Mantener la memoria
Por Gabriel Amengual
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En este texto, Gabriel Amengual presenta el ejemplo paradigmático de la experiencia judía -desde el Israel bíblico hasta el Holocausto- como muestra del imperativo de recordar y hacer memoria, porque es esta la que lo funda y lo mantiene en su identidad. Así, Mantener la memoria sigue la pista de la reconciliación histórica de un pueblo que ha sufrido constantes traumas que lo han escindido.
Asimismo, la obra extrapola su discurso a la experiencia humana en general, aportando argumentos filosóficos, muchos de ellos de la mano de Walter Benjamin, sobre cómo una sociedad debe encarar el problema de las víctimas y su reconciliación. De esta forma, el tratamiento de la memoria servirá no solo para aprender del pasado y sus conflictos, sino para que sea reconocida su dimensión de culpa y la necesidad de un perdón.
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Mantener la memoria - Gabriel Amengual
Gabriel Amengual
MANTENER LA MEMORIA
Herder
Diseño de la cubierta: Dani Sanchis
Edición digital: José Toribio Barba
© 2018, Gabriel Amengual
© 2018, Herder Editorial, S. L., Barcelona
ISBN digital: 978-84-254-4097-7
1.ª edición digital, 2018
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com).
Herder
www.herdereditorial.com
Índice
Prólogo
I. ISRAEL, PUEBLO DE LA MEMORIA
1. El sentido del tiempo
2. ¿Qué significa memoria?
3. Los verbos de la memoria: los ejercicios de la memoria
3.1. Recordar
3.2. Rememorar
3.3. Conmemorar
4. Memoria del dolor
5. El precepto 614 o el nuevo imperativo categórico: el deber de la memoria
6. Dimensión ética y teológica de la historia
7. Conclusión
II. HISTORIA Y MEMORIA
1. ¿Qué es la memoria?
2. El ejercicio de la memoria. Crítica al historicismo
2.1. El historicismo
2.2. Crítica al historicismo
2.2.1. Su historiografía justifica el pasado y el presente
2.2.2. Los acontecimientos pasados adquieren carácter histórico desde el presente
2.2.3. La historia se construye desde el presente
2.2.4. El presente da una visión selectiva del pasado
3. La cita y la constelación
3.1. La cita y el tiempo-ahora
3.2. La cita y el salto de tigre
3.3. La cita en el instante del peligro
3.4. El pasado remite a redención
3.5. La constelación
4. La redención
4.1. Crítica al progresismo
4.2. Redención y futuro
5. Conclusión
III. LA MEMORIA Y EL PERDÓN
1. La acción y la identidad personal
2. El remordimiento y el arrepentimiento
3. Qué es el perdón y su posibilidad
4. El alcance del perdón: perdón y excusa
5. Entre la necesidad del olvido y el deber de memoria
6. Perdón sin arrepentimiento
7. Perdón en nombre de otro
8. Conclusión
Prólogo
Nunca se habían creado tantos museos, no solo de arte, sino también de historia local o de historia de alguna actividad humana, en especial de profesiones ya desaparecidas o profundamente transformadas. Ello podría llevarnos a pensar que nunca como ahora se ha cultivado la historia y que se hace un verdadero esfuerzo por mantener viva la memoria de los pueblos y de las actividades tradicionales. No obstante, muy bien puede que ello no sea más que una fugaz apariencia y una titánica tarea que da fe de un desesperado esfuerzo por satisfacer una esporádica curiosidad. La razón es obvia: cuando los recuerdos se musealizan suele ser prueba evidente de que ya no pertenecen a la vida corriente y que incluso requieren de explicaciones para que sean comprendidos. El coleccionismo de recuerdos suele ser la certificación de su olvido.
La sociología, por su parte, nos habla de que somos una «sociedad de la vivencia»,¹ en la que se ha perdido toda dimensión que vaya más allá del instante presente, pero no el instante que, según Kierkegaard, es un kairós, un tiempo denso y decisivo, la presencia de la eternidad en el tiempo, sino el instante cronológico, el momento pasajero, lo cual significa que la vivencia se agota en ser la satisfacción inmediata, la gratificación instantánea, sin más proyección, sea hacia el pasado –marcando una línea de continuidad, una trayectoria de vida–, sea hacia el futuro –abriendo horizontes de esperanza–. La vivencia, además de renunciar al pasado y al futuro, se priva de la dimensión social, de modo que no se abre a relaciones personales y sociales con los demás, con los que compartir bien el sufrimiento o el éxito, bien el temor o la esperanza. Se trata de formas de vida que parecen estar regidas por el lema «comamos y bebamos que mañana moriremos» (1 Cor 15,32; Is 22,13) o por el carpe diem de los estoicos.
