Ética del reconocimiento emocional en psicoterapia
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Ahora, echa mano de tal ramificación, en particular la Gestoría para estructurar varios modelos de gestión ética para los ambientes específicos en los que se desenvuelven las personas, sea en lo individual, familiar, organizacional y político.
Los modelos de gestión, como si fueran en la forma mapas y brújulas y en el fondo estrategias y tácticas, generalmente son usados para efectos organizacionales, algunas veces para otros ámbitos y muy pocas para la ética.
Sembrar, cultivar y cosechar ética a través de Modelos de Gestión para Familias, Maestros, Medios de Comunicación Masiva, Redes Sociales Digitales, Profesionistas, Empresarios y Directivos, Servidores Públicos (del Poder Ejecutivo), Policías, Partidos Políticos, Legisladores, Sindicatos de Trabajadores y Naturaleza, es la intención del autor.
Aquí están algunos trazos de la ética instrumental dice el autor; ahora corresponde a la sociedad organizada en estratos dar los pasos para hacerla real y sostenible.
«…Vivir bien es más importante, vivir bien juntos es más fundamental, porque sólo juntos podemos vivir y vivir bien, aunque el vivir bien comprende dimensiones que trascienden el vivir juntos, y que por ello no pueden ser obtenidas automáticamente ni coactivamente -sí, en cambio, facilitadas- a través de la recta ordenación de la vida en común…» (Rodríguez, 2004, p. 37).
Es decir, no basta vivir bien, hay que vivir bien juntos.
¡Que la sociedad salga de su confort!
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Ética del reconocimiento emocional en psicoterapia - Juan Miguel de Pablo Urban
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© Juan Miguel de Pablo Urban
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Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Rubén García
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ISBN: 979-13-7012-420-5
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.
A Héctor, cuya sonrisa
ha iluminado nuestra vida.
[…] Cantamos porque el sol nos reconoce
y porque el campo huele a primavera
y porque en este tallo en aquel fruto
cada pregunta tiene su respuesta
cantamos porque llueve sobre el surco
y somos militantes de la vida
y porque no podemos ni queremos
dejar que la canción se haga ceniza.
(Mario Benedetti, Por qué cantamos
)
PRÓLOGO
Por Marcelo Pakman
Durante los más de treinta años que he conocido a Juan Miguel de Pablo Urban, he tenido la oportunidad de ser testigo de su desarrollo profesional, tanto en el ámbito de la psicoterapia como en el de intervenciones sociales en Latinoamérica, así como de docente formador de varias generaciones de terapeutas. Es un placer, entonces, ver cómo ha agregado a su rico recorrido la escritura de varios textos que son testimonio de una práctica pensada y elaborada que se alimenta de y alimenta a su caudalosa experiencia clínica. En el caso de este texto, el trabajo pensante de Juan Miguel gira en torno a un eje que busca dar forma a un compromiso ético con la psicoterapia. Es de agradecer el agregado de este nuevo texto que tanto colegas como alumnos que se inician en la práctica clínica sabrán sin duda apreciar.
Hay algunos elementos a destacar particularmente, entre muchos otros, en este texto. El primero es el modo en que Juan Miguel navega la dificultad central de aproximarse al tema de la ética en general y de la ética en psicoterapia en particular. Esta dificultad se relaciona con evitar dar reglas morales generales e ideales de las que la práctica clínica, los dilemas vitales y la presión de los hechos tienden a alejarse. En su lugar, el texto de Juan Miguel muestra la aspiración a expresar una ética inmanente a la inserción del terapeuta en situaciones únicas y encarnadas en las intervenciones mismas. Para ir cercando este territorio ético inmanente el lector encontrará en el texto fuentes diversas, que exceden al campo terapéutico, a las que Juan Miguel va entrelazando sin tener la aspiración a crear modelos que se constituyan en nuevas adhesiones incondicionales, sino más bien como una invitación a sumarse a una exploración conjunta. Para aquellos que se encuentran en el camino de la formación, un texto como este les facilitará, temprano en sus carreras profesionales, encontrar a un enfoque que no solamente respeta la complejidad del tema, sino que los ayudará a iniciarse en un modo de ponerla en práctica en torno a temas específicos de su práctica clínica.
