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Así soy yo
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Libro electrónico487 páginas6 horasPlaneta

Así soy yo

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Información de este libro electrónico

Hay personas a las que creemos conocer totalmente, de las que todo el país habla, a las que nadie ignora. Ana García Obregón es una de ellas. La hemos visto reír, llorar, tropezar y caer, amar, sufrir… Es actriz, y bióloga, y madre, y sabemos el nombre de sus romances, los títulos de sus películas y series, de sus fracasos y sus aciertos. Pero, ¿la conocemos de verdad?

No. Porque hasta el instante en que se sentó y comenzó a escribir este libro, todos habían hablado, especulado, revelado y hasta mentido en torno a ella  pero sin que ella llegara a hablar realmente desde el recuerdo, la verdad y el corazón. En primera persona.

En Así soy yo, Ana se desnuda de verdad, nos habla de la niña flacucha y enferma que fue, una estudiante modélica que soñaba con bailar en un teatro y compartir su alegría, su vitalidad, con el público. Nos habla de sus hombres, de sus padres, de su hijo, de sus amores posibles e imposibles que a los que creemos conocer pero de los que tan poco se sabe en realidad. Bailamos, interpretamos, viajamos con ella y, sobre todo, reímos y lloramos. Porque sus sentimientos están a flor de piel y su alegría e ironía resultan altamente contagiosas.

Para conocer a esa adolescente que sin querer tiró durante un almuerzo una cabeza de gamba a Franco; a la estudiante de Arte Dramático que encandiló a Robert De Niro y a Steven Spielberg; a la mujer que supo aparcar su carrera por amor; a la que se rompió y supo recomponerse ante todos cuando Fernando Martín, el gran amor de su vida, murió… Para conocerla en realidad hay que leer y escuchar su propia voz en este libro, trepidante y arrebatador, en el que se nos presenta una Ana Obregón insólita y diferente, madura e ingenua, y muy sincera. Real.
IdiomaEspañol
EditorialEditorial Planeta
Fecha de lanzamiento20 mar 2012
ISBN9788408005773
Así soy yo
Autor

Ana Obregón

ANA OBREGÓN no ha dejado nunca de aprender: en su infancia estudió ballet y piano, y a los doce años se aplicó para hallar el mejor modo de vencer la enfermedad que la estaba consumiendo, algo que logró en gran parte gracias al afán de hacer realidad sus sueños. Desde entonces no ha parado de formarse y estudiar: primero una carrera, Biología, que la colmó hasta que el mundo del espectáculo llamó a su puerta, y después Interpretación en Nueva York y Danza en Los Ángeles para, ya como actriz, dar lo mejor de sí en su trabajo ante la cámara de la mano de directores como  Fernando Colomo, Luis García Berlanga o Vicente Aranda.Ana Obregón, a quien todos creemos conocer porque se ha colado en innumerables ocasiones en nuestras casas gracias a algunos de los programas de televisión más populares de nuestro país, como la serie de su creación «Ana y los siete» o el concurso «¿Qué apostamos?», ha luchado, ha amado, ha sido amada y también ha sufrido en bastantes ocasiones. Pero de todo ha sacado alguna enseñanza y experiencia, la mejor de las cuales, según reconoce, ha sido la de ser madre. Ahora, mirando atrás, ha comprendido que en su trayectoria vital y profesional existía una sola cosa que todavía no se había atrevido a hacer: escribir un libro. Y gracias a ello por fin vamos a poder conocer a la Ana de verdad en estas páginas, en las que sin ataduras, con total libertad, desnuda su alma.

