Explora más de 1,5 millones de audiolibros y libros electrónicos gratis durante días

Al terminar tu prueba, sigue disfrutando por $11.99 al mes. Cancela cuando quieras.

Jimena, la muerte es imposible
Jimena, la muerte es imposible
Jimena, la muerte es imposible
Libro electrónico561 páginas7 horas

Jimena, la muerte es imposible

Calificación: 0 de 5 estrellas

()

Leer vista previa

Información de este libro electrónico

Una emotiva y profunda reflexión sobre el enigma de la muerte y el misterio de la existencia humana. ¿Quién no desearía desvelarlos?
Finales de los ochenta, un pueblo de costa en el norte de la península. El suicidio de Victoria Marín sobre las rocas del acantilado de El Alba supone un fuerte impacto para su entorno. Una muerte inesperada en un momento aparentemente feliz, que sume en una profunda tristeza a familia y amigos, con quienes se había reunido la tarde previa, y que ven improbable que se haya arrojado voluntariamente.
La ambigüedad en la que trascurre la vida de esta joven, con una belleza difícil de igualar pero con una personalidad melancólica, domina la trama de esta novela, que pretende desentrañar el misterio de su muerte.
La vida continúa. Su mejor amiga, Jimena del Olmo, marcada por la ausencia, se instala en Barcelona para estudiar arquitectura, vocación nacida de su intensa atracción por el monasterio del pueblo y su leyenda.
Jimena forma una familia, triunfa como arquitecta y regresa al pueblo veinte años después para despedir a su padre. El reencuentro con sus antiguos amigos la incitará a buscar la verdad.
¿Puede resolverse la incógnita de una muerte pasados veinte años? ¿Se suicidó realmente Victoria Marín? ¿Por qué? ¿Por qué la vida de Jimena está ligada a la leyenda del monasterio?

Con retazos de novela negra, pinceladas poéticas y planteamientos filosóficos eternamente no resueltos, esta novela ahonda en el enigma de la muerte y ofrece una crítica socavada a la esclavitud de nuestra sociedad tecnológica actual.
IdiomaEspañol
EditorialLetrame Grupo Editorial
Fecha de lanzamiento22 ene 2025
ISBN9788410898073
Jimena, la muerte es imposible

Relacionado con Jimena, la muerte es imposible

Libros electrónicos relacionados

Ficción general para usted

Ver más

Categorías relacionadas

Comentarios para Jimena, la muerte es imposible

Calificación: 0 de 5 estrellas
0 calificaciones

0 clasificaciones0 comentarios

¿Qué te pareció?

Toca para calificar

Los comentarios deben tener al menos 10 palabras

    Vista previa del libro

    Jimena, la muerte es imposible - Cristina Álvarez Álvarez

    Imagen de portada

    © Derechos de edición reservados.

    Letrame Editorial.

    www.Letrame.com

    info@Letrame.com

    © Cristina Álvarez Álvarez

    Diseño de edición: Letrame Editorial.

    Maquetación: Juan Muñoz

    Diseño de cubierta: Rubén García

    Supervisión de corrección: Celia Jiménez

    ISBN: 978-84-1089-807-3

    Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

    «Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

    .

    A la memoria de mi padre,

    de quien heredé mi pasión por la lectura.

    Él conoce, con certeza, que la muerte es «imposible».

    A mi madre por su innata inteligencia emocional.

    A Álvaro por su carisma.

    A mis hijos por ser TODO, principio y fin de mi vida.

    A David por entenderme como nadie me entiende,

    por regalarme el tiempo, que tampoco él tiene, para escribir,

    por ser lo mejor que me ha ocurrido.

    Mencía no existe,

    es fruto de una imaginación exorbitante, la mía.

    Mencía nunca fue real.

    PRÓLOGO

    A medio camino entre novela policiaca y narrativa contemporánea, esta primera obra de la autora, va dirigida, como ella misma confiesa: «Al lector que no busque únicamente una novela negra y que, esclavo de la historia, se olvide del placer de la palabra».

    Con perfil policiaco, pero con hondos matices filosóficos y poéticos, Jimena, la muerte es imposible intenta romper con el arquetipo de novela negra al uso.

