No quiero ser desleal
Por Corín Tellado
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Corín Tellado
Corín Tellado (1927-2009) nació en un pequeño pueblo pesquero de Asturias, pero vivió la mayor parte de su vida en Cádiz. Publicó su primera novela a los diecisiete años, y en su larga carrera escribió más de cinco mil obras.
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No quiero ser desleal - Corín Tellado
CAPÍTULO PRIMERO
Hay cosas que a una mujer jamás le pasan inadvertidas.
Aquélla era una de ellas. Mapi poseía, además, una sensibilidad especial, un sexto sentido, una intuición aguda.
Cuando oyó el siseo de Mario, sabía que iba a oírlo. De modo que se estremeció casi imperceptiblemente y apenas si volvió el rostro.
Un perfil puro. No clásico, pero atractivo, personal…
El cabello rubio atado tras la nuca para mayor comodidad. Los melados ojos un tanto parpadeantes. Los rubios cabellos lacios y la nariz respingona formando un conjunto muy… femenino.
Antes de levantarse, lanzó una mirada sobre el lecho.
Bea dormía profundamente.
—Por favor —oyó la siseante voz de Mario otra vez—. Por favor…
Era un suplicio todo lo que sucedía.
¿Qué podía hacer?
¿Dejar el empleo?
—Si le has administrado el calmante, Bea no despertará…
La voz de Mario tenía arpegios roncos.
Era una voz característica. Ella podía estar a mucha distancia, oír muchas voces a la vez y distinguir la de él.
Nunca debió ir a aquella casa.
Bajó la lámpara, cerró el libro de texto y lo depositó sobre la mesa cercana.
No apagó la luz para salir. Pero sí se acercó al lecho y arropó a Bea.
Después, sin siquiera levantar los ojos caminó a paso corto por la moqueta. Sus pasos se amortiguaban.
Había un silencio sobrecogedor en toda la casa.
Dentro de sus pantalones de pana verdes, ajustados, su camisa blanca, de manga larga arremangada aquélla, y sobre sus mocasines de tacón medio, avanzó hacia el rectángulo de luz que ofrecía la puerta abierta.
Mario estaba allí aguardando.
Aún tenía la chaqueta puesta y la corbata apretaba su garganta.
Bajo el brazo el portafolios.
—Una cosa es que la veles y otra que te pases la noche sin dormir.
Tampoco era eso.
Velarla significaba no dormir, porque, de lo contrario, no estaría en aquella casa. Además, necesitaba horas para el estudio.
Se deslizó por el pasillo hacia el salón. Sentía los pasos de Mario detrás, amortiguándose sobre la moqueta estampada.
Veía a Mario, a través de la nebulosa de sus ojos, quitarse la chaqueta, dejar el portafolios y despojarse de la corbata.
—En la calle hace un frío endemoniado —le oyó decir—. Mira, tienes aquí café. Maruja lo deja preparado en la cafetera eléctrica. Para algo tenían que servir estos cachivaches.
Sirvió dos tazas.
—La reunión — decía Mario entretanto— ha sido demasiado larga. En este tipo de reuniones, uno sabe cuándo empieza, pero nunca cuándo terminan —miró la hora en su reloj de pulsera —. La una… Pensé que sería más temprano.
Y después, como Mapi no decía nada, le alargó la taza de café.
—Toma, Mapi…
* * *
Mario pensaba muchas cosas al mismo tiempo. Pensaba en sí mismo, en el momento que le recomendaron a la estudiante de quinto de medicina para cuidar a Bea, y más aún en el momento de conocerla.
Sol debió olvidarse de su hermana en aquel momento. Cuando Gabriel le expuso su idea, él no tuvo más remedio que escucharle. Era una necesidad.
Se dejó caer en un sillón enfrente de la joven y sacó del pantalón una especie de pitillera de cuero conjuntamente con un mechero.
—Fuma, Mapi.
Mapi no solía fumar demasiado.
Sus dedos asieron el cigarrillo y lo llevó a la boca.
—Ahora ya he llegado yo, Mapi —decía Mario con voz bronca y más bien baja—. Si quieres puedes irte.
Le ofrecía lumbre acercándole la llama, entretanto pensaba que no se explicaba aún cómo, siendo hermana de Sol, la íntima amiga de Bea y viviendo en la misma calle, no había conocido a Mapi hasta que se la recomendaron.
—No me importa quedarme hasta el amanecer —dijo Mapi con su voz tan peculiar—. Tengo un examen mañana y tanto se me da regresar a casa, puesto que de cualquier forma que sea tendré que seguir estudiando.
Mario observó que tomaba el café a pequeños sorbos, que los dedos que sujetaban el cigarrillo temblaban perceptiblemente.
Sin duda Mapi sentía algo parecido a lo que experimentaba él.
¡Si se pudiera remediar!
¡Si los pensamientos se pudieran doblegar!
—Terminas este año la carrera, ¿no?
—Sí.
—Con veintitrés años.
—Llevo el plan antiguo. He tenido algún bache, pero sin duda este año la terminaré.
Hablaba quedamente.
Fumaba y tomaba el café. Cuando terminó de tomar el café se levantó y fue a depositar la taza en la bandeja.
—Si quieres —dijo aún sin volverse— te puedes ir a la cama. Cuando termine de estudiar, si acaso, me acuesto un poco en la alcoba de Bea, en la cama paralela a la suya.
—¿Cómo la encuentras?
Mapi se volvió.
Era alta y más bien delgada. Sin esa altura que hace de la mujer un pararrayos.
Una altura armónica proporcionada a su figura total.
Menudos senos, espalda normal… cintura breve, piernas largas…
Mario tomó el café en dos sorbos.
—Entonces —dijo de súbito—, si no te importa quedarte, me iré al cuarto de los huéspedes.
—Que descanses…
II
No era fácil irse así.
Ardía algo en las venas.
Mapi seguía de pie fumando. La chimenea del salón aún tenía rescoldos rojizos. Vio que Mario se levantaba y miraba la chimenea y después a ella.
—Si quieres estudiar aquí, echo unos leños. Maruja los dejó dispuestos en el cesto.
Mapi fijó los ojos obstinada en el cesto lleno de troncos muy bien recortados. No hacía frío en el ancho piso. Aparte de la chimenea, la calefacción central funcionaba.
Es verdad que hacía frío en el exterior. Cuando ella llegó, a las siete y media, experimentó un placer casi erótico al entrar
