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La Noche Que Se Apago
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Libro electrónico302 páginas3 horas

La Noche Que Se Apago

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En una cabaña apartada de la ciudad, lejos del ruido y de las certezas académicas, Alden Harrow, un profesor jubilado, pasa sus noches observando el cielo con un viejo telescopio que ya no busca respuestas definitivas, sino una forma silenciosa de comprensión. A su lado está Lía, su nieta de doce años, cuya curiosidad inquieta convierte la contemplación del firmamento en una conversación íntima sobre la luz, la oscuridad y el paso del tiempo. A través de un diálogo pausado y cargado de significado, abuelo y nieta exploran la naturaleza de la noche, no como ausencia o vacío, sino como consecuencia de un universo joven, en expansión, lleno de mensajes que aún no han llegado. Mientras Alden mira hacia el pasado remoto del cosmos, Lía comienza a asomarse a un futuro que todavía no entiende del todo, pero que ya empieza a interrogar. “La noche que se apagó” es un relato sobre el conocimiento como proceso inacabado, sobre la transmisión silenciosa de preguntas entre generaciones y sobre la idea de que la oscuridad no es el final de nada, sino un espacio de espera, de posibilidad y de futuro.
IdiomaEspañol
EditorialClube de Autores
Fecha de lanzamiento8 ene 2026
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    La Noche Que Se Apago - Javi Rodriguez

    LA NOCHE QUE

    SE APAGO

    Javi Rodríguez

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    Alden Harrow había dedicado su vida a enseñar que el conocimiento no era un mapa terminado, sino una linterna sostenida con pulso tembloroso en medio de una oscuridad que nunca retrocedía del todo. Lo repetía en las aulas con una paciencia casi ritual, lo escribía en los márgenes de los exámenes como quien deja una pista más que una corrección, lo decía con una sonrisa cansada cuando algún alumno frustrado le exigía respuestas definitivas, como si el universo fuera un problema mal planteado y no una pregunta interminable. Con los años, aquella frase dejó de ser una lección y se volvió una confesión íntima, porque Alden sabía que había pasado toda su vida caminando con esa linterna, avanzando a tientas, sin llegar nunca al final del sendero y sin estar del todo seguro de que tal final existiera.

    La cabaña estaba situada en las afueras de la ciudad, lo bastante lejos como para que el resplandor artificial no mordiera el cielo nocturno, pero no tanto como para sentirse completamente fuera del mundo. La había elegido después de jubilarse, cuando comprendió que el ruido constante de los pasillos universitarios y la acumulación de voces, teorías y ambiciones ya no le permitían escuchar lo único que realmente le importaba: el silencio. Era una construcción modesta, de madera

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    envejecida y ventanas pequeñas, con un jardín irregular donde la hierba crecía sin obedecer a ningún orden y un viejo roble que parecía haber decidido quedarse allí mucho antes de que Alden pensara siquiera en nacer, como si el lugar lo hubiera estado esperando.

    Por las noches, cuando el día se disolvía sin ceremonia y la oscuridad caía como una marea lenta e inevitable, Alden salía al exterior con una manta sobre los hombros y el cuerpo encorvado por los años, aceptando ese gesto no como una rutina, sino como una necesidad íntima a la que ya no intentaba ponerle nombre. Había algo en el cielo nocturno que seguía llamándolo con la misma insistencia que cuando era joven, aunque ahora esa llamada ya no prometía descubrimientos, publicaciones ni prestigio académico, sino una forma más discreta y profunda de consuelo, una calma que no exigía resultados. El telescopio, un artefacto antiguo de metal opaco y lentes gastadas, descansaba junto a la silla como un compañero silencioso, casi una extensión de su propio cuerpo. No era el más potente ni el más preciso, y hacía años que podría haberlo reemplazado por uno mejor, pero Alden nunca lo hizo, quizá porque se parecía demasiado a él mismo: limitado, imperfecto, marcado por el uso, pero obstinado en seguir mirando incluso cuando ya no había promesas claras.