    Manteniendo la esencia de este género, con un final sorprendente y varios giros inesperados, comprobamos, a medida que nos sumergimos en la trama, cómo la autora consigue conducirnos por caminos bien distintos al de novela policiaca típica. Nos invita a enfrentarnos sin temor a temas tan complejos como la incógnita de la muerte o el enigma de la vida.

    La obra pretende brindar al lector de este tipo de historias el sorprendente final que siempre busca, pero sin renunciar a satisfacer a otro tipo de lector. ¿Y si el amante de la lectura intimista, poética, filosófica y, en general, cualquier lector de narrativa contemporánea también pudiese disfrutar con su trama? ¿Y aquel que sienta una curiosidad irrefrenable por ahondar en el misterio de la muerte?

    En estas páginas, se entretejen dos historias: la extraña muerte de Victoria Marín en el acantilado del Alba y la historia de vida de su mejor amiga, Jimena del Olmo.

    Tras un inicio que te sumerge directamente en la trama, la autora crea una pausa intencionada en la que van emergiendo los distintos personajes. Pretende que el lector no busque solo un desenlace, sino que disfrute del camino, sin subestimar lo que cada personaje intenta trasmitirle como ser humano y aportarle en la resolución de la trama.

    A través de un relato que narra el misterio de un posible homicidio en un acantilado, la autora nos invita a confrontar nuestros propios temores y dudas. Esta novela nos adentra progresivamente en los recovecos de la mente de la protagonista, así como en las preguntas que la obsesionan: ¿Qué es la muerte? ¿Por qué estamos aquí? ¿Tiene algún sentido soportar el dolor y la incertidumbre de la existencia? A medida que avanza la historia, los acontecimientos empujan a Jimena a cuestionarse el sentido de su vida, a redescubrir las raíces familiares que intentaba dejar atrás y a entender, desde otra perspectiva, el papel que han jugado en su propia historia.

    La autora logra capturar esa esencia, la ambigüedad de la naturaleza humana, mostrándonos cómo el amor y el odio, la devoción y el resentimiento, pueden convivir en una sola persona. Jimena observa, escucha y reconstruye los hechos con la meticulosidad de quien necesita comprender para conseguir sanar. A través de su proceso, somos testigos de un análisis psicológico y emocional profundo, que nos permitirá entender la tragedia que se esconde tras la muerte de Victoria Marín y la historia de vida de Jimena del Olmo.

    Pero la novela pretende ser también una especie de espejo de la sociedad moderna. Nos enfrenta a temas como la pérdida de tiempo en un mundo hiperconectado, la multitarea y el vacío existencial que parece crecer de forma paralela al desarrollo tecnológico. La autora hace que nos cuestionemos el precio tan alto que tenemos que pagar por este progreso acelerado. «La vida está alcanzando unas cotas de complejidad difíciles de soportar», comenta en estas páginas. ¿Realmente estamos viviendo o simplemente sobreviviendo en un sistema que exige más y más de nosotros sin detenerse a considerar lo esencial? Jimena se encuentra a sí misma en medio de esta trampa, buscando un propósito en un mundo donde el tiempo parece desvanecerse cada vez más rápido.

    Cada lector que decida acompañar a Jimena en este viaje descubrirá algo diferente. Sus páginas ocultan los susurros de una vida que se rebela rotundamente contra la superficialidad y la inercia. Como su protagonista, nos enfrentaremos a una realidad que no es perfecta y que nos muestra, con brutal honestidad, lo que significa ser humanos.

    Puede ser que, al final, el lector descubra que el mayor desafío no sea averiguar qué ocurrió en el acantilado el 14 de noviembre o qué secreto esconde Victoria Marín, sino reconocer, honestamente, que la vida es un misterio irresoluble y nadie tiene ningún tipo de certeza sobre lo que se esconde tras su origen ni tras su final.

    Es una obra para pensar, para sentir, para debatir y, en última instancia, para recordar. ¿Cuántas novelas policiacas nos han dejado huella? ¿Cuántas no son más de lo mismo? Entretienen, pero no trascienden.

    Esta novela está escrita para quienes estén dispuestos a mirar al abismo y seguir adelante, sabiendo que la verdad, aunque nunca será del todo revelada, es el único camino posible.

    Y tras su lectura, el lector podrá sacar sus propias conclusiones. ¿Es la vida cuestión de azar? Probablemente no. ¿Lo es la muerte? ¿Y si la muerte fuese imposible? No deja de ser una posibilidad. Nadie puede demostrar lo contrario.

