La vida dura más de una noche
Por Maria Calabria
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«Era el ocaso, el asfalto aún estaba caliente. En la calle Castaldo, cerca de la estación, tres chicas aún inmaduras confabulaban y reían cogidas del brazo...»
Cristina revive, en un sueño, el primer encuentro con su marido, sucedido quince años atrás. Lo que debería haber sido un matromonio feliz, se torna un cúmulo de traiciones y mentiras el día que Cristina, gracias a un hábil truco, descubre los engaños de su marido. El amor entre Elena y Roberto es la otra cara de la misma moneda. La diferencia de edad entre ellos, el grado de parentesco que les une y la pasión que alimenta su relación, hacen que su unión roce el límite del incesto.
Entre estas tramas de grandes amores, traiciones y confabulaciones, se entralazará una complicada historia policiaca de intrigas internacionales y giros radicales que llevarán a los protagonistas a llevar una vida paralela al otro lado del océano.
¿Conseguirán Elena y Cristina poner en orden sus sentimientos y conseguir un poco de tranquilidad?
Maria Calabria
Italialainen Maria Calabria, syntynyt vuonna 1984, asuu Udinen maakunnassa, mutta on kotoisin auringon rakastamasta Acerran kaupungista, joka sijaitsee noin 14 km Napolista pohjoiseen. Hänen aamunsa alkavat kuumalla kahvilla ja runolla, joka aamu aamunkoitteessa. Lastensa ja Chopinin jälkeen hänen suurin intohimonsa on kirjoittaminen. Vuonna 2013 ilmestyi hänen nuoruusiällä kirjoittamansa antologia: La sera (Galassia Arte Edizioni). Hänen ensimmäisen romaaninsa Elämä on enemmän kuin yksi ilta julkaisi Italiassa heinäkuussa 2014 lettere Animate Editore.
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La vida dura más de una noche - Maria Calabria
Maria Calabria
La vida dura más de una noche
Publicado en Italia por
Lettere Animate Editore
––––––––
Traducción literaria realizada por
Ángela Caramazana González
A mi madre,
cuya dimensión
hace insignificante
cada confín.
Capítulo uno
––––––––
Era el ocaso, el asfalto aún estaba caliente. En la calle Castaldo, cerca de la estación, tres chicas aún inmaduras confabulaban y reían cogidas del brazo. El aire cálido del día, ya en declive, les había dejado una extraña inquietud, un deseo no satisfecho de aventura.
Un chico cruzó la calle. Las tres amigas lo miraron con curiosidad: les hubiera gustado pararlo, ligar, pero ya era tarde.
...Drííín...
Abrió los ojos lentamente. Con un gesto automático, alargó el brazo para apagar el despertador. Se giró hacia el lado izquierdo, miró a su marido, que emitió un gemido a medio camino entre un bostezo y un saludo.
—He soñado con nuestro primer encuentro...—musitó y se sentó al borde de la cama. Marco farfulló algo y volvió a dormirse.
Cristina sacudió la cabeza y suspiró.
Eran la seis, una de las pocas mañanas en las que no se había adelantado al sonido del despertador. De manera mecánica, se preparó el café y abrió las contraventanas, «Otro día de la marmota» pensó, alejándose de los cristales.
En el suelo vio el libro de poesías que su marido le había regalado por Navidad.
—Nocturnos... —murmuró, leyendo el título, y con la mente volvió por un momento a la felicidad de aquel día cuando, después de haber desenvuelto el regalo, había mirado estremecida a su marido, y sólo pudo decir:
—¿Cómo lo has conseguido? ¡Todavía no está a la venta!
Él había guiñado con falsa modestia.
—Bueno, ya sabes, escribí un par de correos a un buen amigo que casualmente es amigo de la poetisa y... —Ella le saltó al cuello, obligándolo a retroceder hacia el sofá.
Pasó algunas páginas con las manos temblorosas.
—La vida excava en nosotros surcos profundos —leyó— después el amor planta árboles bellísimos. —Pero no encontró ningún consuelo en aquellos versos.
Amargada por esas palabras que tiempo atrás le había gustado tanto leer, puso el libro en el estante más alto, donde solía poner los objetos que no debían estar al alcance de los niños.