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    Vista previa del libro

    Así soy yo - Ana Obregón

    Índice

    Portada

    Dedicatoria

    Cita

    1. Miami, 101 Collins Avenue

    2. El primer posado del verano y el final del cuento de hadas

    3. Miguel, Franco y una cabeza de gamba

    4. Ranas, grises a caballo y castings

    5. Primera ausencia, primer amor, primera película, primer adiós

    6. Londres, o la importancia de cambiar un solomillo por el vestido rojo perfecto para una cita

    7. El príncipe perdido que creyó que me amaba

    8. Mi primer desfile, mi primer papel protagonista, mi primer autógrafo

    9. Ojos azules, adioses amargos

    10. Mi soledad compartida en Nueva York con los besos rojos, violetas y amarillos de Robert De Niro

    Fotografías

    11. Cómo ser famosa y no morir en el intento

    12. Se busca actriz plana y con título universitario para convertirla en sex-symbol y protagonizar Bolero

    13. Una española en Hollywood

    Fotografías

    14. De mi feliz cumpleaños en Bel Air a mi peor pesadilla, previo paso por comisaría

    15. Julio, mi amigo del alma

    Fotografías

    16. La princesa que no fui

    17. Fernando, mi paseo por el amor y la muerte

    Fotografías

    18. Por fin mamá gracias a un conde que no sé qué esconde

    19. Mi adorado Berlanga, mi caballero Davor y mi metedura de pata con un presidente

    20. Hay vida a partir de los cuarenta, sobre todo cuando Beckham vive al lado

    21. Este cuento no se ha acabado

    Agradecimientos

    Créditos

    A mis padres,

    que me abrieron las puertas de la vida.

    Y a mi hijo,

    que le dio un significado.

    Todos ven lo que pareces.

    Pocos sienten lo que eres.

    CAPÍTULO 1

    Miami, 101 Collins Avenue

    1 de marzo de 2011

    El avión despega puntualmente rumbo a Miami y, como siempre, cierro los ojos mientras Madrid, envuelta en su contaminación, se va haciendo cada vez más pequeña. Vuelven a mi memoria a cámara rápida los miles de viajes que he hecho y todas las ciudades donde he vivido: Londres, Nueva York, Los Ángeles, Roma y París. Todas llevan dibujadas en sus calles las huellas de mis pisadas persiguiendo un sueño.

    Miro por la ventanilla del avión y las nubes se convierten por arte de magia en rostros que amé, en ojos en los que me perdí, en cada boca que besé pensando que al hacerlo dejaba mi testamento escrito en ella. No sé por qué tienen que volver ahora a mi recuerdo cada uno de los hombres a los que regalé un trocito de mi corazón. Aunque he de ser justa, porque a cambio yo también he recibido maravillosos e inolvidables regalos de todos ellos. Me han dedicado goles, canastas, canciones y cuernos.

    Hay solamente una Ana dentro de muchas Anas, pero la que bailó un vals con el príncipe de ojos azules heredero al trono de Montecarlo es la misma que salió con un stripper, porque, no importa cuántas Anas haya, a mi corazón nunca le importó el «quién eres» sino el «cómo eres».

    A mi lado viaja mi hijo, mi amor convertido en 1,97 metros de altura. Estudia en silencio en su asiento y su estatura me recuerda que, aunque me resista, me voy haciendo mayor. La decisión que tomó Aless de estudiar en una universidad norteamericana, entre otras cosas para huir del circo que me rodea, ha sido tan dolorosa para mí como darme cuenta de que todo por lo que he luchado en la vida me ha separado de él.

    Por eso, después de treinta años viviendo a una velocidad de vértigo he decidido parar, frenar en seco, aislarme de todo y de todos en mi retiro norteamericano para poder reencontrarme.

    Ahora quiero desnudarme yo. Durante todo este tiempo lo han hecho otros por mí y en más ocasiones de las que quisiera en contra de mi voluntad, llenando portadas y horas de televisión en las que han hablado de una Ana que —y mira que hay muchas— no conozco. Cientos de veces he sentido que me arrancaban el corazón para diseccionarlo, analizarlo, juzgarlo y, lo que es peor, dictar posteriormente la más cruel de las sentencias. No tengo por qué hacerme la fuerte, he sufrido mucho y lo sigo haciendo cuando veo toda mi vida inventada capítulo tras capítulo por personas que ni siquiera conozco, sintiendo esa persecución constante de quienes me siguen cámara al hombro como si de una cacería humana se tratase.

    Pero lo más doloroso de todo ha sido ver el daño que han causado a mi hijo desde que nació; le han robado su infancia en cada foto tomada sin nuestro permiso y ha tenido que verse obligado a defenderme en el colegio tras escuchar, reproducidas en boca de los niños, las sentencias sobre mi vida hechas por algunos desalmados en televisión. Y, sobre todo, me han dolido las lágrimas de mi madre cuando me han atacado injustamente.