Como parte del compromiso con esta articulación compleja de la temática ética, el texto de Juan Miguel pone en acto un llamado a la transgresión de fronteras, trayendo el pensamiento de pensadores del campo psicoanalítico como Erich Fromm, filósofos imprescindibles en el tratamiento de la cuestión ética, como Emmanuel Lévinas, así como del pensamiento crítico, dando relevancia también a figuras del pensamiento español como Joan-Carles Mèlich y Josep María Esquirol. Entre otros contenidos, es de destacar también el vínculo de estos aportes con la temática mitológica, a la que Juan Miguel ha dedicado ya muchas páginas que aprecio particularmente, dado el lugar que le doy al pensamiento mítico-mágico, como componente constitutivo de la racionalidad, en mi propio trabajo. Esta alusión a lo mítico es parte misma de la vocación de apoyar la ya mencionada ética inmanente que no se agote en principios ideales y racionales, sino que sea un precipitado para la acción efectiva en las situaciones humanas que sabemos, tan solo mirando a nuestro alrededor, que no se agotan, en lo cotidiano, en la racionalidad lógica.
El texto de Juan Miguel de Pablo Urban se presenta como un caleidoscopio en el cual visiones diversas se espejan entre sí, así como lo hacen con una realidad compleja, tanto clínica como de la vida cotidiana. Sus colores cambiantes perdurarán en el lector más allá del momento de la lectura y le darán la oportunidad de sumergirse en un ejemplo de trabajo de reflexión pleno de aperturas para la acción ética, más que necesaria en el momento histórico de crisis multiecológica que habitamos. Basta solo desear al texto y su autor los lectores que merecen y seguramente tendrán.
En South Hadley, Massachusetts, a 16 de diciembre de 2024.
INTRODUCCIÓN
Más líricamente se podría decir que el mundo es un poema. Con estrofas muy bellas, y con otras muy áridas y disonantes. Más que un libro (el libro del mundo), es un poema en vías y, por eso, inacabado. Que puede ser leído y estudiado, pero, sobre todo, continuado. Verlo como envío despierta esta respuesta: Sí, en parte está en nuestras manos
. En lo que depende de nosotros, debemos hacer todos los esfuerzos para cambiar algunas estrofas y para añadir otras. Este esfuerzo es el sí del compromiso poiético, poético y cosmopoiético. No es el sí contemplativo, sino el sí del Venga, vamos a la obra
.
(
Esquirol
, 2024, p. 137-138)
Tras cuarenta años como psicoterapeuta y más de treinta años como docente y supervisor, a estas alturas de mi vida, pienso a menudo en algunas cuestiones que considero esenciales. Me refiero a cuestiones que suelen afectar de forma notoria a la salud mental y al sufrimiento de las personas y de las familias que atiendo. Algunas de estas reflexiones las entiendo como fruto de la edad, ya pasé de los sesenta y cinco, lo que me traslada inevitablemente a buscar algunas respuestas a mis propias vivencias, a mi propia existencia, ya en el declive natural de la vida. Otras provienen de mi faceta formativa, pues siento frecuentemente que la capacitación de profesionales en psicoterapia adolece generalmente de ciertos contenidos necesarios y de la visión que surge desde otras perspectivas o disciplinas anejas, que, ahora, entiendo de suma importancia para una capacitación más integral y completa.