Encendió el ordenador, se dirigió al baño; en el pasillo, en la pared, vio una mancha oscura, «Que no sea una fuga de las tuberías», esperó. Después se dijo mentalmente: «Llamar al fontanero, una mano rápida de pintura».
El despertar era uno de los pocos momentos que tenía sólo para ella, antes de que comenzase el trasiego de la jornada: los niños dormirían aún una hora más y ella se tomaría un par de cafés hirviendo delante de las grandes cristaleras de la cocina que tanto le gustaban, leería las noticias y repasar su lista diaria de cosas que hacer: todo sin interrupción. Ya sentía la necesidad de tomarse el día para no pensar. Darle vueltas a cada recuerdo le estaba consumiendo la razón, pero no podía permitírselo, se lo debía a sus hijos.
En su ritual habitual, se pesó antes de vestirse y por un instante volvió a pensar en el sueño: «He perdido también la paz del sueño»; se vistió y comenzó su rutina.
—Vamos, Giulio, desayuna y después ¡de cabeza al colegio! Yo mientras tanto preparo al hermano, ¿vale? Cuando vuelvas iremos a casa de los abuelos, os quedareis unos días con ellos.
—Tú... ¿no te quedarás con nosotros? —preguntó él perplejo.
—No, he encontrado un trabajo, empiezo el lunes, iré a visitaros cada fin de semana. Es algo temporal, hasta que me organice, en cuanto sea posible iré a por vosotros.
Sobre el gran mueble rojo de la sala de estar cogió la ropa que había doblado con cuidado la noche antes para el más pequeño, lista para ponérsela; al lado, la del mayor. Sobre la silla, la bolsa y la cazadora.
Siguió el orden con el cual los había dispuesto.
Mientras terminaba de vestir a Giulio, escuchó a Marco entrando en la sala.
—Buenos días, —dijo ella sin darse la vuelta— el café está caliente y los bollos en el horno, acabo de apagar... Me voy.
Giulio la miraba con cara de sorpresa, confuso, pero ella pareció no darse cuenta.
Montada en el coche, cerró por un instante los ojos intentando frenar el imperceptible temblor que la invadía, echó una mirada melancólica a las ventanas de casa, se puso en marcha y se fue.
—¡Buenos días! Señora Marotti, hacía mucho que no la veíamos, ¿qué tal está? —preguntó la maestra.
Cristina señaló al pequeño Francesco.
—Bien, por fortuna, ocupada. —Después de despedirse, con el cuco a modo de bolso en el antebrazo, se dirigió a la salida. Estaba impaciente por estar sola o, al menos, con el pequeño Francesco de ocho meses, desconocedor de lo que su madre haría en breve. Sintió que, desde atrás, una mano se apoyaba calurosamente en el hombro derecho.
—¡Hola, amor! ¿Cómo estás? Pareces una flor, ¡siempre a la carrera, en forma y llena de energía! De verdad que me alegro, todos nos acordábamos de ti, no te hemos vuelto a ver desde que...
Cristina sonrió a la mujer que tenía enfrente y no la dejó terminar la frase
—Adele, qué gusto volver a verte, hacía siglos que no nos encontrábamos. Giulio este año utiliza el autobús del colegio y por eso, a menos que te pases tú, será difícil que nos veamos en Cormons. Esta mañana ha sido un caso excepcional, tenía que hacer unos recados y lo he acompañado yo. ¿Qué te parece si la semana que viene te llamo y tomamos un café juntas?
—Adele asintió, abrazándola. Las dos se despidieron con la promesa de verse pronto, Cristina se alejó con la certeza de que no la llamaría nunca.
Se montó en el coche, cerró la puerta y, con ello, cayó el telón de la compostura que había mantenido hasta ese momento.
—Ese bastardo, cabrón, ¿cómo pudo? ¡Lo odio, lo odio! —Condujo un rato, después giró a la izquierda, acabó aparcando fuera de un bar; se recompuso y, de nuevo con la máscara de la normalidad puesta, se dirigió al fondo del local, lo más lejos posible de la poca gente que había.
