Psicoterapia y complejidad
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Consciente contra inconsciente, razón contra emoción, autonomía contra dependencia, autenticidad contra inautenticidad, libertad contra condicionamiento, sentido contra sinsentido, son algunos de los discursos reinantes en el ámbito de la psicoterapia actual que aparecen afines a las ideologías dominantes. En una época con tanta destructividad, surgen voces disidentes que pretenden una resistencia activa frente a configuraciones y discursos que se han vuelto deshumanizantes al promover una concepción de la psicoterapia que se empeña en objetualizar o cosificar lo humano.
El libro que aquí se presenta invita a una amplitud de horizontes y una visión novedosa que, desde la perspectiva de la complejidad, entreteje a lo largo del texto una propuesta para comprender los elementos principales que circundan el mundo de la psicoterapia, pero también confronta sólidamente aquellas nociones que, implícita o explícitamente, restringen o limitan la comprensión del ser humano como un ente en relación, núcleo de constantes transformaciones y vitalidad.
Por ello, este libro supone también una defensa del ser humano frente a las dinámicas sociales actuales y las narrativas anquilosantes de la singularidad psíquica; individualidad que, por ser inagotable, nunca es enteramente aprehensible ni finiquitada y mediante la cual, como dijera Kundera, el individuo organiza y compone su vida intentando una mayor belleza aun en los momentos de más profunda desesperación.
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Psicoterapia y complejidad - Christian Omar Bailón Fernández
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
info@Letrame.com
© Christian Omar Bailón Fernández
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 979-13-7012-258-4
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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Prólogo:
El camino complejo
es el más simple
Con mucho gusto escribo estas líneas con el propósito de exhortar a la lectura de la primera obra de Christian Bailón, quien no sólo es un probado amigo, sino un individuo crítico, un docente propositivo y un terapeuta eficaz.
En las manos del lector se encuentra un texto que vincula la psicoterapia con la complejidad, en vistas de exponer una perspectiva sobre el ser humano, aportando conceptos y desembocando en una práctica concreta: la psicoterapia compleja, o a partir de la complejidad, lo cual, sin duda alguna, no sólo es recomendable, sino urgente y necesario.
La proliferación de nuevas terapias, y por ende de nuevos y entusiastas terapeutas, no siempre ha ido de la mano de una consecuente problematización en torno a las concepciones antropológicas que están en la base de las prácticas terapéuticas. Por supuesto, no podemos contentarnos con la promesa de que el terapeuta «intentará» ser neutral e imparcial, puesto que eso es poco sostenible, comenzando porque siempre existe una línea directriz y una concepción más o menos organizada de lo que es correcto y lo que no, lo cual influye en el posicionamiento del terapeuta frente al caso del que se ocupa. Más honesto, e incluso honrado, es estar dispuesto al escrutinio de los propios principios y perspectivas antropológicas, de modo que el profesional sea capaz de dejar de juzgar con la misma brújula, y logre evitar la soberbia de suponerse capaz de trascender su propio juicio.
Tal como los terapeutas, los individuos pensantes tienden a fragmentar la realidad y conocerla por partes, lo cual, si bien es comprensible, no debería suponer el olvido de la consideración del todo o, al menos, la conciencia de tal fragmentación. Nada hay más ignorante que creerse poseedor de una verdad inmutable; a su vez, poco sería menos ético que tratar de dirigir a otros hacia la senda de aquello que hemos considerado verdadero. En ese sentido, la epistemología de la complejidad trata de mantener un carácter crítico en torno a sí misma, sabiéndose de antemano incapaz de portar una verdad definitiva.
Con agudeza, el autor nos muestra que la psicoterapia centrada en la complejidad tiene un carácter tríadico que engloba al individuo, a la sociedad y a la especie. Estos aspectos no están siempre ordenados, pero están en constante diálogo. De tal manera, no ver, o negar esta sincronicidad, nos conduce a vivir de manera parcializada, desintegrada e inestable. Este libro es una buena oportunidad para contrarrestar la idea de que debemos elegir entre el orden y el desorden, puesto que ambas modalidades están presentes a la vez en nuestra vida. Las aparentes polaridades no son más que extremos de una misma línea, a la cual no se le debe entender de manera simple, rápida o frenética, sino que debe permitirse la pausa para contemplar las interconexiones, por ende, la complejidad.