La pretensión de que la psicología y, en consecuencia, la psicoterapia, adquirieran una mayor seriedad
científica, un mayor respeto como ciencia ha generado efectos adversos. Este esfuerzo disciplinar, desde las estructuras de poder vigentes en la psicología (universidades, colegios profesionales, asociaciones, publicaciones), ha alimentado y respondido a la presión de las ideologías dominantes en el mundo universitario. Estas ideologías están encarnadas en la ciencia como referente máximo y absoluto, y contienen una gramática impositiva sobre lo que podía considerarse adecuado o inadecuado en el desempeño de la psicoterapia y, generalmente, en lo que se ha venido a considerar una buena
psicología. Toda apuesta o intento por una mirada que se alejara del ensalzado método científico, de las evidencias
constatables, de la investigación era tachada como improcedente e incorrecta. Enfoques psicoterapéuticos tan consolidados como el psicoanálisis o las terapias humanistas fueron arrinconados en las universidades, alojados en los resquicios y en las zonas oscuras de los programas formativos. La exaltación de los enfoques cognitivo-conductuales, y de la psicología experimental en general, en confluencia con los enfoques de la psiquiatría biológica, a saber, la obsesa clasificación de la psicopatología oficial (DSM o CIE) y la sobredimensionada medicalización de la salud mental, nos ha llevado a callejones sin salida y a participar adhesivamente en las propuestas hegemónicas que existen en nuestras sociedades sobre la salud mental. Las posiciones críticas, afortunadamente, han estado presentes en todo momento. A estas alturas, hay una importante consciencia en los profesionales de la salud mental sobre los errores derivados del sobrediagnóstico, sobre todo con los trastornos infantiles; así como sobre los riesgos que pueden derivarse de la medicalización excesiva de las dificultades emocionales y relacionales como fórmula de intervención preferente.
Por otra parte, una de las ventajas del movimiento sistémico en sus orígenes fue su apertura para permitirse beber de otras ciencias colaterales, por ejemplo, de la antropología o de la cibernética. Esta beneficiosa contaminación, producto del contacto con otras disciplinas, fue muy enriquecedora y valiosa para los avances y para el desarrollo de la terapia familiar. Ciertamente, el abordaje familiar también cometió sus propios pecados e hizo intensos esfuerzos para delimitar su propio terreno y así diferenciarse de las influencias psicoanalíticas, procurando arrojar todo lo que sugiriera intrasubjetividad, el interior de la caja negra
, al desván de los objetos inservibles y caducos.
Afortunadamente, el tiempo lo cura todo. Los movimientos narrativos en la terapia familiar sistémica reivindicaron de nuevo lo individual y lo intrapsíquico; de la misma forma que el psicoanálisis relacional, entre otros, reivindicó lo intersubjetivo y lo relacional como sustento del trabajo terapéutico (De Pablo, 2021b, 2022b y 2023c). Todos estos avances y confluencias denotan una mayor madurez disciplinar en la psicoterapia, necesaria tras tantos años de debates y conflictos internos.
En mi interés y obsesión por la integración, presente en todas mis publicaciones, me esforcé especialmente en incorporar la mirada psicoanalítica al trabajo sistémico, pues siempre me ha resultado útil poder acercarme al otro, tanto en su vertiente más relacional e intersubjetiva como en su correlato intrasubjetivo e intrapsíquico. No ayuda, para la comprensión ni para la intervención en el sufrimiento humano, la exclusión de alguna de estas dos miradas a los trastornos y a los conflictos que se presentan en nuestros consultorios y que me constan como indisociables.
En estos momentos, donde ya se constatan los avances de estos movimientos de confluencia e integración, sigue siendo necesario otro paso más. Cuenta Celia Falicov (2024) que realizó sus estudios universitarios en una especialidad que incluía a la psicología, la antropología, la sociología y la biología. Esta perspectiva combinada, que describe Falicov, me parece un total acierto para poder enriquecer la mirada de los profesionales sobre los fenómenos con los que trabajamos. De ahí que, de forma plenamente consciente, he querido acercarme y empaparme también de otras disciplinas para la preparación de este libro.
