Medio minuto para morir
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El inspector Fabelo es un joven que pertenece a la policía gubernativa y que investiga el caso de un portugués que apareció muerto en la playa de Triana, en la ciudad de Las Palmas, en marzo del año 1935.
Los primeros indicios del caso lo llevan a un callejón sin salida, hasta que aparece otro cadáver en el mercado de la ciudad. Después de sus primeras pesquisas logra relacionar ambos asesinatos porque el asesino utiliza el mismo modus operandi. Concluye que los crímenes están relacionados con las apuestas deportivas que se realizan en las competiciones de vela latina en la bahía de la ciudad.
Entonces, decide introducirse en el mundo de las apuestas deportivas para intentar desenmascarar al asesino de los apostadores, pero se encontrará con muchas dificultades que lo harán dudar de la aplicación de su metodología policial.
Después de una ardua investigación, el inspector logra establecer el perfil del asesino, hace todo lo posible para ponerlo entre rejas, con las dudas de que si podrá, al final, conseguir ese objetivo.
Al mismo tiempo, el joven inspector no es ajeno a la convulsión social y política en que vive la España de los años treinta del siglo pasado, donde los conflictos sociales estallan en cualquier esquina y son la imagen de las dos Españas de la que ya hablaba el poeta Antonio Machado en su poemario Campos de Castilla: Ya hay un español que quiere / vivir y a vivir empieza, / entre una España que muere / y otra España que bosteza. / Españolito que vienes / al mundo te guarde Dios. / Una de las dos Españas / ha de helarte el corazón.
El inspector es un firme defensor, a ultranza, de la II Segunda República Española y cree que ese es el sistema político que llevará al país hacia un futuro próspero. Sin embargo, este posicionamiento político lo lleva a enfrentarse, abiertamente, con su padre que piensa todo lo contrario, un conflicto familiar que no tendrá fácil solución y además le creará muchos enemigos en el futuro.
Moisés Morán Vega
Biografía Moisés Morán Vega nació en Las Palmas de Gran Canaria el 20 de junio de 1965, en el barrio de Escaleritas. Ingresa en la Facultad de Educación Física y Deportes, donde se doctora en Educación Física con la tesis Análisis praxiológico de la situación motriz en competición de los botes de vela latina en Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC 2005) y, posteriormente, cursa el Máster en Gestión Deportiva por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. En el año 2007 se vuelve a interesar por la escritura de forma intensiva, escribiendo en su blog poesías, microrrelatos y relatos de diversa temática. Dos años más tarde, en el año 2009 gana el Primer Premio de Narrativa Breve Episodios Insulares convocado por la editorial Cam-PDS con el cuento juvenil, La Sima. En la actualidad es funcionario de la Comunidad Autónoma de Canarias y miembro activo de la Asociación Canaria para la Edición (NACE). Bibliografía Novela Historias de un esquizofrénico que no quería serlo, pero que lo era, 2010. Chat, 2013. Conexión Jinámar, 2014. Medio minuto para morir, 2015 Alí el Canario, 2015 Saduj. Caso I 2016 Narrativa infantil y juvenil La Sima, 2011 (Relato ganador del primer Premio de Narrativa Breve Episodios Insulares convocados por la editorial Cam-Pds en año 2009). Ali Romero. La historia de un corsario berberisco, 2011. Víctor, el caracol con un solo cuerno al Sol, 2012. Rocky y las tres cucarachas, 2012. El alambre mágico, 2013. Salvar al lagarto Tamarán: 2014. K-70: Las aventuras de una tortuga majorera, 2014. Alí el Canario. Un corsario berberisco. 2015 Teatro "Gracias por su visita", 2015 "Ganar, ganar", 2015 "El testamento", 2015
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Medio minuto para morir - Moisés Morán Vega
Medio minuto para morir
Moisés Morán Vega
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Copyright 2015 Moisés Morán Vega