Superando la tentación de menospreciar a las corrientes psicológicas, lo cual no puede decirse siempre de los análisis interterapéuticos, Bailón propone realizar un entrecruce hermenéutico de las distintas perspectivas que han sido base de la comprensión psíquica de los sujetos, a la vez que es consciente de que para comprender lo psicológico hay que ir más allá de lo psicológico. No obstante, reconoce con acierto que todo inicia con la consciencia, puesto que es ahí donde reside la participación del individuo consigo mismo, con los otros y el mundo. Es por ello por lo que resultan valiosos los señalamientos que hace en torno al carácter reductivo y fragmentario de las epistemologías que subyacen en algunas de las prácticas psicoterapéuticas.
Christian no niega la importancia de la individualidad, pero aboga por la interdependencia y la disposición al reconocimiento de la carencia, de la ausencia, de la falta. Esto nos lleva a una paradoja: la persona no está completa sino hasta que se reconoce no terminada. Nuestra versión actual no es la definitiva, el camino no ha llegado a su fin, el proceso es continuo. Cuando hablamos, lo hacemos desde la lógica de una persona inacabada, por tanto, parcial. Sólo ese reconocimiento sería un avance desde la lógica de la complejidad. Es por ello por lo que el camino largo, o reconocer que no todo está dicho, es a la vez el camino más corto, evitando así la mentira, la simulación y la pretensión de ser quien no se es.
Uno más de los aciertos de esta obra es que pone en entredicho la ideación común de colocar como meta de la vida la felicidad, la autonomía o el bienestar. Si bien son intenciones laudables, no resultan del todo congruentes con las circunstancias que a todos nos corresponde vivir en distintos momentos. Asumida la dialéctica de nuestra condición humana, de por sí ineludible, no son sostenibles las optimistas aspiraciones de una existencia llena de brillo, intachable y sin mácula. La dependencia, e incluso la contingencia, así como la inautenticidad y la contradicción son también ingredientes de esta pálida y burbujeante existencia que nos circunda. Entender que somos seres en constante relación nos hace despertar del sueño de absoluta autonomía e independencia. Nuestra apertura ontológica nos orilla a la exposición, por tanto, a la vulnerabilidad.
Concuerdo con el autor cuando expone la relevancia de la ética en la práctica psicoterapéutica. Son altos los costos de una vida irreflexiva, pero lo son aún más si la sumisión del paciente carga con la irreflexión de su terapeuta. A la vez, con tino y pulcritud, Bailón nos refiere el carácter fronterizo de las personas, ese desde el cual nos constituimos como seres con capacidad auto-eco-creativa y con la posibilidad de posicionarnos frente a los límites simbólicos que nos ha marcado la cultura adoptada.
Además de su fortaleza conceptual, el libro presenta un corpus metodológico que facilita comprender el trabajo psicoterapéutico basado en la complejidad, criticando a su vez las interpretaciones unívocas que pueden ocurrir en la dinámica de relación con el paciente. Es preciso señalar que la renuncia al diálogo interdisciplinario ocasiona fanatismos, por lo que se requiere de autocrítica y de constante revisión de los propios paradigmas. En cada página se observa el matiz conciliatorio que es el eje de escritura del autor, sobre todo cuando indica que no basta con tender a la parte interpretativa de la terapia o a la mera dinámica vivencial, sino a la integración de ambas. Si bien, como el mismo Christian lo dice, la psicoterapia es un proceso fundamentalmente hermenéutico, en virtud de que su interés parte de la interpretación, la significación y la construcción analógica, icónica, mítica, metafórica y, por ende, siempre simbólica, eso no nos exenta de revisar y analizar los pormenores que están en la base de los posicionamientos simbólicos que estructuran la propia existencia.
