El amor en los tiempos del odio: Repensar el encuentro y los vínculos
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El amor, en todas las esferas, está atravesado por una complejidad creciente. Cuesta sostener los vínculos, hay una excesiva intolerancia y una gran dificultad para trabajar las relaciones. Vivir en una sociedad insatisfecha, cada vez más narcisista y cruel, tampoco lo hace fácil. La falta de empatía se vuelve evidente en las relaciones afectivas, desde la pareja y la familia hasta los gobiernos. Las redes sociales inauguraron la era del amor digital y transformaron la comunicación vaciándola de sentido. El amor, en todas sus formas, está en problemas. Podríamos decir que se ve amenazado. José Eduardo Abadi, Patricia Faur y Bárbara Abadi nos invitan a abordar estos temas de manera sencilla y profunda para ayudarnos a reflexionar sobre cómo podemos impulsar este nuevo encuentro en un mundo cada vez más desconectado.
José Eduardo Abadi
José Eduardo Abadi es médico psiquiatra, psicoanalista y escritor. Tiene una vasta trayectoria dentro de la psiquiatría y la psicología. En el ámbito educativo, es miembro didacta de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), profesor del Instituto de Psicoanálisis y docente en universidades nacionales y extranjeras. Trabajó en diferentes áreas culturales y artísticas. Tiene doce librospublicados, entre ellos, ¿De qué hablamos cuando hablamos de buen amor? (Grijalbo, 2015), De felicidad también se vive (Sudamericana, 2012), No somos tan buena gente (Sudamericana 2002) y Y el mundo se detuvo (Grijalbo, 2021), junto con Patricia Faur y Bárbara Abadi. Es consultado por políticos, dirigentes y empresarios.
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¿De qué hablamos cuando hablamos de buen amor? Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesDe felicidad también se vive: La felicidad posible. Desafíos y compromisos. Cómo encontrarla a través del repl Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesY el mundo se detuvo: La vida nos ofrece una nueva oportunidad Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones
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El amor en los tiempos del odio - José Eduardo Abadi
A mis nietos, Simón y Félix, con todo mi amor.
JOSÉ EDUARDO ABADI
A los que siguen creyendo que son más las cosas que nos unen que las que nos separan.
A los que piensan que las palabras son más poderosas que las armas.
A los que ven una luz de esperanza en medio de la trinchera.
A los que aceptan la invitación a construir un mundo mejor.
PATRICIA FAUR
A Federico, por el amor, por impulsarme siempre hacia adelante y por compartir la vida conmigo. A mis hijos, Simón y Félix, por enseñarme a amar infinitamente.
BÁRBARA ABADI
INTRODUCCIÓN
UN MUNDO LLENO DE PUENTES ROTOS
"Hoy parece que es sobre todo el deseo (epithymia)
el que domina la experiencia de placer del alma".
BYUNG-CHUL HAN, La agonía de Eros
El amor está bajo fuego. Son tiempos difíciles para los vínculos. Los lazos sociales y amorosos están en el banquillo de los acusados y se resisten al juicio de quienes quieren condenarlos a muerte.
¿Quiénes son sus verdugos? ¿Quiénes son sus jueces? ¿Con qué adversarios tendrán que vérselas en la nueva batalla de este siglo?
El mundo está atravesado por guerras cada vez más crueles, oleadas de migrantes sin hogar que buscan refugio en algún lado, redes sociales que —desde el anonimato— se regodean en la ofensa y el insulto. La violencia está a flor de piel en las calles y en una solidaridad cada vez más ausente. El otro, considerado como diferente, se transforma en enemigo, una condición que se acentuó luego de la pandemia. Se lo despoja de humanidad y se lo ve como ajeno, como alguien peligroso y que asusta.
La pospandemia nos planteó el desafío: ¿seremos resilientes luego de haber sido confrontados a la vulnerabilidad que nos recordó de manera brutal la posibilidad de la muerte?