Índice de contenido
PRIMERA PARTE
1 El muerto. Lunes, 25 de marzo de 1935
2 La autopsia. Mediodía del lunes 25 de marzo de 1935
3 Discusiones. Mañana y tarde del lunes, 25 de marzo de 1935
4 Pretendiente. Tarde del lunes, 25 de marzo de 1935
5 Ahemon. Martes, 26 de marzo de 1935
6 La mudanza. Miércoles 27 de marzo de 1935
7 La regata de Vela Latina. Domingo 31 de marzo de 1935.
8 Muerte en el mercado. Domingo tarde y lunes 2 de abril de 1935.
9 El compromiso y disfraz. Primera semana de abril de 1935
10 El disfraz y la regata 6 y 7 de abril de 1935
11 El engaño. Semana del 8 de abril de 1935
12 La caza. 14 de abril de 1935
13 El punto final. 14 de abril de 1935
14 Cuestiones preliminares. 15 de abril de 1935
15 Distracciones. Tarde del 15 de abril de 1935
16 A disposición judicial. 16 de abril de 1935
17 El juicio. 7 de octubre de 1935
18 Antes de la boda. Tercera semana de marzo de 1936
19 La boda. 22 de marzo de 1936
SEGUNDA PARTE
1 La conspiración golpista 15.7.1936
2 Matar a Balmes. 16 de julio de 1936
3 La preparación del golpe.17 de julio de 1936
4 Comienza el golpe. 18 de julio de 1936
5 César Montañez. 19 de julio de 1936
6 El reencuentro. 20 de julio de 1936
7 El campo de concentración de La Isleta. 3 de agosto de 1936
8 Sin olvido. 14 de septiembre de 1936.
9 El refugio. 15 de septiembre de 1936.
10 Noticias de ella. Tarde del 16 de septiembre de 1936
11 Cambio de planes. 17 de septiembre de 1936
12 Como mi madre. Tarde del 17 y mañana del 18 de septiembre de 1936
13 La escapada. Mañana de 19 de septiembre de 1936
14 La huida. 20 de septiembre de 1936.
Epílogo
PRIMERA PARTE
1. el muerto.
lunes 25 de marzo de 1935.
Todo empezó cuando el teléfono me despertó. Todavía no me había acostumbrado a ese sonido estridente que resonaba en toda la casa y que muchos relacionaban con la brujería de la modernidad. Recorrí el pasillo a oscuras hasta que, a tientas, logré descolgarlo. Los compañeros de la comisaría de Pérez Galdós me comunicaron que un pescador había encontrado un cadáver en la Playa de Triana, cerca de lo que quedaba de los antiguos astilleros de San Telmo. Me dijeron que la víctima parecía haber muerto por causas violentas porque presentaba una herida profunda en la parte superior del cráneo.
Me vestí con tranquilidad. Bajé las escaleras y olí el aroma del café que mi madre estaba colando. Ella madrugaba. Decía que al que madruga Dios le ayuda. Eso yo no lo tenía tan claro. Ella supongo que sí.
Me saludó y me dijo:
—No te dejan ni dormir. Este trabajo te terminará matando. No podías ser abogado como tu padre. Tú, policía.
—Ya hablamos de eso en su momento, mamá. Papá es un magnífico abogado, aspiro a ser un buen policía.
—Tu padre dice que los policías se mueren de hambre y que andan como las ratas buscando entre los desperdicios. Podrías estar con él en el despacho, sacando adelante el futuro de la familia.
—Me gusta lo que hago. Además, siempre hay tiempo de retomar la abogacía.
—Sí, pero ¿a quién se le ocurre terminar la carrera de derecho en Madrid con las mejores notas para luego ingresar en la policía?
—A mí, madre, a mí. Espero que poco a poco se te vaya pasando el disgusto. Soy policía. Me gusta lo que hago.
—Pero...
Sé que mis padres se llevaron un disgusto cuando les comuniqué que iba a realizar las pruebas de ingreso en el Cuerpo de Investigación y Vigilancia de la Policía Gubernativa. Era una idea que me estaba rondando la cabeza desde antes de comenzar la licenciatura en Derecho, aunque no lo tenía del todo claro.
La vocación policial me vino de las lecturas de los relatos y novelas de Arthur Conan Doyle y de su insigne personaje Sherlock Holmes; ambos me ayudaron en muchas de mis investigaciones y marcó mi carrera profesional como policía.
Dejé a mi madre refunfuñando y salí de la casa de mis padres, situada en el barrio de Vegueta.
Recorrí mi barrio escuchando solo el sonido de mis pisadas, la voz lejana del sereno que se perdía entre las callejuelas y acompañado por las mortecinas luces de las calles. Crucé el Puente de Palo, que atravesaba el barranco de Guiniguada, y llegué a la calle de Triana.
