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Palestina: heredar el futuro
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Libro electrónico318 páginas3 horas

Palestina: heredar el futuro

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El genocidio de Gaza perpetrado por Israel ha llevado a límites inauditos la aniquilación humana y física de Palestina. Nadie puede invocar hoy el "nosotros no sabíamos". Limpieza étnica, memoricidio y politicidio constituyen la Nakba, un trauma ininterrumpido que desde 1948 sitúa al pueblo palestino ante un presente perpetuo de violencia y desposesión. Mientras los palestinos y palestinas apelan a su historia traumática y la resignifican para reclamar su reconocimiento y su futuro como pueblo, la ideología sionista impone impunemente su mitología racista y orientalista. La hegemonía político-militar israelí intenta erradicar tanto el pasado como cualquier futuro palestino. Con cada guerra, cada agresión, cada colonia, cada nueva ley, se ahonda en la negación. Pero al mismo tiempo se alimenta el sumud, la resiliencia palestina que construye una política de la esperanza. Este libro se adentra en la historia social, intelectual y política de Palestina/Israel para explicar, a través de las propias voces palestinas y judías, no solo la Ocupación y el apartheid, sino las condiciones materiales e inmateriales que garantizan que Palestina siga existiendo.
IdiomaEspañol
EditorialLos Libros de la Catarata
Fecha de lanzamiento9 sept 2024
ISBN9788410671256
Palestina: heredar el futuro
Autor

Luz Gómez

s catedrática de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid. Es autora de los libros Entre la sharía y la yihad. Una historia intelectual del islamismo (Catarata, 2018) y Diccionario de islam e islamismo (Trotta, 2019), y colabora en El País y otros medios de comunicación. Es Premio Nacional de Traducción por su versión de En presencia de la ausencia, de Mahmud Darwix (Pre-Textos, 2011).

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    Palestina - Luz Gómez

    PRESENTACIÓN

    ¡Somos un pueblo como los demás!. Con este grito abrió su primer número la Revue d’études palestiniennes (1981). La llamada se dirige al mundo, y expresa tanto la complejidad como la sencillez de la cuestión palestina. El pueblo palestino existe, nada le diferencia de otros pueblos y quiere lo que quieren todos los pueblos: reconocimiento, que en términos políticos significa autodeterminación. Cuarenta años después, el pueblo palestino se ha asegurado el reconocimiento internacional, no así los derechos políticos. El precio pagado en vidas e ilusiones ha sido enorme, difícilmente asumible, y en el curso 2023-2024 hemos asistido a lo que, sin duda, es un punto de implosión de la Nakba, de la aniquilación de Palestina. Israel, que se jacta de no ser un pueblo como los demás, ha llevado a límites inconcebibles la destrucción humana y física de Palestina. Tras el genocidio de Gaza nada puede volver a ser igual, ni para Palestina ni para Israel.

    El genocidio palestino no es un proyecto nuevo. Invocar el término genocidio, más allá de sus implicaciones jurídicas, que las tiene, como Sudáfrica ha demostrado con su demanda contra Israel ante el Tribunal Internacional de Justicia, viene de largo. Ya en 1982, tras las masacres de Sabra y Chatila, Gilles Deleuze denunciaba que convertir el genocidio judío perpetrado por los nazis, el mayor de la historia, en un mal absoluto, en una visión mitológica y religiosa, era algo que atentaba contra la propia historia. Y sobre todo, que amenazaba con repetirse con medios más fríos, aunque para llegar al mismo resultado: el exterminio de un pueblo, en este caso el palestino. Las imágenes del genocidio de Gaza se han retransmitido en directo al mundo entero. Nadie puede invocar hoy el nosotros no sabíamos. La muerte se ha convertido en un algoritmo en manos de la tecnología bélica israelí, si bien ha sido precisa una guerra tradicional de extinción (matanzas, saqueos, hambre, traslado de población) frente a la resistencia del pueblo palestino a la expulsión definitiva de su tierra, al encerramiento en guetos, a la desposesión material y cultural y a la desarticulación de sus instituciones nacionales.

    Este libro es una invitación a pensar sobre lo que está pasando en Palestina/Israel. Trata de explicar por qué Palestina seguirá existiendo, cuáles son las condiciones históricas que han atentado contra su supervivencia y cuáles las que le garantizan un futuro más allá de la desesperación del presente. Sus once capítulos bucean en la historia social e in­­telectual, en la política y en la cultura, y buscan dar la voz a los palestinos y las palestinas para que cuenten su historia. En muchas ocasiones esto supone discutir la versión impuesta por la hegemonía israelí, desmontarla y reemplazar el mito por los hechos. Y, como quiere hoy la generación de palestinos más jóvenes, no dejarse fagocitar por la cacofonía que impide desenmascarar y denunciar la violencia sistémica sobre la que se asientan la Ocupación, el apartheid y la desposesión palestinas.