Estoy plenamente de acuerdo con las palabras de Laso y Macías-Esparza cuando afirman que, en el caso de la psicoterapia, la disciplina en su conjunto se ha quedado presa de su propio ‘drama’ familiar: del afán, freudiano en un inicio y de toda la psicología más adelante, de diferenciarse de la filosofía para ‘nacer como ciencia’ expurgando todo lo que pudiera oler remotamente a ‘precientífico’, a ‘pensamiento mágico’ o ‘religioso’
. (Laso y Macías-Esparza, 2024, p. 82). Resulta paradójico que fuera el propio psicoanálisis freudiano el que, en un intento de ser reconocido y respetado como disciplina científica, acabara jugando en una liga que invisibilizaba otras visiones y aportaciones absolutamente necesarias, de las que se tuvieron que hacer eco algunos de sus alumnos más aventajados, como es el caso de Alfred Adler, de Carl Gustav Jung o de Sándor Ferenczi, entre otros.
Podemos argüir que existen algunas perversiones frecuentes en la conceptualización y aplicación de la psicoterapia o en el funcionamiento de sus profesionales (Méndez, 2017). De una parte, la excesiva tecnificación del proceso psicoterapéutico, a través de protocolos estandarizados de aplicación en función de, por ejemplo, el diagnóstico. De otra parte, entender al profesional como simple dispositivo técnico que se limita a aplicar esos protocolos preestablecidos de intervención, donde el individuo o la familia atendida solo debe someterse a la aplicación de las metodologías propuestas como preferentes. Todo esto afecta a la propia persona del/la terapeuta, al anular su creatividad, su espontaneidad y limitar su resonancia emocional. ¿Dónde queda espacio para la aparición de acontecimientos o eventos poéticos, en palabras de Pakman (2010)?, ¿dónde queda la verdad experiencial o más bien existencial del sentido del mundo o del mundo como sentido
(Pakman, 2018, p. 144), que envuelve y da un especial sentido al encuentro terapéutico y a sus singularidades?
Esto me lleva a hablar de las tres razones esenciales que motivaron este proyecto y que, en forma de libro, ahora tiene en sus manos.
La primera, la práctica ausencia de una mirada filosófica, en especial de las aportaciones de la filosofía social y, concretamente, de la teoría social crítica, en los textos actuales sobre psicoterapia y psicología clínica. No es baladí que gran parte de las investigaciones y aportaciones sobre la influencia de lo social en los individuos y subsistemas, se olviden y desaparezcan en los diseños curriculares de las capacitaciones en psicoterapia. Este déficit también lo encontramos en las formaciones que se realizan para capacitar a psicoterapeutas sistémicos. Esto último resulta aún más extraño e incomprensible cuando, desde este abordaje, argumentamos y defendemos la importancia de las influencias intersistémicas (sociedad, familia, individuo) y sus consecuencias en las familias e individuos.
La segunda, la necesidad de ir más allá de la familia, como terapeutas sistémicos, para así poder contemplar y analizar cómo lo social está presente y se inscribe en el funcionamiento natural de las familias y de los individuos (Medina, 2022). Conseguir así trasvasar la frontera conceptual y pragmática de la terapia familiar, incorporando lo social como matriz que envuelve a los subsistemas familiares insertos en un modelo social y cultural concreto, desde donde se nutren y constituyen.
Y la tercera, la patente invisibilización o desatención sobre la necesidad de una reflexión ética en torno al ser humano, a sus dificultades y a sus logros. Es preocupante la ausencia en la mirada de los profesionales de la psicoterapia y, particularmente, dentro del ejercicio de las relaciones de los profesionales con los sistemas-pacientes, familias e individuos, de un abordaje reflexivo y crítico donde las faltas de reconocimiento emocional y social, las injusticias y el desamor se incorporen como aspectos etiológicos de especial importancia, como causas principales de muchas de las lesiones y de los daños infligidos, origen de mucho del sufrimiento y del dolor soportado.
