La estela de Tlatelolco. Una reconstrucción histórica del Movimiento estudiantil del 68
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La estela de Tlatelolco. Una reconstrucción histórica del Movimiento estudiantil del 68 - Raúl Álvarez Garín
PRÓLOGO
En el otoño de 2023, 55 años después del movimiento estudiantil de 1968, llega a tus manos esta obra que aporta un análisis político sumamente trascendente, pues, más allá de la cronología, estudia el contexto social e histórico de sus orígenes y establece con claridad por qué y cómo se desarrolló esa movilización de masas, poniendo el acento en los aspectos organizativos y en la fuerza de sus demandas sociales.
¿Cómo logró Raúl Álvarez Garín tal claridad y tal visión en su pensamiento revolucionario, desde que participó como líder en el Consejo Nacional de Huelga y a lo largo de toda su vida dedicada a luchar contra la injusticia, la impunidad y en favor de la democracia y la organización de los movimientos de masas?
Desde muy joven estuvo comprometido con la lucha social; empezó con el movimiento ferrocarrilero, cuyas causas apoyó a los 17 años de edad. En términos teóricos y en la praxis, estuvo involucrado en la organización de la clase trabajadora y realizó esfuerzos consistentes para hacer del periodismo un instrumento para la acción política y la organización del movimiento de masas. Con base en esas experiencias, impulsó los proyectos de la revista Punto Crítico y del periódico Corre la Voz, dos influyentes iniciativas de periodismo revolucionario que en conjunto lograron su publicación sostenida por 40 años. Corre la Voz nació como un órgano para promover la organización alrededor del Frente Democrático Nacional (FDN), durante la insurrección democrático-electoral encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas en 1988.
Entretanto, Punto Crítico llegó a amplios sectores campesinos y obreros de México e inspiró y sirvió de base para otros grupos sociales en lucha en Centro y Sudamérica. El equipo que editaba la revista evolucionó para convertirse en una organización política, en la cual participaron muchos que hoy siguen vigentes y actuantes en la lucha por construir un México igualitario con justicia y libertad.
Hacer un recuento de todos los logros y la influencia del pensamiento y la obra de Raúl en el devenir político de México es una tarea que los estudiosos acometerán con gusto. La veta de sus convicciones, su lucha y su enorme congruencia son muy ricas y darán mucho en qué pensar y recuperar, pues sus trabajos y reflexiones siguen siendo tremendamente vigentes.
Su gran compromiso fue la lucha contra la impunidad y por la justicia, como un camino para construir un México democrático, libre, independiente y soberano.
Después de la Revolución mexicana y el cardenismo de la década de 1930, al movimiento de 1968 se le reconoce como pionero de los procesos de transformación del México moderno. Para poner en contexto las causas y los inicios del 68, en esta obra Raúl Álvarez analiza los movimientos previos de estudiantes y obreros, lo mismo que de ferrocarrileros y mineros, electricistas y petroleros, también de periodistas y maestros, campesinos y médicos. Todos ellos tuvieron que enfrentarse con la represión militar y policial, y, finalmente, con la cárcel, el asesinato de opositores o el destierro. Éstas fueron las respuestas sistemáticas del régimen para las demandas sociales. Eran los tiempos del partido único, el priísmo, que instituyó el autoritarismo, los oídos sordos y las verdades absolutas para golpear y controlar. En ese contexto, el movimiento del 68 es el estallido de la juventud ante esas tensiones sociales acumuladas. Después de más de tres meses de movilizaciones pacíficas multitudinarias, asambleas y debates intensos, el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez aplicó la misma medida represiva. En la antesala de los Juegos Olímpicos de 1968 el Ejército mexicano masacró a miles de manifestantes reunidos de manera pacífica el 2 de octubre de aquel año en la Plaza de la Tres Culturas en Tlatelolco.