La Pepa, que así se llamaba el tranvía que iba de Las Palmas al Puerto, esperaba por sus pasajeros. Los policías podíamos viajar gratis, pero prefería caminar. Recorrí Triana en dirección al Muelle de Las Palmas. Siempre me gustó pasear por esa calle y detenerme a contemplar las magníficas fachadas modernistas que embellecían muchos de los edificios de la calle principal de la capital.
Llegué al Muelle de Las Palmas cuando estaba amaneciendo. Al final del viejo muelle, los primeros rayos del sol calentaban la espalda de la estatua del ilustre Benito Pérez Galdós, que presentaba las primeras mordidas del mar.
Tres guardias de asalto custodiaban al muerto, que permanecía boca abajo con la cabeza destrozada.
En esta ciudad no estábamos acostumbrados a los crímenes. Los asesinatos no habían llegado a la decena en este año. Las Palmas era una ciudad pacífica y tranquila y yo, tengo que decirlo, echaba de menos un poquito de acción, porque la mayor parte de los asesinatos los resolvía a los pocos días, ya que eran fruto de la violencia y la locura instantánea, y los criminales se entregaban con las manos ensangrentadas sin oponer ninguna resistencia.
Hubo alguno que se escondió en los enmarañados barrancos de Gran Canaria, pero al final terminaban entregándose porque el hambre pesaba mucho y porque de una isla es muy complicado salir.
Sin embargo, este caso iba a ser diferente. Marcaría el resto de mi vida, lo llevaría conmigo como una maldita garrapata que no dejaría de chuparme la sangre.
Después de más de un año como inspector del Cuerpo de Investigación de la Policía Gubernativa, logré ir introduciendo poco a poco la metodología de investigación policial que había leído en muchas de las historias de Sherlock Holmes y en algunas de las revistas policiales norteamericanas a las que me había suscrito, que llegaban tarde, pero llegaban.
Redacté una circular sobre cómo actuar en la escena de un crimen. Me costó Dios y ayuda que la firmara el comisario jefe Antequera, quien dijo mientras rubricaba el documento: «Fabelo, está usted leyendo mucho».
Las técnicas de investigación policiales estaban en pañales en España y casi nadie, por no decir nadie, las aplicaba con cierto rigor. Los asesinatos se resolvían de aquella manera y muchos inocentes dieron con sus huesos en la silla del garrote vil.
Los guardias no habían tocado nada de la escena del crimen. Ese era un detalle crucial para resolver la mayoría de los asesinatos: que nadie manipulara la escena. Me acerqué y esperé a que el sol hiciera su lento trabajo e iluminara la playa de Triana.
A eso de las ocho de la mañana había claridad suficiente para comenzar con mi trabajo. Me acerqué al difunto. Estaba claro que había muerto por una causa violenta: tenía una brecha en la cabeza de casi veinte centímetros por la que se veía con claridad parte de la masa encefálica.
Le di la vuelta para ver su cara. Las caras de los muertos son todas iguales. La muerte tiene eso, nos corta a todos por el mismo rasero. El difunto tenía un bigote fino bien recortado y estaba recién afeitado. Le cogí la mano derecha y el frío de la muerte atravesó el guante de tela que llevaba puesto. Tuve el impulso de soltarla porque un escalofrío me recorrió todo el cuerpo; sin embargo, no lo hice. Me detuve a observar sus dedos y sus uñas para intentar averiguar a qué se dedicaba. Comprendí que no era mi admirado Sherlock Holmes porque no saqué nada en claro de la inspección de sus manos.
Después lo registré por si encontraba alguna documentación que lo pudiese identificar, pero solo encontré un calendario del Campeonato de Vela Latina de 1935 que organizaba la Sociedad de Regatas de Vela Latina Ahemon. Cogí el documento y lo guardé en una de las bolsas de papel que tenía para esos efectos.
Vi que había un reguero de sangre que venía de la parte de arriba de la playa y unos surcos entre la arena negra y las piedras, por lo que deduje que el cuerpo había sido arrastrado hasta el lugar en el que lo encontraron para esconderlo de las miradas curiosas.
Seguí el camino que había dejado la sangre. Conté cincuenta y tres pasos hasta llegar a un claro donde había una gran mancha de sangre coagulada llena de una plaga de moscas que se estaban dando un festín. Miré con detenimiento a mi alrededor por si encontraba algo interesante, pero no hallé nada. La herida en la cabeza se había hecho con un elemento contundente, romper un cráneo no es tarea fácil. Buscaba el arma del crimen.