    Ahora me toca a mí, necesito quitarme este disfraz de lentejuelas que me han puesto porque me aprieta el alma. Vuelvo a vivir en Estados Unidos, como hace treinta años, pero esta vez para estar cerca de mi hijo, para reencontrarme y para contar de primera mano quién soy yo.

    Cuando llegué por primera vez a Norteamérica, tantos años atrás, llevaba una maleta llena de sueños, un currículum inventado, dos pantalones vaqueros, el teléfono de Robert De Niro en Nueva York, la dirección de Steven Spielberg en Los Ángeles y el corazón roto por cortesía de Miguel Bosé. Ahora viajo con una maleta llena de mis amados diarios, muchísima ropa y solamente un sueño: que mi hijo sea feliz.

    ¿Cuándo dejé de soñar? ¿Quiénes me arrancaron las ilusiones? Creo que los «daños colaterales» que he sufrido durante tantos años por mi profesión han intentado matar cruelmente mi pasión por seguir siendo una soñadora. Pero no puedo dejar de ser Antoñita la Fantástica, como me llamaban mis hermanos cuando éramos pequeños y yo me encontraba enferma, tantos y tantos días en la cama imaginando un mundo maravilloso muy lejos de mi realidad de niña desahuciada. Me veo a mí misma contemplándolos desde la ventana de mi dormitorio, ellos jugaban en el enorme jardín de nuestra casa rebosantes de salud y vitalidad, y yo me consumía por culpa de una enfermedad que, con todo, jamás consiguió acabar con mis sueños y mis fantasías. La imaginación es el preestreno de nuestra vida y yo, cuando era una niña, soñé que nunca dejaría de soñar.

    La voz del piloto anunciando que estamos a punto de aterrizar en Miami me hace volver a la realidad. Siempre que viajo con mi hijo rezo para que a nuestra llegada al aeropuerto no haya paparazzi y pueda despedirme tranquilamente de él, ya que mientras yo me quedo en Miami él prosigue su camino hacia su universidad en Carolina del Norte.

    Pero hacer miles de kilómetros buscando un poquito de intimidad no sirve para nada. Cuando salimos del avión hay un circo de cámaras esperándonos y yo, al ver la cara de desesperación de Aless ante tanto objetivo, siento que se me parte el corazón. Apenas tuvimos tiempo, cegados por los flashes nos despedimos brevemente y él salió corriendo con sus maletas para coger otro vuelo. Cuando le vi alejarse me di cuenta de que, con tanto alboroto, ni siquiera habíamos podido darnos un beso de despedida, y ésta no era una despedida cualquiera, como cuando era pequeño y le dejaba en el cole. Esta vez se iba de casa por primera vez y por mucho tiempo. Noté que las puñeteras lágrimas querían salir sin pedir permiso, pero las tengo bien acostumbradas a quedarse dentro mientras me acribillan los flashes o me graban. Algún beneficio habían de tener tantos años de exposición: me han enseñado a llorar hacia adentro.

    Llego a casa.

    Mi apartamento está en el piso veintitrés de un lujoso edificio de South Beach, al borde de la playa. Es totalmente blanco y parece que estoy viviendo en una nube de algodón rodeada de un océano azul turquesa.

    Nada que ver con el apartamento que alquilé en Los Ángeles, en Sunset Boulevard, cuando tenía veintipocos años. También debían de ser veintipocos los metros cuadrados que tenía, con una sola ventana que daba a un parking donde todas las noches no cesaban de saltar las alarmas y por la que entraba —no había manera de cerrarla herméticamente, la maldita ventana— el olor a comida china del restaurante de al lado. Mi exclusiva compañía en aquellos días eran unas cucarachas a las que puse nombre y todo: Elisa y Eloísa. Lo del nombre se me ocurrió por pura necesidad: algo tenía que hacer para familiarizarme con ellas en vista de que parecían firmemente decididas a quedarse conmigo una larga temporada. Qué remedio, no había forma humana de cargárselas.