Al parecer, la humanidad resistió, pero no hizo un proceso de reparación y verdadera resiliencia. No hubo una transformación que nos devolviera a los otros a través de vínculos estrechos para sentirnos más seguros y confiados. Todo lo contrario. El aislamiento forzado de la pandemia se tradujo, para muchas personas, en un repliegue sobre sí mismas, un aislamiento elegido. El aumento de trastornos depresivos, el incremento estadístico de suicidios adolescentes, de trastornos de la conducta alimentaria y la alta prevalencia de adicciones son los aires de una época de inteligencia artificial, desigualdad y urgencias climáticas que ponen a prueba la salud mental.
Vivimos en una era de intolerancia, de rechazo y de miedo frente al otro-diferente
. Las sociedades se reagrupan en comunidades cerradas de iguales. Levantan muros, trazan fronteras infranqueables. Los puentes están fragilizados o rotos. Narrativas autoritarias que creíamos superadas vuelven a ser normalizadas como en los momentos previos a la Segunda Guerra Mundial.
En palabras del doctor Boris Cyrulnik, neuropsiquiatra francés y referente indiscutido del concepto de resiliencia: Llego a los últimos momentos de mi vida y escucho los mismos discursos. Durante mucho tiempo estuve convencido de que, por la cultura, se podría llevar a las personas a desconfiar de los lenguajes totalitarios, a respetar el color de piel del otro, su religión […]. Asistir al retorno del mismo proceso de pensamiento totalitario me lleva a interrogarme sobre el sentido de mi trabajo
(Le Monde, Hors-série
, junio de 2024).
¿Y qué ocurre con el amor en estos tiempos de intolerancia y odio?
¿Podremos hacer frente al desafío de reparar la trama de vínculos afectivos sin la cual la humanidad se vuelve imposible?
El narcisismo patológico, la ausencia de empatía y de solidaridad, el cálculo mezquino, la violencia, la indiferencia, el odio, el maltrato cotidiano y la incapacidad de renuncia propia de nuestro tiempo son algunos de sus enemigos contemporáneos.
Si el amor es lo único que nos salva del infierno de ser uno
tendremos que recuperar la alteridad y la conexión con los demás para construir vidas que tengan sentido. No podremos amar si la idea del otro nos espanta y nos genera desconfianza.
Habrá que recuperar el tejido que está dañado para volver a encontrarnos.
Como dijo Pablo Neruda: Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida
.
Los autores
PRIMERA PARTE
NUEVAS MANERAS DE ESTAR, NUEVOS CONFLICTOS
JOSÉ EDUARDO ABADI
HABLEMOS DE AMOR
Intentemos hablar de un modo diferente sobre aquello de lo que, en apariencia, se encuentra todo dicho. En la actualidad, se torna imprescindible resignificar la palabra amor
para rescatarla del vacío disimulado en que está sumergido el término y sus atributos. Depende de nosotros dotarlo de sentido verdadero, y lograr una auténtica rehumanización del amor. ¿O nos habremos creído, en este mundo posmoderno e hiperconectado, que es un producto más de consumo, ubicado en algún lugar de la góndola, listo para ser comprado?
Anticipo una primera respuesta: el amor no es una mercadería, sino más bien lo contrario. Como cantaban The Beatles, hace ya algunas décadas: es todo lo que el dinero no puede comprar. Nuestra identidad, el auténtico generador de vínculos, es un estímulo para la creatividad y la ayuda indispensable para reparar lo dañado. ¿Sabemos realmente de qué hablamos cuando hablamos de amor? ¿Qué otras cosas, que no lo son, evocamos en su nombre?
Propongo pensar el amor como una realidad alcanzable, una construcción posible para toda persona que, en su condición más básica, espera ser amada y llegar a amar. Nada más lejano a esa idea del vínculo como un producto de góndola. Hoy más que nunca es necesario entenderlo como el encuentro genuino con el otro, en su carácter cualitativamente único e irrepetible, en un ámbito de reconocimiento y valoración mutuos, piezas insustituibles para su gestación. Me permito diferenciar valoración de idealización; esta última es patrimonio del estado de enamoramiento, que, como veremos en este libro, es distinto al amor.