Me paseé por los alrededores. La luz de la primavera comenzó a exterminar las últimas sombras que se resistían a abandonar la noche y con la luz del día el mundo se veía diferente.
Bajé hasta la orilla. Desde allí tenía una visión total de la playa, el muelle de Las Palmas a mi derecha y la ermita de San Telmo a mi izquierda. En el muelle se apostaron los primeros curiosos que, al poco, eran más de cien. No se encontraba un cadáver todos los días y eso era un acontecimiento que muchos no se querían perder para tener algo de lo que hablar durante el día.
¿Qué hubiera hecho el asesino después de intentar ocultar el cuerpo? Lavarse las manos, las tendría llenas de sangre, y ocultar el arma homicida.
Me dirigí hacia una de las salidas de la playa que había al comienzo del muelle. La marea estaba vacía, pero pronto comenzaría a subir con fuerza y borraría cualquier prueba que hubiese. Me detuve a oír el rugir del mar que zarandeaba los miles de callaos que subían y bajaban en un baile eterno. Ese sonido me impresionó, pero tenía que darme prisa. Salí de la playa y caminé por el muelle con la mirada puesta en la orilla. Cada dos pasos miraba hacia la base del muelle. Los curiosos se apartaban y murmuraban. Cuando llegué al punto donde rompían las olas, vi algo que me llamó la atención y que estaba siendo arrastrado por el mar.
Corrí como si se fuera acabar el mundo y todos los presentes se asomaron para ver de qué se trataba.
Bajé hasta la orilla y me metí en el agua sin quitarme los zapatos. Esperé a que las olas lo dejaran al descubierto. El corazón me palpitaba con rapidez. Encontré el objeto que había visto desde arriba; me lancé a por él y logré cogerlo antes de que las olas lo volviesen a ocultar. Había tenido suerte. Los tiempos de sur no eran frecuentes y los vientos alisios que soplaban del norte habían llegado para quedarse hasta septiembre. Si los vientos fueran de sur, nunca lo hubiera encontrado.
Los tiempos de sur, la mayor parte de las veces, dejaban el mar en calma y una calma chicha se apoderaba de la ciudad, pero cuando venían acompañados de viento, el mar se convertía en una fiera indomable que se llevaba a todo lo que encontraba por delante y las olas se metían hasta las mismas puertas del Gobierno Militar. Era cuando izaban la bandera negra y el muelle de Las Palmas se quedaba en la soledad más absoluta porque era imposible arrimarse a sus muros a buscar refugio. El viejo muelle se convertía por unos días en una trampa mortal. Entonces, los barcos dirigían sus proas hacia el incipiente Puerto de La Luz en busca de un cobijo seguro.
El objeto en cuestión era un martillo de carpintero con el mango desgastado y de color marrón, casi negro. En la cabeza y en el mango había restos de sangre. El mar no había podido quitar parte de la sangre coagulada. Supuse que había cuajado durante el tiempo que tardaron en trasladar el cuerpo para ocultarlo.
Subí hacia donde estaba el muerto, abrí mi maletín, saqué uno de los paños y deposité encima el arma. Luego, cogí la lupa, la acerqué a la parte en la que se unían el mango a la cabeza y encontré un trozo de cuero cabelludo ensangrentado que el mar no había logrado quitar. Sonreí, con lo cogí con las pinzas que estaban en mi maletín y lo deposité dentro de un pequeño sobre de papel secante.
Seguí analizando el martillo. En el mango encontré varias huellas dactilares ensangrentadas que tendría que analizar con posterioridad; supuse que serían del asesino.
El maletín era como los que utilizaban los médicos. Lo usaba para las labores de campo y lo fui completando con el tiempo. Se componía de una lupa, dos pinzas, unas tijeras, papel secante, bolsas de papel de varios tamaños, una cinta métrica, una caja de fósforos, una vela, una navaja, un bloc de notas y un lápiz.
Vi cómo se acercaba el juez de guardia, Armando Terraquena, un catalán treintañero obeso que sudaba como un cochino, que nunca tenía prisa y que pensaba que el mundo giraba a su alrededor. Estaba sustituyendo a Marcial Morales, el titular de esta plaza, que se recuperaba de una tuberculosis que lo había tumbado como a un árbol centenario y que casi lo manda a las Chacaritas.
Terraquena se acercó con su parsimonia habitual y me dijo arrastrando las eles del acento catalán marcado hasta la médula:
—¿Qué tenemos, Fabelo?
