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Los jesuitas en Córdoba. Tomo II: 1626-1700: Desde la Colonia hasta la Segunda Guerra Mundial
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Los jesuitas en Córdoba. Tomo II: 1626-1700: Desde la Colonia hasta la Segunda Guerra Mundial
Libro electrónico244 páginas3 horasJesuitas

Los jesuitas en Córdoba. Tomo II: 1626-1700: Desde la Colonia hasta la Segunda Guerra Mundial

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A través de la labor de la Compañía de Jesús, Córdoba se fue constituyendo como uno de los centros culturales jesuíticos más importantes de Latinoamérica. Este segundo tomo narra el período 1626-1700, desde la expansión jesuítica y vida misional, hasta las contiendas con los PP Mercedarios: el caso de los tres fugitivos y la audiencia de Buenos Aires. La colección, compuesta por 4 tomos, se propone rescatar la palabra y la obra de jesuitas que han marcado, de distinta manera, la historia cultural de la época.
IdiomaEspañol
EditorialEditorial Universidad Católica de Córdoba
Fecha de lanzamiento25 jul 2025
ISBN9789876266185
Los jesuitas en Córdoba. Tomo II: 1626-1700: Desde la Colonia hasta la Segunda Guerra Mundial

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    Los jesuitas en Córdoba. Tomo II - Joaquín Gracia S. J.

    TERCER PERÍODO

    1626-1700

    Capítulo XXIII

    CARACTERES QUE DISTINGUEN A ESTE PERÍODO

    SUMARIO: I. Expansión Jesuítica en sus obras y empresas. – II. Su acción externa en Córdoba. Congregaciones Marianas de indios y de negros. – III. Vida misional. IV. Misiones más célebres. – V. La peste en Córdoba. – Los jesuitas ministros de la caridad en esta prueba. – VI. La Compañía ofrece a Dios cuatro víctimas de la caridad. – VII. Despliegue misional de los jesuitas a pedido del Sr. Obispo. – Sus cartas al P. Boroa y al Rey. – VIII. Gran misión en Córdoba con ocasión del terremoto de Lima.

    I

    A partir del presente capítulo hasta el XXXII, y en la imposibilidad de abarcar los sucesos transcurridos en el Colegio Noviciado de Córdoba, nos fijaremos en los más principales de ellos, que por destacarse más, podemos decir que los caracterizan con más especialidad. Desde luego en ese lapso de tiempo advertimos una verdadera expansión misional tanto más digna de notarse cuanto que irradia de una casa de estudios, que por serlo, cuenta con muy poco tiempo disponible, fuera del consagrado a las tareas escolares, lo cual acredita el sacrificio y el celo, que llevaron a unos Padres a consagrar el merecido descanso —tras la labor del curso escolar— en beneficio de las almas.

    Gradualmente vemos también adquirir un desarrollo visible, el cultivo de las estancias, base, ya del sustento de las Casas de Córdoba, ya de la mutua ayuda entre ellas y el sustento de las Misiones; pues hasta fin de siglo, por compras y accesiones se fueron ampliando.

    En fin dos hechos de capital importancia en el campo científico y educacional: las Constituciones dadas a la Universidad, por el P. Visitador Andrés de Rada, y la fundación del Colegio Convictorio de nuestra Señora de Montserrat entregado a la Compañía.

    II

    Empezando pues, por lo que pudiéramos llamar acción externa, conviene dejar asentado que las Congregaciones marianas erigidas y puestas en marcha en el período anterior, en éste, se consolidaron con mayor fuerza, irradiando hacia españoles, indios y morenos nuevas energías, y llevando savia vigorosa cada día más exuberante a todas las clases de la escala social.

    Nada extraordinario hallamos en este tiempo, relacionado con las Congregaciones de españoles tan boyantes en Córdoba, así como con los colegiales del Máximo, si no es la mayor popularidad que alcanzaron, sobre todo las de los negros. Al leer los documentos de la época, tropezamos, con noticias, por demás interesantes que nos descubren el fruto de una labor, lenta pero tenaz, de sus directores —que solía ser un estudiante de teología— no menos que la piedad cada día en aumento, de los morenos, con la siguiente reforma de sus costumbres, blanco y aspiración de los jesuitas de Córdoba.