Acomodó a Francesco, que durante ese rato se había quedado dormido, pidió un cortado, sacó dos sobres blancos del bolso, posándolos con cuidado sobre la mesa y, cuando le sirvieron el café, inició el ritual que venía repitiendo desde hace casi un mes. Comenzó a leer:
...Desde lejos, aunque me vaya a doler, veré qué cara tiene la mujer que te ha hecho soñar durante diez años y que, después de tanto tiempo, después de todo lo que ha ocurrido entre nosotros en los últimos tiempos, hubiera podido, con unos correos, hacer tambalear nuestro matrimonio.
Diez años de recuerdos despreocupados pensando en cualquier chica que te has tirado a mis espaldas. Qué diferente es nuestra visión de la despreocupación: la mía, mira tú qué estúpida, siempre está ligada al recuerdo de los momentos que pasamos juntos, al noviazgo... A dormir acurrucados cuando hace frío, a beberme el café sentada en el brazo del sofá mientras tú estás semiacostado todavía adormilado y a charlar sobre el futuro de nuestros hijos...
Siempre has sido mi único gran amor. Desde hoy en adelante serás ese dolor que, de tanto en tanto, volverá, como todas las cosas importantes que te enseñan algo. Volverá para recordarme que no te ame, porque no te lo mereces; me dirá que no sienta nostalgia cuando mire ese lugar vacío junto a mí en la mesa, porque cuando creía que estaba ocupado, en realidad estaba desierto.
Me gustaría darte a probar tu propia medicina, pero sé que no podré hacerlo. Te deseo muchos amores duraderos que te paguen con una moneda que yo no poseo.
Cristina.
Cristina suspiró y se bebió el último trago de aquel triste café cortado. Después cogió el segundo sobre, pero no era capaz de releer aquellos emails, le hacían mucho daño. Volvió a guardarlos en el bolso.
Cuando le había confesado a su marido que los emails los había escrito ella para ponerlo a prueba, él había contestado con un silencio rotundo, interrumpido sólo por el llanto histérico de ella, que de repente balbuceaba y ya no se sentía fuerte.
—La culpa es tuya, has querido hacerte daño, si no me hubieras escrito fingiendo que eras otra ahora no estarías aquí atormentada y atormentándome, yo no me hubiera vuelto a acordar de ella. ¡La había borrado de mi mente!
—Pero tú... respondiste desde una cuenta secreta, una dirección que te tomaste la molestia de hacerte después de la última discusión para poder escribirle a escondidas de mí, ¡de la imbécil! Y ella, más tarde o más temprano, te habría buscado ¡y tú te habrías lanzado de cabeza si ella se te hubiera puesto en bandeja de plata!
Marco, que tenía una expresión extraña en la cara (quizás de rabia por el marrón de haber sido descubierto, quizás de amargura porque todo aquello con lo que había fantaseado en los últimos días no había sido real ni realizable, dado que la Sara que le había escrito era en realidad su mujer), había continuado:
—Si... si... si... ¡Si ni siquiera sé si podría haberlo hecho! Respondí por seguir la corriente, sí, pero en broma...
—¡Y una mierda en broma! Si quieres te los leo punto por punto, mira, los he impreso por orden de envío, tres días, ¡sólo tres días! ¡Y ni siquiera me hizo falta insistirte la segunda vez para convencerte! Nunca cambiarás, te odio...
Había cogido al pequeño Francesco en brazos.
—No quiero imaginarme que otras cosas has podido hacer en todos los años que estuviste viviendo lejos de mí, si por casualidad sale a la luz tanta... suciedad... ¿Qué otras cosas habrá de las que no me enteraré nunca? Un desliz, dos... puede que tres, debido a que te sentías solo, los habría entendido, comprendido y perdonado, pero ignoraste totalmente el hecho de que estabas conmigo y te has tirado a quien te dio la gana, ¡además en mi ciudad! Podías hacer tranquilamente lo que quisieras donde vivías: ¿por qué humillarme de esta manera? Acostándote con mujeres que yo conocía, con las que bromeabas cuando estaba yo... ¿cómo has podido? ¿Qué otras cosas me estás ocultando?