—Buenos días, juez. Los primeros indicios nos llevan a pensar que se trata de una muerte violenta. La cabeza destrozada es la primera prueba de ello y este martillo, que tiene un trozo de cuero cabelludo ensangrentado, puede ser el arma del crimen.
—¿Sabemos quién es el interfecto?
—No tenía ninguna documentación, solo un calendario de competición de embarcaciones menores a vela de una sociedad deportiva que se llama Ahemon.
—¿Ahemon? Nunca había oído ese nombre.
—Es un nombre aborigen. Los antiguos habitantes de Canarias denominaban así al agua. Aún quedan algunas palabras de la lengua que los conquistadores no aniquilaron. Ustedes, los catalanes, tuvieron más suerte con eso del idioma, han logrado mantenerlo a través de los siglos.
El juez me miró de hito en hito y después me dijo:
—Es que nosotros somos una cultura en el sentido más amplio de la palabra, inspector. En cambio, los aborígenes que poblaron estas tierras eran unos salvajes cuya cultura solo se podría comparar con la de los hombres del neolítico.
Tuve que respirar hondo. Conocía muy bien la historia aborigen. Mi tío Gumersindo Fabelo era un gran estudioso de su cultura y había sido cofundador del Museo Canario junto al doctor Gregorio Chil y Naranjo. Sin embargo, lo dejé estar y me concentré en lo que tenía entre manos.
—Esa afirmación tiene sus luces y sus sombras. Algunos historiadores se la rebatirían punto por punto, pero aquí no estamos para hablar de historia, sino de muertos, ¿verdad, señor juez?
—Sí, tiene usted toda la razón —dijo acercándose al cadáver—. El secretario redactará la orden del levantamiento; yo me haré cargo de la instrucción, por supuesto. No andamos sobrados de jueces. Como usted sabe, a estas islas no quiere venir ni Dios. Solo se quedó Morales porque se enamoró de una paisana y de la eterna primavera de esta tierra.
—Cierto, esto sigue siendo una colonia en todos los sentidos...
—Esta República y su libertad de pensamiento nos llevará a la perdición...
Tuve que contener el impulso de soltarle el primer improperio que se me viniera a la cabeza. Estaba harto de los que, por activa o por pasiva, demonizaban la República. Era el periodo de más democracia y libertad que había tenido nunca el Estado español, con sus defectos y virtudes. La democracia y la libertad molestaban a muchos y más desde que se había instaurado la II República.
—Me gustaría llevarme el cuerpo al hospital de San Martín —le dije centrando mis pensamientos en lo que tenía entre manos— para que le hagan la autopsia. Además, quería pedirle autorización para publicar una foto en La Provincia y en el Diario de Las Palmas para ver si somos capaces de identificarlo.
—Sabe que conmigo tiene carta blanca, Fabelo. Haga lo que estime oportuno para resolver la muerte de este desgraciado. Pero no se olvide de hacerme llegar los informes periciales que lleve a cabo. No me gustan las sorpresas, inspector.
—Se los haré llegar en tiempo y forma.
El juez se alejó con la misma parsimonia con la que llegó, arrastrando sus pies como si llevara dos bolas de quinientos kilos atadas a sus tobillos.
Hice una última inspección ocular al lugar por si se me había quedado algo que no había visto y ordené a los guardias de asalto que custodiaran al muerto hasta que llegaran los de San Martín a llevárselo para realizar la autopsia.
2. la autopsia.
mediodía del lunes 25 de marzo de 1935.
Sabía que el cadáver no llegaría antes de las doce al hospital San Martín porque la burocracia empantanaba cualquier gestión, y más si había un muerto de por medio. Un papel aquí, otro para acá, firma de este, del otro y del de más allá.
Me fui caminando hacia las oficinas centrales. Por el camino, compré La Provincia y me fui directo a la sección deportiva, aunque luego me detendría a leerlo entero. Las noticias de política nacional me interesaban mucho, pero ese día tenía especial interés por ver si anunciaban la velada pugilística en la que iba a participar como boxeador amateur en el peso wélter.
Mi afición por el boxeo vino de la mano de mi abuelo, quien me llevó a ver los primeros combates en Las Palmas y me enseñó los fundamentos básicos. En Madrid, esa afición se enraizó y comencé a entrenar en un club de aficionados al boxeo que estaba cerca de la calle Limón, donde residía en mi época de estudiante. Después de nueve meses de dura preparación, mi entrenador me comentó que tenía un magnífico movimiento de pies y una derecha demoledora.