La estela de Tlatelolco propone el andamiaje teórico, jurídico e histórico que fue la base para la demanda por genocidio en contra de los responsables intelectuales y materiales de la represión, presentada en octubre de 1998.
El 2 de octubre de 1968 el Estado mexicano cometió un crimen de lesa humanidad que dolorosamente permanece impune hasta nuestros días, a pesar de que los poderes de este mismo Estado han reconocido con resoluciones, declaraciones, decretos y discursos esta realidad. Por ejemplo, la Suprema Corte de Justicia de la Nación emitió diversas sentencias en las que establece, precisamente, que el Estado mexicano cometió ese crimen de lesa humanidad en contra de un grupo social; el Congreso de la Unión ha rendido homenaje al movimiento del 68 al inscribir leyendas alusivas en el Muro de Honor de las cámaras de Diputados y de Senadores; lo mismo ha ocurrido en los congresos locales de varias entidades de la República. Por mandato de ley, el 2 de octubre se ha declarado día de duelo nacional y la bandera deberá izarse a media asta. En la inauguración del nuevo gobierno de la Ciudad de México en 2018 se decretó la desaparición del cuerpo de granaderos, una de las demandas del pliego petitorio de nuestro movimiento. Sin embargo, aunque con esta serie de actos se está reconociendo la justeza del movimiento, la impunidad se mantiene por una decisión ilegal de ese mismo Estado que apela a la desmemoria y al olvido, con un completo cinismo. Por eso todas las propuestas de monumentos, actos de remembranza y letras de oro no han significado más que actos propagandísticos y oportunistas, pues lo que se requiere es que la justicia federal cumpla con su obligación de completar las investigaciones y emitir las sentencias, castigar a los culpables por genocidio, garantizar la memoria, la justicia y la reparación del daño infligido en su momento a las víctimas de la represión, como único camino viable para garantizar la no repetición.
A 55 años del movimiento estudiantil, las demandas de democracia siguen vigentes y el crimen de Estado cometido en contra de la juventud permanece impune, a pesar de que el supuesto fin del priísmo ha tenido diversas alternancias. Es una deuda del Estado mexicano y de la Cuarta Transformación con el pueblo, con la generación del 68 y con uno de sus líderes más connotados, como lo es Raúl Álvarez Garín, con las juventudes que hoy siguen siendo víctimas de la violencia; las decenas de miles de asesinatos y desapariciones forzadas; los feminicidios en medio de una violencia generalizada en contra de las mujeres y la impunidad que carcome a la sociedad y sus instituciones.
Precisamente por eso es urgente e impostergable concluir los procesos judiciales entablados desde 1998 en contra de los genocidas, para poner fin a la impunidad de una vez por todas. En la actualidad esos procesos no han progresado, ni siquiera en los términos que avanzaron en los periodos anteriores.
Pero lo peor es que se han ido acumulando los crímenes, las pérdidas de vidas humanas y el dolor de las madres y los padres de los luchadores sociales. En este recuento tenemos Ayotzinapa, la violencia contra los zapatistas, el incumplimiento de los Acuerdos de San Andrés y la violencia sistemática contra jóvenes y mujeres.
No existe ninguna posibilidad de alcanzar la democracia si persiste la impunidad.
En este libro hay un análisis del pliego petitorio y de sus causas, de las formas organizativas que logró el movimiento con una dirección política colectiva y plural, basada en el diálogo que, entre otras cosas, es a lo que aspirábamos como forma de convivencia y de relación del pueblo con su gobierno en un Estado democrático. Son aspiraciones que permanecen pendientes.
En el último capítulo de La estela de Tlatelolco, Raúl Álvarez expresa un plan de acción política en el que refrenda el legado del movimiento de 1968 para los mexicanos, incluso para aquellos que aún no han nacido. Así, por ejemplo, adelanta visiones sobre temas que nos preocupan, como la necesaria reforma de la educación, en un sentido progresista. Para ello, propone un nuevo modelo educativo en el que se otorgue prioridad a la formación científica, social y humanística; aboga por un sistema que ofrezca herramientas avanzadas en nuevas tecnologías, conocimiento de la historia, el dominio de varios idiomas y un proceso de educación continua.