Marco había seguido enfadado sin responder.
—Y tú ¿no dices nada? Arrogante y fanfarrón, ni siquiera sientes el más mínimo arrepentimiento o remordimiento por lo que has hecho, eres un cabrón... —Cristina se había ido directa al dormitorio y empezó a sacar su propia ropa. Fue entonces cuando Marco se decidió a hablar.
—¿Qué quieres que te diga? He cometido errores, de acuerdo, pero eso no quiere decir que no te ame, siempre te he amado y... de todos modos no es fácil y si piensas que me quedaré aquí echándome mierda encima sólo te equivocas, las cosas que no sabes no las sabrás jamás...
Con esta frase, un sofoco había invadido la mente de Cristina, impotente y consciente de que no sabría jamás toda la verdad.
—No quiero vivir toda mi vida al lado de un hombre del que no sabré jamás a cuántas zorras se ha tirado, ¡las mentiras dichas a mis espaldas! Me entrarán dudas cada vez que escuches una canción y sonrías sin darte cuenta... ¿Por qué me has hecho esto? ¿Por qué? Tienes razón, ¡soy una imbécil, una estúpida! ¡Yo! ¡Es culpa mía! ¡Me lo merezco por estúpida!
»—Tú... tú... —Repetía como presa de la locura— tú... que después de haberme acompañado y dado un beso de buenas noches, ¡llamabas a alguna para llevártela a la cama todavía con mi sabor en los labios!
Deliraba. En un segundo había alcanzado el cajón de los cubiertos.
—Te mato, cabrón... —Había gruñido, llevando un cuchillo en la mano. Pero después, en vez de dirigir la hoja contra su marido, había intentado hacerse daño.
—¡Para! ¡Estás loca! —Marco se le había tirado encima cuando intuyó lo que estaba a punto de hacer y había arrojado el cuchillo al fregadero. —Soy una mujer sin carácter... Soy una inútil, una fracasada, no me he dado cuenta nunca, nunca... —Lloriqueaba, poseída por el odio y la impotencia.
—Cristina, te lo pido por favor, me estás matando. ¿No piensas en tus hijos? No hagas esto... —La había estrechado entre sus brazos y ella se abandonó en aquel abrazo, exhausta.
Volvió en sí como si estuviera perdida.
Ambos se habían calmado y no habían hablado del asunto en lo que restó del día. Ella se había puesto tan tensa desahogándose que tenía contracturados el cuello y los hombros. Aquella noche se había quedado en la cocina, insomne por el dolor de cuello y por un dolor más profundo que sentía latir dentro. «No está bien, no puedo reducirme a esto, tengo dos hijos, voy a enfermar, estoy segura, y no quiero dejar a mis hijos... No quiero...».
Al día siguiente había escrito aquella carta de despedida que la habría acompañado durante un largo tiempo.
Cuando regresó al bar, después de la enésima repetición del ritual, tomó una decisión: iba a poner esos sobres en la puerta del mueble de la cocina en el que Marco guardaba los botes del té que se preparaba casi todos los días a las cinco en punto de la tarde. «Los encontrará... así será él el que vuelva a sacar el tema y... yo me iré... Quiero que sufra».
Capítulo dos
––––––––
—¿Qué te ocurre hoy? —preguntó Rita, que notaba a su amiga como perdida cuando normalmente estaba alegre y dicharachera.
—Nada —Cortó en seco Elena, mientras se subía al taburete para colocar algunas camisas en el escaparate.
—A juzgar por tu cara, debe ser un nada lleno de cosas —Insistió la amiga.
—Será cosa del tiempo —dijo Elena distraídamente a modo de justificación.
—Amiga mía, pues sí que estás extraña: eres la primera mujer a la que un día de sol le pone de mal humor.
Elena se dio la vuelta y, después de unos segundos de indecisión, no pudo hacer otra cosa que reírse de la gran observación de su amiga.
—Tienes razón —dijo, sentándose un poco menos tensa— he elegido la peor de las peores falsas excusas.
