Nepo en la isla que florece
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Premio Carmen Lyra 2023
Premio Juan Manuel Sánchez 2023
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Nepo en la isla que florece - Floria Jiménez Díaz
1
¿Qué le pasa a Nepo?
Pantalones y calcetines tirados en el piso de la habitación de NepoNepo se despierta y sacude la cabeza como quien se espanta un avispero. De un solo salto se levanta. ¡Hoy se siente enojado! No, no es enojado. ¡Hoy se siente muy triste! No, no se siente muy triste. ¡Hoy se siente frustrado! La verdad, Nepo no sabe cómo se siente.
De un jalón, levanta la cobija que sale volando. ¡Zaz!, lanza la almohada contra la pared como si fuera una bola. Abre el ropero y tira la ropa sobre la cama, igual que si estuviera espantando al tiburón de sus pesadillas. Es grandote como una ballena y tiene las fauces de lata con un montón de dientes filosos como cuchillos. ¡Ay! ¡Se lo quiere tragar de un bocado! Nina, su mamá, oye el alboroto y corre a ver qué le sucede.
—Nepo, ¿qué te pasa? ¿Por qué estás revolcándolo todo? Mejor lavás los platos antes de irte a la escuela.
—¡No quiero! ¡No quierooo! —responde aquel, debajo de la cama.
—¡Cómo! Si no salís de inmediato, ¡ya verás!
Ese «¡ya verás!» es la amenaza que a Nepo lo asusta. Le recuerda al tiburón que lo acecha entre las olas, asomando su aleta puntiaguda y después la cabezota que se acerca y se acercaaa... Otras veces, imagina que lo encierran en un cajón con llave o ¿qué tal si lo meten en el corral de las gallinas a comer granos de maíz toda la vida?
Últimamente, las amenazas vienen y van por partida doble. Papá también se enoja; antes no lo hacía.
—Nepo, ¿qué vamos a hacer con vos? Dice la maestra que ayer te escapaste. Vas a reprobar el curso —le reprocha desde el cuarto.
«¡Nepoo, Nepooo, Nepoooo! Van a empapelar la casa con mi nombre. Lo más seguro es que las loras y los pericos que pasan volando se lo hayan aprendido de memoria. ¡Nadie me quiere!», piensa muy dolido, entre lágrimas calientes que resbalan por su cara. Siempre hay una razón que pone a girar su mundo de cabeza.
Todo empezó un año atrás durante la pandemia, aquella plaga que azotó el mundo entero. Un día llegó al vecindario como un fantasma que se metía por cualquier parte. Era tan malo que enfermaba a muchas personas, y el muy traicionero llegó a su casa. ¡Quién sabe por dónde se metió! ¡Quién sabe por cuál rendija!
Enfermó a su papá y se puso malísimo. ¡Cómo tosía y tosía! Intentaba respirar, pero el aire se le iba. Fue la noche más tenebrosa. Tan solo al recordarla, Nepo siente que su mundo se derrumba.
Aquella vez sintió mucho miedo, pues vio a su mamá salir por la noche a buscar ayuda; pero a él no lo dejaron acercarse por temor a contagiarlo.
Por suerte don Nacho, el vecino que tiene teléfono, llamó a la Cruz Roja. Los minutos se alargaron como una hebra interminable; al fin, se oyó una sirena subiendo y bajando por el vecindario, hasta que llegó a su casa. «¡Uuuu, uuuu!», silbaba como un búho entre los árboles.
Dos rescatistas se bajaron de la ambulancia con maletines, trajes blanquísimos y la cara tapada. Entraron al cuarto en completo silencio y un rato después salieron con su papá en una camilla.
¡Qué noche más fea! Pasaron los minutos y las horas, pero nadie les daba razón de lo que sucedía. Fueron tres semanas horribles para Nepo, hasta que un día, ¡qué alivio!, se volvió a escuchar el motor de la ambulancia calle arriba y calle abajo, cerca, cada vez más cerca de su casa.
Los rescatistas se bajaron para abrir una gran compuerta. ¡Su papá estaba de regreso! ¡Se veía tan flaquito!
Con él llegó una hoja llena de indicaciones: «Tomarse las medicinas, sin saltarse ninguna, comer puré de papa con camote y zapallito con cinco vasos de agua al día…». Pero la instrucción que más le preocupó a su mamá fue la última: «El paciente debe guardar reposo hasta que se recupere».
—¡Ay, Fito, no podés ir de pesca hasta quién sabe cuándo! ¿Qué vamos a hacer? —le dijo a su esposo, mientras lo ayudaba a acostarse.
Y claro, ella tenía razón. Jamás le tocó trabajar en algo que no fuera limpiar, lavar, hacer la comida y cuidar a Nepo, porque Fito le decía:
—Yo soy el que sale a trabajar.
Pero, quién sabe por qué, los peces huían muy lejos y su papá regresaba con la soledad reflejada en sus ojos. Abuelita Manuela nunca estuvo de acuerdo con Fito, porque ella trabajó con sus papás desde los quince años, igual que sus abuelos y sus tatarabuelos. Hombres y mujeres se daban la mano para sacar a la familia adelante. Juntos se iban de pesca. Juntos trabajaban en el campo y recogían el fruto de la cosecha.
Por esa razón, abuelita Manuela habló con Nina para aconsejarla:
—Hija, a usted le queda muy rico todo lo que cocina. ¿Por qué no hace empanadas y las vende? Yo le ayudo.
—Pero ¿cómo voy a comprar todo lo que necesito para hacerlas? No tenemos plata, mamá.
—Dígale a Chinta que se lo