En la sección Palabras finales
, entre otros temas, refiere que la destrucción de las economías rurales y campesinas está dislocando y poniendo en grave riesgo de subsistencia la vida de cientos de millones de personas en el mundo
. Al abordar la creciente desigualdad social aboga por una reforma laboral que incluya la reducción de la jornada de trabajo, que aproveche en bien colectivo los avances de la ciencia y la tecnología, una reducción de la jornada laboral que genere espacios para nuevos empleos, que propicie mayor tiempo libre y el disfrute de mejores estándares de vida, y que de esa forma se desarrollen mecanismos eficaces para una mejor distribución de la riqueza con el fin, en suma, de combatir las desigualdades que aquejan a la sociedad.
En todo caso, La estela de Tlatelolco es un refrendo del gran compromiso y de la preocupación por la organización del pueblo, por el diálogo y la democracia como forma para lograr su emancipación y el camino para construir un país de iguales.
En esta edición celebramos los primeros 25 años de una obra que seguirá siendo un referente indispensable.
¡En la lucha nos veremos!
FÉLIX HERNÁNDEZ GAMUNDI
Representante de la Escuela Superior
de Ingeniería Mecánica y Eléctrica
del Instituto Politécnico Nacional (ESIME/IPN)
Consejo Nacional de Huelga (CNH) 1968
Comité 68
ALEJANDRO ÁLVAREZ BÉJAR
Facultad de Economía, Universidad Nacional
Autónoma de México
Comité 68
Ciudad de México, 2023
NOTAS Y AGRADECIMIENTOS
Para la redacción de este libro retomé algunas notas y escritos que había elaborado como material de conferencias y debates durante los últimos años. También utilicé en parte mis alegatos de defensa presentados durante los juicios penales de la época, y algunos contenidos publicados en las revistas Zurda, Punto Crítico y Corre la Voz en diferentes momentos. Las referencias en el texto a materiales periodísticos de ese tiempo se encuentran en el libro El movimiento estudiantil mexicano de Ramón Ramírez, y por eso no están consignadas explícitamente. En cambio, los casos de referencias documentales más concretos se citan a pie de página.
La tarea de organización de los materiales de archivo, así como de búsqueda y reproducción de informaciones específicas en libros, periódicos y revistas, fue coordinada por Itzel Valle Padilla, a quien le expreso mi más amplio y sincero agradecimiento.
En los trabajos bibliográficos conté con la ayuda de Ileana Cruz Torres y Alejandra Maldonado Ríos, y la simpatía y el empeño de Angelina Martínez y Ana María Muñoz.
Un amplio grupo de compañeros me apoyó de manera generosa con lecturas cuidadosas de los diversos borradores y ofreció numerosas correcciones y precisiones importantes y significativas. En estas faenas y discusiones participaron en diversos momentos Félix Hernández Gamundi, Roberto Escudero, Rosa María Padilla, Adalberto Saldaña Harlow, Adriana Corona, Marcia Gutiérrez, Jaime García Reyes, Carolina Verduzco, Lucía González, José Manuel Pérez Vázquez, Daniel Molina, Roberta Mendoza, Víctor Moreno, Antonio Martínez, María Emilia Caballero, Tatiana Falcón, Paula López, Carmen Guardiola, Carmen Galindo, Magdalena Galindo, María Fernanda Campa y Alejandro Álvarez; a todos ellos mi más profundo agradecimiento. El apoyo de los compañeros del equipo de Corre la Voz en todas las etapas de elaboración del libro fue, como siempre, determinante y decisivo.
La recopilación y la reproducción del material fotográfico fueron particularmente laboriosas por la carencia de originales y el deterioro de las fuentes utilizadas.¹ En estas tareas agradezco de manera especial la colaboración de Arnulfo Aquino, Óscar Menéndez, Eréndira Pérez y Manuela Álvarez.