    Ajustaba las perillas con una paciencia que le nacía del cansancio, guiando los dedos como si fueran algo ajeno, respirando hondo y despacio para que el temblor no se colara en el movimiento y traicionara la precisión que aún conservaba. Cada ajuste era una negociación silenciosa entre el cuerpo y la voluntad, entre lo que todavía podía hacer y lo que debía aceptar. Luego se quedaba inmóvil, casi suspendido en sí

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    mismo, observando no con la urgencia de quien busca una respuesta concreta ni con la ansiedad de quien teme perderla, sino con la disposición humilde de quien permite que el universo se despliegue ante él sin exigencias ni plazos. Había aprendido, a fuerza de años y de silencios acumulados, que mirar también podía ser una forma de escuchar, quizá la más honesta de todas, porque no imponía interpretación inmediata ni reclamaba sentido.

    Aquella noche no estaba solo.

    Lía Harrow se sentó en el césped con las piernas recogidas y la barbilla apoyada contra las rodillas, como si así pudiera anclarse mejor a la tierra mientras el cielo se extendía inmenso sobre ella, demasiado grande para ser comprendido de una sola vez. Tenía doce años y una curiosidad que nunca encontraba reposo, una inquietud constante que la empujaba a preguntar incluso cuando todavía no sabía cómo formular la pregunta. Le gustaba acompañar a su abuelo en aquellas vigilias nocturnas, aunque no comprendiera del todo qué buscaba ni por qué parecía encontrar consuelo en algo que, para ella, no era más que un fondo negro salpicado de luces distantes y frías. Observaba a Alden con una atención casi reverente, como si intentara fijarlo en la memoria sin saber por qué, copiando sin darse cuenta la forma en que inclinaba la cabeza, el leve gesto con el que fruncía el ceño al ajustar el enfoque, la quietud concentrada que adoptaba cuando todo parecía, por fin, estar en su sitio.

    El silencio entre ambos no pesaba. Era un silencio lleno, habitado, tejido por pequeños sonidos que cobraban una importancia inesperada precisamente porque no había palabras: el murmullo del viento entre las

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    hojas del roble, el crujido discreto de la madera de la cabaña acomodándose a la temperatura nocturna, algún insecto invisible marcando un ritmo paciente y antiguo, ajeno al tiempo humano. Alden miraba hacia el pasado del universo, hacia luces que habían partido millones de años atrás sin saber a quién alcanzarían ni si alguien estaría allí para recibirlas; Lía, sin saberlo, miraba hacia el futuro, hacia un hombre que algún día ya no estaría sentado a su lado y hacia una pregunta que todavía no tenía forma definida, pero que empezaba a latir en algún rincón de su pensamiento, insistente y silenciosa.

    Fue ella quien rompió la quietud, incapaz de contener por más tiempo la duda que le hervía por dentro, esa sensación creciente de que el cielo no solo estaba ahí para ser observado, sino también para ser interrogado.

    —Abuelo —dijo, señalando el telescopio con un gesto breve, casi tímido—, ¿por qué sigues mirando el cielo si ya sabes cómo funciona?

    Alden no respondió de inmediato. Ajustó apenas el enfoque, como si quisiera ganar unos segundos más de contemplación antes de traducir en palabras algo que nunca terminaba de decirse del todo.

    —Porque saber cómo funciona no es lo mismo que haber terminado de mirarlo —respondió al fin—. Y porque cada vez que lo observo, me recuerda lo que todavía no sé.

    Lía guardó silencio, intentando imaginar un cielo sin sombras, un resplandor constante e ineludible que no dejara lugar al sueño ni a la quietud. En su mente, la idea se volvía casi insoportable, como si algo esencial se perdiera en esa claridad absoluta. Bajó la mirada un instante

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    y luego volvió a alzarla hacia el cielo real, agradeciendo sin saber por qué la existencia de esos huecos negros entre las luces.

    —Entonces… —dijo al fin, con la voz más baja, como si no quisiera perturbar nada—, ¿la noche existe porque falta algo?

    Alden negó despacio con la cabeza, sin apartar los ojos de la bóveda oscura.

