Noches de superluna
Por Loren Ysella
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«Una silueta tenebrosa se adivinaba entre las lápidas del cementerio. Era una figura encorvada, de aspecto deforme. La luz de la luna llena era intensa, pero su brillo mortecino engañaba la vista. La noche protegía al intruso, escondiendo su rostro entre las tinieblas. ¿Era un hombre? ¿Una mujer? ¿Una bestia?».
Un ladrón de cadáveres acecha las calles de la ciudad.
Entre cementerios y shows musicales, Tiago y Ángel se unen a regañadientes para investigarlo y descubren que no son tan diferentes como creían. Aprenderán de lealtad y acordes, y bajo la luz de la luna llena ambos se verán como realmente son.
Noches de superluna es una novela de fantasía urbana con romance LGBTQ+, pero también de aventuras, amistad y la búsqueda de la identidad.
Loren Ysella maneja con maestría y poesía el desarrollo de dos jóvenes que, buscando respuestas, se encuentran a sí mismos.
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Noches de superluna - Loren Ysella
NOCHES DE SUPERLUNA
Página de legales
Noches de superluna
© del texto: Loren Ysella, 2025
© de la ilustración: Vanette Kosman y Santiago Rosas, 2025
Derechos exclusivos de edición reservados para Uruguay:
© 2025, Editorial Planeta S.A.
Ejido 1275 oficina 408, Montevideo – Uruguay
1.ª edición: noviembre de 2025
ISBN: 978-9915-700-95-3
Diseño: Camila Gómez García
1.ª edición digital: diciembre de 2025
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto 451
De acuerdo con el artículo 15 de la Ley N.º 17616: «El que edite, venda, reproduzca o hiciere reproducir por cualquier medio o instrumento —total o parcialmente—; distribuya; almacene con miras a la distribución al público, o ponga a disposición del mismo en cualquier forma o medio, con ánimo de lucro o de causar un perjuicio injustificado, una obra inédita o publicada, una interpretación, un fonograma o emisión, sin la autorización escrita de sus respectivos titulares o causahabientes a cualquier título, o se la atribuyere para sí o a persona distinta del respectivo titular, contraviniendo en cualquier forma lo dispuesto en la presente ley, será castigado con pena de tres meses de prisión a tres años de penitenciaría», por lo que el editor se reserva el derecho de denunciar ante la justicia penal competente toda forma de reproducción ilícita. Queda expresamente prohibida la utilización o reproducción de este libro o de cualquiera de sus partes con el propósito de entrenar o alimentar sistemas o tecnologías de inteligencia artificial.
NOCHES DE SUPERLUNA
LOREN YSELLA
AKA CARNAVALDEMONSTRUOS
Índice de contenido
1.Temporada de luna llena
2.Un ángel malhumorado
3.La llave de la puerta prohibida
4.La guarida de los secretos
5.Noche de lunáticos
6.El club de los noctámbulos
7.El portal hacia la noche eterna
8.Quimera
9.Bajo la máscara de la bestia
10.Medicina para monstruos
11.Introducción a la licantropía
12.Culpar a la luna
13.Mapa para navegar la noche
14.A la luz de los fuegos fatuos
15.Delirios de lobo
16.El concilio de los alunados
17.Mientras el lobo no está
18.Canción de luna
19.Encuentros en el interlunio
20.Alerta de superluna
21.Un rastro de luna
22.Lobo, ¿estás?
23.Luna de miel
24.Selenofobia
25.La luna de las noches largas
26.El séptimo hijo
27.Lecciones actualizadas de licantropía
28.El ladrón de cadáveres
29.El legado de Hécate
30.Superluna de fuego
31.La más nueva de todas las lunas
EPÍLOGO
Agradecimientos
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Puntos de referencia
Portada
Portadilla
Legales
Tabla de contenidos
Tú te hundías en mí como en un mar
florecido de luna.
En mis aguas dormidas se perdía
tu grave forma oscura.
IDEA VILARIÑO
1.
Temporada de luna llena
Una silueta tenebrosa se adivinaba entre las lápidas del cementerio. Era una figura encorvada, de aspecto deforme. La luz de la luna llena era intensa, pero su brillo mortecino engañaba la vista. La noche protegía al intruso, escondiendo su rostro entre las tinieblas. ¿Era un hombre? ¿Una mujer? ¿Una bestia?