    Ahora recuerdo esa soledad y mirando atrás comprendo que se trata de un sentimiento que me acompañó toda mi vida hasta el momento del nacimiento de mi hijo. Ese mismo día la encerré en un cajón y ahí ha permanecido atrapada hasta que Aless se fue de casa para estudiar. Lejos, demasiado lejos. Quizá esa soledad haya sido mi amor más duradero, puede incluso que sea eterno. Lo cierto es que he flirteado con ella toda la vida, a pesar de estar siempre rodeada de miles de personas que siempre querían algo de mí, con sus constantes llamadas, invitaciones y persecuciones.

    En Miami está ya anocheciendo, desde mi terraza aún puedo divisar si miro hacia el sur la interminable playa de arena blanca de South Beach, ya desierta, y si miro hacia el norte los infinitos rascacielos que hasta el downtown surcan el cielo encendiendo progresivamente un arcoíris de lucecitas rojas, verdes, azules y amarillas. El cielo, que hace un instante era de un azul intenso, se ha teñido de gris.

    Muy lejos, en España, mi familia estará durmiendo, y a sólo una hora de avión de Miami mi hijo estará probablemente estudiando en su universidad mientras yo, aquí, sentada con una camiseta y unos shorts vaqueros, sigo enredando recuerdos.

    Madrid, con el nido que construí para mi hijo ya vacío, me ahogaba, y me consuela saber que al menos estando aquí, más cerca de él, podré verle cada fin de semana. Mi vida fue siempre una carrera vertiginosa y cuando él nació no se detuvo; continuaron las grabaciones, rodajes, ruedas de prensa, papillas, biberones, escándalos injustificados, persecuciones, máximas audiencias, éxitos y fracasos. Si a eso le añades mi corazón, ingresado varias veces en la UVI, entenderéis por qué necesitaba tanto esta paz.

    Y, aun así, este silencio interrumpido solamente por las olas me ahoga un poco, pero sonrío, porque siento estar pagando una deuda que tenía con los demás y, sobre todo, conmigo misma. Estoy a punto de desnudar mi alma y descubro que no es nada fácil. No es como un posado en triquini para anunciar la llegada del verano, lo que voy a hacer es un posado del alma. O, más bien, de mi historia y mi pasado, porque de mi corazón prefiero no hablar. Sigue convaleciente, se durmió en algún momento hace casi dos años y no permito que nadie lo despierte, no me preguntéis por qué.

    Mis veintiocho diarios, todos y cada uno desde que empecé a escribir a los doce años, me tientan desde la maleta que aún no he abierto. ¿Quién me iba a decir que muchos años más tarde acabaría compartiéndolos con los lectores de este libro? Escribir es una bonita forma de borrar recuerdos de la memoria para dejarlos descansando para siempre en un papel. Pero ahora me toca rebuscar en esos recuerdos, despertarlos, bucear en ellos... Y me da miedo. El tiempo es un filtro maravilloso que transforma los momentos vividos en imágenes falseadas a nuestro antojo, y yo voy a confrontarlos con la realidad.

    Lo que acabamos de hacer se convierte al instante en un recuerdo y pasa a formar parte de la memoria, de la imaginación, de los sueños y de la fantasía. Todo lo que logramos definir como real es sólo un momento infinitesimal del presente que ya ha pasado en cuanto queremos pensar en él.

    Gracias a los mil billones de interconexiones sinápticas entre los cien mil millones de neuronas que hay en nuestro cerebro podemos almacenar recuerdos, pero todos están tamizados por el filtro de las esperanzas y deseos de cada uno. Yo, en cambio, tengo la inmensa suerte de tener todos esos momentos reflejados no sólo en mi memoria sino también en un papel, y por primera vez voy a leerlos, a asistir al estreno de la película de mi vida, secuencia por secuencia.

    Un estreno al que todos estáis invitados.

    CAPÍTULO 2

    El primer posado del verano

    y el final del cuento de hadas

    Había una vez una niña rubia de dos años que se cabreaba cuando en las playas de Huelva la confundían con un chico. Dice mi madre que, desesperada, le pedí que me pusiera un collar de cuentas para no dar lugar a más equivocaciones, con lo que deduzco que ésos debieron de ser mis primeros posados de verano y realmente los más divinos: con un biquini amarillo y un collar de cuentas del mismo color más grande que yo.

