El Vampiro Gamma Millonario
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Él es un magnate millonario poderoso y además es un vampiro sediento. Solicita donantes de sangre jóvenes y vírgenes, le obsesiona el sabor de la sangre pura sin ser profanada por la lujuria y el pecado.
Cara lee el anuncio en todos los portales digitales de la ciudad. Era algo absurdo de leer y la compensación económica ofrecida era más absurda todavía.
Desconfiada lo medito por varios días, pero su cuenta con saldo deudor fue el detonante de su decisión, sin imaginar que su valioso tesoro carmesí no sería dejada en un banco de sangre de un hospital, puesto que el líquido rojo será tomado directamente de las venas de su cuello por un apuesto ser oscuro que ni en sus más locas fantasías pensó que existía.
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El Vampiro Gamma Millonario - Editorial Trascendental
Prólogo
Examinaba detenidamente a cada una de las donantes, aunque era la pelirroja quien despertaba en mí una sensación incómoda. —No eres una candidata apta —dije desde la comodidad de mi escritorio—. La tinta de tus tatuajes ha contaminado los nutrientes de tu sangre, puedes retirarte. Hice un gesto para que se marchara.
—Señor, ¿podríamos hablar en privado? —preguntó con cierta osadía.
¡Qué insolencia! —pensé, molesto.
—Todas afuera, excepto la pelirroja —ordené con un gruñido cargado de enojo—. ¿Quién se cree para pedirme un momento a solas?
Mientras las nuevas donantes eran conducidas por Oriol para firmar el contrato de confidencialidad, ella susurró con la mirada baja: —Mi último tatuaje fue hace un año, soy apta para donar.
Debí levantarme cuando bajó un poco su blusa, dejando ver una rosa cuyos pétalos eran tan rojos como su cabello. —Puede comprobarlo usted mismo —añadió.
No debía acercarme, pero mis pies parecían moverse por voluntad propia, atraídos por aquella obra de arte viviente. —Además, necesito la compensación económica. Solo será una bolsa de sangre. Dígame, ¿a qué hospital iré?
El aroma fresco de la brisa marina me golpeó al levantar su rostro. Al encontrarse con mis ojos, retrocedió dos pasos, hasta que su espalda chocó contra la pared. Emitió un leve gemido que hizo que mi cuerpo reaccionara de inmediato.
—Señorita, está confundida —le dije, escuchando el ritmo acelerado de su corazón y el pulso vibrante en sus venas. Por más que intentaba percibir miedo, no lo encontraba; en cambio, sentía una extraña fascinación al tenerme tan cerca.
—No dejará su valioso tesoro carmesí en un hospital —continué.
—¿No? —preguntó, alzando la mirada, mientras el color claro de sus ojos se tornaba casi translúcido.
—Su sangre será extraída directamente de las venas de su cuello, por mí —le expliqué, observando cómo jadeaba, incrédula.
—Usted es un hombre adinerado con una extraña obsesión, lamento que sufra esa condición. Sin duda, este lugar no es para mí —respondió, intentando alejarse.
Intervine rápidamente, colocando mis brazos para impedir que escapara, atrapándola entre la pared y mi cuerpo.
Con una mirada descarada, observó las venas de mis brazos y se humedeció los labios. Su respiración se aceleró y se movió con incomodidad, pero aún no detectaba miedo; seguía fascinada. ¡Qué extraño!
—No sufro ninguna obsesión, soy un ser que necesita alimentarse, y tú serás mi próxima donante —le confesé, hundiendo mi nariz en su cuello—. Te tomaré la sangre justo aquí.
Sabía que estaba rompiendo todas las reglas, pero no podía evitarlo.
Capítulo 1
Soy un alma libre atrapada en una jaula vieja y oxidada llamada pobreza. Suspiro al notar cómo mi jefe, un hombre mayor, me observa de manera inapropiada a través del cristal mientras limpio la mesa que acaba de quedar libre.
Algún día le derramaré café o sopa caliente sobre su barriga, solo necesito encontrar otro empleo primero, porque las ganas de confrontarlo no me faltan.
Aunque no ha cruzado la línea conmigo, su mirada descarada me incomoda. Sus exigencias de que use un uniforme tan corto me parecen absurdas, pero la necesidad es apremiante.
Me doy la vuelta y él vuelve a concentrarse en unos documentos. Miro el reloj y por fin es mi hora de salida, gracias a Dios.