Finalmente, cuando los quehaceres más compulsivos están por concluir resaltan los apoyos duraderos e incondicionales que los hacen posibles; a mis padres Manuela Garín y Raúl Álvarez, mi cariño y agradecimiento de siempre.
INTRODUCCIÓN
La estela de Tlatelolco es una reconstrucción histórica del movimiento estudiantil del 68, de sus principales acontecimientos, de los debates y las consecuencias que de ahí se derivaron y de las referencias de entonces que aún conservan plena vigencia. Una estela es una huella en el agua; también es una historia labrada en piedra o la cauda de un cometa. En los primeros años posteriores al movimiento del 68 parecía que su impronta sería efímera, que sus huellas serían perdurables tan sólo como cicatrices del alma. La rabia se volvió consigna: 2 de octubre no se olvida
, y es verdad que la historia no se olvida, pero el poder persiste en deformarla hasta volverla irreconocible, y la puede ocultar por mucho tiempo.
Por eso, frente al vacío, el mensaje grabado en piedra hace permanente e indeleble el compromiso: Fueron muchas víctimas cuyos nombres aún no conocemos
. Así no se petrifica la memoria; por el contrario, la historia viva se refuerza y cuando se recrean con detalle los sucesos del 68 deslumbra el resplandor de esa luz que iluminó el cielo de la libertad por un momento. Y los signos que ahora anuncian la vuelta del cometa no son como el presagio de los magos y los adivinos; son las certidumbres de la historia y los afanes de justicia, libertad e igualdad irrefrenables.
En los últimos años la mayoría de los actores políticos se ha individualizado, los ciudadanos personalizados han tomado el lugar que antes ocupaban actores sociales colectivos, y más todavía, algunos suponen que los movimientos de masas tendrán un lugar cada vez menos apreciable en la vida del mundo. También son tema de debate las relaciones, las influencias y las determinaciones que se producen entre lo económico, lo social y lo político para definir el orden de las reformas. Ahora la vida nacional ha estado dominada por los temas y las preocupaciones específicos de la política bajo el supuesto de que la salida principal a los problemas económicos y sociales del país deberá encontrarse a partir de los propósitos de largo plazo y de los modos de conducción de todas las otras esferas y dimensiones de la vida nacional.
En contra de lo esperado, cuando aún no se establece plenamente la transición democrática
, ya se registran muy serias limitaciones a los procesos de cambio político que están en curso. Se está modificando la realidad política en un sentido restringido y no tan generoso como se requiere, porque se está pasando del monopolio político priísta al de la nueva clase política ampliada, conformada por las cúpulas de los partidos con registro legal. En esta realidad política, los movimientos y los actores sociales no tienen suficiente espacio, se les niega reconocimiento como actores políticos con capacidad de autorrepresentarse, se pretende que los indígenas, los campesinos, los obreros, los desempleados y los estudiantes sólo concurran como trasfondo. Pero hay signos de inquietud y descontento en las crecientes movilizaciones de los pueblos.
Sin ninguna duda, las transiciones pactadas garantizan los intereses de participación en el poder de las fuerzas contratantes, pero excluyen y sacrifican a los sectores sociales que no están representados de manera directa. Para los sectores populares las esperanzas de cambio han estado fincadas principalmente en las iniciativas políticas de Cuauhtémoc Cárdenas y el Partido de la Revolución Democrática (PRD), por una parte, y en las propuestas de justicia y democracia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, por otra.