Me subí por primera vez a un ring el 19 de abril de 1931 siguiendo el consejo del entrenador, que me dijo que estaba preparado.
La velada pugilística se celebró en la Agrupación Deportiva Ferroviaria de Madrid. Gané ese primer combate por KO en el segundo asalto. Entonces comprendí a qué se refería mi entrenador con mi derecha demoledora.
Seguí ganando combates, todos por la vía del cloroformo, hasta llegar a ser campeón amateur de la provincia de Madrid.
Después de un tiempo, tuve que dejarlo porque estaba en los exámenes finales de Derecho y, al mismo tiempo, había comenzado a preparar las oposiciones para la Policía Gubernativa. Sin embargo, no lo dejé del todo. Seguía entrenando y en muchas ocasiones hacía de sparring con boxeadores que tenían combates profesionales en fechas próximas.
Se corrió la voz por Madrid de que yo era un duro rival como sparring y las invitaciones llegaban cada semana a mi gimnasio. Mi entrenador era el que se encargaba de programarlas. Nos llevamos un buen dinero que repartíamos 60-40. Me venía de maravilla para vivir sin ningún tipo de problemas en aquella gran ciudad, aunque el dinero nunca fue un problema para mí. Mis padres tenían más que suficiente.
Todavía recuerdo cuando hice de sparring para el boxeador mallorquín Gregorio Vidal, que tenía un combate concertado con el campeón de los pesos gallo, Al Brown.
Al terminar el entrenamiento me dijo:
—Esa derecha te dará muchos triunfos si sigues trabajando duro.
Le sonreí y le dije:
—Muchas gracias, maestro.
Yo tenía claro que mi futuro no estaba en el boxeo. Sabía que era un deporte muy exigente y, si me dedicaba a él de manera profesional, podría alcanzar algún tipo de éxito. Sin embargo, tenía otros planes y ser púgil profesional no estaba entre ellos.
El boxeo me permitía estar en plena forma física y en mi época en Madrid era una perfecta válvula de escape para olvidarme de mis duras horas de estudio.
Cuando llegué a Gran Canaria, no había mucha afición pugilística. Seguí entrenando por mi cuenta en el sótano de casa de mis padres, donde hice un pequeño gimnasio con un saco que me autoconstruí, una pera de boxeo que me había regalado mi entrenador, una cuerda y un espejo para practicar la sombra.
Me enteré de que el Club de Lucha Canaria San José poseía una filial de boxeo amateur, así que me inscribí de forma inmediata y, después de unos meses, comenzamos a organizar los primeros combates en los terreros de lucha canaria.
La noticia de la velada pugilística venía en la sección de deportes, en un pequeño recuadro de la esquina inferior derecha. Decían que los combates estaban previstos para el sábado siguiente, a las ocho de la noche, en el Campo Canario.
Guardé el periódico y me dirigí hacia el hospital. Recorrí Vegueta con el pensamiento puesto en el combate del sábado y en el nuevo caso que se me presentaba. No tenía ni idea de cómo lo iba a abordar, no había ninguna prueba.
Estaba convencido de que la autopsia me iba a confirmar lo que sabía; que el desgraciado que encontramos en la playa había muerto por un fuerte golpe en la cabeza.
Cuando llegué a San Martín, recordé que el juez Marcial Morales estaba en la planta de infecciosos. Dudé si ir a visitarlo. La tuberculosis era muy peligrosa, aunque, con las medidas de protección adecuadas, era muy complicado infectarse. Según oí, se había contagiado cuidando a su mujer, que había muerto hacía menos de un mes.
Miré mi reloj y decidí ir a visitarlo. Mientras subía las escaleras, me encontré con Guadalupe, la enfermera adscrita al servicio forense.
—¿Cómo está el juez?
—Justo vengo de visitarlo. Está estable. Esta es una enfermedad que necesita mucho tiempo, mucha paciencia y mucha suerte.
—Justo pensaba ir a verlo.
—Mejor que no, Rafael. No le conviene pasearse por esa sala. Nosotros lo hacemos porque tomamos todas las medidas higiénicas y aun así, algunos se han contagiado.
—Perfecto, Lupe...
—¿Venías a ver al juez o nos traes trabajo?
—Les traigo algo de trabajo. Esta mañana ha aparecido un cadáver en la playa de Triana y tiene toda la pinta de ser un asesinato.