    Los valores, las ideas, los debates y las iniciativas que surgen a cada paso en la sociedad palestina son irreductibles a simples elementos institucionales o políticos. Edward Said los llamó los intangibles humanos, que no dejaban de asombrarle en su relación con sus paisanos y le hacían confiar en el futuro. En otro plano, Mahmud Darwish lo expresó en unos versos que resuenan a cada paso en estas páginas: Se llamaba Palestina. Se seguirá llamando Palestina.

    Madrid, 1 de julio de 2024

    CAPÍTULO 1

    LA NAKBA QUE NO CESA

    Los árabes han tomado la palabra ushtura(mito) del latín historia. Es lo más inteligente que han hecho nunca.

                                                                                  ASMAA AZAIZEH

    Los palestinos dicen a menudo que mañana no es hoy. Nunca está del todo claro si lo dicen para bien o para mal. Suele parecer más bien lo primero: un equilibrio inestable entre una política de la esperanza y una realidad cotidiana de la urgencia y la desesperación. Lo que sí es seguro es que para ellos rige a medias el dicho de Machado: Hoy es siempre todavía, toda la vida es ahora. A medias porque un hoy de progresiva desposesión es un siempre menos; toda la vida no puede ser ahora porque el ahora no es vida.

    Desde 1948, desde la Nakba, la historia ha devorado a los palestinos. Una historia dictada por Israel y su mitología. La lógica sionista, su manera de encarar la política, hace tabla rasa del pasado y lo convierte todo en un presente durativo, un presente eterno¹, lo llama Idith Zertal, aunque esta historiadora fecha su nacimiento en la guerra de los Seis Días, lo cual no deja de ser un punto de vista muy israelí. Es cierto que con el triunfalismo de la guerra de 1967 y la anexión de los territorios que quedaban de la Palestina del Mandato británico la cuestión de las fronteras de la Tierra de Israel cobró un protagonismo que había quedado adormecido en las dos primeras décadas de existencia israelí, mientras se organizaba social e institucionalmente el nuevo Estado. Sin embargo, cada agresión, cada guerra, cada colonia, cada nueva ley se ha ido sumando al constructo del presente absoluto sionista de destrucción-redención que ha forjado la conciencia y las prácticas de Israel desde su fundación hasta hoy.

    A diferencia de otros países, para Israel la historia no es un arma al servicio del nacionalismo. Su arma es la mitología, lo cual no es, ni mucho menos, lo mismo, por más que el sionismo haya pretendido convertir el mito en historia. La invención del sabra, el nuevo hombre hebreo nacido ya en Palestina y arraigado en ella como la chumbera (llamada sabra en árabe y en hebreo); o las elucubraciones grandilocuentes acerca del retorno del judío a la historia; o la misión civilizadora por la que los colonos sionistas llevan la Ilustración a una tierra de atraso y alumbran una luz entre las naciones, son manifestaciones superlativas de la construcción mitológica de una historia nacional.

    Cuando la historia tuvo la oportunidad de convertirse en un arma patriótica, eso sí, de una patria distinta, menos sionista, como pareció vislumbrase en los años noventa con la nueva historiografía israelí, pronto se comprobó su peligrosidad. No podía ser de otro modo dado que el pasado de Israel no se ancla en la historia, en la inteligibilidad de los hombres en el tiempo y en la comprensión del presente por el pasado tanto como del pasado por el presente, parafraseando a Marc Bloch. El pasado de Israel se aferra a las seducciones de la retórica bíblica y sus relatos proféticos, atemporales por naturaleza e inmunes a los archivos documentales y las fuentes orales, sustento de la historia. El resultado es el presente eterno que mencionaba Zertal, atravesado por la más radical de las actitudes israelíes, una actitud sostenida en el tiempo y que apenas ha variado: la negativa a reconocer la existencia del pueblo palestino, no ya su legitimidad como nación y los derechos que comporta, el primero de ellos el de la libre determinación de los pueblos, recogido en la Carta de Naciones Unidas.

    Limpieza étnica, memoricidio y politicidio constituyen la Nakba, un trauma ininterrumpido que ocupa un lugar central en la psique palestina además de ser esencial para la memoria pública y la identidad nacional. Fue el historiador sirio Constantin Zuraiq quien acuñó el término nakba en una obra titulada El significado de la Nakba, publicada en agosto de 1948, en los días mismos en que se consumaba la derrota árabe y el éxodo de los refugiados. Comienza así:

    El desastre de los árabes en Palestina no es un simple revés, un mal menor que pasará. No, es una catástrofe [nakba] en todo el sentido de la palabra, la prueba más dura, la más terrible y decisiva de cuantas se les han presentado a los árabes a lo largo de su historia².