—Es todavía por aquel pariente tuyo, ¿verdad? ¿Qué pasa, el principito también hoy se hace esperar? Ese hombre es peor que un teleoperador de Vodafone —dijo Rita, apoyando los codos en el mostrador.
—No, no es eso. Al contrario, últimamente es constante, no lo evita, y tiene una extraña vena romántica que no parece él. —Elena se subió de nuevo, antes de continuar, y una risa medio sarcástica dejó ver su molestia— La cosa es que está condenadamente satisfecho.
—No, no te entiendo. ¿Te molesta que esté presente y satisfecho con vuestra relación? —preguntó perpleja Rita.
—Sí. ¿Cómo puede estar contento con una situación como esta?
—Amiga mía, hay hombres que se contentan con mucho menos.
—Pero él me ama, lo noto.
—Elena —dijo esta vez, mirándola fijamente a los ojos—, si él está satisfecho, caben dos posibilidades: no sientes lo que hay que sentir, o bien, la situación que se crearía en caso de que hicierais pública vuestra relación, os haría más mal que bien a ambos, y está tratando de tutelarte.
Se encogió de hombros y continuó:
—Honestamente, yo a esos que te dicen «te dejo ir porque te amo», dejé de creerlos hace muchas relaciones clandestinas.
Elena se sintió herida en el orgullo y se ofuscó más de cuanto hubiera querido
—No, no es Roberto. ¿Tú que sabrás? Yo lo amo, quizás para ti es un concepto difícil de entender.
—Venga, no te lo tomes así, ya sabes como soy, ¿no? —Trató de abrazarla, pero ella se alejó—. Tengo la lengua más larga que el tacto —Continuó.
—Vale. Si quieres enfurruñarte, vale. Yo me consolaré con un café con espuma y un cigarro en el vestuario —dijo Rita en tono burlón.
—Yo lo quiero con cacao sobre la espuma —Cedió finalmente Elena, sacando una sonrisa—. ¿Qué debo hacer con él? Siempre le he dicho que no lo pondría contra las cuerdas, y realmente lo creía así. Pensé que duraría poco, pero en cambio...
—En cambio, la fascinación por un hombre mayor prevalece siempre, te lo dije —Puntualizó Rita.
—Ya sabes, viniendo de ti... no me tomé muy en serio el consejo. Normalmente eres tú la que se mete en líos.
—Precisamente —Interrumpió su amiga—, ¡deberías haberte fiado de una cinturón negro en líos! —Ambas se rieron.
Finalmente, a las nueve cerraron la tienda.
—No tengo ganas de irme a casa esta noche —dijo Elena mientras se encaminaban a la salida.
Rita metió la llave en la cerradura. —Bueno, entonces habrá que organizar algo. Vamos, tengo lo que necesitamos en el bolso. ¿Vamos a las terrazas?
— ¡Allá vamos! —Aprobó Elena.
Una vez en el local, la mente de Elena volvió a Roberto una sola vez, pero no de manera melancólica, alzó el vaso y, con la alegría de quien ha bebido un poco de más, le dedicó un brindis.
—Rita... quiero brindar por mi hombre, porque es el que será.
Rita dio su aprobación haciendo una seña con la cabeza.
—Un brindis al hombre que tarde o temprano encontraré también yo... ¡No puedo ser así de desgraciada! —Se rieron con gusto y así siguieron hasta las cuatro.
—¿Y ahora quién conduce? —preguntó Elena cuando estuvieron delante del coche.
Después de un momento de indecisión les dio la risa y el hipo.
—Tú... ¡Tú! ¡Estás más sobria que yo! —dijo Rita con decisión—, yo saco la cabeza por la ventanilla, ¡así estaré recuperada cuando lleguemos a mi casa! —Continuó.
Se subieron al coche y tiraron por una carretera secundaria,
—Es mejor si vamos por aquí, así nos ahorramos soplar y que nos quiten el carné.
—Jo, yo quiero soplar —Se rio Rita con la voz un poco pastosa—, ¡pero soplársela a un policía guapo! —Y continuaron riéndose.
—Lo tuyo no es un bolso: ¡es un armario de tres puertas! —Observó Elena mientras Rita sacaba un CD. A los pocos segundos empezó a sonar la música.