Ha sido la lectura apasionante de algunos filósofos españoles (en especial, Joan-Carles Mèlich y Josep María Esquirol), unidos a sus referentes principales (entre los que quiero destacar a Emmanuel Lévinas, Jünger Habermas y Axel Honneth), la que me ha llevado progresivamente a la construcción de una mirada más rica, en algún sentido diferente, más completa si cabe, de nuestra esencia, de nuestras dificultades y de nuestras necesidades como seres humanos; y, por ende, a una revisualización de la psicoterapia como disciplina y de la intervención psicoterapéutica como desempeño. Me ha permitido retomar, después de mucho tiempo, algunas lecturas esenciales que, en mis primeros tiempos de formación, me fascinaron y fueron responsables de mi decisión de dedicarme al noble arte de la psicoterapia, con Erich Fromm a la cabeza, componente destacado de la Escuela de Frankfurt.
Al acudir a los textos de los filósofos sociales, a la teoría social crítica, se han ampliado mis perspectivas teóricas y prácticas para entender y explicar las circunstancias que derivan en la construcción de la identidad, de la subjetividad de género en hombres y mujeres, temas de capital interés en mi producción bibliográfica. La inclusión de lo filosófico y de lo ético me ha permitido armar y presentar un paraguas conceptual en el que puedan acogerse aspectos de esencial importancia para nuestro trabajo como terapeutas, poniendo énfasis en una visión de la psicoterapia como proceso de emancipación y no como un mero ejercicio destinado a la adaptación de los individuos a las prescripciones e imposiciones de los mandatos sociales vigentes en cada cultura. Dice Pakman: El sentido de lo justo es entonces una búsqueda, inmanente a la dimensión del sentido, de una vida mejor, un sentido que fluctúa, de un modo siempre vacilante entre la vida que vale la pena de ser vivida y la vida fútil
(2018, p. 55).
Quiero seguir la senda que otros profesionales ya iniciaron, como es el caso de Marcelo Pakman o, en el psicoanálisis relacional, Dona Orange. Porque, además de la capacitación teórica y práctica, sobre cómo desempeñar el trabajo en psicoterapia, debe existir un nivel más elevado de abstracción y de reflexión sobre el contenido y el contexto de esta formación. […] Hay una necesidad ética de pensadores más críticos
(Caro, 2019, p. 88).
He disfrutado en la elaboración de esta propuesta. Ahora queda en sus manos, con la esperanza de dotar de más sentido, si cabe, al desarrollo de nuestro trabajo cotidiano con las dificultades emocionales y relacionales que presentan las familias e individuos que atendemos.
1. VERDAD Y POSMODERNIDAD.
LAS PARATOPÍAS
El cerebro es un buscador de sentido y prefiere el sentido y la coherencia a la verdad, la verosimilitud a la veracidad, igual que sucede en la literatura. […]; finalmente recordamos más lo que nos hemos contado que lo que sucedió, que queda perdido en el limbo de la memoria.
(López Mondéjar, 2024, p. 175)
Problemas y ventajas de la posmodernidad en torno a la verdad
El desarrollo de la humanidad es paradójico. Podríamos suponer que, tras tantos siglos de experiencia acumulada, tras tantas reflexiones sobre nuestro particular funcionamiento como especie, podríamos haber aprendido determinadas cuestiones relativas a nuestros recursivos patrones de funcionamiento y a sus nefastas consecuencias. Podríamos haber aprendido, por ejemplo, de nuestro tozudo empeño en repetir situaciones desafortunadas, situaciones que tienen que ver con la destructividad y la crueldad respecto a los otros, a nosotros mismos y a la naturaleza. La guerra, la destrucción, el obsceno enaltecimiento del poder, ya sea religioso, económico, político, científico o social, se configuran finalmente como fórmulas magistrales de logro y excelencia.
No planteo dudas de lo que suponen los avances conseguidos por la humanidad. Desde nuestra aparición como especie en el planeta y, al menos, en el primer mundo, podemos ser testigos de todos los logros que se han venido alcanzando, avances para la creación de un espacio más seguro y más cómodo, más habitable, para el ser humano ante la intemperie de la naturaleza y del mundo. La necesidad de crear y mantener un domum fidelem, una casa segura, donde resguardarse del frío, del miedo a lo inesperado, de la desolación, de la incertidumbre, es una constancia. Ahora bien, no en vano, domus-domo es la raíz etimológica compartida con términos como domesticar, dominar o domar. Es decir, que, para acceder a la seguridad de un espacio habitable, hemos de asumir su contraparte, hemos de pagar un peaje para habitar un hogar
confortable que nos otorga protección y amparo. Lo inevitable, en el marco donde se encuadran estas ventajas, incluye simultáneamente una serie de obligaciones, de condiciones; es decir, para construir y mantener esa casa segura
, desde lo social se nos va a imponer el acatamiento a determinados preceptos o reglas, la sumisión al dominio que se deriva consustancialmente de este proceso de construcción social.