A pesar de la dureza y la duración de los enfrentamientos políticos, aún no está definido inequívocamente el sentido de los cambios de fondo que se están produciendo en el país, y todavía no se ve una salida consistente a la crisis política y económica que se vive. Las propuestas cambian de nivel, pero no de contenido. Por un lado, la propuesta de un proyecto económico transexenal de carácter implícitamente neoliberal. Por otro, la idea de recurrir a un nuevo pacto político de soberanía popular en un gran Congreso Nacional Constituyente, que de entrada tiene la dificultad de cómo proceder a designar con legitimidad a los responsables de llevar a cabo la tarea, los propios diputados constituyentes, cuando existen segmentos enteros de la sociedad que no están y no se sienten representados en ninguna de las instancias políticas actuales.
En estas condiciones los procesos de autorrepresentación son inevitables, y su único ordenamiento objetivo es por medio de la atención a las necesidades colectivas que los determinan, porque los conflictos sociales son la expresión de un imperativo urgente de transformación y de orden. En el futuro del país, la acción colectiva de sectores sociales significativos será cada vez más frecuente e incisiva, hasta que se establezcan de nuevo condiciones económicas, sociales y políticas que garanticen una vida digna para todos los mexicanos.
Para ese propósito, el movimiento estudiantil del 68 no sólo es una referencia y un antecedente ineludible de la situación actual; también es una fuente de enseñanzas importantes, por la vigencia de sus motivaciones y por las consecuencias de sus hechos.
En las universidades, en las escuelas medias y superiores y en la vida interna de numerosas organizaciones sociales y políticas se organizan de manera frecuente conferencias y mesas redondas para examinar los acontecimientos relativos al movimiento estudiantil de 1968, y en especial los trágicos sucesos del 2 de octubre en Tlatelolco. Este interés se ha mantenido por muchos años, aunque con el tiempo ha ido variando el peso de la atención por los diferentes temas relacionados, y se ha pasado de las consideraciones de balance que en los primeros años eran dominantes, a las reflexiones más generales de carácter político. Este libro responde a esas preocupaciones y está elaborado con el propósito de hacer comprensibles —en particular para los jóvenes de hoy, los que aún no habían nacido en el 68— cuáles fueron las motivaciones, las causas y la trascendencia de esos sucesos.
La primera parte es un relato detallado de los acontecimientos del movimiento. Está basado en las experiencias personales directas, mías y de muchos otros compañeros, y en numerosos soportes documentales. En estas páginas hemos intentado hacer una reconstrucción general de los hechos que dieron lugar a esa histórica experiencia de insubordinación civil casi generalizada, que tuvo como epicentro a los estudiantes de educación media superior y superior de la Ciudad de México.
La periodización de este relato cubre más de cinco meses y comprende seis fases principales: la primera, del 22 al 30 de julio, está caracterizada por la violencia policiaca para prevenir
conflictos políticos durante las Olimpiadas; la segunda, del 30 de julio al 5 de agosto, por la emergencia de una organización y una protesta de carácter masiva, pacífica, democrática e independiente contra el autoritarismo estatal; en la tercera, del 6 al 29 de agosto, se registra el creciente desafío democrático con las manifestaciones al Zócalo, la exigencia del diálogo público, y la desobediencia civil de los burócratas y los obreros; en la cuarta, del 1° al 30 de septiembre, es patente la frustración de la contraofensiva gubernamental ante el movimiento, que crecía en disciplina y legitimidad; la quinta, el 2 de octubre, se examina como una fase en sí misma, plena de contradicciones, implicaciones y responsabilidades históricas determinadas, y la sexta, del 3 de octubre al 4 de diciembre, es el tránsito de la represión masiva e indiscriminada al despliegue de una visión que intenta deslegitimar al movimiento y al Consejo Nacional de Huelga.
En los libros del 68 hay numerosos testimonios, alegatos y diversas recopilaciones documentales, pero me pareció necesario y conveniente disponer de una narración general más centrada en la lógica de los acontecimientos que sirviera como marco de referencia para ubicar y apreciar los hechos, las dificultades y los errores que en cada momento se fueron dando y que finalmente son la trama necesaria para examinar con detalle y juzgar con fundamento cuestiones y decisiones que han sido notablemente difíciles y complejas.
