Los Hombres De Blanco Y Negro & Otros Cuentos
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John Mauricio Arias
John Mauricio Arias nació en 1971 en Pereira, Colombia. Ha estado radicado en la ciudad de Nueva York desde 1993. Recientemente obtuvo su maestría de Español y Literatura en la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Fue allí, en una clase de escritura creativa, donde descubrió la buena impresión que producía en otros sus relatos. Desde ese momento emprendió la labor transcribir al papel las historias que traía guardados desde infancia. John ha participado en varios eventos literarios como el club Hispanias y La otra orilla en la cuidad de Nueva York. En la actualidad es co-director del Artists’ Assembly, un evento que sirve de plataforma a artistas jóvenes del área metropolitana. John está casado con una japonesa y tiene un hijo de 11 años.
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Los Hombres De Blanco Y Negro & Otros Cuentos - John Mauricio Arias
Tatiana pescadora
Dedicado a In Jin
Tenía sólo doce años cuando Tatiana comenzó a salir con su padre al mar abierto. Y en medio de olas embestidas por el Atlántico y turistas lo suficientemente excéntricos para embarcarse en un crucero dedicado exclusivamente al todavía inédito arte de pescar atún con soga, Tatiana le dijo adiós a sus últimos años de infancia.
Con el tiempo, cuando su piel curtida se asemejaba ya al color de la panela y sus dedos ofrecieron a la mar los últimos vestigios de su cutícula, se le adivinaba desde otros barcos pesqueros llevando a cabo las labores del navío con la misma diligencia de la niña que le limpia el polvo a la muñeca rescatada por debajo de una cama.
Una mañana, llegó a la costa un japonés de apellido Kubuki, que como el padre de Tatiana, amaba el océano pero era particularmente sensible al movimiento que producían los vientos del Atlántico en las embarcaciones de la bahía. Ya para las nueve de la mañana, el ruido del motor de la embarcación y las olas cacheteando las paredes del bote se confundían con el sonido de Mister Kubuki vomitando desde un barandal en la parte de atrás de la barcaza, por lo que Tatiana, preocupada por su estado, recurrió a él con cuidados y atenciones especiales, pero en la medida en que las toallas secas del bote se extinguían, la princesita del navío perdía la esperanza que Mister Kubuki recuperara el amarillo natural de su rostro. Ese día, más por solidaridad con el enfermo que por profesionalismo puro, la tripulación pescó un atún en tiempo record y regresaron a la costa justo antes de la hora del almuerzo. Una vez en la superficie de la marina, con una sonrisa de oreja a oreja que disimulaba la deshidratación perfilada a través de su rostro, Mister Kubuki saltó el barandal del bote hasta la plataforma, besó la superficie y exclamó a todo pulmón: ¡Qué viva el atún de los océanos!
Y se perdió entre las mesas y los estantes de comida del Boulevard.
En ciertas ocasiones cuando, por el mal estado del tiempo, cerraban la marina, el padre de Tatiana le enseñaba a su hija los secretos de la pesca y el manejo del timón en mar abierto. Y abrazados por las nubes en el cielo y las olas embistiendo la embarcación de un lado al otro como toro en corraleja, Tatiana observaba en los ojos de su padre la ruta de los vientos y, en la manera en que agarraba el timón con sus manos firmes, la razón por la cual los pescadores de la costa lo llamaban el mataor de los océanos
.
—No le temas a las aguas turbulentas —le decía a Tatiana en situaciones como estas—, debajo de ellas el mar es manso y esconde los atunes más obesos.
Tatiana lo miraba inocente, despreocupada de algún día tener que tomar las riendas de aquel barco.
Había rumor de lluvias en la mañana del Primer Torneo Internacional de Pesca de Atún en el Atlántico, pero, a pesar de los pronósticos del tiempo, los organizadores habían dado el visto bueno para iniciar la competencia. La instalación de marina, adornada con serpentinas coloridas desde lo alto, daba la bienvenida a los participantes y a los turistas que la pululaban desde temprano. Tatiana, que entre los preparativos para ese día había invitado a dos de sus amigas a bordo del bote, divisaba sin embargo el escenario con una lágrima adornándole un cachete; su padre un par de horas antes, le había avisado que por un percance no partiría entre la caravana de botes ese día. Pero justo antes de empezar la competencia, mirándola a los ojos, le extendió algo que llevaba agarrado entre los dedos; eran las llaves del bote.
Media hora más tarde, entre los aplausos del público que animaba a los cincuenta y siete botes participantes, partía el bote número veinticinco tripulado por dos osadas muchachitas adolescentes y su amiguita capitana aventurera, quien, un poco atontada por las innumerables preparaciones en el barco, olvidó prender el radio del aparato.
En la medida en que la embarcación se alejaba de la costa, desde otros barcos pesqueros, los marinos experimentados se burlaban y apostaban entre ellos cuanto tiempo pasaría antes de que tuvieran que ser remolcadas de vuelta hacia la costa. A Tatiana le temblaban las piernas, sin embargo, no se podía explicar si aquella seguridad intuitiva que la invadía era motivada por la confianza en ella derramada por su padre o el deseo de refregarles a los marineros el trofeo de ganadora en las narices.
La mañana transcurría con aparente tranquilidad en la marina y, a través los binoculares de los turistas los botes en el Atlántico, se adivinaban como pequeñas manchas grisáceas en el horizonte. En mar adentro, los marinos en sus botes estacionados en zonas de acumulación atunera con sus radares encendidos, buscaban por escuelas de peces, mientras la tripulación del veinticinco, indiferente, invertía su tiempo en sutilezas juveniles como la tendencia de la moda y artistas famosos.
Ya para el medio día, desde un helicóptero que patrullaba desde arriba, el conjunto de paraguas abriéndose simultáneamente en la superficie de la marina se divisaban como un campo de tulipanes negros. El aguacero se había desatado en la bahía, por lo que, a través de los radios, se