    No es posible transcribir lo mucho que conocemos, pero sí que no nos resistiremos a poner algunos párrafos de las Anuas de 1627 (p. 237), y de donde tomamos estos conceptos: "Nuestros ministerios se ejercitan, en particular en este mismo Colegio, con mucha edificación y no menor provecho de las almas, así de los españoles —nombre general con que se distinguen los nacidos en Europa, o descendientes de ellos—, como de los naturales y negros… A los indios que viven entre españoles se les acude también con mucha puntualidad. Su Cofradía (Congregación) de que ya se ha escrito otras veces, va teniendo buenos aumentos en lo espiritual y temporal, y algunos de éstos han revalidado —en el trance de la muerte— confesiones sacrílegas de muchos años".

    Con todo, nuestros P.P. creyeron que su acción tenía que variar, y romper los muros de la ciudad, precisamente cuando llegaba a sus oídos la necesidad urgente de ser atendidos tanto negro diseminado por las estancias y chacras, tan desamparados de lo espiritual, y se decidieron por ampliar la Congregación de los negros, enviándoles misioneros, iniciando así Misiones a los negros, en su verdadero y real sentido.

    "Este cuidado y trabajo que se pone en la enseñanza de los indios del pueblo, no hace olvidar de los que están fuera de él, tanto de mayor estima, cuanto es mayor la necesidad y desamparo que tienen, entre ambos, se puede llamar extremos. Al remedio, pues, de estas pobres almas se acudió con dos muy provechosas misiones, —fuera de otras comunes—, que se han hecho en diversos tiempos por toda la comarca. En la primera se gestaron dos meses enteros, y se podía dudar cuáles fueron mayores, si los trabajos que padecieron los misioneros, o los frutos que de ellos cogieron.

    Unos y otros fueron bien grandes: de los primeros (misioneros), basta decir que pasaron veinte días con un poco de bizcocho, y los demás, con un poco de tasajo; de lo segundo (fruto) no quiero escribir más sino que no llegaron a pueblo ninguno de indios —y llegaron a muchos—, que antes de salir, no dejasen a todos los de él confesados, muchos de más de 50 años… y a todos instruidos… sucediendo, a veces, servirse de cuatro lenguas diferentes, para poder instruirles. Bautizaron más de trescientos indios muy viejos, —uno Sub conditione por haber fundamento de dudar de su valor, que es el de los negros de Angola—, otros absolutamente, porque nunca lo habían recibido.

    La segunda misión fue a una hacienda, a veinticinco leguas de aquí, —donde había más de cien negros adultos, de los cuales bautizaron más de treinta, y además cincuenta indios muy viejos, que algunos pasaban de cien años—, de los cuales, cuarenta (se bautizaron) sin condición, pues… se averiguó, que no habían recibido el bautismo; y parece que N. Señor se le aguardaba para cuando ya no fueran capaces de perder la gracia, que con él se les comunicaba, cuyos efectos comenzaron a sentir luego, no cabiendo de regocijo; y derramando muchas lágrimas de consuelo, celebraban la dichosa suerte, que sin pensar, por medio de los P.P. les había cabido… dándose los P.P. por bien pagados, con este espectáculo, del buen trabajo que habían puesto… en recogerlos, por estar derramados, a cuarto, media, y una legua, y volcar con el catecismo en ocho lenguas diferentes; y todos los días se los pasaron enteros, confesando la gente, mientras el Hermano estudiante que llevaban, catequizaba toda la gente que se había de bautizar y confesar".¹

    He aquí descrito a grandes rasgos el modo con que procedían en sus misiones, donde se destaca el buen criterio que animaba su celo, pues, como se ve, hablando a ignorantes y gente sencilla, únicamente se les aseguraba la salvación —bautismo y confesión—, fuera de que hubiera sido una lastimosa pérdida de tiempo otro método, en gente tan cerril y sin alcances.