En la segunda parte del libro se analizan y discuten algunas de las interpretaciones y las caracterizaciones que se han dado del movimiento del 68 en diversos momentos. Se trata de una discusión que presupone el conocimiento de los hechos del 68 y de temas que tienen relevancia en la historia y la perspectiva políticas de los agrupamientos de izquierda, porque tienen que ver con los problemas de las estrategias de cambio, del papel de la dirección política, de los límites y las formas de luchas, de las relaciones de la base y los organismos dirigentes.
Para las personas que no están muy familiarizadas con estos debates típicos de la izquierda es importante advertir que se trata de cuestiones a veces recargadas de elementos doctrinarios que, además, han sido modificados con el tiempo precisamente por los efectos indeseados que se produjeron con ellos, todo lo cual propicia discusiones que no son fáciles de seguir.
Espero, en cambio, que estos apuntes ayuden a sintetizar esas discusiones y acotar sus alcances, para que, con mayor facilidad y confianza, pasemos al análisis concreto de los hechos históricos que se produjeron con esas motivaciones doctrinarias, de las que se abusó en exceso.
Ahora se trata de ofrecer la mayor cantidad de información relevante para comprender el origen, la lógica y el sentido de la actuación de los innumerables actores sociales que han concurrido a forjar la historia de las luchas del pueblo mexicano en estos últimos años, porque en la valoración y los juicios que de ellos se hagan tendrá un mayor peso la lógica de los conflictos que los imperativos dogmáticos de las doctrinas. Por ello tiene mucho sentido registrar y ubicar, aunque sólo sea como referencia, una serie de fenómenos y momentos del movimiento estudiantil y de las instituciones de enseñanza. Se trata de asuntos que tuvieron en su momento repercusión nacional y algunos todavía tienen importantes efectos locales, pero no han sido estudiados en su significado conjunto y no existen referencias suficientes para considerarlos con precisión, como pasa con el papel desempeñado y la experiencia de las administraciones de izquierda en diversas universidades de provincia.
En esta segunda parte también se hace una reconstrucción sintética del ambiente previo al 68, que muestra que los cambios más importantes que se produjeron con el movimiento se ubican en el plano de la conciencia y de los valores de la gente, especialmente urbana y de clase media, en el nivel de politización, de la disposición militante, y de la solidez y la consecuencia de sus convicciones. Se trata de cambios reales que tienen sus raíces y sus motivos en el movimiento mismo, y que no se explican a cabalidad por la invocación de causas económicas, por influencia ideológica del atractivo de nuevas costumbres, u otras, aunque todos estos factores tengan un cierto valor explicativo.
Aunque de modo constante se reconoce explícitamente que el movimiento del 68 es causa o antecedente de numerosos fenómenos actuales, esta aseveración general no identifica de manera más específica cómo es que se crearon las condiciones para que surgieran nuevos partidos, guerrillas, poderosos frentes populares, democratización de universidades y otra variedad de fenómenos sociales y políticos de la época.
La comprensión más general de que muchas de las anécdotas particulares en realidad eran vivencias colectivas, y que éstas constituían una excelente explicación e ilustración de las causas de muchos de los cambios, ha sido una de las motivaciones de este libro. Así, también se explica la unidad de propósitos de la izquierda en los momentos más relevantes de la vida del país y la diversidad de opciones generales y hasta contrapuestas que se presentan, a la par que se comprende cómo las opciones individuales estaban restringidas por las condiciones y limitaciones locales que las determinaban.
La experiencia misma del 68 como una insubordinación generalizada, consciente, persistente y plena de dignidad se constituyó en la base de los cambios. Después de los acontecimientos de octubre del 68 ya no eran eficaces los simples cambios de forma; las modificaciones cosméticas superficiales ya no engañaron a nadie.