    Solía corretear en los atardeceres por la arena blanca de Punta Umbría persiguiendo cucarachas, y jugaba a arrancarles la cabeza como si fueran gambas y a metérmelas en la boca. ¡Qué asco! Creo que mi madre se desesperaba, y con razón. Años más tarde aprendí en la Facultad de Biología que el caparazón de esos artrópodos tiene una sustancia llamada quitina que es fundamental para el cerebro.

    Esa niña que fui vivió en un hogar lleno del cariño de sus padres y rodeada de sus cuatro hermanos. Antes de que naciéramos, mi madre estudió la carrera de piano, pero luego, con la llegada de tantos niños seguidos y sin ningún tipo de ayuda en casa, lo tuvo que ir dejando poco a poco. A mí me encantaba acurrucarme a sus pies para escuchar los acordes del Nocturno en mi bemol de Chopin, esas notas que me han acompañado toda la vida y que me atrevería a asegurar que han sido las que han despertado mi pasión por el piano y el ballet clásico.

    Mi madre creció sin el calor de la suya, que desgraciadamente murió cuando ella nació, por lo que vivió creyendo que su abuela, la Guagua, era su madre hasta el día de su primera comunión, momento que eligieron con acierto sin igual para confesarle la terrible verdad. Yo tenía diez años cuando mi madre me contó esta historia, y recuerdo que fue la primera vez en mi vida que lloré de pena. Quizá por ello nos ha dedicado a los cinco hermanos su vida entera. Me emociona que existan personas como ella, con una falta total de egoísmo, que viven siempre por y para los demás.

    Mi padre ha sido durante toda mi vida mi ejemplo particular de lucha en el trabajo. Empezó a trabajar con doce años, cuando durante la guerra civil le separaron de sus padres; empezó como labrador y luego se puso a barrer y a fregar en un supermercado. A los catorce, en ese mismo negocio, se convirtió en el chico que llevaba el reparto a domicilio a las amas de casa. Después se matriculó en la carrera de Aparejadores, pero tenía que estudiar por las noches, porque de día trabajaba para costearse sus estudios. Aun así, consiguió ser el número uno de su promoción. Todo lo que ha conseguido, el imperio que él solo ha levantado, se debe a su constante esfuerzo, y su historia de voluntad y perseverancia ha marcado mi vida y también la de mis hermanos. Sin saberlo nos enseñó que en esta vida nadie te regala nada, y que tienes que sudar sangre si quieres conseguir tu sueño.

    La frase que más me repetía de pequeña la llevo tallada en mi corazón: «Hija, intenta ser siempre la mejor posibilidad de ti misma.» Creo que fue de tanto oír esta frase por lo que me convertí en el juez más severo que haya podido tener.

    Lo primero que recuerdo es que, desde que tengo uso de razón, el mundo me ha parecido siempre un lugar mágico poblado por dos tipos de personas: las que tienen una sonrisa pintada en la cara y las que no. Siempre intenté acercarme a las primeras, fueran amigos del colegio, profesores, amigos de mis padres o familiares. Adoraba la sonrisa que se les dibujaba de forma inconsciente en el rostro y que les hacía proyectar una luz propia incluso en los momentos más dramáticos.

    Vivíamos en un piso en la calle General Mola (hoy Príncipe de Vergara), y el dormitorio de mis padres estaba al final de un pasillo que mis dos hermanos varones utilizaban cuando regresaban del colegio para jugar a las canicas. Al lado se encontraba su cuarto, a través del cual podías pasar a un pequeño patio interior donde se encontraba mi mayor tesoro: el piano. Se trataba del mismo piano en el que mi madre estudió de jovencita toda la carrera, el mismo que se ha ido mudando con la familia cada vez que hemos cambiado de casa y que finalmente ha encontrado su lugar en la casa que tenemos en Mallorca. No puedo describir con palabras la extraña atracción que ejercía sobre mí ese pequeñísimo patio, donde pasaba largas horas aporreando el piano en un intento de imitar, supongo que para desesperación de los vecinos, la Sonata fácil de Mozart, que mi madre me enseñó cuando yo tenía seis años.