Si bien este es un tema que ha estado presente en distintos ámbitos de las ciencias y la cultura a lo largo de los siglos, propongo una discusión relativa a las formas en que brindamos y recibimos amor hoy, pleno siglo XXI. ¿Qué lugar ocupa en la sociedad? ¿Las nuevas tecnologías afectan nuestros vínculos amorosos? ¿Asistimos a una realidad alejada del registro del otro y de ciertos valores que hacen posible el encuentro? Si bien esto lo trataremos con mayor profundidad en otro capítulo, me importa ahora señalar una inquietud: la percepción de que pertenecemos a un tiempo de desamor. Naturalmente, no hablo aquí de una ausencia completa porque sería imposible sobrevivir sin amor. Me refiero a que las apariencias suelen pesar más que la presencia verdadera de ese sentimiento clave.
Seamos claros en esto: nuevas maneras de estar con los demás traen en consecuencia nuevos conflictos. Los vertiginosos cambios en el modo de comunicarnos, el culto a la imagen y las exigencias impuestas desde el afuera dominan y someten, consciente o inconscientemente, modificando las reglas vigentes. Estamos cada vez más habituados y dominados por formas superfluas y acotadas que se nos presentan bajo el falso disfraz del compartir. Esto nos predispone a padecer los efectos del aislamiento y la soledad: un paisaje despoblado. Si admitimos que el amor es la fuerza indispensable para alcanzar lo que yo llamo la felicidad posible, y asumimos que la simulación, el disfraz
, define buena parte de los vínculos que transitamos como sociedad, comprenderemos que nos encontramos en una encrucijada que nos pone a prueba y a la que debemos hacer frente, de un modo sincero e inteligente.
Vayamos ahora a un primer punto. El amor es un sentimiento que supera y subvierte lo biológico instintivo, aquello que nos provee la naturaleza. Es una construcción multidimensional y un tejido complejo que forma parte de la vida humana. Por decirlo de otra manera, es una estructura cultural en el significado más amplio del término. Que quede claro que cuando hablo de cultura no me refiero a la erudición, sino que aludo a esa trama que hace a lo esencialmente humano, es decir que otorga aquel plus de diferencia que nos convierte en actores de numerosas variables (ideas, sentimientos, conflictos) que dibujan el escenario de nuestro universo. Lo que llamo cultura no son solo restricciones, como muchas veces se piensa, sino búsqueda y cambio, crecimiento y alternativa. Es la transformación de lo dado en propio.
Es por este motivo que puede afirmarse que no hay amor fuera de la cultura. El amor se crea allí y se encuentra ligado al cuidado del otro, al hecho de proteger al semejante. Supera al instinto, es potencia, carencia, deseo y encuentro. Y aunque cuidar pueda parecer algo obvio y automático, vale la pena ser mucho más específico en la comprensión de esta idea. Cuidar no remite solo a proteger o amparar en su significado tradicional y lineal, sino también a generar, habilitar la creatividad, desacomodar aquello que encierra y oprime.
Recuerdo un estudio que mencionaba a dos especies de chimpancés que salieron del nomadismo para organizar pseudoformas de convivencia. En esta investigación se ponía en evidencia la necesidad del cuidado del otro como condición indispensable para la propia seguridad y el desarrollo de la vida en común. El preocuparse por el bien del otro, el ocuparse del semejante, disminuyó ostensiblemente la violencia entre ellos y permitió la estabilidad y, por lo tanto, la permanencia de la comunidad. Que nadie dude de lo siguiente: la seguridad del otro es garantía de la propia y permite la integración, la confianza, el terreno donde gestar el amor.
Digamos de un modo más general: el amor humano privilegia objetos
(sujetos) y es esto lo que da sentido a nuestra vida. Claro que los distintos tipos de amor, como el amor de pareja, el amor filial, el amor a la patria, el amor a las ideas, incluso el amor a Dios desde una perspectiva religiosa, permiten múltiples escenarios que no se anulan ni se superponen, sino más bien se potencian. En efecto, cuando revisamos la noción de felicidad de los más importantes pensadores de nuestra historia vemos que colocan en el punto central, para su logro, nada menos que al amor.