Cuando hablo de una casa segura
, no hago referencia a un simple espacio físico, a una ciudad, a una choza, a una construcción que nos proteja de las inclemencias del tiempo y de la vida; me refiero, más concretamente, a las condiciones a través de las cuales nos dotamos de un espacio psíquico y/o social, que nos ampare y nos proteja; que nos haga sentir relativamente seguros. Sabemos que esta seguridad es pura provisionalidad, porque las inclemencias del mundo no respetan nada, porque no son ajenas a las propias contingencias de la existencia y de la vida. Pero el ser humano puede y, de hecho, persiste, continuamente, en buscar sensaciones de certeza, de certidumbre, de que ese domus; que esa casa sea efectivamente segura y le proteja de la intemperie del mundo y de la vida.
El pensamiento moderno, lo que hemos venido a llamar modernidad, abogó y apostó por la ciencia y por la tecnología como espacios preferentes donde podríamos confiarnos, donde obtener seguridad, con la racionalidad como eje; de igual forma que, en otros tiempos pretéritos o en otros contextos históricos o sociales, las ideologías religiosas (la metafísica) y las ideologías políticas han cumplido, y siguen cumpliendo, esta función protectora
y aseguradora, con la posibilidad de dotarnos de determinadas certezas que alivian ilusoriamente las ansiedades de nuestra existencia. Dicen Cortina y Martínez: el cientifismo es un tipo de reflexión filosófica que considera que la racionalidad pertenece únicamente al ámbito de los saberes científico-técnicos, en tanto que los demás ámbitos de lo humano (incluido el moral) permanecen en la esfera de lo irracional
(Cortina y Martínez, 1996, p. 132).
Creer en un absoluto supone una promesa que nos provee, nos suministra un descanso, un remanso en la inquietante vida contingente del ser humano. Pero el hecho de estar cubiertos por este útero, por esa cúpula aseguradora, no es gratuito, es decir, sucede siempre a costa de algo, incluye un precio que es preciso asumir y pagar. El precio no es pequeño. De ahí que la misma raíz etimológica de casa esté presente en los términos de doma, domesticación o dominio, es decir, que el precio que es preciso pagar, para transitar por esa vía segura
, no es baladí. Esa cúpula aseguradora nos constriñe e impone una serie de condiciones que se requiere conocer y analizar.
Toda la ideología transhumanista se presenta como un seguro de vida
, es decir, nos invita a una existencia donde el ser humano puede creer en su capacidad para controlar la vida, el tiempo, los cuerpos, la finitud inherente a nuestra condición animal y orgánica. Confiar en que la ciencia y la tecnología, raíz del transhumanismo, se traducen a un absoluto verdadero es una completa impostura. Durante el siglo xix y xx, se ha batallado ferozmente apostando por la excelencia de las verdades
de la ciencia y de la técnica, sobre la capacidad de respuesta de ambas a todos y cada uno de los problemas y de las dificultades que se nos presentan en nuestra existencia. Se pretende que la vejez o la enfermedad, por ejemplo, podrán ser abolidas o detenidas gracias a la investigación científica y a los avances tecnológicos. Nada más lejos de la verdad, solo basta contemplar lo que nos viene ocurriendo. Conseguir prolongar la vida, curar enfermedades o mejorar sensiblemente las condiciones de vida no nos libera de la enfermedad, no nos libra de la muerte; por el contrario, la confianza en ese absoluto ideológico transhumanista nos empuja a escapar, a vivir