Un tercer elemento significativo de nuestra sociedad y nuestra cultura es la tecnología. Esta tiende a borrar el pasado y su memoria. Pero, como si tuviera clara consciencia del poder evocador de la memoria y de las representaciones del pasado, lo sustituye con juegos que transmiten otras imágenes, guerreras sobre todo, imágenes de ninguna parte, que llenan la imaginación de todos. La visión tecnológica sobre la historia es la visión del presente, ampliado por alguna esperanza de mejora técnica: el pasado es lo que todavía no conoció los avances que ahora disfrutamos y el futuro, lo que disfrutará de nuestros avances todavía mejores. En esta memoria no desempeña ningún papel ni el sufrimiento ni la esperanza, ni los oprimidos ni los opresores. En todo caso, la esperanza es sustituida por la espera de que las nuevas investigaciones saquen el nuevo producto para curar la enfermedad o aliviar el trabajo, las más de las veces suprimiendo empleos.
Todos estos factores convergen en dar fe de que vivimos en una sociedad sin memoria. También la historia reciente de España, con su proyecto de «memoria histórica», ha puesto sobre la mesa el calificativo de nuestra sociedad como desmemoriada, por el modo con que ha tratado los años oscuros del conflicto bélico y la dictadura. Nuestra memoria se encuentra lejos de estar reconciliada, supura todavía mucho rencor, resentimiento, desafecto, estereotipos de unos y de otros, etcétera.
La evocación de los indicadores (el coleccionismo, la sociología, la tecnología y la incapacidad de una «memoria histórica») no tiene otra finalidad que recordar que vivimos en una sociedad desmemoriada y que por ello –como suele decirse– puede verse condenada a repetir los errores del pasado y, peor aún, puede verse sin orientación ni futuro, sin motivación ni fuerza, además de cometer una enorme injusticia con las víctimas, cuyos derechos quedan incumplidos para siempre. Para comprender estos efectos, anticipemos algo acerca de la memoria de la que aquí se trata.
En primer lugar, no se trata de una memoria que sea la antítesis burguesa de la esperanza, tanto en el sentido de que cualquier tiempo pasado fue mejor como en el de que orientarse por el pasado, en una mimética repetición, ahorra cualquier riesgo, da un blindaje de seguridad. En esta memoria, en segundo lugar, tampoco se trata de una evocación de vivencias del pasado, en su momento quizá heroicas, como pueden ser las de guerra, pero que ahora, vistas desde la pacífica situación actual, se convierten en tema de conversación con colegas con los que se revive la camaradería, pero no la angustia y el dolor de la batalla; es una memoria despojada de su núcleo ardiente, en definitiva, algo superado. Pero hay un tercer tipo de memoria, cuyos recuerdos mantienen su carácter desafiante; «recuerdos en los que centellean pasadas experiencias y afloran nuevas, peligrosas perspectivas para el presente», que problematizan obviedades de la actualidad, «rompen el canon de las plausibilidades vigentes y presentan rasgos verdaderamente subversivos»; «son los recuerdos con los que es preciso contar, recuerdos [...] con contenido de futuro»;² en palabras de Walter Benjamin, recuerdos de «tiempos llenos». Es el recuerdo del sufrimiento que nutre de la fuerza subversiva contra la opresión. La fuerza para la lucha «se alimenta de la imagen fiel de los ancestros esclavizados, y no del ideal de los descendientes liberados».³
De esta memoria de «tiempos llenos», que se recuerdan, se conmemoran, se celebran, y que contienen promesa y semillas de futuro, el ejemplo paradigmático es el Israel bíblico. Ha mantenido la memoria, o quizá sería más exacto afirmar que la memoria ha mantenido a Israel. Sus libros son de historia y sus ritos sagrados son de conmemoración, que, además del recuerdo, son una actualización de los mismos hechos: «cada uno ha de considerarse él mismo como uno de los que estuvieron en Egipto y de allí salieron»; «Yahvé nuestro Dios ha concluido una alianza con nosotros que estamos hoy aquí». Se ha dicho que el Israel bíblico es el fundador de la religión, como el antiguo Egipto lo fue del Estado. Esta hazaña, fundadora por primera vez en la historia humana de unas prácticas, unas creencias y unas actitudes que ya pueden calificarse de religión, se debe al hecho de ser un pueblo de la memoria, que le permite recordar, rememorar y
