricas de un séquito de abuelos y bisabuelos.
¿Y Barcelona?
Aunque aún no había empezado a anunciarse la fuga de empresas, se temía por el efecto que la crisis política pudiera tener en la economía y en la imagen exterior. Cundía una cierta sensación de desamparo. Cuando más falta hacía un liderazgo municipal fuerte, el papel de la alcaldesa, Ada Colau, se diluía en su intento de mantener transitables los puentes entre una y otra orilla. Forzada por unos a situar a Barcelona al frente de la vanguardia independentista facilitando el referéndum, y amenazada por otros por no oponerse a las votaciones, a Colau no le quedaba margen para ejercer el liderazgo ciudadano que la situación requería. Su drama era el de la izquierda catalana, incapaz de encontrar su lugar en el nuevo mapa político.
Pero la responsabilidad no era sólo suya. Una mirada retrospectiva sugería que Barcelona llevaba años perdiendo relevancia como actor político. Tampoco el Ayuntamiento convergente de Xavier Trias, ni la Generalitat de Artur Mas y Carles Puigdemont, ni, por descontado, el Gobierno central habían considerado necesario anteponer —o, al menos, preservar— los intereses de Barcelona en medio del terremoto político del procés. El voto de los propios barceloneses (como se iba a confirmar en las elecciones al Parlament de diciembre del 2017) se había ido decantando por el eje nacional, obviando los debates de ciudad. Barcelona, ya fuera por un exceso de confianza en su marca, por su valor instrumental como amplificador del proceso independentista, o por el menosprecio de un PP cada vez más centralizador, había dejado de ser un sujeto activo. Todo el mundo la quería al servicio de. Se había acabado configurando una coalición de desintereses en la que la ciudad jugaba el papel de víctima pasiva. Un auténtico frente contra Barcelona donde políticos desnortados compartían trinchera con la ciudadanía aletargada. ¿Qué había sido de la ambición de antaño?
La sensación de que algo muy delicado corría el riesgo de romperse flotaba en el ambiente del Estadi Olímpic aquella noche de septiembre cuando, pocos minutos después de las 22.00 horas, empezaron a sonar las percusiones de Sympathy for the Devil. La ciudad abierta, tolerante, pacifista, elegante, próspera, orgullosa, pionera, cosmopolita, solidaria, feminista, revolucionaria, culta, artística, innovadora, con vocación de ejercer de capital del Mediterráneo podía sufrir un descalabro en su reputación si unos días después estallaba la crisis que llevaba meses larvándose. Los ánimos estaban cada vez más encendidos. La llegada de miles agentes que antes de partir hacia Catalunya habían sido jaleados con el belicoso lema de a por ellos
—ante el estruendoso silencio de las autoridades competentes— no hacía augurar nada bueno.
Surgían dudas razonables. ¿Perdería la ciudad su caché? ¿Dejarían de celebrarse acontecimientos como aquél si estallaba una grave crisis de convivencia? ¿Estaban en peligro el Mobile World Congress y el resto de los congresos? ¿Aprovecharía la ocasión Madrid para decantar de una vez por todas a su favor la competencia entre las dos ciudades? ¿Conservaría Barcelona la sede social de las pocas entidades bancarias y empresas cotizadas que aún retenía? ¿Seguiría atrayendo talento? ¿Habría que acabar pagando entre todos un alto coste de oportunidad?
El concierto fue un éxito coronado con la inevitable Satisfaction. A Keith Richards se le escuchó poco pero se le aplaudió mucho. Y Ron Wood