En la tercera parte del libro se examinan los rasgos generales más preocupantes de la experiencia represiva del 2 de octubre en Tlatelolco. Los efectos de intimidación y amenaza que suscita el simple recuerdo de los hechos están presentes todavía y se renuevan cada vez que los conflictos se extreman por la acción de grupos sociales descontentos. Superar el trauma de Tlatelolco es una necesidad histórica para todos los mexicanos, para vivir y luchar sin amenazas, para que no se repitan los hechos. También es necesario que las fuerzas armadas salden las cuentas históricas que deben dar a la sociedad, pues cada día son más insostenibles las mentiras en que se han amparado para evadir su responsabilidad en los sucesos de Tlatelolco.
PRIMERA PARTE
LA EPOPEYA DE LOS ESTUDIANTES
I. LOS PRIMEROS INCIDENTES
EN LOS primeros meses de 1968 México vivía un ambiente de excitación y de fiesta. El país se preparaba para lucir sus mejores galas ante el mundo y se hacían grandes esfuerzos por cumplir con todos los compromisos contraídos para celebrar los XIX Juegos Olímpicos y ofrecer en ellos algo más de lo esperado, quizás algunas sorpresas y también iniciativas propias. En unos meses más los estadios y las nuevas instalaciones deportivas, la Alberca Olímpica, el Velódromo, el Palacio de los Deportes y el Canal de Cuemanco, los albergues de Villa Coapa y Villa Olímpica, el modernísimo centro de comunicaciones, la Ruta de la Amistad con sus esculturas monumentales y muchos otros sitios serían los escenarios de los juegos, y ahí se encontrarían los jóvenes más destacados del mundo para disputar las glorias de los triunfos deportivos.
Para los visitantes, la Olimpiada también sería la ocasión de conocer la realidad de México; un país pobre, pero enérgico, pujante, orgulloso de sus esfuerzos y sus progresos. Las obras olímpicas eran una buena muestra del avance del país entero y en todos sus órdenes, pero eran apenas una introducción al mundo asombroso de los mexicanos, a la Revolución y sus frutos, a su pasado prehispánico y colonial. Significativamente, los días en que empezaron las lluvias torrenciales con el traslado de Tláloc al Museo de Antropología, los gobernantes hablaban con orgullo de la juventud mexicana, y para rubricar con hechos los elogios, el presidente Gustavo Díaz Ordaz ofreció como regalo modificar la ley para otorgar el voto a los jóvenes de 18 años.
En esos meses los periodistas y los responsables del Comité Olímpico Internacional inspeccionaban y certificaban el avance de las obras y no se escatimaban alabanzas a la belleza y audacia de los proyectos en curso. México entero, el pueblo y los gobernantes, sabíamos que no sería posible conseguir grandes triunfos deportivos y lograr un espacio destacado en esas lides, pero en cambio nuestra mayor aportación a los juegos sería la Olimpiada Cultural
, una celebración previa y en paralelo de cientos de actividades y espectáculos acústicos y culturales de todo el mundo que le darían a la justa atlética una dimensión nunca antes vista: además del deporte, sería el encuentro de la música, la danza, el teatro, el cine, la cultura. Con ese propósito, de nuevo sería realidad la antigua idea prehispánica de los juegos floridos, el sentido del esfuerzo y de la exaltación de la existencia con al menos flores, al menos cantos
. Todo ello, aunado a una convivencia cálida y a la generosidad del pueblo mexicano, haría inolvidables los juegos del 68.
LOS PRIMEROS INCIDENTES
Los incidentes que dieron origen al movimiento del 68 se produjeron el 22 de julio en la Plaza de la Ciudadela, cuando un juego de futbol entre alumnos de la Preparatoria Isaac Ochoterena y de las vocacionales 2 y 5 del Instituto Politécnico Nacional (IPN) terminó en una riña colectiva, en la que al parecer los preparatorianos llevaron la peor parte. Al día siguiente varios camiones de universitarios de los planteles 2 y 6 de la preparatoria encabezados por porristas
¹ agredieron con palos y piedras a los estudiantes politécnicos, lo que causó destrozos en los edificios escolares, con el agravante de que todo ocurrió en presencia de granaderos que sólo observaron los hechos sin intervenir.