    La traducción de nakba como catástrofe, su significado básico, no da cuenta de toda la dimensión del concepto, como ya anunciaba Zuraiq. Con el tiempo, nakba se ha convertido en Nakba, un concepto fundamental en la acepción de Reinhart Koselleck, esto es, una voz insustituible y polémica porque distintos hablantes quieren imponer un monopolio sobre su significado, y que encierra un potencial histórico de transformación³. Zuraiq también apuntó a este potencial radical en su arenga sobre cómo transformar la Nakba en una semilla de superación y triunfo, y dijo que el sumud es una prueba del carácter y de la fuerza de cada uno para hacer frente a la opresión y la tergiversación⁴. En este sentido, Nakba y sumud, la resiliencia palestina con que se hace frente a la Nakba, son los dos conceptos fundamentales que explican la reciente historia de Palestina.

    La Nakba que no cesa, continua, en marcha, un proceso sostenido de violencia y desposesión desarrollado en el tiempo, desembarcó en el marco de análisis histórico-político a partir de la década de 1990, cuando se hizo evidente la trampa de los Acuerdos de Oslo. Ha habido distintas interpretaciones. Hanan Ashrawi, política jerosolimitana que participó en la Conferencia de Madrid (1991), la llevó al debate internacional en la Conferencia contra el Racismo de Durban (2001), cuando describió las políticas israelíes como ongoing Nakba. Elias Khoury y Joseph Massad, libanés y palestino respectivamente, se cuentan entre los primeros intelectuales que se han servido de este marco conceptual en trabajos sobre historia de las ideas y de la cultura. Por su parte, el historiador palestino Nur Masalha ha resignificado el concepto de Nakba como un espacio de trauma, desposesión y furia⁵ desde el que decolonizar la historia palestina y dar la voz a los subalternos.

    La noción de Nakba se propone por tanto como una herramienta contrahegemónica que dota a los palestinos de la capacidad de transformar el presente y conquistar el futuro que Israel les niega. Ejecutando el concepto de Nakba, esto es, haciendo de la Nakba una realidad en proceso, se amplían las voces de la historia, se crean archivos documentales antes despreciados, se desentierran circunstancias fácticas desatendidas y se restituye a la historia su progresión. Porque si bien la Nakba no ha cesado y está en ejecución permanente, al mismo tiempo, y a diferencia del presente continuo sionista, quiere dejar de ser, por más que se vea arrastrada al futuro de la mano de los sucesivos Gobiernos de Israel. Así, cuando en plena guerra de Gaza de 2023-2024 varios ministros israelíes inciden en que en Gaza se va a consumar lo que 1948 dejó inconcluso, algo en lo que ya abundó Ariel Sharon en los días de la Segunda Intifada (2000-2005), queda claro que la Nakba, innombrable para el sionismo, opera como revulsivo del proyecto sionista en el siglo XXI. A la Nakba palestina contrahegemónica, liberadora, Israel opone su eterna Nakba exterminadora.

    En este orden de cosas, en junio de 2024 la Universidad de Columbia en Nueva York cerró durante unos días la web de su publicación Columbia Law Review para evitar la difusión del artículo de Rabea Eghbariah Toward Nakba as a legal concept, publicado en mayo. El autor es un joven abogado palestino de Haifa que realiza su doctorado en Estados Unidos; en cuanto a su estudio:

    Propone distinguir entre apartheid, genocidio y Nakba como modalidades diferentes, aunque superpuestas, de crímenes contra la humanidad. Primero identifica el sionismo como la contraparte ideológica de la Nakba e insiste en entender estos conceptos como mutuamente constitutivos. Considerando los límites de los marcos legales existentes, el artículo continúa analizando la anatomía legal de la Nakba en curso. Sitúa el desplazamiento como la violencia fundamental de la Nakba, la fragmentación como su estructura y la negación de la autodeterminación como su propósito. En conjunto, estos elementos dan cuerpo a un concepto en ciernes que también puede resultar útil en otros contextos⁶.

    Sortear la historia, esto es, ignorar la mera existencia de la Nakba y, llegado el caso, si no queda más remedio, rebatirla, tensa el presente continuo del Estado de Israel y lo arroja a una triple negación de carácter existencial: no existe el pueblo palestino, no existe la tierra palestina, no existen las instituciones que encarnan al pueblo y la tierra. Son tres noes nákbicos, como lo son las estrategias a la vez específicas y condicionadas entre sí que el sionismo ha desplegado para consumar la aniquilación: limpieza étnica, memoricidio y politicidio.