    Las tres hermanas dormíamos en una habitación muy pequeña que tenía tres literas distribuidas en tres alturas. Yo, como era de esperar, elegí la más alta, situada casi a dos metros del suelo. En esa época andaba convencida de que era bruja, y tan convencida estaba que una noche reuní a mis cuatro hermanos para hacerles una demostración de mis poderes. Así, cargada de misterio y con los ojos brillantes, les anuncié que podía volar, dicho lo cual me tiré desde la litera más alta moviendo los brazos a toda velocidad, como si fuera un pájaro desplumado, para acabar chocando contra el suelo y abriéndome la cabeza. No volé, pero lo intenté. Esa tarde terminé en el hospital con mi madre desesperada, diez puntos en la cabeza y el castigo de mi padre por hacer el tonto.

    Poco a poco la pequeña empresa que había creado mi padre con mi abuelito empezó a ir tan bien que, cuando yo aún no había cumplido los diez, pudimos mudarnos a un chalet precioso que él había diseñado durante muchos años con esmero y amor. Lo construyó en la urbanización La Florida y lo bautizó con el nombre de Los Sauces.

    Recuerdo que daba saltos de alegría cuando vi por primera vez la enorme piscina rodeada de jardines cuajados de sauces y el lago lleno de patos que convivían con peces de todos los colores. Desde luego era mucho mejor bañarse allí y no en la terracita que teníamos en el piso de General Mola, por mucho que mi padre se esmerase en convertirla en piscina a base de regarnos a los cinco hermanos con la manguera en esos días de agosto en los que el calor de Madrid era sofocante.

    Se me hace imposible describir todos los recuerdos que guardo de mis días en esa inmensa mansión de casi dos mil metros cuadrados donde viví mi infancia y adolescencia. A pesar de la extensa superficie y de todo el servicio que trabajaba en casa, mis recuerdos sólo se limitan al calor y al cariño de mis padres, mis hermanos y las personas más cercanas a nuestro entorno; y a veces, también, a la vergüenza que sentía por tener una casa tan grande cuando invitaba a amigos del cole. Y es que desde muy pequeña fui consciente de que vivía como una privilegiada.

    Las tres hermanas hemos sido siempre inseparables, por lo que en la nueva casa, a pesar de sus muchos dormitorios, seguíamos durmiendo juntas en la misma habitación, amplia y luminosa gracias a un gran ventanal, vestido con cortinas de seda verde y a juego con las colchas, que daba al jardín. A las pobrecitas todas las noches las martirizaba jugando a que retransmitía «Radio Ana» y aprovechando para contarles innumerables historias que me inventaba, y es que siempre he sido una charlatana llena de imaginación. ¡Qué le voy a hacer!

    Mi madre me llevaba desde los cuatro años a clase de ballet clásico, y era tal mi pasión que hasta dormía con las mallas puestas. Nunca podré olvidar la primera vez que me subí a un escenario: tenía ocho años y bailé El lago de los cisnes delante de trescientas personas en el teatro de La Zarzuela. Lejos de avergonzarme ante toda la gente que me observaba, viví intensamente ese momento mágico en que mi cuerpo de niña expresaba con cada célula las notas de Tchaikovski. Me sentía viva y tenía la necesidad de contagiar a todos los que me observaban las infinitas emociones que me llenaban en ese momento. Curiosamente, ésa es la misma sensación que me ha acompañado toda la vida cada vez que he tenido una cámara delante y he escuchado la voz del director decir: «¡Acción!» Es como si me dijera: «¡Ana, vive!»

    Ahora, echando la vista atrás, me doy cuenta de que durante treinta años he vivido más tiempo delante de una cámara que siendo yo misma, a pesar de la gran dosis de Ana que he inyectado a todos los personajes que he interpretado.

    Hasta los doce años fui una niña feliz, extrovertida y llena de energía. Estaba enamorada de la vida y sé que la vida se enamoró de mí cuando nací. Mi madre siempre decía que era como un pajarito lleno de alegría, cantando y correteando por toda la casa. Y así me veía yo, exactamente como un atrevido, confiado y curioso petirrojo. Esa especie que desde casi una niña me llamaba tanto la atención cuando los veía corretear por el jardín de casa como si fueran ratoncillos, como una pequeña bola con la pechera de color rojo vivo que emitía uno de los cantos mas bellos y llenos de dulzura que jamás había escuchado. El petirrojo abre el concierto matutino y canta todo el día hasta el atardecer. ¡Un charlatán como yo! Es el único pájaro que está más tiempo correteando por el suelo, hasta que se cansa y empieza a volar, justamente lo que hacía yo cuando me cansaba del mundo terrenal: ¡volar con mi imaginación! Vivía en un palacio rodeada del amor de mis cuatro hermanos y de mis padres.

