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Cuando el tiempo nos alcance
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Cuando el tiempo nos alcance

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Cuando el tiempo nos alcance es una historia de amores imposibles, lealtades familiares y segundas oportunidades. La trama sigue a Leonardo y Celeste, en la Lima de los años 80, y mediados de los 90, Celeste tiene todo "arreglado": un compromiso con Alan, el hombre que su familia aprueba, y un futuro en Estados Unidos. Pero entre tardes de ensayos teatrales, pichangas en la calle y fiestas de barrio, reaparece Leonardo, el amigo de infancia que nunca dejó de hacerla reír… y de mirarla como nadie más. Cartas escondidas, besos robados y conversaciones bajo las estrellas pondrán en riesgo no solo su compromiso, sino la paz de toda la familia. Entre la presión social y el deseo de seguir su corazón, Celeste deberá decidir si se atreve a romper las reglas antes de que el tiempo les pase factura Una historia de amor, rebeldía y segundas oportunidades, con la Lima ochentera como telón de fondo

IdiomaEspañol
EditorialFernando Ostolaza
Fecha de lanzamiento7 oct 2025
ISBN9798231355044
Cuando el tiempo nos alcance
Autor

Fernando Ostolaza

Fernando Ostolaza nació en Chiclayo, Perú y a los tres años emigró junto con su familia a la ciudad de Lima, donde transcurrió toda su infancia. Creció en el barrio de Salamanca, en un entorno popular y dinámico que marcó profundamente sus primeros años de vida. Realizó sus estudios escolares en el Colegio San Agustín de la avenida Javier Prado, institución de la que egresó en 1983, formando parte de una generación que combinó valores humanistas con una sólida preparación académica. Impulsado por su interés en la tecnología y los sistemas eléctricos, continuó su formación en el instituto tecnológico TECSUP, donde culminó en 1992 la carrera de Electrotecnia Industrial.   En 1996 emigró a los Estados Unidos, país donde reside actualmente y desde el cual ha continuado desarrollando su vida personal y profesional.

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    Cuando el tiempo nos alcance - Fernando Ostolaza

    A ti, mi compañera de vida

    Por enseñarme que el amor verdadero es el mejor de los relatos

    Por ser mi refugio, mi fuerza y mi inspiración constante

    Porque estuviste en los días claros y en los días más grises de mi vida

    siempre a mi lado, siempre iluminando mi camino

    Este libro existe porque tú existes

    Porque tú me elegiste

    Este libro es tan tuyo como mío

    Prologo

    El tiempo nunca pasa en vano. A veces parece que se disuelve entre rutinas, pero de pronto nos sorprende con recuerdos que creíamos olvidados: una canción en la radio, una calle recorrida mil veces, una voz que ya no está. Así es como vuelven Celeste y Leonardo, no como personajes inventados, sino como reflejos de una vida marcada por encuentros, despedidas y reencuentros que dejaron cicatrices y también ternuras.

    Este libro es, en esencia, una confesión: el intento de atrapar aquello que el tiempo quiso borrar y que, sin embargo, permanece intacto en la memoria. Son las madrugadas de conversaciones infinitas, las primeras fiestas en salas improvisadas, los viajes que cambiaron destinos, los silencios que hablaron más que las palabras. Es el retrato de dos almas que, sin proponérselo, se buscaron una y otra vez entre las calles de Lima y los horizontes lejanos de otras ciudades.

    Celeste y Leonardo representan más que un romance; encarnan la nostalgia de toda una generación que aprendió a amar con miedo y esperanza al mismo tiempo, que construyó sueños en medio de la incertidumbre. Sus historias, tejidas con la fragilidad de lo cotidiano, son también las nuestras: las de quienes alguna vez creyeron que el amor podía desafiar la distancia, el tiempo y hasta la propia vida.

    Cuando el tiempo nos alcance es, entonces, una memoria compartida. Escribirlo ha sido volver a mirar hacia atrás, reconocer que nada se pierde del todo, que cada instante vivido se queda guardado en algún rincón del alma. Y que, al evocarlos, quizá encontremos la respuesta a lo que siempre nos hemos preguntado: ¿qué hubiera pasado si el tiempo no nos hubiera alcanzado?, ¿qué habría pasado si hubiéramos tomado aquella otra decisión? ¿Acaso estaríamos viviendo hoy en ese mundo paralelo que nunca conocimos?

    Este libro es una invitación a recorrer esas memorias, a viajar entre lo que fue y lo que pudo ser, y a descubrir en cada página un reflejo de lo que también habita en ti.