—Rojita, es hora de irte —dice Tyler, el encargado de la cafetería. Es amable, guapo y sin duda con él perdería mi virginidad, pero solo me ve como una hermanita a la que debe cuidar. Es amigo de mi hermano, gracias a él conseguí el trabajo.
Sonrío mientras me quita el delantal. Recojo mi cabello en una coleta alta y me pongo el aro en la nariz; me encanta el arte corporal, tengo algunas perforaciones y tatuajes. —Nos vemos, Tyler —le digo, besándole la mejilla. Huele a pan fresco, y no puedo evitar imaginarlo.
Ane sostiene mi brazo para separarme de mi crush.
—Nos vemos mañana, jefes —nos despedimos.
—No babées tanto y cierra la boca —me dice.
Ambas nos reímos, y pellizco su brazo.
—¡Ay! No seas maltratadora de animales —responde.
Nos volvemos a reír. Sin duda, Ane es como una tarántula venenosa; ambas estamos un poco locas, pero a pesar de todo, somos felices.
—Creo que ese hombre es gay y le gusta tu hermano —dice Ane.
—No lo creo, lo vi besándose con Paulett, la mujer más atractiva del lugar. Todos los clientes quieren que ella los atienda en su turno.
—Paulett y él se besaban, y hasta se tocaban de más —recuerda Ane, y mi cuerpo se calienta al imaginarlo. Él es demasiado hermoso, y verlo así, como un animal salvaje y hambriento, solo aumenta mi atracción hacia él. Pero soy la hermanita de su mejor amigo.
—¿Te emocionaste? —pregunta Ane con descaro, y mis mejillas se enrojecen porque, efectivamente, sí.
Nunca he tenido novio. No es que no sea agradable a la vista, pero mi hermano es extremadamente celoso y sobreprotector, al punto que nadie se atreve a acercarse a mí.
—¿Qué haces aquí? —pregunta molesto mi hermano, tomando mi mano como si fuera una niña pequeña.
—Vine por ti, ¿qué más? —le respondo mientras me despeina para besarme la frente y abrazarme. Es un hombre moreno, alto, de cabello negro, todo lo contrario a mí. Es adoptado y, aunque a veces me asfixia, lo amo con todo mi corazón.
—Hola, Ane —saludo, y ellos se miran fijamente. Se nota que se gustan, incluso él la llama por su nombre de pila, lo que me sorprende.
—Hola, Ramsés —responde Ane.
—¿Qué se traen? —pregunto para incomodarlos.
—¡Nada! —responden nerviosos, pero Ane desvía la mirada y saca el celular para enviarme un mensaje.
—Al café le cayó una mosca gigante, no podremos seguir con la conversación —dice, intentando no reírse. Luego me envía un post de Notigram: Este trabajo es para ti, virgencita. Bien pagado y sencillo
.
El título capta mi atención de inmediato: Reconocido magnate de la ciudad busca donantes de sangre jóvenes y vírgenes
.
Deslizo para leer los términos y condiciones. El empresario Thaddeus St. Clair busca donantes de sangre que...
La voz de mi hermano me interrumpe.
—¿Qué ves? —pregunta.
Guardo el celular rápidamente para que no piense que quiero vender algún órgano.
—No seas metiche, ve a trabajar, ya es hora de irte —gruñe, golpeándome la pantorrilla.
Pero mi corazón late con fuerza y mi curiosidad crece. ¿Por qué pagarían tanto por sangre? ¿Y por sangre virgen?
—No lo creo —respondo.
—Roja, nos vemos mañana —dice, besándome la mejilla—. Ve, dona sangre, y si ese señor te pide algo más, dónalo también, pero que no sea un órgano —bromea.
Río ante sus ocurrencias.
Pongo mis audífonos para ignorar a mi insistente hermano. Lo amo, pero a veces molesta tanto que, a mis veintitrés años, aún no he tenido una relación.
Llego a la parada del autobús y me siento. Enseguida mi hermano aparece a mi lado, como una garrapata, y me quita uno de los audífonos.
—Te amo, así te molesto —sonríe, y lo abrazo.
—¿Te gusta mi amiga? —le pregunto directamente.
—Sube al autobús, me voy a trabajar —responde.
Me provoca quedarme, pero lo dejo ir. Subo al autobús y, al verme sola, vuelvo a abrir Notigram. Leo por décima vez el mismo anuncio.
Busco el nombre del solicitante, un intercambio: sangre por dinero. Suena loco. Thaddeus St. Clair. No tiene redes sociales, así que lo busco en internet.