La verdad nunca ha sido monolítica, puesto que la producción del conocimiento es interaccional-lingüístico-ideológico, además de móvil, flexible, adaptable y contingente. La complejidad nos lleva de la mano hacia la dialogicidad, por tanto, a la dialéctica entre la autonomía y la dependencia. Somos seres multidimensionales, por ello metaestables, necesitados de auto-eco-organización e individuación. Todo esto nos vuelve propensos al pensamiento ecologizado y al reconocimiento del carácter complejo de esta existencia que nos habita y habitamos. Ya no resultan suficientes las propuestas psicoterapéuticas orientadas al fortalecimiento del yo, en virtud de sus sesgos antropológicos. Priorizar al individuo sólo resulta apropiado si no se intentan nulificar sus relaciones con la sociedad.
Advierto que este es un libro que no combate la incertidumbre, la proclama. No arroja certezas, las diluye. No propaga la independencia yoica, la desenraiza. No esconde la confrontación, le saca brillo. No se enfoca en el presente como si fuese lo único, sino que desentraña el pasado. No apunta a lo tangible y lo visible, a lo sencillo y común, sino a lo imaginario, lo caótico y lo perecedero. Tampoco se trata de un texto que promueva el pensamiento exclusivo, meramente intelectual, sino que promueve la emoción, la acción y la relación.
Cabe decir, desde luego, que Bailón no pretende presentar un modelo acabado, sino justo lo contrario: hacer notar que todos los sistemas están en una constante dinámica de reconstrucción a partir de la interacción con el entorno, por más que en ocasiones quienes los pongan en práctica se nieguen a tergiversar sus memorizaciones o sus altares conceptuales. El espacio psicoterapéutico debiera ser, a todas luces, una aguda promoción de la interrogación filosófica y reflexiva, toda vez que lo que está en juego es la agencia de un individuo sobre su propia existencia, la construcción de una ética y de una estructura simbólica que se vuelva hogar. La dimensión crítica de la psicoterapia necesita ser recuperada, resignificada, revivida. Si bien el autor nos dice que «la psicología es la hija adolescente y caprichosa de la filosofía que sólo madura cuando acepta sus orígenes», esta obra es una oportunidad para promover su madurez, de hacerle entender de dónde viene para que sea capaz de ofrecer el cúmulo de sus posibilidades a quienes la visitan.
Por último, resta aludir que un libro centrado en la complejidad debe cumplir a la vez con los siete principios fundamentes que la entretejen. Christian ha logrado ser congruente con ello al mostrar un texto sistémico en el que todas las partes confluyen entre sí; a la vez, todos los capítulos se encuentran implícitos en las partes y se retroalimentan y retrotraen a manera de bucle, el cual es incluso recursivo; hay también una notable evidencia de autonomía/dependencia, puesto que se reconoce que incluso la psicoterapia desde la complejidad depende del entorno; se cuenta con un principio dialógico que conecta las circunstancias de la vida, del mundo o de la realidad y en las páginas se observan constantes reintroducciones.
En una época como la nuestra, caracterizada por la necesidad de auténticos profesionales de la salud mental, un texto como el de Bailón es una invitación honesta al replanteamiento de lo que consideramos el verdadero sentido de la existencia. Por supuesto, el autor no intenta decírnoslo, eso sería contradictorio, pero lo que sí hace es alertarnos sobre las maneras en que no deberíamos abordar las encrucijadas. Por todo lo dicho, tengo certeza de que este libro será de palpable utilidad para quienes acudan a sus letras con ánimo reflexivo y reconstructor, a sabiendas de que el camino complejo es, en cierto modo, el más directo posible y, justo por eso, el más simple.
Héctor Sevilla
Introducción
Las concepciones que se tienen acerca del ser humano señalan los límites y los potenciales que creemos posibles en él. Particularmente, en el ámbito de la psicoterapia, es muy importante la forma en que piensa el psicoterapeuta, pues las preguntas, interpretaciones, reflexiones o planteamientos que establece en el espacio psicoterapéutico son absolutamente dependientes de su forma de concebir tanto al ser humano como la salud psicológica, de manera que los límites de éste tanto respecto de su propio desarrollo psicológico como los límites epistemológicos en los que enmarca la realidad (la realidad interna del individuo como su concepción de la realidad externa) de una u otra forma delinean y coproducen un marco de posibilidades e imposibilidades, de ahí que se considere que es fundamental la problematización respecto de las concepciones antropológicas implícitas en las teorías psicoterapéuticas que los profesionales ligados a la salud psicológica mantenemos. Dicho de otro modo, la mirada del profesional mediante su concepción del ser humano genera una influencia a través de las rutas que establece al configurar los límites y las posibilidades a recorrer, hasta que en última instancia, coopera dialógicamente consciente o inconscientemente para la construcción implícita o explícita, del sendero considerado afín a esa visión presente del hombre.