—Las Palmas es una ciudad tranquila. No suele haber muertes por causas violentas. Lo que más nos llegan son muertos por accidentes, sobre todo por accidentes ocasionados por los condenados coches que no respetan a nadie. ¿Y tienes alguna pista de quién lo ha asesinado?
—Todavía es muy pronto para saberlo. No sabemos ni quién es. Espero que la autopsia nos aclare cómo murió. Sabes que las labores de investigación son lentas. Tenemos que ir como hormiguitas recogiendo pistas que nos lleven hacia el objetivo que estamos persiguiendo.
—Debe de ser emocionante eso de ser investigador, te puedes sentir como Sherlock Holmes...
—¿Te gusta Holmes? —le pregunté emocionado.
—Solo he leído dos de sus obras; si no recuerdo mal, Estudio en escarlata y Las aventuras de Sherlock Holmes.
—Muy buenas novelas. El Estudio en escarlata, además de tener un gran valor novelístico, es un método novelado de cómo se tiene que hacer una investigación. Tienes que leer también El signo de los cuatro, otra obra magnífica. Si quieres, te la puedo prestar a cambio de tomarte un café conmigo...
—No sé... Ese es un precio muy alto por un libro, ja, ja, ja... Voy a hacer una excepción. Solo falta saber dónde y cuándo.
—Podemos quedar esta tarde, a eso de las seis, en el Parque de San Telmo. ¿Qué te parece?
—Eso es una invitación formal, inspector..., no solo un café.
—Llámalo como quieras. ¿Qué dices?
—Perfecto... Ahora vamos a ver si ha llegado el cadáver de ese pobre hombre.
—Sí, vamos...
La seguí pensando que llevaba algunos meses deseando invitarla a salir, pero nunca había tenido la oportunidad de hacerlo. Guadalupe era una mujer hermosa, morena, de cabello largo azabache y ojos negros con cierto rasgo oriental, lo que la hacía más exótica todavía. Y me gustaba mucho.
Era una de las pocas mujeres que habían tenido la oportunidad de estudiar. La mayoría no llegaba a terminar la educación elemental porque la sociedad tenía otro papel para ellas, que no era otro que procrear y mantener la familia. La República estaba cambiando eso y en su Constitución de 1931 se reconoció el derecho al voto y el derecho a ser elegidas para cualquier cargo público. Pero todavía quedaba mucho camino por recorrer, sobre todo en la educación y en el trabajo. Los hombres copaban los puestos directivos de las empresas y era una anécdota verlas ocupando un cargo político. Guadalupe era una de las que estaba en primera línea, abriendo paso en un difícil y complicado camino.
Cuando llegamos a la sala que habían habilitado para las autopsias, vimos el cadáver encima de la mesa. Cogí del maletín la bolsa en la que tenía el martillo, lo saqué y lo puse encima de una de las mesas.
El doctor Silverio Peláez estaba trabajando sobre el cadáver. Le había quitado la ropa y estaba examinando la cabeza. Se giró y me dijo:
—A este desgraciado no le dieron una oportunidad, Fabelo. Lo mataron como a un perro y el que lo hizo sabía lo que hacía. Tiene dos golpes bien definidos. Uno en la base de la nuca, que fue casi mortal y le seccionó la columna vertebral. El otro, en la sección occipital, le destrozó el cerebro y lo terminó de rematar. He observado que no tiene ninguna otra herida en el cuerpo, por lo que puedo deducir que murió por esos dos golpes. Tampoco veo marcas de autodefensa, ¿sabes? Esos moretones y rasguños clásicos... Lo asesinaron por la espalda. La suerte para él es que no debió de sufrir mucho. Su carnicero le dio dos golpes certeros. He visto que me has traído un martillo. ¿Supones que es el arma homicida?
—Creo que sí, Silverio. Cuando la encontré, tenía rastros de sangre en el mango y un trocito de lo que parece ser cuero cabelludo con unos cuantos pelos. Me gustaría que me confirmaras que es el arma homicida.
El forense se acercó a donde estaba el martillo, lo examinó con detenimiento y luego dijo:
—Este podría ser el arma. Tiene las características físicas para romper una cabeza en mil pedazos. No cabe duda.