El sonido de un carraspeo se impuso por sobre el podcast que sonaba de fondo e hizo que Tiago se quitara los auriculares y dejara a un lado el lápiz y el papel. Llevaba un buen tiempo con el mismo dibujo, desde que las noticias comenzaron a hablar acerca de un ladrón de cadáveres que azotaba la ciudad y de las grotescas huellas que dejaba tras de sí. No podía decidir qué tipo de rostro darle a su monstruo, pero eso tendría que esperar hasta que atendiera al nuevo huésped.
Levantó la vista y se encontró con un chico cuyo aspecto ojeroso le hizo dar un respingo. Su mirada era dura, aunque el color de sus ojos era suave como la miel y hacía juego con el de su pelo lacio. Debía rondar los veinte años, igual que él, pero hasta ahí llegaban las semejanzas: la piel del recién llegado era pálida, los rasgos delicados, y un cerquillo demasiado largo le caía desordenado sobre su frente sudorosa. Tiago no podía criticarle eso, él mismo llevaba quién sabe cuánto sin pisar una peluquería, tanto que tenía que usar una colita para que los mechones sueltos no le obstruyeran la visión cuando dibujaba.
—¿Estás bien? —fue lo primero que atinó a preguntarle al chico de las ojeras.
Él, que nunca había visto un fantasma —a pesar de que ganas no le faltaban y tenía un cementerio a pocas cuadras—, hubiera estado dispuesto a creer que aquel chico era un visitante del más allá, pero se veía demasiado sólido como para ser una aparición espectral.
Trabajar en aquella pensión, en la que también vivía, lo había acostumbrado a la exótica fauna que frecuentaba los alrededores y a sus más que flexibles reglas, adaptadas a la medida de cada huésped. Aun así, este le llamaba la atención en más de un sentido. Por alguna razón, su presencia le hacía picar algo por dentro, en algún lugar intangible donde era imposible rascarse.
—Solo quiero un cuarto —murmuró el recién llegado con voz pastosa, y se apoyó en el mostrador como si le costara mantenerse en pie por sí mismo.
La brisa de la nochecita entró a través de la puerta entreabierta y, por un momento, pareció que lo haría caer. Tiago se puso de pie, dispuesto a sostenerlo si era necesario. Tenía práctica gracias a los huéspedes borrachos con los que debía lidiar cada tanto, aunque este caso era distinto. El chico se veía enfermo. Más que un cuarto, parecía hacerle falta un médico.
—¿Necesitás que llame a alguien?
—¡No! —exclamó el joven, al tiempo que dejaba escapar una especie de gruñido de frustración—. ¿Hay o no lugar?
Tiago se tomó unos momentos para responder, mientras decidía si ser sincero o no. ¿Valía la pena? La intuición le decía que podría terminar causándole problemas. Por otra parte, la curiosidad lo carcomía. En el tenso silencio que siguió, los dos se evaluaron mutuamente cual si fueran pistoleros en un duelo. ¿Por qué las noches de luna llena tenían que ser tan complicadas?
—El 13 está libre —dijo finalmente Tiago, con un suspiro. La realidad era que casi siempre estaba vacío, el número influía en su falta de popularidad. La gente solía decir que no era supersticiosa, pero si tenía la opción de evitar esa habitación, lo hacía.
Ese cuarto estaba justo frente al suyo, aunque era más pequeño y tenía una cama de una sola plaza; al contrario del de Tiago, que estaba pensado para una pareja, pese a que él estaba más solo que el uno.
Al chico nuevo no pareció importarle el tema del número. Solo asintió, resoplando. Tampoco le interesaba el precio, más que para poder pagar varias noches por adelantado con una bola de billetes arrugados que dejó sobre el mostrador.
—¿A nombre de quién? —preguntó Tiago entre dientes, sin poder ocultar la incomodidad que el otro le generaba.
—Ángel. —Y le mostró su cédula.
Tiago anotó la información en el registro de huéspedes, haciendo su mejor esfuerzo por no poner caras. El nombre iba bien con su apariencia —bastante agradable, si se sinceraba—, pero no con su actitud, a no ser que lo hubieran expulsado del cielo por mala conducta y se hubiera caído en algún descampado a las afueras de Montevideo. Eso explicaría el aspecto desmejorado y la ropa arrugada.