Por poner un ejemplo simple, todos los profesionales de distintas escuelas psicoterapéuticas pueden parcialmente concordar sobre las características de una depresión, pero cada uno de ellos considerará que el origen tiene una estructuración distinta, los psicoanalistas, por lo menos los clásicos, quizá querrán ahondar en los recuerdos del consultante para rastrear aquello que lo pudo haber generado, los psicoterapeutas de orientación existencial se centrarán quizá en el modo en que los individuos se relacionan consigo mismos actualmente, los cognitivo-conductuales quizá puedan centrarse en los modos en que se organiza la dimensión psíquica del individuo respecto de sus modos de pensamiento, constructos o esquemas, y los psicoterapeutas sistémicos se centrarán en los modos de relacionamiento que mantiene el sujeto con su entorno intersubjetivo.
Desde esta perspectiva, si se considera que el actuar y vivir del ser humano se puede ver influido por un inconsciente primitivo, por un contexto que estimula su conducta, por un núcleo interno tendiente a la autorregulación o por su propia consciencia de ser-en-el-mundo, ello ha de operar implícita y explícitamente en las hipótesis del profesional que encuadran el discurso, las preguntas a realizar, las interpretaciones, lo que ha de ser confrontado, las técnicas a usar; pues no se puede no influir porque no se puede no comunicar (Watzlawick, Helmick y Jackson, 1985), y aún aquellos modelos que pretenden ser asépticos en su no-directividad, con el silencio o con la actitud pasiva también metacomunican implícitamente una serie de lineamientos con los que se infiere lo que se espera del proceso psicoterapéutico. Incluso si se argumentara que hay grados de neutralidad, objetividad o de influencia, esta postura estaría delimitada por una concepción epistemológica y antropológica que le precede.
Sin embargo, es importante no perder de vista que el concepto de neutralidad tiene una función ética importante en la dimensión psicoterapéutica; tanto para evitar que el profesional se extralimite como para cuidar que funde sus intervenciones en la búsqueda de las mejores opciones para posibilitar con ello un camino de bienestar y menor riesgo posibles, y puesto que el posicionamiento de todo profesional parte siempre de un contexto y de una vivencia que en un entrelace complejo constituyen su identidad, el profesional debe disuadirse de que por ello explícitamente encarne un rol particular, ajeno a los objetivos del servicio profesional, procurando habitar un ideal ético de vigilancia epistemológica (Bourdieu, Chamboredon y Passeron, 2002) e intentando mantener entre paréntesis tanto sus prejuicios personales como los profesionales que puedan obstruir su mirada frente a la búsqueda del mayor bienestar posible (en el caso de la psicología), asumiendo los principios clásicos de la bioética, como son: la no maleficencia, beneficencia, autonomía y justicia para no incurrir en iatrogenia, y en el caso de la psicoterapia en específico, que el profesional mantenga esta mirada crítica y en supervisión constante de sí mismo, y en relación con otros profesionales, sobre los presupuestos que sostiene en el espacio psicoterapéutico para intentar la mayor asepsia normativa en la dimensión relacional del ámbito y espacio clínico.