Se acercó a mí y le entregué el papel secante donde había colocado los restos del cuero cabelludo. Con él en la mano, se dirigió hacia un microscopio dorado y se sentó. Mientras abría el papel y cogía la muestra con unas pinzas, dijo:
—Esta es la última adquisición del hospital. Después de mucho insistir, lo han comprado. Es alemán, de nombre impronunciable, pero de lo mejor que he cogido en mis manos. Estos alemanes hacen muy bien las cosas. Tiene unas ópticas maravillosas.
Mientras hablaba, colocó la muestra en el portaobjetos. Al cabo de unos minutos, comentó levantándose:
—Es cuero cabelludo humano. Vamos a cerrar el círculo, Fabelo. He leído algunos artículos de Blas Aznar, el mejor médico forense que tenemos en la actualidad. Trabaja en la Escuela de Medicina Legal en Madrid y tiene artículos muy interesantes acerca de medicina legal en todos sus aspectos. Tienes que leerlo.
—Sé quién es. Cuando estuve en Madrid, asistí a un seminario de huellas de lo más interesante. Nos dejó a todos los presentes con la boca abierta. Es una eminencia.
Se dirigió hacia donde estaba el cadáver, cortó un trozo de pelo y lo colocó en el portaobjeto. Luego, cogió el cristal donde estaba la muestra del cuero cabelludo y la examinó con el aparato alemán.
—Los cabellos, amigo Fabelo, son como nuestras huellas dactilares. Si tenemos dos muestras, podemos saber si son de la misma persona y, en este caso, son idénticas. Compruébalo tú mismo.
Me dirigí hacia donde estaba el doctor y miré por el microscopio. No era la primera vez que lo hacía, pero aun así me costó adaptar mi ojo a lo que estaba viendo. Entonces lo pude ver con claridad meridiana.
El forense me puso la otra muestra de cabello y la observé con detenimiento. Eran iguales.
—¿Qué le parece, inspector? —me interrogó el doctor.
—Que son idénticas...
—Acérquese, Guadalupe, y compruébelo usted también.
Guadalupe se acercó y observó las muestras de pelo que estaban en el microscopio. Al cabo de un rato comentó:
—Qué increíble es la naturaleza. No deja de sorprenderme.
—La naturaleza es sabia, señorita, y también perfecta... Podemos concluir que ese martillo es el arma homicida sin ningún género de dudas —sentenció el doctor Peláez.
—La ciencia se pone de parte de la investigación policial y eso es de gran ayuda. En muchas ocasiones estamos dando palos de ciego. Espero que con el tiempo la ciencia nos aclare el camino —dije mirando hacia el cuerpo de aquel desgraciado que había muerto sin saber muy bien por qué.
—Esta tarde redactaré el informe y mañana a primera hora se lo haré llegar a comisaría.
—Gracias, doctor.
—Para mí es un placer esto de las autopsias. Me sacan de mi rutina diaria y le ponen un plus de emoción a mi aburrida vida...
—Espero no tener que alegrarle mucho la vida, doctor...
—Yo también lo espero.
Me despedí de Guadalupe y le recordé la cita que teníamos esa misma tarde.
3. discusiones.
mañana y tarde del lunes 25 de marzo de 1935.
Ocupé lo que me quedaba de la mañana redactando un informe para el comisario jefe Antequera en mi máquina de escribir Remington Portable Model 5, fabricada en los años 20. Se la compré durante el segundo año de mis estudios en Madrid a un abogado que tuvo que cerrar su despacho por problemas económicos. Era de segunda mano, pero estaba casi nueva. Con ella redacté muchos de los trabajos que presenté durante la licenciatura de Derecho y con ella redactaba los informes policiales. En nuestra comisaría solo había una Urania del siglo pasado de fabricación alemana que no servía ni como contrapeso porque le faltaban las letras K, M, R y S y la cinta se trababa más que Periquillo el Gago.
Cuando llegué destinado a esta comisaría, todo estaba manga por hombro. No había un método organizativo de expedientes y me tuve que poner a ello con el visto bueno de Antequera, que me venía con la cantinela de que leía mucho y me estaba contaminando de los nuevos vientos de la II República. Pero una cosa eran los vientos de cambio republicanos y otra muy distinta la desorganización total y absoluta.
Antequera estaba de paso, como lo estaban la mayor parte de los funcionarios de la Administración central que veían al destino en las Canarias como si fuera un destierro, una condena a las galeras. Y era cierto; los funcionarios estaban de paso, unos por novatos y otros porque no los querían en ninguna parte. Las