    Transfer: limpieza étnica planificada

    El Estado de Israel, representado por sus instituciones y sus líderes electos, es reluctante a la mera expresión palestinos, ya sean tomados estos como individuos singulares ya sean considerados como colectividad. El discurso oficial israelí habla de árabes, una colectividad amorfa, que se confunde con la población del entorno hostil a la Tierra de Israel, y que, como observó Gilles Deleuze, hace que parezca que los palestinos hubiesen estado allí por casualidad o por error⁷. Es importante esta consideración de los palestinos como árabes desplazados porque en la lógica sionista es el fundamento de un doble desplazamiento restitutivo: el de los judíos a Sion y el de los palestinos fuera de Sion.

    El desplazamiento de población palestina es un proyecto de transferencia forzosa nunca concluido, y que ha dado lugar a, como mínimo, tres situaciones: la de los palestinos del interior de Israel; la de los palestinos refugiados; la de los palestinos que habitan los Territorios Ocupados. Si la limpieza étnica en el territorio de Israel, entendida como erradicación, no se ha consumado, como evidencian los palestinos de ciudadanía israelí, la política estatal de Israel ha consistido en desarraigar a esta parte de su población para volatilizar su presencia. Cuando sí se ha transferido a la población, como sucedió con la población refugiada de 1948 y 1967, se da por incuestionable la ósmosis del grupo en su totalidad con los árabes de los países de acogida, lo cual sirve de argumento y prueba de su no palestinidad. En cuanto a quienes viven en Gaza, Cisjordania y Jerusalén, el proyecto político-militar acelerado con la política de asentamientos y la guerra de Gaza es expresión de los dos casos anteriores. A todo ello se le llama transfer en hebreo moderno, una palabra peculiar cuyo uso no es inocente.

    La voz transfer hebraíza un término latino. Los lingüistas del hebreo moderno la han adoptado en lugar de actualizar alguna antigua raíz de la Torá, como y.r.sh., que se ajustaría más al sentido deseado y estaría en consonancia con la preferencia por el vocabulario bíblico de la lexicología sionista. La raíz bíblica y.r.sh. es muy expresiva, viene a significar, según la filósofa argentino-mexicana Silvana Rabinovich⁸, el mandato de expulsar a los otros para heredar sus propiedades, repetido en los relatos de los reyes de Israel. Por lo que respecta al término transfer, también se ha aplicado a la expulsión de los habitantes autóctonos y también se ha usado para quedarse con sus propiedades, pero en lugar de resonancias bíblicas introduce resonancias gentiles. ¿Fue por pudor religioso de los creadores del hebreo israelí, el hebreo sionista, por lo que no se quiso vincular la limpieza étnica con el judaísmo? ¿Fue por un esnobismo lingüístico que emparentaba el nuevo hebreo con las lenguas europeas de los colonizadores? Las dos cosas son la misma. Como señala Israel Shahak, los sionistas son más deudores del judaísmo clásico de lo que les gusta reconocer: el fondo racista, orientalista, permea siempre su discurso. Con la introducción del neologismo transfer, que evitaba las connotaciones religiosas, el hebreo se alejaba asimismo del término árabe empleado para transferencia de población, tahyir, que está ligado a la expulsión de los musulmanes de La Meca, la llamada Hégira, con que da comienzo el calendario islámico.

    Nur Masalha ha trabajado en archivos arrinconados y ha analizado los proyectos de transferencia anteriores a 1948, que iban de presiones y normativas para que los palestinos se transfirieran voluntariamente a los países limítrofes a planes específicos de transferencia, como el de la Comisión Peel (1937). David Ben Gurion, principal líder sionista en Palestina entonces, le confesó a la ejecutiva de la Jewish Colonisation Association, encargada de promocionar y organizar la emigración a Palestina: Soy partidario del traslado forzoso, no veo nada inmoral en él⁹. La magnitud del planeamiento sionista de limpieza étnica se materializó en enero-marzo de 1948 con lo que se conoce como Plan D o Plan Dalet (nombre de la letra de en hebreo), pergeñado por la unidad de inteligencia de la Haganá, la milicia judía más importante, y ejecutado en abril y mayo por sus más de 50.000 efectivos. Si bien el Plan D venía precedido por los planes B y C, a diferencia de aquellos concretaba dos cuestiones fundamentales. Por un lado, establecía las coordenadas geográficas del futuro Estado judío, que serán precisamente las que obtenga tras la guerra de 1948-1949: el 78% del territorio deseado por Ben Gurion, que abogaba por controlar toda la Palestina del Mandato, frente al 54% que el Plan de Partición de Naciones Unidas de 1947 otorgaba a los judíos. Por otro lado, contemplaba la expulsión directa o el éxodo inducido de los palestinos que vivían en ese territorio. Sobre las operaciones de los pueblos y ciudades a conquistar, el Plan D

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