Horas después, los politécnicos agredidos se reorganizaron para responder y atacaron a los alumnos de la Preparatoria Isaac Ochoterena en su propio plantel. Al regreso, cuando consideraban terminado el conflicto según sus propios conceptos de equidad y justicia, los estudiantes politécnicos fueron interceptados por dos batallones del cuerpo de granaderos en el parque de la Ciudadela y perseguidos hasta el interior del recinto de sus escuelas, donde golpearon sin discriminación a estudiantes, maestros e incluso autoridades escolares, las cuales se sintieron obligadas a consignar los hechos en un reporte oficial.
Esta intervención salvaje, absurda y tardía de los granaderos provocó una respuesta natural de indignación, acentuada porque además ya existían antecedentes de conflictos entre diversas escuelas que se resolvieron mediante arreglos amistosos, como había reportado la prensa y ocurrido un año antes en otro incidente entre estudiantes de la Preparatoria 4 de la UNAM y la Vocacional 4 del IPN que fue superado mediante pláticas y culminó en un festival conjunto.
El conflicto político se inició con la brutal intervención de los granaderos. Los estudiantes de las escuelas vocacionales organizaron formalmente la protesta, exigieron la destitución de los jefes policiacos responsables de la agresión y garantías inequívocas de que los recintos escolares serían respetados por la policía. De manera casual o premeditada se organizó una manifestación de protesta y de apoyo a sus peticiones para el viernes 26 de julio, encabezada por el Comité Ejecutivo de la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos (FNET).²
Ese mismo día, el 26 de julio, la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED)³ también había convocado a otra manifestación para conmemorar el inicio de la Revolución cubana, y aunque se intentó separar a las dos manifestaciones y los comunistas le solicitaron a la FNET que cambiara la fecha de su protesta para que no coincidieran ambas marchas, los dirigentes politécnicos se negaron a ello.
De entrada, las dos demostraciones contaban con el permiso de las autoridades y se habían trazado recorridos diferentes. Sin embargo, en la tarde del 26 de julio, al llegar al Monumento a la Revolución, los estudiantes politécnicos de base percibieron los engaños de los líderes fenetos
que buscaban desviar y minimizar sus protestas conduciéndolos al Casco de Santo Tomás. Cuando corroboraron que así sucedía, en la Plaza del Carrillón los abandonaron, reiniciaron su marcha y se dirigieron al centro. Antes de llegar al Zócalo fueron agredidos por la policía. En el repliegue se encontraron y se unieron con los estudiantes de la CNED que ya estaban en el Hemiciclo a Juárez, y en común acuerdo decidieron marchar al Zócalo para poner énfasis en la protesta estudiantil contra la violencia policiaca. Cuando la columna conjunta estaba próxima a su destino de nuevo fue interceptada por la policía.
Durante varias horas los granaderos golpearon salvajemente a cuanto joven encontraron en las calles del primer cuadro, agredieron a estudiantes de la Preparatoria 3 que salían de clase y se encontraban ajenos al problema, y de nueva cuenta invadieron los recintos escolares, donde causaron innumerables destrozos. Desde esa noche del viernes 26 de julio, durante todo el fin de semana y hasta después de la medianoche del lunes 29, los estudiantes resistieron dentro de sus escuelas el acoso policiaco.
Para defenderse utilizaron piedras y palos y formaron barricadas con camiones incendiados en las bocacalles. Cuando los enfrentamientos se generalizaron, los jóvenes cercados se volvieron más organizados y metódicos: empezaron a preparar y utilizar cocteles molotov. En la madrugada del 30, fuerzas del Ejército, apoyadas por tanques, tomaron por asalto la Escuela Nacional Preparatoria y varias vocacionales, y encarcelaron