Trago saliva al ver sus fotos. No es un hombre común; parece un dios, tan atractivo que no debería caminar entre simples mortales. Si lo hace, todos deberían arrodillarse ante él.
¿Acaso la pureza de su piel, con ese sutil matiz dorado, es el resultado de algún ritual o un simple engaño visual? Los más adinerados suelen excederse en sus extravagancias, y la solicitud de una veintena de donantes, sin duda, anticipa una inmersión. Su apariencia, de una vitalidad innegable, descarta cualquier atisbo de enfermedad.
Mi garganta, áspera y sedienta, evidencia la fascinación que me embarga. Al acercarme a la imagen, sus labios se revelan en una simetría perfecta, ni gruesos ni finos, mientras una incipiente barba apenas delinea un rostro que se perfila como un elegante diamante. La necesidad de humedecer mis labios y abanicarme con la palma de la mano se hizo imperativa.
Un calor inusitado se apoderó de mí con solo contemplar la fotografía. Deslicé la pantalla, deteniéndome en una imagen particular: su cabello chocolate, ondulado, caía delicadamente sobre su frente. Mordí mis mejillas internas, conteniendo un suspiro. Su mirada, cargada de un misterio indescifrable, me atrapó por completo.
Sin dudarlo, guardé la imagen en mi galería, sabiendo que sería mi compañera al llegar a casa. La intensidad de esa mirada, fija en mí, prometía disipar cualquier tensión. Una ola de fuego me recorrió, obligándome a cruzar las piernas ante la fuerza de lo que sentía.
Si esto es locura, me pregunto si no sería capaz de ofrecerle mi sangre, una y otra vez, en un acto de devoción incondicional. La propuesta de este anuncio me parece surrealista, y la irrisoria suma por una bolsa de sangre, sumada a sus descabelladas condiciones, roza lo absurdo.
No creo que sea un pecado encontrar solaz en la imagen de un desconocido, un consuelo para el espíritu. Temo, más bien, que la sequía de este anhelo marchite la esencia misma de lo que soy.
Thaddeus firmó cada uno de los documentos con calma, aunque los pensamientos de Úrsula seguían resonando en su mente. Detuvo la pluma y la miró fijamente.
—Lo siento, siempre olvido que puedes escuchar lo que pienso —dijo.
—Sí, los escucho, y a veces son molestos —respondió ella—. Las convocatorias serán algo nuevo para mí. Estoy cansada de asistir a subastas clandestinas, donde la sangre tiene un sabor amargo o está cargada de deseos, y lo peor, impregnada de miedo.
Sin pedir permiso, Úrsula tomó asiento.
—Las subastas han sido una opción viable durante siglos —comentó.
Thaddeus dejó lo que estaba haciendo por completo, llevó una mano detrás de la cabeza y tronó los huesos de su cuello.
—Quiero probar algo diferente. Una convocatoria a gran escala sería una innovación. Podrán pasar por varios filtros. Este podría ser el negocio del siglo. Quiero ver cómo me va. Los exámenes médicos serán esenciales, también los ginecológicos. Solo quiero vírgenes.
—Tu obsesión con ese tipo de cosas es absurda, la sangre es sangre —replicó Úrsula.
Él alzó una ceja.
—No eres un ser supremo como yo, desconoces el sabor de la gloria —dijo con una sonrisa—. Por eso tienes arrugas.
—Conoces bien mi fobia, señor —respondió ella con cierto reproche.
No pudo evitar mostrar la sonrisa que se formó en su rostro.
—No sé cómo no has desaparecido de este mundo. Las fobias son mentales; solo tú le tienes miedo a lo que te mantiene en pie —comentó. Úrsula recibía transfusiones de sangre directamente en la vena, con los ojos cerrados, ya que los sedantes no tenían efecto en seres como ellos.
—No te burles de mi fobia, es poco considerado de tu parte, jefe —replicó ella.
—Sé que piensas que soy un insensible, pero prefieres hacer esas cosas lejos de mí —dijo Thaddeus. Úrsula sonrió, confirmando sus palabras—. Envía los comunicados a todas las páginas de chismes, farándula y a cada red social que exista. Quiero que piensen que estoy enfermo, así la competencia bajará la guardia. Ser un vampiro en estos tiempos es complicado.
—Qué exagerado, señor, lo haré —respondió ella.
—Que todo se realice en tres días. Mis provisiones están escasas. A nadie le conviene que esté hambriento y de mal humor —advirtió.