Ángel balbuceó algo que podía ser tanto un agradecimiento como una maldición, tomó la llave y desapareció en la oscuridad del pasillo que se adentraba en la casona y conducía a las habitaciones. La suya estaba al fondo.
Resoplando, Tiago volvió a ponerse los auriculares y regresó a su dibujo. A esa hora no solía haber mucho movimiento; el mate y el podcast que escuchaba eran su única compañía, y lo ayudaban a no sentirse tan solo. Había llegado el año anterior a la capital, y vivía allí gracias a que la dueña de la pensión era una vieja amiga de su madre. Por desgracia, él no tenía la misma facilidad para hacer amigos que ella, así que debía conformarse con lo que tenía al alcance de la mano, aunque eso fuera la voz grave de la conductora del podcast, que se hacía llamar Raisa.
—Después de unas semanas de ausencia, el ladrón de cadáveres ha vuelto a atacar. —La voz de Raisa resonó en sus oídos—. Los rumores dicen que esto no es obra de un ser humano normal.
—¿Qué es ahora? —preguntó Tiago, riendo para sus adentros.
Raisa tenía una tendencia a exagerar, pero eso era parte de lo que hacía divertido escucharla hablar sobre sus inusuales teorías acerca de ciertos casos sin resolver. Por ejemplo, la de que el robo de un meteorito que estaba en exhibición en una escuela había sido llevado a cabo por un agente extraterrestre, o cuando mencionaron los reportes de avistamientos de vampiros durante la Noche de los Museos. Aparentemente, los vampiros apreciaban el arte.
La existencia de sirenas, hombres lobo, hadas y otros seres de leyendas era posible de acuerdo a ella. Tal vez convivían con los humanos, decía, aunque eran pocas las veces en que se dejaban ver.
—Esta vez —continuó Raisa, como en respuesta a Tiago—, se trata de algo distinto. El nuevo ataque no fue en un cementerio, que el mes anterior le tocó al del Buceo, sino en la Facultad de Medicina, donde fueron profanados dos cadáveres. Mi investigación continúa y también ustedes pueden participar en ella. ¡Si se topan con algún dato que ayude, no duden en escribirme! Capaz que no pueda responderles enseguida porque voy a estar unos días ausente, pero en cuanto vuelva los voy a leer todos.
Tiago comenzó un nuevo boceto, a medida que Raisa describía la morgue, con sus paredes blanquecinas, heladeras sobre las que había partes de cuerpos, un cadáver incompleto encima de una mesa metálica. Una huella de sangre en el suelo conducía hacia una esquina sombría, y desde allí, una mano huesuda se asomaba…
—¡Uy, tremendo dibujo! —interrumpió una voz animada.
Tiago alzó apenas la cabeza y vio la enorme sonrisa de una de las residentes más nuevas, que vivía en la habitación pegada a la suya. Su nombre era Belén y la guitarra que solía cargar al hombro la volvía memorable, junto con el cerquillo tupido y recto que enmarcaba su rostro moreno. Aunque la conocía hacía poco tiempo, era suficiente para saber que venía a pedirle un favor relacionado con su emprendimiento de manicura o con su banda de rock, que acumulaba más fracasos que su historial amoroso.
—¿En qué te puedo ayudar? —preguntó Tiago, con cierta reticencia.
—¿Puedo dejar este anuncio en la cartelera? —Belén levantó la fotocopia de un póster casero, tan triste y mal hecho como todos los que solían usar para promocionarse—. Estamos buscando a un nuevo bajista.
Tiago esperaba que su música fuera mejor que sus habilidades de diseño de cartelería, porque si estaban a la par, no quería escucharlos. La dificultad que tenían para mantener miembros tampoco hablaba muy bien de ellos.
—¿Otra vez?
—Sí, el que habíamos conseguido avisó que esta noche va a ser la última vez que toque con nosotros —dijo Belén por lo bajo, como si tuviera la esperanza de que Tiago no la escuchara.
—¿Por qué?
Belén resopló.
—Dijo que tenía una mejor propuesta y no sé qué más boludeces. En fin. ¿Vos no tendrás idea de música, por las dudas?
—Casi nada —respondió Tiago. Sus pocas nociones de guitarra no contaban. Además, no tenía interés en unirse a ninguna banda, y mucho menos una tan desorganizada como esa.
—Casi nada es mejor que nada. Podemos enseñarte y todo eso. ¿No te gustaría probar?