    —Existe porque todo tiene un límite —respondió—. Porque el universo no ha tenido tiempo suficiente para llenarlo todo de luz. Porque está en proceso, creciendo, estirándose. La oscuridad no es un error ni un descuido. Es la consecuencia de que las cosas todavía estén ocurriendo.

    Lía frunció los labios, pensativa, dejando que esa idea se acomodara lentamente en su interior.

    —O sea que si algún día todo estuviera lleno de estrellas… —dijo— ya no habría noche.

    —Exacto —asintió Alden—. Y tampoco habría silencio visual. Nada descansaría. A veces olvidamos que el descanso también es una forma de orden.

    La niña se recostó un poco más sobre el césped, apoyando los codos y dejando que la espalda tocara la tierra fría. Miró el cielo desde esa nueva posición, como si al cambiar el ángulo pudiera descubrir algo distinto, algo que se le había escapado hasta entonces.

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    —Me gusta que haya oscuridad —admitió—. Hace que las estrellas se vean más importantes.

    Alden sonrió, esta vez sin melancolía, con una gratitud tranquila, como quien reconoce en una frase sencilla una verdad que había tardado toda una vida en aprender.

    —Eso mismo —dijo—. La luz necesita contraste para decir algo. Sin la noche, las estrellas no tendrían voz.

    El telescopio seguía apuntando hacia la negrura, inmóvil, paciente. Alden pensó que había pasado años intentando explicarle al mundo por qué existía esa oscuridad, cuando quizá bastaba con aprender a mirarla sin ansiedad. Allí, en ese intercambio sencillo, sin pizarras ni fórmulas, sentía que algo se acomodaba mejor que en cualquier aula.

    —Entonces —dijo Lía—, cuando vemos un espacio negro… no es que esté vacío.

    —No —respondió Alden—. Es que aún no nos ha hablado.

    El viento pasó entre las hojas del roble, y el sonido pareció subrayar la idea sin añadir palabras. Alden volvió a acercar el ojo al ocular, no buscando algo concreto, sino sosteniendo el gesto, como quien escucha una conversación lenta, consciente de que no todo mensaje llega de inmediato.

    Y mientras la noche seguía extendiéndose con su paciencia infinita, comprendió que tal vez la verdadera enseñanza no estaba en revelar lo que había detrás de la oscuridad, sino en aprender a confiar en que,

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    incluso allí donde no vemos nada, algo sigue esperando su momento para ser dicho.

    —Entonces… ¿por qué es oscuro? —preguntó al fin, casi en un susurro, como si temiera perturbar algo frágil.

    Alden volvió a alzar la mirada hacia el cielo.

    —Porque el universo es joven —dijo Alden al cabo—. Y porque se está expandiendo. Hay luces que aún no han tenido tiempo de llegar hasta nosotros, estrellas tan lejanas que su mensaje sigue viajando por el espacio sin saber si alguien lo espera. Cada zona oscura es una historia en tránsito, una carta escrita hace muchísimo tiempo que todavía no ha sido entregada.

    Lía permaneció en silencio unos segundos, masticando la idea con lentitud, como quien prueba una palabra nueva y la hace girar en la boca antes de decidir si le pertenece o no. No había prisa en su quietud ni incomodidad alguna, solo ese trabajo interior casi invisible de acomodar algo que acababa de desplazarse dentro de ella, como si una pieza de su manera de mirar el mundo hubiera cambiado de lugar apenas unos milímetros, lo suficiente para que nada encajara exactamente igual que antes. Alzó la vista hacia el cielo oscuro con un gesto instintivo, no para buscar una respuesta concreta ni una estrella en particular, sino para comprobar por sí misma si aquello que estaba pensando tenía algún reflejo visible, alguna confirmación silenciosa suspendida sobre sus cabezas.

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    —O sea que la oscuridad no es nada —dijo al fin, con una voz más firme de lo que ella misma esperaba—. Es solo algo que todavía no vemos.