    Y en estas misiones, a indios y negros, tampoco faltaron algunos de esos casos ruidosos que les servían a los misioneros, de nuevas armas para hacer nuevas conquistas, y que a ellos mismos les llenaba de consuelo, viendo tan de cerca el poder de la gracia. Nuestros P.P. antiguos, llegaron hasta el abuso —si abuso cabe— en amonestar estos casos y referirlos al Provincial en sus cartas, el cual, a su vez, los insertaba en las cartas al General; razón por la cual, han llegado, así, hasta nosotros que los recogemos, ¿por qué no decirlo?, con cariño, y hallando en su lectura un placer indescriptible. Vaya una muestra siquiera, de uno de los casos ocurridos en estas misiones que acabamos de reseñar.

    Estando ya para partirse, llamaron por la noche a un Padre, para confesar un enfermo que estaba media legua de allí, con extremo desamparo, y hubo de ir rompiendo camino, por un arcabuco muy vezado, lleno de espinas y cambroneras que le destrozaron todo el vestido. Confesóle al fin, y consolóle —porque había treinta años que no se confesaba— y a la mañana se lo llevó Dios N. Señor. Volviendo el Padre de su misión solo, —porque dejó al compañero ocupado en otra parte—, caminando por un camino real, y con guía práctica, en él y en los demás caminos, con ser de día, se perdieron, para hallar unas almas que Dios le tenía preparadas en aquellos desiertos. Andando por ellos, descaminados, sintió ruido, acaso a las raíces de una peña. Reconocióla el Padre, y dio con una gruta, en la cual halló ocho personas, entre indios e indias, y tan viejos todos, que pasaban de ochenta años. Hablóles el Padre, y halló que en toda su vida no habían visto gente de Europa, ni tenido noticia de nuestra Santa Religión. Diósela el Padre; instruyóles en cuatro diversas lenguas y bautizóles con gran consuelo del Padre y de los indios. ²

    Por éstos y otros hechos parecidos, nos damos cuenta de que siempre los hijos de S. Ignacio tuvieron marcada predilección, en sus ministerios, por los indios y por los negros, y aunque las misiones no se tuviesen tan de continuo, como se tenían las reuniones de las Congregaciones en la ciudad; uno y otro medio de aprovechar a las almas siempre fue del resorte de su celo. Sobre todo las Congregaciones de los morenos, que siempre —hasta la extinción de la Compañía— fue atendida con esmero, pues no sólo entonces, sino aún en años adelante, sabemos por las Anuas de 1652 que producían admirables frutos, y tras su enumeración, leemos:

    "Las Congregaciones de españoles, indios y morenos, están dirigidas cada una de ellas por un Hermano escolar. Y en 1682, con más precisión se nos habla del fervor siempre vivo, y del estado floreciente que a través del tiempo, habían conservado, como puede verse: Así mismo tienen su forma de Congregación o Cofradía los indios y morenos, para cuyo ministerio hay en este Colegio (de Córdoba) señalado un padre lenguaraz que los instruya y doctrine en los misterios de nuestra fe, todos los Domingos de entre año, sin omitir tan Santos ejercicios jamás. Y cuando no fuera más que excusar las borracheras en que esta gente suele emplear el día de fiesta, fuera este ministerio muy conveniente, y de mucho agrado de Dios N. Señor. Así lo reconocen los P.P. que se emplean en tan santa ocupación, aplicándose a él tan de veras, como si no hubiera en el mundo otra cosa mejor a qué aspirar; y se les luce tanto su trabajo, que en algunas partes están las Congregaciones de indios, más abastecidas de alhajas, imágenes, andas y ornamentos de precio que la de los españoles, celebrando así las fiestas y procesiones esta pobre gente con mucha solemnidad y lucimiento".

    III

    Grande y meritoria, ciertamente fue la labor que pusieron los jesuitas de Córdoba, durante el período que analizamos —como se echa de ver en la constancia con que atendían a toda clase social, mediante las Congregaciones marianas y los ejercicios de San Ignacio—, aunque todo ello, tenía su base en un limitado recinto cual era la ciudad de Córdoba; pero, ¿y la extensa campaña, que formaba la tan dilatada diócesis del Tucumán, poblada de indios y de un atendible número de españoles?, ¿podría verse privada del socorro espiritual que sus almas necesitaban?

    La Compañía de Jesús tenía repartidos casi todos sus hijos en las Reducciones, —que en ese tiempo eran como renuevos pujantes que hacían presagiar preciosos frutos a corto plazo— y en Córdoba quedaban solamente los novicios y los estudiantes, unos y otros incapacitados, por su estado, para la predicación, además de un reducido número de profesores, que muy pronto fueron el pusillus grex que lenta pero seguramente aumentaría el rebaño de Jesucristo y de su Iglesia.