    Pero los cuentos de hadas no duran para siempre. Al cumplir doce años empecé a encontrarme mal, tenía unos dolores terribles de estómago y mis ganas de comer desaparecieron como por arte de magia. Sentía cómo toda la energía que tenía en mi interior se iba evaporando, como si la vida se fuera escapando de mis manos y no pudiera hacer nada por retenerla. Era consciente de cómo mi futuro se desvanecía cada vez que me contemplaba en el espejo y éste sólo me devolvía el reflejo de dos inmensos ojos negros en los que la tristeza había ganado la partida a las chiribitas de vida que antes los inundaban. No parecía yo, la piel y los huesos sustituían a un bonito cuerpo de niña que pedía a gritos convertirse en mujer. Mi maravilloso romance con la vida se iba acabando lentamente, y yo no comprendía por qué se había desenamorado tan pronto de mí si sólo era una niña.

    —No puedo creer que Ana esté tan enferma —le decía llorando mi madre a mi padre. Yo oí esa conversación al pasar ante la puerta cerrada de su cuarto.

    Dos años más tarde me había transformado en una niña extremadamente delgada, con unas piernas demasiado largas y unas gafas horribles que odiaba pero necesitaba, porque desde lejos no veía absolutamente nada.

    Mi enfermedad y mi complejo de patito feo hacían que pasara largas horas en la biblioteca de casa devorando todo tipo de libros y estudiando sin cesar. Fue en esa época cuando descubrí que necesitaba escribir mis penas en un diario, y luego en otro, y en otro cuando ése se acabó... Esos queridos diarios me han acompañado toda la vida en aviones, barcos, metros, ciudades, noches, atardeceres, rodajes...

    «Ya que no soy guapa por fuera, voy a serlo por dentro», escribí a los trece años en el que fue mi primer diario.

    Y lo conseguí, aunque, como reza el dicho, hay que tener cuidado con lo que se desea, no vaya a ser que se cumpla: siempre era la primera de la clase, pero los niños del cole ni me miraban. Había uno, sobre todo, para el que yo no existía ni por asomo, y fue precisamente ése el primer niño que me gustó. Se llamaba Josechu, era moreno, con unos inmensos ojos negros y, al menos para mí, el más guapo de todo el colegio. Todas las noches me imaginaba que me daba un beso, mi primer beso, y para ello ensayaba sacando morritos y restregándolos contra la palma de la mano en un intento de imitar el beso que daba Robert Redford a Katharine Ross, esa actriz tan guapa de Dos hombres y un destino.

    Pero soñaba en vano. Lo más duro de todo para mí en esa época era que no me venía la regla. Todas las niñas de mi clase ya la tenían y fardaban de ello, ya eran mujeres; yo en cambio me sentía mitad mujer y mitad algo parecido a un gusano, hasta que un día me cansé de que siempre me preguntaran lo mismo y no me quedó más remedio que inventarme que a mí también me había venido. A ver si así mis amigas me dejaban en paz.

    Mi enfermedad —todo era culpa de mi enfermedad— no sólo era la responsable de que no me viniera la regla, sino que también impedía que mi cuerpo se desarrollase con normalidad. Como consecuencia de eso no me crecían los malditos pechos. Cada mañana me miraba en el espejo para ver si ocurría un milagro y empezaban a salir un poquito, pero nada de nada, sólo veía reflejada en el espejo una tabla de planchar con gafas.

    Un día llegué a clase y en la pizarra alguien había escrito: «Ana, estás plana como una rana.» Fue el primer titular que me dedicaron pero, para variar y por desgracia, aquella frase no era un bulo, sino que era la pura verdad. Todavía me parece escuchar el eco de las risas de todos los niños de la clase. Nada más llegar a casa le pedí a mi madre que me comprara un sujetador, pues mis hermanas ya los usaban y a mí me parecían preciosos.