    Contenido

    5.  La Cuadra

    14.  EL Antes y el después

    22.  El Club Punk

    35.  La Fiesta de Promoción

    46.  El Matrimonio

    54.  Leonardo

    62.  La Destartalada

    73.  OST Luces para Fiestas

    92.  El TECSUP

    99.  Miami

    106.  Celeste

    119.  New York

    126.  El Apagón

    135.  Un Mundo Paralelo

    143.  Service Merchandise

    150.  La Maltería

    156.  Tampa

    166.  El Éxodo

    172.  La Llamada

    181.  El Encuentro

    193.  Halloween

    198.  La Crisis

    205.  El Tiempo

    210.  Nota del autor

    La Cuadra

    Para quienes nacieron a mediados de los 60 y a comienzos de los 70, la década de los 80’s quedó tatuada en la memoria como una época dorada. Fue la era en que el rock en Latinoamérica respiraba con voz propia; el rock en inglés dominaba radios y cassetts, pero fue el rock en español —gestado, sobre todo, en Argentina y Chile— el que encendió una chispa generacional que aún hoy se recuerda con melancolía.

    Para Leonardo, sin embargo, esos años no fueron solo Soda Stereo y guitarras distorsionadas. Los ochenta comenzaron para él con un sacudón profundo: su padre murió en el 82 en un accidente de auto una tarde cualquiera saliendo de la empresa donde era un director respetado. Aunque hacía tiempo que sus padres habían tomado caminos distintos, la ausencia de ese padre severo y autoritario, pero proveedor dejó un hueco difícil de llenar. Aun así, su madre conservó un pasar económico decente debido a sus inagotables ansias de proveer a sus hijos.

    Leonardo creció en un barrio de clase media, rodeado de casas residenciales, a muy cerca de urbanizaciones de clase alta como San Borja, San Isidro y Camacho.

    San Luis era una urbanización sin casas de lujo, pero rodeada de parques y supermercados donde se podía vivir decentemente sin necesidad de mucho. 

    Aún no era la urbanización repleta de edificios, comercios y tráfico que se vería décadas más tarde. A inicios de los años ochenta, sus tres vías principales —la avenida Canadá, la avenida San Luis, La Rosa Toro e incluso la calle paralela a la avenida Circunvalación— conservaban un aire apacible, con casas de dos plantas, habitadas por familias jóvenes que buscaban un espacio propio lejos del bullicio del centro.

    Al frente, Salamanca aparecía como otra urbanización similar, aunque con un punto de referencia ineludible: el centro comercial TODOS, donde la mayoría de los vecinos hacía sus compras. Junto a él se levantaba un colegio mixto, al que acudían muchos de los hijos de las familias de San Luis y Salamanca, reforzando así los lazos entre ambos barrios.

    La Av. Circunvalación se sentía como una avenida recién trazada en el mapa limeño, todavía fresca y en crecimiento. No tenía el bullicio frenético de hoy; era más bien un corredor amplio, sin muchos autos, micros ni buses, pensado como escape para quienes buscaban conectar la Carretera Central con la Javier Prado o continuar hacia el sur, rumbo a las playas. 

    De trecho en trecho, empezaban a asomar tímidas urbanizaciones en San Luis, Surco y La Molina, aún en pañales frente al monstruo urbano que vendría después.

    El tránsito era ligero, aunque ya se notaba su destino: ser refugio de camiones pesados que querían esquivar el caos del centro. La avenida era un espacio intermedio, mitad ciudad, mitad campo, testigo silencioso de una Lima que crecía sin pausa, empujada por la necesidad de abrirse camino hacia el futuro.

    El viaje hasta San Luis, desde Miraflores o San Isidro, no era corto. El tránsito de la avenida Javier Prado hacía sentir que San Luis quedaba fuera de Lima, casi como una excursión. Pero llegar tenía su recompensa: silencio, aire limpio y calles donde todavía se podía jugar fulbito en medio de las calles sin temor a los autos. Esa tranquilidad era parte esencial de su encanto.

    Los pocos centros de abastos se encontraban en Salamanca, frente a San Luis. Apenas cruzando el arco de Salamanca estaba el mercado y, casi frente a la Universidad Agraria, se levantaba el pequeño centro comercial TODOS, que ocupaba apenas una cuarta parte de la manzana. Allí se alineaban algunos negocios discretos en la parte trasera y el Banco de la Nación, que servía como punto de referencia ineludible.

    Encima del TODOS, como un eco de otro tiempo, permanecía un cine ya abandonado; sus puertas cerradas y sus paredes ajadas despertaban la imaginación de los chicos, que se preguntaban cómo habría sido en sus años de gloria, cuando aún proyectaba películas y convocaba a familias enteras.