    Alden sonrió entonces, y en esa sonrisa hubo ternura, orgullo y una aceptación tranquila que no intentó disimular. Supo de inmediato que aquella conclusión, formulada con una sencillez casi desarmante, contenía más verdad que muchas explicaciones largas, más precisión que páginas enteras escritas con lenguaje exacto y fórmulas impecables. No era una repetición obediente de lo que él había dicho ni una respuesta ensayada para complacerlo, sino una apropiación genuina, una traducción íntima que ya no le pertenecía y que, precisamente por eso, tenía valor.

    Asintió despacio, consciente de que en esa frase había ocurrido algo sutil pero decisivo, un desplazamiento silencioso, un traspaso que no necesitaba ritual ni confirmación explícita. Algo había cambiado de manos sin hacer ruido, como cambian las constelaciones cuando nadie las mira, y Alden entendió que esa era la única forma en que ciertas herencias podían existir: no como certezas impuestas, sino como preguntas que alguien decide seguir sosteniendo cuando el otro ya no está.

    —Exactamente —respondió—. La noche no está vacía. Está llena de futuro.

    El telescopio seguía apuntando hacia un rincón del cielo donde, a simple vista, no ocurría nada, un espacio negro y aparentemente silencioso que no ofrecía recompensas inmediatas a la mirada ni formas

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    reconocibles a las que aferrarse. No había constelaciones claras ni estrellas brillantes que justificaran la espera. Sin embargo, Alden sabía que allí el universo seguía hablándose a sí mismo con una paciencia inmensa, enviando mensajes lentos que tardaban eras en llegar, acumulando procesos invisibles, transformaciones profundas que no necesitaban ser vistas para existir. Cerró los ojos un instante, sintiendo el peso suave de la noche sobre los hombros, no como una carga ni como una amenaza, sino como una presencia envolvente, casi protectora, una oscuridad que no expulsaba, sino que contenía.

    Pensó que quizá nunca encontraría la respuesta definitiva que había buscado durante toda su vida, esa explicación total capaz de ordenar el caos, de cerrar todas las preguntas y dejar el mundo en un estado final de comprensión. Durante años había creído que ese debía ser el objetivo último, la culminación lógica de una vida dedicada a mirar y a pensar. Ahora, en cambio, comprendía con una calma nueva y sin amargura que tal vez eso no era un fracaso, sino el resultado natural de haber mirado lo suficiente, de haber aprendido a aceptar los límites de la mirada y a no exigirle al universo más de lo que estaba dispuesto a dar.

    Tal vez, se dijo, la linterna nunca había estado hecha para disipar toda la oscuridad ni para vencerla, ni siquiera para explicarla por completo. Tal vez su verdadera función había sido siempre otra: permitir avanzar sin miedo, aprender a caminar dentro de la noche con pasos cuidadosos, aceptar que no ver todo no era una derrota ni una carencia, sino una condición necesaria para que algo nuevo pudiera, algún día, aparecer.

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    Alden la miró por encima del borde de la taza, sosteniendo el gesto unos segundos más de lo necesario, como si en ese pequeño intervalo pudiera ordenar todo lo que la pregunta había puesto en movimiento. Aquella duda, lanzada con la naturalidad de quien sigue un hilo sin darse cuenta de que está entrando en un terreno delicado, lo desarmó un poco. No porque no supiera qué responder, sino porque sabía cuántas capas tenía la respuesta y cuántas de ellas no cabían en cifras, ni en definiciones limpias, ni en frases que pudieran cerrarse sin perder algo importante.

    —Depende de con qué lo compares —dijo al fin, dejando la taza sobre la mesa con un gesto cuidadoso—. Si lo comparas con nosotros, es inimaginablemente viejo. Tan viejo que nuestra historia entera apenas alcanza a rozarlo. Pero si lo comparas con lo que podría llegar a ser… entonces acaba de nacer.

    Lía se sentó frente a él, envolviendo la taza con ambas manos como si necesitara ese calor para terminar de despertarse del todo. Su expresión era seria, concentrada, como si estuviera tratando de sostener una idea demasiado grande sin dejarla caer.