    —Mami, ¿esta tarde podemos ir a comprar un sujetador?

    —¿Para quién, cielo? —contestó mi madre dulcemente, que al ver mi cara se dio cuenta demasiado tarde de que había metido la pata.

    Al día siguiente fui al colegio con mi primer sujetador como si fuera un tesoro. Como en España aún no existía el Wonderbra, tuve que rellenarlo cuidadosamente con algodón. Mis compañeros debieron de alucinar al ver que, de un día para otro, mis pechos, como si de un milagro se tratara, habían brotado espontáneamente, como setas o dos limones.

    A veces hay que echar mano de la imaginación para mejorar la realidad. Es una lección que aprendí de niña. Levanté a mi alrededor un mundo maravilloso y lleno de fantasía. Cuando quería desconectar me quitaba las gafas y, como no veía nada, todo era bonito. Podía imaginarme el mundo que me rodeaba como yo quería. Gracias a mi miopía podía elegir mirar sólo lo que deseaba ver.

    Pero los palos no dejaban de llegar: tuve que dejar mis clases de ballet porque estaba muy débil. Quizá eso fue para mí lo más duro de todo. Sin embargo, cada noche, cuando nadie me veía, me levantaba y me ponía las mallas de baile y las zapatillas de punta. Y, durmiendo con ellas, soñaba que bailaba en un teatro vacío, completamente sola.

    Cada vez me costaba más comer, y para no preocupar a mi madre le ocultaba el dolor de estómago que, continuo, recurrente, nunca se me iba. Me llevaron a un sinfín de médicos que me daban unas papillas asquerosas para poder hacer luego las radiografías, pero ninguno era capaz de descubrir qué tenía. Yo aguantaba que los médicos me hicieran todo tipo de perrerías e intentaba portarme bien sobre todo por mi madre, que sufría muchísimo por mí, pero una vez tiré la toalla.

    Tengo grabado ese día en el corazón. Estaba en la enésima consulta del enésimo médico dispuesta a tomarme la enésima papilla y vestida con esa bata blanca que te ponen, que se ata por detrás y que deja todo el culo al aire, cuando el doctor me tumbó en una camilla y me dijo:

    —Niña, date la vuelta.

    —¿Para qué? —le pregunté rápidamente.

    —Tengo que ponerte la papilla.

    —Pero ¿cómo que ponerme la papilla?, ¿por dónde?

    Entonces comprendí y, con los ojos llenos de lágrimas, miré a mi madre pidiendo ayuda. Mi pobre madre intentó explicarme que era una prueba necesaria para descubrir de una vez por todas qué tenía, pero yo ya no podía aguantar más. Llevaba dos años de mi vida perdidos en médicos, radiografías, ayunos, ausencias en el colegio, soledad... Y eso que me pedían era ya demasiado para mí. Sólo era una chiquilla de catorce años, y la vergüenza que sentí en ese momento no la puedo ni explicar.

    Lo que sí puedo explicar sin vergüenza alguna es que salí de la consulta con la bata blanca y empecé a correr por todos los pasillos del hospital en busca de la salida. Sólo quería huir, huir de mí, escapar de mi enfermedad. Recuerdo que afuera llovía torrencialmente, pero no me detuve y, llorando, corrí descalza por Cea Bermúdez hasta que paré un segundo para tomar aire y miré hacia atrás. Vi a mi madre, que venía siguiéndome empapada, desesperada. Nunca podré olvidar su expresión desencajada ni sus ojos, que me pedían ayuda, que me suplicaban un poco de colaboración. Ahora que soy madre lo entiendo, ella sufría mi enfermedad mucho más que yo.

    La esperé y nos abrazamos llorando. Ese día me inventé una fortaleza que no tenía por mi madre, y desde entonces nunca he dejado de hacerlo. Volvimos de la mano al hospital y por supuesto accedí a hacerme la prueba.

    Cuando mi situación ya empezaba a ser grave —pesaba sólo 26 kilos y medía 1,64 metros—, descubrieron por fin qué tenía.

    —Ana, mi vida, mañana te tienen que operar del estómago, ya verás cómo te pones bien muy pronto —me dijo mi madre con

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