    Detrás del TODOS se extendía un parque amplio, con áreas verdes —no tan verdes, en verdad— y un tanto descuidadas, que a primera vista no prometían demasiado. Sin embargo, para los vecinos, y, sobre todo para los niños, era un refugio entrañable: allí se improvisaban partidos de béisbol con bates de madera astillados, se acumulaban las primeras cicatrices de las caídas en bicicleta y se sobre todo se prolongaban las conversaciones interminables de los colegiales al salir de clases, justo cuando la tarde comenzaba a teñirse de naranja.

    Cruzar la Circunvalación en los ochenta no era la odisea que resulta hoy. La avenida, amplia y todavía joven, no conocía de rejas interminables ni de puentes peatonales que disciplinaran el paso. Era un espacio abierto, casi ingenuo, donde el peatón se atrevía a medir fuerzas con el asfalto sin demasiada conciencia del peligro.

    Los muchachos del barrio cruzaban sin miedo, corriendo entre los camiones y micros que aparecían a lo lejos, como si el riesgo de ser atropellados no existiera. Para ellos, la avenida era solo una pista más en medio de terrenos baldíos y fábricas dispersas, un tramo que se atravesaba con ligereza, con la misma naturalidad con la que se pasaba de una calle a otra dentro del barrio.

    A mediados de los setenta, los padres de Leonardo habían logrado asegurar una renta en aquel vecindario frente a un parque de San Luis, muy cerca de Salamanca. Ese parque fue el primer escenario de juegos de Leonardo y Renato en la zona, incluso antes de conocer a los amigos del barrio. En las tardes correteaban allí, persiguiéndose entre los árboles e inventando historias que solo ellos entendían.

    Cada cierto tiempo, el parque de Salamanca —el que quedaba a espaldas del TODOS— se transformaba por completo. Llegaban circos y compañías de juegos mecánicos que, durante unas semanas, llenaban de luces, música y gritos de emoción a todo el vecindario.

    Fue en esos días cuando Leonardo descubrió su destreza con las manos: cruzaba la Circunvalación y corría a ayudar a los trabajadores del circo, cargando maderas, ajustando tornillos, jalando cables eléctricos o tendiendo lonas, siempre con la esperanza de que lo dejaran subir gratis a la montaña rusa, a los carros chocones o a la rueda de la fortuna. Y casi siempre lo conseguía.

    Entre la rutina apacible de las calles de San Luis y la irrupción mágica de esos circos en Salamanca, Leonardo aprendió algo más que a divertirse: entendió el valor de ganarse las cosas, de ser ingenioso, de abrirse paso en un mundo que apenas comenzaba a desplegarse ante él.

    San Luis, con sus calles tranquilas y casas de dos pisos, y Salamanca, con sus lotes vacíos y su parque polvoriento, eran mucho más que un par de barrios en crecimiento; eran el terreno fértil donde se moldeaba la personalidad inquieta y soñadora que marcaría su destino.

    En aquellos años, la avenida Javier Prado no era aún el monstruo de asfalto que hoy devora horas y paciencia. Era apenas una vía de dos carriles que se extendía recta y silenciosa hacia el este, recorrida por unos cuantos autos y por los buses que, sin apuro, conectaban Magdalena y San Isidro con los nuevos barrios que asomaban en La Molina. No existían todavía las interminables filas de combis que ahora rugen y se empujan por cada espacio, ni el océano de cláxones que acompaña la vida diaria de quienes la transitan.

    Atravesarla era casi un viaje hacia otro mundo. A medida que uno dejaba atrás San Borja y San Isidro, el paisaje se abría en casas bajas, terrenos sin cercar y extensiones de tierra que parecían esperar resignadas a que el cemento las reclamara. Ir rumbo a La Molina era una aventura que daba la sensación de estar saliendo de Lima, como si la ciudad acabara allí y comenzara un nuevo territorio aún en gestación.

    Con los años, todo cambió. Las urbanizaciones florecieron, las casas de dos pisos se transformaron en edificios, y los colegios y universidades levantaron muros y rejas donde antes solo había tierra. Aquella avenida sencilla, que parecía bastar para los pocos que la recorrían, se convirtió en una vía rápida —rápida solo de nombre—, saturada de autos que ya no fluyen, sino que se arrastran entre semáforos interminables y embotellamientos que parecen no tener fin.

    Lo que en otro tiempo fue un camino despejado hacia las afueras, hoy es reflejo del crecimiento desordenado de Lima: una autopista que prometía velocidad y modernidad, pero que acabó convertida en símbolo de tráfico, caos y resignación.