Úrsula asintió con comprensión.
—Por supuesto, señor. Será en tres días. Puede continuar.
Se levantó y realizó una leve reverencia.
Thaddeus sabía que no debería estar estresado, pero lo estaba. Como si fuera poco, su hermano irrumpió sin tocar la puerta, tomó asiento y apoyó los pies en su impecable escritorio.
—Baja esas cosas de inmediato, antes de que pierdas el equilibrio. No tienes ni un gramo de fuerza en esas piernas tan delgadas.
—Hermano, no seas tan brusco. Vine porque nuestra madre me pidió que te llevara a casa; dice que tiene algo importante que decirte.
Ni siquiera los vampiros como yo están libres de tener una madre insistente y mandona.
—Nuestra madre debería buscar algo más creativo para hacer con nuestro padre, ya lo tiene solo para ella. Antes se quejaba de que él pasaba todo el día aquí.
—Ya sabes cómo es, me sacó de la oficina.
—Pero tú no trabajas —respondí con molestia—. Solo eres jefe de ese departamento para elegir a las mujeres más atractivas y aprovecharte de ellas.
—No me aprovecho, ellas ofrecen su sangre voluntariamente y luego son despedidas porque no cumplen con las tareas de mis asistentes.
—Haces esa selección todos los días —dije con una sonrisa arrogante, encogiéndome de hombros.
—Mis gustos son variados, pero también soy selectivo. No es diario, sino semanal. Gracias a eso no estoy amargado como tú, que pareces un anciano. Más viejo que nuestro padre, y eso es mucho decir.
Si no fuera mi hermano, ya le habría dado una lección.
—¿En qué momento te pedí tu opinión? Mejor vete antes de que olvide que somos familia.
—Me iré, pero cuando mamá me vea llegar sin ti, que se prepare para las consecuencias.
—Deja esas tonterías. Esto es lo último que quiero escuchar. ¿Cómo es posible que sigas llamándola mami
?
—Definitivamente, por eso tu compañera Kármika aún no aparece; no quiere conocer a alguien tan amargado como tú.
Justo cuando pensé en enfrentarlo, desapareció.
—No me interesa tener una compañera —murmuré.
—Cobarde —gruñí, y de repente reapareció, dejando una rosa en mi regazo.
—Para que le des un poco de color a tu vida, viejo amargado y desanimado —dijo antes de desaparecer de nuevo.
Quise estrangularlo, sin importarme que luego mamá me regañara. Ser el hermano mayor de cinco personajes tan difíciles es, sin duda, lo más absurdo que me ha tocado vivir.
(...)
Enojar a mamá no fue buena idea. Ahora debo aguantar su sermón. Tenía que visitarla hace tres días, pero hoy lo haré con calma. Gracias a la gran demanda de donadoras, mi buen humor está por las nubes.
Ella lanzó su bolso hacia mi rostro, y dejé que me golpeara, porque sabía que si no lo hacía, la situación sería peor.
—Eres un irrespetuoso, Thaddeus. Ni tu padre se atreve a ignorarme —me reprochó.
Para calmarla, me acerqué y besé el dorso de su mano.
—Te pido disculpas, madre —dije, acercándome para besar sus mejillas con ternura.
—La familia está preocupada por ese nuevo proyecto tuyo —me comentó con una mezcla de inquietud y cariño.
—Lo sabía —respondí, anticipando sus palabras—. Los supremos no lo ven con buenos ojos.
—Por supuesto —continué—, este plan podría afectar sus negocios de subastas, pero no tengo intención de amenazar sus intereses. Mi idea es implementar una estrategia más práctica y acorde con los tiempos actuales, algo que se base en el mutuo acuerdo. Ha llegado el momento de que los humanos reconozcan que no son los únicos habitantes del mundo, ni tampoco los seres más especiales. A menudo se consideran superiores, pero en realidad son los más vulnerables, con una existencia limitada y efímera.
Mi madre me miró con preocupación.
—La nobleza ha mantenido el orden en nuestra sociedad durante siglos, hijo. No debes romper las reglas. En unos días será luna llena azul; tal vez ese sea el momento para que encuentres tu Luz Kármica.
—Madre, asistiré a tu celebración, no te preocupes —le aseguré—. Pero ahora debo partir.
Una vez más, besé sus mejillas y el dorso de su mano. Ella sonrió, su rostro iluminado por una alegría especial.