—When you were here before, couldn't look you in the eye... —cantó suave Rita.
—Qué grandes Radiohead... —comentó Elena.
—¿Ves? —explicó Rita— el hombre de mi vida puede llegar en cualquier momento y yo debo tener de todo: maquillaje para retocarme, ropa interior de recambio y... buena música por si la velada se vuelve romántica. —Sacó un preservativo de una cremallera del bolso— Ah, y ¡sobre todo esto! —Se rieron y empezaron a cantar a todo volumen el estribillo.
—¿Qué es aquello? —susurró Elena—, parece un coche averiado —Continuó. Redujeron la velocidad entreviendo una silueta.
—No te pares —sugirió Rita.
—Pero es una chica, y está sola. No seas cobarde.
Elena se acercó, iluminando con los faros; poco después una mujer bien arreglada se acercó a la ventanilla.
—Hola, tengo el motor sobrecalentado y no consigo contactar con mi marido. Tiene el móvil apagado, estará durmiendo, supongo... ¿Me podéis llevar al autoservicio más cercano?
Rita asintió.
—Claro, sube.
La mujer suspiró con alivio.
—Vale, ahora mismo. Cierro el coche, cojo el bolso y vuelvo. Gracias... —Y se alejó.
—¿Qué narices hace una mujer sola a las cinco de la mañana con el marido durmiendo en casa? —preguntó Rita.
—Chiist... que llega. ¿Dónde vives? Si nos pilla de camino te dejo en casa. Me llamo Elena, ella es Rita.
La nueva pasajera sonrió desde el asiento de atrás.
—Yo soy Cristina y... por el olor que hay en el coche deduzco que o perdéis gasolina o... que también vosotras habéis regado vuestros recuerdos con una buena dosis de alcohol esta noche, ¡como yo! —Soltó en tono irónico. Por un momento, ninguna habló, después hubo una explosión de risas colectiva.
—Bien, ahora que nos hemos presentado como Dios manda, quiero daros las gracias por vuestra amabilidad y simpatía invitándoos a un bollo y un cappuccino: ¿os apetece? Ya que es casi de día, ¡habrá que terminar la noche como es debido!
Elena se dio cuenta de que aquella noche tenía mucha hambre, y después de una mirada rápida a Rita, asintió.
—No podría dormir bien con el estómago vacío, ¡hecho! —Arrancó de nuevo y siguió hasta el bar más cercano, animada por la nueva conocida.
Capítulo tres
––––––––
Aquella mañana de domingo, la casa de Cristina estaba en silencio. No le fue difícil levantarse tarde y darse el gusto de pasarse medio día en pijama: no había niños que preparar. Puso la cafetera, cogió el teléfono inalámbrico y se dirigió a la ventana.
—Mamá... hola... —La respiración al otro lado del teléfono daba a entender un tono de indecisión.
—Hola, tesoro. ¿Cómo estás? Al fin te escucho...
Cristina se dejó caer en el sofá de piel.
Tienes razón, me había prometido llamarte todos los días pero... ya sabes, el nuevo trabajo, también he pintado de blanco las paredes del pasillo... —Cristina titubeó un momento antes de continuar, mientras su madre, al otro lado, esperaba esperanzada a que continuara— ¿Giulio está por ahí? ¿Se está portando bien?
Decepcionada por aquel cambio de tema, la madre respondió.
—Está en el jardín con tu padre, le ha comprado una bici nueva... Pregunta por ti... Cristina, tus hijos te necesitan y tú a ellos, podrías quedarte aquí tú también. Juntos podéis superar lo que sea...
Cristina la cortó bruscamente.
—Mamá, déjalo, ya te lo he dicho, no puedo hacerme cargo de ellos durante al menos un par de semanas, no puedo pedir un permiso, acabo de empezar y no quiero quedar mal. En cuanto tenga un par de días bajo a veros... Debo irme, adiós —Colgó enfadada; se calmó y fue a apagar el café.
Abrió el armario donde guardaba el azúcar y en el que estaban las infusiones de Marco: los dos sobres seguían allí y no habían sido abiertos. Comprobó que estuvieran intactos y leyó lo que estaba