Aunque tratara de sonar casual, el tono suplicante de su voz transmitía una urgencia que hizo que Tiago se sintiera acorralado por las palabras.
—¿Tan desesperados están?
Belén dijo que no con la cabeza y se rio. De haber estado en un cuento de hadas, le habría crecido la nariz. Luego hizo un gesto con la mano como para desechar la pregunta y despejar la incomodidad que espesaba el aire.
—Ni ahí, es que buscamos nuevos talentos, y a vos claramente te gusta el arte, ¿no? ¿Qué andás dibujando? —preguntó, mientras se inclinaba hacia adelante para ver mejor.
—Nada, es por la noticia de los robos en la Facultad de Medicina…
—¡Uy, sí! De hecho, la persona que toca la batería en la banda estudia ahí y nos contó algo. Re loco.
Por primera vez desde el inicio de la conversación, Tiago irguió la espalda y levantó la cabeza. Belén pareció darse cuenta, porque una chispa de ilusión encendió sus ojos.
—¿Qué les contó?
La sonrisa de Belén regresó del más allá con una energía renovada. El interés de Tiago ponía la pelota de su lado de la cancha.
—¿Entonces sí puedo poner el cartel?
—Obvio.
Sin darle tiempo a que se arrepintiera, ella fue hacia la cartelera y empezó a hacer espacio entre otros afiches —que ofrecían desde fletes a un tour bajo la luna llena por el Cementerio Central— para colocar el suyo, y lo hizo justo entre el que promocionaba el tour y su emprendimiento de manicura. La banda se llamaba Hijos del Vidriero. Tenía sentido que nadie fuera a verlos.
—Dice que el ladrón no se llevó un cadáver completo, sino que se llevó partes de distintos cuerpos —explicó Belén—. Faltan manos, pies, orejas, ese tipo de cosas chicas. Nadie sabe cómo se metió, pero dejó tremendo lío. Lo más raro es que había huellas de un animal que no tienen idea de cuál podría ser.
Aquella información confirmaba la versión de Raisa, con el jugoso agregado del animal desconocido. Tiago se detuvo un momento a visualizar la escena: la imagen del monstruo ocultándose entre las sombras de la morgue para tomar un brazo de aquí y una pierna de allá, hasta lograr la selección de miembros de la más alta calidad posible. Luego, lo imaginó de vuelta en su guarida, lamentándose por alguna mano que se le hubiera perdido por el camino.
—Interesante —dijo Tiago—. ¿Qué más comentó?
—No sé, pero si te interesa el tema, capaz que podés venir a vernos y le preguntás —propuso Belén.
Sin querer sonar tan desesperado como ellos estaban por conseguir un bajista, Tiago le dijo que lo pensaría.
Una vez que volvió a quedar a solas, usó la nueva información para añadir detalles a su dibujo. A la mano le agregó garras y a las pisadas sangrientas del suelo les dio una forma monstruosa. Se fue a dormir con la cabeza llena de imágenes tétricas, sin saber que, cuando despertara, estaría más cerca de conocer la verdad de lo que nunca había imaginado.
2.
Un ángel malhumorado
Esa noche soñó que iba a un toque de la banda de Belén. Era en un pequeño pub iluminado por una luz cremosa, tan lánguida que le hacía forzar la vista. Tenía una cualidad similar al fulgor de la luna. La música sonaba desafinada.
Los pies de Tiago se hundieron en el suelo y, al mirar abajo, entendió que era porque este era de tierra. Lo segundo que notó del piso fue que de él surgía el brillo pálido de lo que parecían ser fuegos fatuos. ¿Cómo es que nadie más lo notaba?
Incómodo, buscó alguna cara familiar entre la gente del público y, de reojo, captó la presencia de Ángel, el nuevo huésped, que desvió la vista al sentirse descubierto, con la misma expresión de asco de antes. ¿O sea que ni en sueños podía ser simpático?
Los otros asistentes no eran mucho mejores. Parecían almas perdidas, cada una en su mundo privado. A Tiago le pareció que alguno tenía un ojo de más o algún miembro que no correspondía del todo con la raza humana. ¿Acaso a aquella chica le salía una cola de león? ¿Y los dientes de aquel joven eran afilados? Era tan difícil ver con claridad que no podía estar seguro.