—Hoy estás especialmente feliz —comentó, pellizcándome la nariz con cariño—. Tu enojo se ha desvanecido.
—Estoy contento de verte —le respondí con sinceridad.
—Eres un mentiroso, pero haré como si te creyera. Ve y compórtate bien —me dijo con una sonrisa cómplice.
Me despedí de ella y salí. Oriol, mi jefe de seguridad y abogado, me esperaba; era un hombre que desempeñaba ambos roles con eficacia. Por primera vez en mucho tiempo, sentí una mezcla de nervios y emoción.
—Señor —dijo Oriol haciendo una ligera reverencia—. Las candidatas oficiales ya están esperando su aprobación.
Subimos al coche y Úrsula, mi asistente, me entregó algunas fotografías.
—No —le dije—. Quiero causar una buena primera impresión. Después de que firmen los contratos de confidencialidad y reciban el pago, sabrán que no tendrán que preocuparse por dejar su sangre en un banco hospitalario.
—La mayoría son jóvenes con familias pequeñas —me informó Oriol—, ya que tendrán que mudarse a su residencia.
—Me gusta esto, Oriol —comenté con una sonrisa—. Ustedes hacen un gran equipo. Deberían terminar en la cama, los dos.
—Ni que estuviera tan necesitada —respondió Úrsula con un tono de fastidio, lo que provocó que una risa escapara de mi garganta.
—Estás necesitada, pero no seré yo quien te ayude con eso —bromeé, aunque sabía que entre ellos había una tensión que aún no comprendía del todo.
—Si quisieras, pero mejor cierra la boca —replicó ella, y ambos se miraron con cierta complicidad.
Pensé que sería prudente hablar con las donantes sobre la mudanza a mi residencia. Si aceptaban, firmarían los documentos y luego yo procedería con los siguientes pasos.
—No —dije firme—. Quiero que se enteren después. No deseo que ninguna piense que tendrá oportunidad de acercarse a mí por otra razón que no sea el empleo.
Estaba cansado de las personas que solo buscaban mi compañía por el estatus económico que representaba. Serán un total de veinte donantes, cada una con su habitación individual, buena alimentación, atención médica y todo tipo de entretenimiento. Pero todo se desarrollará dentro de la casa; no podrán salir libremente.
Será como un internado para jóvenes vírgenes bajo mi cuidado. No me preocupa estar rodeado de tantas chicas; jamás he perdido el control ni he roto las reglas. Ninguna sabrá que soy un vampiro antes de firmar los documentos de confidencialidad.
Aún no ha llegado la primera mortal que me haga cuestionar mis límites.
Al leer la nota que mamá dejó, suspiro profundamente: Te amo, come y descansa, nos vemos en la mañana. Con amor, mamá y papá.
Sostengo el recipiente de plástico con la comida, como todos los días. Mi madre trabaja como mucama en un hotel, y mi padre es oficial de seguridad en el casino del mismo lugar. Llegan a casa de madrugada, y solo los veo durante el desayuno. La vida es dura; aunque los cuatro trabajamos, pagar las cuentas sigue siendo complicado.
Subo a mi habitación, que ya me queda pequeña, y me dejo caer en la cama sin ducharme, solo me quito los zapatos. Comienzo a buscar más información sobre ese tal Thaddeus, un hombre encantador del que vi una fotografía hace unos días. Me encantaría poder mirar esos hermosos ojos cara a cara.
Al verlo vestido con un traje de buzo, todo su cuerpo se marca a pesar de la oscuridad de la noche. Cuando digo todo, es realmente todo. Es un hombre increíblemente atractivo. Siento que mi cuerpo se enciende, un suspiro escapa de mis labios, pero detengo mis pensamientos cuando mi celular vibra con insistencia, sobresaltándome.
Aclaro la garganta y contesto la llamada. Es mi amiga, que me observa expectante. Hace días que quiere que vaya a un evento, pero no puedo; debo pagar un préstamo bancario que se atrasó y generó un saldo negativo en mi cuenta.
—¿No piensas ir? Es una oportunidad fácil para ganar dinero. La convocatoria lleva varios días y el plazo para inscribirse como candidata es hasta mañana —me dice.
—Me preocupa que sea tan sencillo —respondo con sinceridad—. ¿No te parece extraño? Quizás sea un millonario con gustos muy particulares, y eso me da miedo. Hay demasiadas candidatas.
—Quizás tenga alguna obsesión con la sangre o necesite sangre de vírgenes por alguna enfermedad rara —bromea ella.