    Y a medida que el tiempo pasaba, aumentaba también el número de Reducciones; así las de S. Miguel, de S. Cosme y S. Damián, de S. José, de Santo Tomás, de los Apóstoles, de S. Carlos, de los Santos Mártires, de la Candelaria, de S. Ignacio, de Corpus, etc.; nos descubren una muy vasta red de comunicación entre misioneros de la buena nueva, que aún hoy nos admira, y nos pasma ver de lo que es capaz la acción de la gracia en hombres de un celo y de un temple que se hace desear y sentir en nuestros días, y que acaban con frecuencia en el martirio. De estas Reducciones llegaban cartas a Córdoba; se leían, según costumbre de la Compañía, de casa en casa, sus trabajos, sus conquistas espirituales, y en todas ellas su epifonema: "la mies es mucha, y pocos los segadores"; frase capaz de dar alas al corazón, aunque sólo estuviera medianamente caldeada en el amor divino.

    Y claro está, insensiblemente, obrábase una transformación en todos, incluso la juventud del Colegio y Noviciado de Córdoba. Recuérdese si no el rasgo generoso de varios jesuitas que en la dicha ciudad renunciaron a los estudios largos, para ordenarse pronto de sacerdotes e ir al campo de las misiones.³ Recuérdese también la fecha, en que en lo más recio de la persecución de los encomenderos, desencadenada contra los jesuitas de Santiago del Estero, todos, incluso el Rector, se ofrecían a echarse sin dilación al campo de las misiones. ⁴ No es pues de admirar que reaparecieran en Córdoba, por este tiempo, esos chispazos de celo, que más que fomentarlos, tenían que amortiguarlos, o reducirlos, ora los superiores, ora la misma ocupación de formar en ciencia y en virtud a los futuros misioneros.

    Entre tanto, ese deseo, esa emulación, no quedaron esterilizados, pues, como acabamos de ver, se tradujo en actividad, sorda, sí, pero fecunda en resultados, que no por carecer de variedad en sus manifestaciones, perdía lo más mínimo del mérito de los semiapóstoles. Pues no sólo sacerdotes sino estudiantes también, dirigían las Congregaciones; llevaban con provecho los catecismos; reunían junto a sí, a los que otros, o desechaban o menospreciaban —como los indios y morenos— entrenándose con tan digna labor en los trabajos del apostolado.

    Y el celo triunfó, y sin sentir, se desarrolló una corriente benéfica de apostolado que rebasase la ciudad; un apostolado en mayor escala, que aunque no pudiera competir con el desarrollado en las Reducciones, se aproximase muy mucho, extendiéndolo a todos los Colegios de la provincia —Salta, Santiago, Tucumán, etc.— le tocase buena parte al nuestro de Córdoba.

    Mucho se podría escribir acerca de las misiones, pero bastará presentar a nuestros lectores algo de ellas, lo suficiente para formarse una idea más exacta y precisa de unos hechos de los que nos separan casi tres siglos. Las Anuas de 1628-1631, nos descubren la ingente labor misional desarrollada en los alrededores de la ciudad y en sus lejanos valles y serranías.

    IV

    "En la cuaresma de este año salieron (de Córdoba) un padre y un Hermano —ambos lenguas— a correr los ríos que llaman primero y segundo de esta ciudad, y están poblados de muchas haciendas, e indios ocupados en el servicio de ella. Gastaron un mes en esta excursión, confesando el Padre todo el día —y más de dos horas a la noche—, y catequizando este tiempo, el hermano, y así quedaron muy instruidos y consolados. Muchos hicieron confesiones generales, porque por el temor de sus curas, y poca devoción que les tienen habían callado pecados… A la fama que corría de que llegaba un Padre por aquellas tierras —porque era conocido de los indios—, se convocaron otros muchos de otras partes; y así era mayor el trabajo y el fruto, el cual para que no lo impidiesen los puebleros… procuró el Padre ganarlos, y acomodarse… con las faenas de los indios; y así fue en busca de los pastores a donde repastaban sus ganados; y a

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