Empezaba a creer que era el único humano, aparte de Ángel. La certeza pasó a convertirse en alarma cuando vio por el rabillo del ojo una sombra deforme, cuyas manos terminaban en garras. Era la figura sin cara de su dibujo, en busca de alguna víctima desprevenida entre el público, e iba en dirección a Ángel, cuyo pelo castaño claro se veía casi rubio bajo la extraña luz del lugar.
—¡Ángel! —exclamó Tiago, mientras intentaba correr hacia él. No iba a dejar que se lo comieran así como así, por más mala onda que fuera. ¿Qué tal si era un ángel real y luego le pasaban factura?
El Ángel onírico se dio vuelta al escucharlo, solo para ser tapado por un grupo de personas que se movían al ritmo de la música. Pronto, Tiago perdió de vista a Ángel y al monstruo. Atrapado en la muchedumbre, trató de apartar sin éxito a la gente que se le atravesaba, un muro vivo imposible de derribar. Del otro lado comenzaron a llegarle gritos ahogados y gruñidos que se confundían con el rock que sonaba de fondo. ¿Era demasiado tarde? Alguien jadeaba, como si el aire se le atascara en la garganta.
El sonido, rasposo y desesperado, se volvió tan intenso que despertó a Tiago, quien entendió que su origen estaba más allá de su inconsciente. Era un ruido concreto que provenía de la calle, como cuando la voz de una sirena en un sueño resulta ser una canción en el mundo real.
Una luz tenue se colaba entre las cortinas anunciando el amanecer. Tiago no estaba en ninguna fiesta visitada por criaturas extrañas, sino en su cuarto. El jadeo de su sueño era en realidad la tos de alguien que pasaba por la vereda. Intentó volver a dormir, pero fue interrumpido por el inconfundible estrépito de un vómito que hizo que se le revolviera el estómago. Lo primero que pensó era que tenía que ser algún borracho que anduviera en la vuelta luego de una larga noche de aventuras. Lo que lo confundió fue escuchar unos pasos que se acercaban a través del pasillo poco después, y la puerta de la habitación de Ángel que se abría y se cerraba con cuidado.
Tiago se sentó en la cama y prestó atención. Era Ángel, sí. Tenía que haber salido en algún momento de la noche. Lo escuchó toser un par de veces más. Intentó decirse a sí mismo que ese no era su problema, pero cuando se dio cuenta ya había salido de la habitación y estaba listo para tocar la puerta número trece.
—¿Ángel? ¿Todo bien? —preguntó.
Del otro lado hubo silencio.
—Si no contestás, voy a entrar. Si te morís en este cuarto, va a ser malo para el negocio —agregó.
La amenaza surtió efecto. La puerta se entreabrió con un chirrido. Los rasgos de Ángel eran apenas visibles entre las sombras y su voz sonó áspera cuando habló:
—Estoy bien.
—¿Te ayudo en algo? —preguntó Tiago.
—Nada, ya te dije. Quiero estar tranquilo. Por favor.
Aquello era una súplica, suficiente para hacer que Tiago se avergonzara de su intromisión. Contrariado, decidió respetar los deseos de Ángel, pero se prometió a sí mismo que se mantendría vigilante. Algo no le cerraba.
Afuera, el sol comenzaba a asomarse. Demasiado despejado para volver a acostarse, fue hacia la entrada con un balde de agua con jabón en mano para limpiar la vereda. Un horrible olor le dio la bienvenida. Tal como sospechaba, no muy lejos lo esperaba un charco de vómito, una explosión nauseabunda que se abría en pequeñas vertientes inmundas a través de las ranuras de las baldosas. Tiago aguantó la respiración y empezó a vaciar el recipiente sobre él, apuntando a un desagüe que esperaba se tragara la evidencia del pequeño desastre.
—¡Qué asco, cuidado! —exclamó una voz familiar, unos metros más adelante.
Belén hacía piruetas para evitar el agua sucia que se había desviado del camino y corría en su dirección. Parecía una marioneta gótica manejada por un titiritero desquiciado, y la guitarra que cargaba no le ayudaba a balancearse. Los collares que llevaba puestos tintinearon con el movimiento.
—¡Uy, perdón!
—Parece joda, lo último que me faltaba para completar la noche —dijo ella de mala gana, mientras avanzaba en puntas de pie por las baldosas secas hasta llegar al otro lado.
—¿Tan mala fue? —Tiago volcó lo que quedaba del agua sobre la vereda al tiempo que le echaba un vistazo a su maquillaje corrido,