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    —Pero tú dijiste que la oscuridad existe porque la luz no ha tenido tiempo de llegar —insistió—. Eso suena a que todo empezó hace poco.

    Alden asintió lentamente, reconociendo la lógica impecable de la observación.

    —Hace poco, sí —repitió—. Pero poco es una palabra tramposa. El universo tiene unos trece mil millones de años. Dicho así suena enorme, casi absurdo, como un número inventado para impresionar. Pero para algo que quizá no tenga final, que siga expandiéndose durante billones y billones de años más, es apenas el primer parpadeo. Un comienzo tan reciente que todavía está aprendiendo a ser lo que es.

    Lía frunció el ceño, concentrada, como si intentara estirar su mente para que cupiera un número imposible, como si quisiera doblarlo, mirarlo desde distintos ángulos hasta que revelara alguna forma comprensible.

    —Entonces nosotros… —empezó, dudando—. ¿Somos como…?

    —Como una chispa —completó Alden con suavidad—. Un destello mínimo. Tan breve que, desde el punto de vista del universo, casi no existimos. Aparecemos y desaparecemos en un intervalo tan corto que apenas deja huella.

    La niña bajó la mirada hacia el café, observando cómo el líquido oscuro temblaba apenas dentro de la taza.

    —Eso suena un poco triste —dijo.

    Alden sonrió, pero no con tristeza, sino con una suavidad casi agradecida, como si esa conclusión fuera un paso necesario.

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    —Puede sonar así —admitió—. A mí me lo pareció durante mucho tiempo. Sentía que todo perdía importancia cuando lo comparaba con algo tan inmenso. Pero luego entendí algo distinto.

    Se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre la mesa, acercándose a ella como si compartiera un secreto.

    —Precisamente porque somos breves, cada cosa importa más. El universo no siente prisa. Puede esperar millones de años para que una estrella nazca o muera. Nosotros no. Nosotros tenemos mañanas contadas, conversaciones contadas, personas que no estarán siempre. Y en esa prisa, en esa fragilidad, hay belleza.

    Lía levantó los ojos lentamente.

    —¿Belleza?

    —Sí —respondió Alden, haciendo un gesto amplio con la mano, abarcando la cocina, la cabaña, el jardín que despertaba—. La belleza de saber que esto no se repite. Que cada desayuno, cada pregunta, cada silencio compartido es único precisamente porque no dura. Por eso miramos, preguntamos, recordamos. Porque no tenemos tiempo infinito.

    La niña guardó silencio. Afuera, un pájaro rompió la quietud con un canto breve y algo inseguro, como si también él estuviera probando el día.

    —Entonces… —dijo Lía despacio—, ¿por eso miras el cielo todas las noches?

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    Alden cerró los ojos un instante antes de responder, dejando que la pregunta se asentara en su pecho.

    —Sí —dijo al fin—. Porque es viejo y joven al mismo tiempo. Porque me recuerda lo pequeño que soy… y lo extraño, lo improbable, que es que estemos aquí justo ahora, haciendo estas preguntas, en este punto exacto del tiempo.

    Lía sonrió de lado, como si la idea le gustara, aunque no terminara de entenderla del todo, y Alden pensó que no hacía falta entenderla aún. Bastaba con que hubiera quedado sembrada, esperando su momento.

    —Cuando sea grande —dijo—, quiero mirar el cielo así. No solo para ver estrellas.

    El silencio se acomodó entre ambos como algo natural, sin peso, sin la incomodidad que suele acompañar a las pausas forzadas. Lía balanceaba despacio las piernas, rozando la tierra con la punta de los zapatos, mientras Alden apoyaba las manos sobre la corteza áspera del roble, sintiendo bajo los dedos una vida lenta y persistente que no necesitaba comprender para seguir creciendo.

    —Cuando dices que el universo aprende —murmuró ella al cabo de un rato—, ¿quieres decir que se equivoca?

    Alden giró apenas la cabeza hacia ella, sorprendido por la precisión inesperada de la pregunta, por la forma en que había logrado tocar algo esencial sin rodeos ni adornos. Durante

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