    San Luis era entonces un barrio emergente, un proyecto en formación que crecía a paso firme en las afueras de la ciudad. Los padres de Leonardo, como ya se mencionó, habían logrado alquilar allí una casa de dos pisos con cuatro dormitorios y espacio suficiente para soñar con un futuro mejor.

    La propiedad pertenecía a un hacendado llamado Calatayud, residente en Pucallpa, quien la arrendaba a la familia por la nada despreciable suma de quinientos soles mensuales. En esa época, la cifra era significativa, aunque la inflación y los sucesivos cambios de moneda terminaron reduciéndola a una fracción ínfima.

    Primero, en 1985, el gobierno de Alan García reemplazó mil soles por un inti. Luego, en 1991, los llamados paquetazos de Alberto Fujimori transformaron un millón de intis en un solo Nuevo Sol. Aquellos quinientos soles originales equivalían, en la nueva moneda, a apenas 0.0000005 Nuevos Soles —una cantidad absurda, moneda que ni siquiera existía—.

    Sin embargo, la madre de Leonardo, consciente de la dignidad de cumplir con lo pactado, nunca dejó de pagar. Como no lograba contactar al dueño —en tiempos donde las cartas tardaban meses y rara vez obtenían respuesta— decidió por su cuenta actualizar el monto y, durante años, depositó el equivalente a cincuenta Nuevos Soles. 

    Muchos años después se enteraría de que el señor Calatayud había fallecido tiempo atrás y que ninguno de sus herederos se había acercado a reclamar la propiedad. Aun así, siguió cumpliendo con el pago.

    En esa casa, ya divorciada, la madre de Leonardo se las ingenió para sacar adelante a sus dos hijos pequeños. Primero abrió un pequeño restaurante en el carpor, ayudada por su hijo mayor, Álvaro, y por Shanita, su novia de entonces y futura esposa, madre de sus dos hijos.

    Más tarde, cuando el negocio cerró, alquiló el mismo espacio a Eugenio y María, una pareja de jóvenes que trabajaban con carritos ambulantes. Cada noche guardaban allí sus carritos y, al amanecer, los llevaban a la Av. Rosa Toro para vender sus productos. Gracias a ese ingreso extra, la economía familiar resistía.

    Tras la muerte de su esposo, la madre de Leonardo retomó el proyecto que ambos habían iniciado: construir en el terreno que habían comprado juntos en Las Gardenias. A finales de los años ochenta, quizá en 1988 o 1989, con esfuerzo y perseverancia, levantó un pequeño chalet que se convirtió en símbolo de su fortaleza.

    Cuando la obra estuvo lista, la familia no dudó: ese sería su nuevo hogar. Con la mudanza empezó una etapa distinta, marcada por la ausencia del padre, pero también por la firmeza de la madre para mantenerlos unidos.

    Después de más de dos décadas en San Luis, Leonardo y su hermano Renato se despidieron de su terruño, aunque jamás rompieron el lazo con sus entrañables amigos del barrio. Continuaron reuniéndose, unas veces en la nueva casa de Las Gardenias y otras en la cuadra que los había visto crecer, como si el tiempo se hubiera detenido. Aquella amistad, forjada entre juegos, confidencias y vivencias compartidas, se mantuvo intacta y siguió latiendo con fuerza durante décadas.

    Antes de partir, la madre, fiel a sus principios, instruyó a Eugenio y María para que siguieran depositando puntualmente los cincuenta soles y que, si algún día aparecían los herederos de Calatayud, entregaran la casa sin reclamo alguno. Con la frente en alto, la familia se trasladó a Las Gardenias, a la espalda de la Universidad Ricardo Palma, La Richi.

    Muchos años después, ya entrados los 2010, Leonardo regresó a Lima y, con nostalgia, visitó la vieja casa de su juventud. Para su sorpresa, en la esquina, casi como si el tiempo se hubiera detenido, encontró a María, aun vendiendo sus productos ambulantes.

    Leonardo se quedó mirándola un instante, incrédulo de que los años no hubieran borrado del todo aquel rostro. Se acercó despacio y la saludó con una voz entrecortada.

    Hola, María... soy Leonardo, ¿te acuerdas de nosotros?

    Ella levantó la mirada y, al reconocerlo, sus ojos brillaron con una chispa de sorpresa y cariño.

    ¡Cómo no me voy a acordar de usted, joven Leonardo! —respondió con una sonrisa cansada—. ¿Cómo está su madre?

    Leonardo bajó la mirada, tragando saliva.

    Bueno... mi viejita falleció hace ya un tiempo. Ahora vivo en Miami.

    El gesto de María se ensombreció de inmediato.