La dimensión psicoterapéutica a pesar de la imposibilidad de no influir exige que el profesional promueva intervenciones que no se dirijan a la manipulación ni a una influencia coercitiva, no reflexiva o ajena a la coherencia interna que se encuentra implicada en la búsqueda de la salud por parte del individuo que busca los servicios psicológicos, pues las decisiones que se lleven a cabo en el proceso psicoterapéutico deben ser plenamente concordantes con la autoorganización del usuario de acuerdo a las conclusiones que él mismo elabora desde el lugar de autoconstrucción interna y externa que pretende ser la consulta psicoterapéutica. En este sentido, la significación hermenéutica de lo que ahí surge debe permanecer abierta y libre de cualquier delimitación conceptual provista por alguna dimensión ajena a los parámetros propios del terreno y la identidad existencial del consultante, de ahí se concluye que el acercamiento entonces con el consultante debe mantener inevitablemente un carácter tentativo, empático, correflexivo, no normativo (en la medida en que esto no transgreda la ética profesional en función de un riesgo legal, puesto que en ese caso sí hablamos de una condición normativa legítima).
Argumento en este sentido que la noción de neutralidad y de imparcialidad se debe dejar de lado por tratarse de una concepción ya obsoleta e insostenible, dando paso al rigor profesional, entendido aquí como buscar mantener un escrutinio constante de nuestra práctica, una disposición autocrítica y reflexiva orientada a mantener en observación constante ese saber desde qué ángulos se trabaja profesionalmente (Martín-Baró, 1998), pues, parafraseando al filósofo alemán Friedrich Nietzsche (2006), mientras más ojos distintos tengamos para ver cualquier cuestión, más completa será nuestra concepción de ello y por ende más objetivos podremos ser. Sin dejar de reconocer que esta perspectiva o metaperspectiva también es un posicionamiento epistemológico, hago una distinción entre una perspectiva que niega la pluralidad de otras perspectivas y una metaperspectiva que propone un reconocimiento de los elementos generales que pueden propiciar un marco común, y, en el caso de la psicoterapia, un marco que garantice una concepción de vigilancia ética afín a los elementos esenciales de la práctica profesional.
Por su parte, para Maturana (1997), no es certero declarar o afirmar que las observaciones que tenemos sobre la realidad, lo objetos, relaciones o entidades que reconocemos en nuestra vida existan independientemente de cómo nos vinculamos con ellos, reconociendo que vivimos en un multiverso en donde hay muchos modos distintos de explicar la realidad, que aunque pueden no ser todos igual de deseables para todos, son igualmente legítimos, y en ese sentido invita a promover una reflexión responsable en coexistencia que excluya la negación del otro, actitud a la que nombrará «objetividad entre paréntesis».
Se hace énfasis sobre la problemática de la objetividad en esta perspectiva porque la propuesta que aquí se esboza pretende una visión de la psicoterapia desde una perspectiva de complejidad; el propio concepto de complejidad se ha utilizado de diferentes modos, sin embargo, como lo veremos más adelante, la forma en que abordaremos tal noción será fundamentalmente la asumida y desarrollada por el antropólogo y sociólogo, Edgar Morin. Una perspectiva que al aplicarse al campo de la psicología y la psicoterapia supone un quiebre con muchas de las diversas concepciones clásicas pues implica aspirar a una concepción más enriquecedora, problematizadora, y siempre abierta de todo lo asociado tanto en la concepción del ser humano desde la psicoterapia, como de la configuración misma de la psicoterapia y de la ya de por sí intrincada, polisémica y problemática dimensión de la salud mental.
Para la elaboración de lo que se encuentra involucrado en el abordaje de la psicoterapia desde una perspectiva compleja, se requiere en primera instancia una inmersión, conceptualización y fundamentación de los elementos que entretejen tanto una epistemología como una antropología basada en el paradigma de la complejidad tal como la propone este autor, desde donde es posible derivar hacia la construcción de las bases de la psicoterapia desde una visión compleja, cuestión necesaria para la elaboración de un suelo coherente que permita el entrelace de las diversas significaciones vinculadas con la emergencia de la presente propuesta, en ese sentido a continuación se explica el marco introductorio que antecede a la perspectiva que aquí se pretende desarrollar.