Si nos preguntaran cuál es el ingrediente esencial de la felicidad a la que todos aspiramos, la respuesta sería, sin lugar a duda, el amor con los múltiples significados que le hemos asignado. Su presencia o ausencia constituye y define nuestro modo de vivir. He comprobado que —como problema manifiesto o conflicto oculto y latente— el amor es siempre la clave para entender la identidad de las personas y para determinar su potencial felicidad. Pienso la noción de amor como una vivencia que supera el pensamiento racional (el logos
), manifestándose en una emocionalidad creativa, auténtica y singular.
El amor no pertenece al dominio de lo que sabemos de una manera consciente. Su componente emocional exige siempre la búsqueda de nuevas herramientas y eso es lo que lo vuelve tan fascinante. Todo conflicto humano remite, en última instancia, a una problemática ligada al amor que puede haberse gestado en la infancia, aparecer en la juventud o manifestarse en la madurez, pero cuya resolución es necesaria si se desea alcanzar el bienestar. Cada uno de nosotros necesita recibirlo y darlo, de lo contrario nos enfrentamos, indefectiblemente, al desamor, con todas sus consecuencias.
El desamor distorsiona, palidece y clausura nuestra personalidad. Es vacío y también destrucción, porque en él no es posible sembrar. Tomando las enseñanzas de tantos pensadores, podemos decir que el desamor nos impide vivir en armonía y equilibro; claves para un desarrollo personal feliz. La importancia de esa cuestión vital y la conciencia de las formas en las que nos vinculamos (algunas francamente peligrosas) me decidió a plantear mi punto de vista, con la esperanza de estar a tiempo para asumir el desafío de un cambio. Apuesto que es posible, sin duda es una meta ambiciosa, pero también muy necesaria. No podremos concretar ningún objetivo virtuoso en tanto no comprendamos hasta qué punto los lazos amorosos determinan nuestras posibilidades de crecimiento y bienestar.
El amor es un vínculo sustancial que nos permite alcanzar la felicidad. Es la base de la construcción personal, de nuestra singularidad transformadora en el fluir de la vida. Habrá quienes por decisión u omisión vean al amor como propiedad exclusiva de las novelas románticas, el cine o las charlas de café, sin comprender que se trata de una dimensión que no puede ser desatendida. En ella se pone en juego nada más ni nada menos que la posibilidad de crecimiento de cada uno de nosotros, que la posibilidad de elaborar un argumento de vida.
Sin ánimo de condenar el vértigo de los vínculos actuales, propongo reconquistar la densidad del amor y, consecuentemente, la jerarquía del placer para garantizar que los lazos que nos unan sean articulaciones sólidas y generadoras. Que nadie dude que es piedra fundamental e insustituible de todo proyecto humano que aspire a cuidar y expandir nuestra potencia y nuestros valores vitales.
Para avanzar sobre este punto me parece necesario detenerme en dos conceptos, que a veces se confunden con uno solo y que, por esto mismo, considero imprescindible definir de manera correcta: me refiero al amor a uno mismo, lo que llamo autoestima y que equivocadamente algunos denominan amor propio. Se trata, en realidad, de algo más sutil y profundo. Prefiero ligar el amor propio a la noción de orgullo; a veces, un acorazamiento defensivo que nos rodea para sentirnos importantes; otras, necesario para ayudarnos a no caer. No dudo de que el amor propio es, en muchas oportunidades, el gran colaborador de nuestras empresas personales. Sin embargo, en ciertas circunstancias, cuando se distorsiona, conduce a la tozudez, o peor aún, al narcisismo, así como también puede desviarse a una de sus formas más peligrosas: el fanatismo.
Insisto en recalcar que narcisismo patológico no es lo mismo que autoestima, sino que es lo opuesto al amor. La autoestima tiene que ver con un atributo del amor,