    Ay, qué pena, joven Leonardo. Yo la quería mucho a su mamita...

    Sí, lo sé —contestó él, con una leve sonrisa melancólica—. Ella también los tenía en gran aprecio. Siempre hablaba de ustedes, se preguntaba qué habría sido de sus vidas. Dígame, ¿y la casa? ¿Alguna vez vinieron a reclamarla?

    María negó con la cabeza y suspiró.

    No, joven... nunca la reclamaron. Ahí seguimos viviendo, y seguimos pagando los cincuenta soles que su madre nos pidió depositar.

    Leonardo asintió en silencio, con el corazón apretado por la lealtad y la nobleza de su madre.

    Ah... qué bien, me alegra escucharlo. ¿Y cómo está Eugenio?

    El Eugenio se fue para Madre de Dios —explicó María—. Aquí estoy sola, trabajando con mis hijos que me ayudan. Ellos tienen sus carritos de comida frente al TODOS, ahí nos ganamos la vida.

    Fue así como, casi dos décadas después, Leonardo supo la verdad: aquella casa de San Luis nunca había sido reclamada por nadie. Si su madre hubiese sido de esas personas vivas y sin escrúpulos, se habría quedado con la propiedad sin problema. Pero ella, fiel a su conciencia, la dejó en manos de quienes creyó que la cuidarían mejor. Y, por lo visto, así fue.

    María, la mujer que un día guardaba sus carritos en el garaje de la familia, ahora vivía en aquella misma casa de dos pisos y cuatro dormitorios, en la calle Ismael Frías. Una casa que, sin proponérselo, la vida le había regalado.

    Esa era San Luis de los años ochenta: un barrio joven, donde las casas aún conservaban sus acabados originales, las ventanas permanecían abiertas sin rejas que las encarcelaran y las calles eran tranquilas, sin rejas, libres todavía de la invasión de negocios que llegaría más tarde.

    Allí, entre calles silenciosas y parques incipientes, Leonardo y Renato comenzaron a vivir sus primeros años de juventud. El barrio era, al mismo tiempo, refugio y escenario. Refugio, porque las familias se conocían y se saludaban con confianza, y todavía se podía jugar fulbito en medio de la pista sin miedo a que una fila interminable de autos arruinara el partido. Escenario, porque en esas esquinas se tejían las primeras amistades, las primeras fiestas improvisadas, las primeras miradas furtivas a las chicas del barrio.

    San Luis era, para ellos, un mundo contenido: con la Carretera Central rugiendo a lo lejos y la Javier Prado aún tímida, de apenas dos carriles, la sensación era la de vivir en los márgenes de la gran ciudad, pero con la promesa de un futuro que crecía día a día. Allí, entre paredes sin rejas y calles sin comercio, los hermanos empezaban a descubrir lo que significaba ser jóvenes en un tiempo en que todo parecía estar por hacerse.

    Su mundo estaba hecho de amigos de barrio, chicos sin vicios y con sueños simples: un balón de fútbol, bicicletas y mochilas, y carpas listas para acampar en cuanto se presentara un feriado, sobre todo en la playa, donde acampar era costumbre de todo Lima por aquellos años.

    Lo esencial de aquella época de principios de los ochenta era reunirse en La Cuadra, esa esquina de asfalto que cada tarde se convertía en cancha improvisada, lugar de conspiraciones inocentes, de risas y botellas compartidas.

    Eran ocho. Ocho muchachos que, sin saberlo, se convirtieron en testigos y cómplices de la adolescencia de Leonardo y de su hermano Renato. Se reunían casi todos los días. Empezaron con el béisbol —un deporte aprendido de alguna película gringa o de alguna revista que llegaba con retraso desde el norte— y, con el tiempo, cambiaron guantes y bates por un balón que pronto se volvió extensión natural de sus piernas y de sus tardes.

    Estaban los hermanos Sandro y Antonio Baldes, inseparables como dos mitades de la misma risa; Jonás y Paul McKenzie, siempre discutiendo, siempre apostando lo imposible; Juan Pablo, el estratega, el que decidía dónde colocar las piedras que marcaban el arco; y Nicolás, el mayor, callado y preciso, que siempre aparecía cuando hacía falta uno más para completar el equipo.

    A veces se sumaban Hank y Karl, dos vecinos de raíces extranjeras, hijos de familias que habían llegado desde lejos a buscar un futuro en una Lima que todavía conservaba cierta inocencia en sus barrios de casas bajas.

    Con ellos, Leonardo y Renato aprendieron a medir el paso del tiempo en goles, caídas, risas que retumbaban por la cuadra, campamentos improvisados en

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