Para comprender lo aquí comprometido, se ha de entender en principio el concepto de complejidad que cotidianamente se utiliza para referirse a algo complicado, confuso, poco claro y lleno de incertidumbre. Para Morin este concepto es revalorado desde el origen latino complexus, que significa «lo que está tejido junto», partiendo de esta idea, se asume que la realidad no se encuentra separada y fragmentada; nosotros, desde el modo en que hemos aprendido a conocer la realidad la fragmentamos y la conocemos por partes, sin nunca volver a considerar la relación de todo con todo. El paradigma de la complejidad advierte en primera instancia que ningún aspecto de hecho puede dividirse de otro en la vida, y que esta fragmentariedad del mundo en el que vivimos tiene más que ver con el modo en que organizamos y desintegramos las cosas al conocerlas, lo cual supone una pérdida profunda de nuestra visión de conjunto y de nuestra capacidad para comprender las interconexiones de los fenómenos del mundo y de nosotros mismos con la realidad en que vivimos. Por otra parte, en razón de esta concatenación de todo con todo, en el universo hasta el más insignificante aspecto tiene sentido en el conjunto de manera reticular y puede romper con todo orden. En esto coincidía el físico Ilya Prigogine, quien aseguraba que la realidad es una mezcla de desorden y orden, y que el universo funciona de tal modo que del caos nacen nuevas estructuras posibilitadoras de realidades diversas.
La perspectiva de la complejidad pretende erigirse como una epistemología, lo que significa que más que dedicarse a comprender un fenómeno específico en el ámbito del conocimiento, reflexiona y establece una propuesta del modo en que conocemos lo que conocemos, cuestiona en este sentido la forma en que fragmentamos y dividimos el conocimiento, puesto que considera que todos los conocimientos están interrelacionados de manera compleja y que si queremos intentar conocer cómo funciona el mundo tenemos que preguntarnos no por sus partes sino por la interconexión de todas las partes que lo componen, en ese sentido asume el reto de ir más allá de las disciplinas como segregadas para promover un saber transdisciplinario que reconozca todos los elementos implicados en el conocimiento, las relaciones entre los fenómenos estudiados, las relaciones entre las disciplinas de conocimiento, y la manera en que los investigadores mismos se encuentran implicados con su observación en los fenómenos que estudian, a la vez admitiendo la errancia, de manera que se haga notoria la constante intersubjetividad e interdependencia de los fenómenos entre sí en el orden del conocimiento (Morin, Roger y Domingo, 2006).
Cuando se habla de antropología y desarrollo antropológico, nos referimos al acercamiento comprensivo al modo en que el ser humano a través de la historia ha ido articulando el mundo en el que vive, tanto a sí mismo como a su vez recibiendo la influencia organizadora de su circunstancia hacia sí mismo y los otros. De igual manera, desde el paradigma de la complejidad no se asume una vertiente unidimensional por el mismo carácter epistemológico de la propuesta, es decir que supone la apertura al reconocimiento del entrelace siempre multivariable y caótico que entreteje los fenómenos del mundo, pues no hay ningún efecto tanto en la vida como en el mundo que se produzca únicamente por una situación, sino que siempre cohabitan en una tensión ineludible una multiplicidad de situaciones que terminan por generar a cada instante los resultados que en cada momento atestiguamos.
En este sentido, al hablar de situar a la psicología y a la psicoterapia en un abordaje desde la complejidad admitimos muchas lecturas; por una parte, acorde al paradigma de la complejidad se alude a las ciencias de la complejidad como pueden ser los aportes en física sobre indeterminación, teoría del caos, teoría de los sistemas que más adelante se revisarán; y, por otra parte, al situarnos en una dimensión psicológica, hay que asumir que estas teorías se fundamentan aquí como tropos comprensivos que replantean nuevas posibilidades en su significación hermenéutica para las ciencias humanas, que no necesariamente son radicalmente afines o estrictamente fieles en su adecuación, es decir que mantienen un carácter figurado, pues suponen diferentes posibles lecturas desde un posicionamiento meta-pan-epistemológico (Morin, 2010), de modo que este posicionamiento admite otras posibles interpretaciones, teorías diversas como las propuestas por Pribram, Bohm y Atlan, entre otras, sin dejar de buscar la coherencia que permita una ilación que pueda dar forma a la fundamentación de la presente propuesta. En última instancia se alude a una visión compleja que supone una hermenéutica a su vez compleja que, tanto en su tratamiento de las teorías como en su aplicación, sostiene un entrelazamiento transdisciplinario que ensancha los límites reductivos del paradigma de la simplicidad que se asume ha sido el dominante al concebir los diversos conocimientos sobre el psiquismo humano desde una posición fragmentaria.
Advierto al lector que este libro mantiene una problematización que no se agota en lo psicológico sino que también dialoga con lo filosófico y lo antropológico, ya que considero que estas dimensiones del conocimiento son ineludibles para un planteamiento psicológico que pretenda encontrarse nutrido de una manera amplia. Pido disculpas de antemano si esto hace que el texto pueda ser intrincado pero no he encontrado otro modo suficientemente satisfactorio para poder plasmar y trazar las problemáticas que aquí se tratan. Sin embargo, confío en que el lector en la medida en que vaya aproximándose al núcleo del planteamiento de una psicoterapia compleja, podrá también percatarse de cómo, las nociones que en un principio podrían resultar un tanto difusas, van adquiriendo cada vez una forma más nítida y aterrizada al ser colocadas descriptivamente en los escenarios particulares asociados a la propia praxis del profesional en salud mental.
Como se señalaba anteriormente, el autor principal para esbozar los planteamientos en relación a una concepción compleja de la psicoterapia desde la fundamentación tanto epistemológica como antropológica es Edgar Morin, esto por ser un autor clave que plantea ampliamente en sus trabajos como tal un acercamiento a lo que él mismo llamará el paradigma de la complejidad en una interpretación sobre a lo que tal perspectiva compromete para las ciencias sociales y humanas que me parece bastante vigente, lo cual no quiere decir que este trabajo no amplíe el horizonte más allá de este autor, sólo se alude en razón de que en buena medida ha sido uno de los principales teóricos implicados en el desarrollo de esta perspectiva para las ciencias sociales y humanas, en razón de que sus planteamientos resultan en propuestas bastante revolucionarias para el acercamiento creativo aquí propuesto para el campo de la psicología y la psicoterapia.
Hay algunos textos sobre psicología compleja, no todos basados en Edgar Morin, sino fundamentados en la interpretación de estas llamadas ciencias de la complejidad por otros autores y además hay diversas posibilidades de interpretación de la psicología sobre los temas, se puede encontrar bibliografía de las aplicaciones que diferentes teóricos de muy diversas corrientes psicológicas hacen sobre el tema. Sin embargo, ya que dichas lecturas parten desde una problematización afín a una tradición psicoterapéutica particular (psicoanálisis, psicoterapia humanista o psicoterapia sistémica entre otras), se señala una diferencia importante en esta propuesta, puesto que lo aquí se esboza no es el uso del pensamiento complejo para la profundización en alguna tradición psicoterapéutica, sino la elaboración de una propuesta basada en la epistemología de la complejidad de origen, por ende, esta elaboración mantiene un carácter meta-pan-epistemológico en función de un diálogo con base en la revisión desde un conocimiento del conocimiento psicoterapéutico (Morin, 2010) que actualmente se ejerce desde las distintas perspectivas psicoterapéuticas vigentes. Sin embargo, para llegar a la fundamentación de una propuesta así es prioritario en primera instancia establecer y definir con claridad lo que se encuentra de fondo en una epistemología de la complejidad, lo que se hará justo en el primer capítulo.
Baste decir (aunque sea obvio) que sería contrario al espíritu del pensamiento complejo considerar o pretender que hay un único modo de abordar la elaboración de una propuesta con estas características, lo que aquí se lleva a cabo como un proyecto es en realidad un diálogo a través del cual se pretende que las diversas ideas sean continuamente enriquecidas, cuestionadas, reformuladas y en fin, dispuestas a ser entrelazadas esperando encuentren algún eco generador de nuevas disposiciones en función del enriquecimiento del conocimiento.
En el primer capítulo llamado el Paradigma de la complejidad y su epistemología, busco entretejer sintéticamente todos los elementos que engloba la perspectiva del paradigma de la complejidad, a la vez que problematizar el tema en función de dirigirlo particularmente a la dimensión psicológica y psicoterapéutica que es la que fundamentalmente nos compete, en este capítulo se hace un entrelace que supone también un recuento histórico de cómo se ha ido