    .

    «Presiento que tras la noche

    vendrá la noche más larga,

    quiero que no me abandones,

    amor mío, al alba».

    Extracto de la canción Al alba, de Luis Eduardo Aute.

    «PEREGRINA (Muerte): No os entiendo. Si os oigo quejaros siempre de la vida, ¿por qué os da tanto miedo dejarla?

    ABUELO: No es por lo que dejamos aquí. Es porque no sabemos lo que hay al otro lado.

    PEREGRINA (Muerte): Lo mismo ocurre cuando el viaje es al revés. Por eso lloran los niños al nacer». 

    Alejandro Casona. La dama del alba.

    «La ciencia es incapaz de explicar la existencia humana».

    Guglielmo Marconi. Premio Nobel de Física 1909.

    PRIMERA PARTE

    MENCÍA

    1

    Mencía me recibió como si nunca la hubiese abandonado. Como si aquella tarde de junio, cuando abrí la maleta repleta de incertidumbres para irme de casa para siempre, nunca hubiese existido.

    Ningún reproche ni atisbo de rencor a mi vuelta, veinte años después. El cartel de la carretera, obsoleto y derruido, con el nombre ilegible del pueblo que acompañó mi infancia, «Mencía», me dio la bienvenida de nuevo. Un viento espeso aligeró la pesadez del desasosiego, el de mi retorno.

    Sentimientos difíciles de ubicar viajaron desde el último año que viví allí hasta mi vuelta ahora veinte años después.

    Recuerdo la tarde de mi huida a Barcelona con minucioso detalle, el ir metiendo compasadamente, una a una, cada prenda de ropa en la maleta. Me sentí como un prófugo intentando escapar de un dolor impuesto.

    Tras la muerte de Victoria, María había comenzado a trabajar en el negocio familiar, víctima de una sumisión planificada que satisfacía las expectativas de su padre. Yo solo pretendía huir lo más lejos posible de aquel momento para iniciar una vida adulta.

    Victoria, María y yo fuimos amigas desde siempre. Interminables horas de juegos en la plaza Morante sellaron una amistad temprana que prometía ser eterna. Eran otros tiempos. Apenas una decena de coches transitaban el pueblo y la tecnología aún no había cautivado la mente del ser humano, ni maltratado la infancia, ni generado la prisa.

    Los miércoles, en el mercadillo, los puestos ambulantes invadían, con un desorden consentido, la calle principal. Los comerciantes alternaban la venta de productos recolectados con esmero con conversaciones cordiales, capaces de aliviar las pequeñas y grandes preocupaciones del día a día.

    Cuando Victoria apareció muerta, la muerte era para nosotras un suceso aciago, vinculado a la vejez, que nunca había tenido cabida en nuestra mente. Desconocíamos que pudiese acontecer a esta edad imprevista y de una manera tan impactante.

    Aquel 15 de noviembre de hace más de veinte años, mi madre inmersa en un tumulto de emociones contenidas y con el rostro diezmado por el dolor, no tuvo más remedio que comunicarme la desgraciada noticia.

    —Jimena, tengo que hablar contigo.

    Yo no estaba habituada a que se dirigiese a mí en tales términos, recia, siempre ocupada, siempre envuelta en una rutina agotadora. Detecté un dolor evidente bajo el quiebro de su mirada. El gesto de su cara se tornó grave, las palabras salieron vacilantes de su boca, el movimiento de sus manos parecía brotar ajeno a las órdenes de su mente, hasta creí verla llorar, pero no estoy segura, porque hacía intentos para no mostrar la pena y puede ser que no resultasen vanos, que lo consiguiese.

    —Mira, Jimena, un accidente terrible… Es Victoria… La encontraron muerta en el acantilado del Alba cerca de la iglesia de Santa Cristina. Terrible, Jimena, pero la vida es así… —Y mi madre me dio un abrazo entrecortado pero contundente. Un abrazo que no solía darme ni sabía ofrecerme en el día a día. Venía envuelto en un pesar profundo y creo que también en mucho miedo. En aquel momento, no supe diferenciar si miedo a que pudiera sucederme a mí lo mismo, miedo a verse en el fatídico lugar en el que la vida había colocado a la madre de Victoria o miedo a que yo sufriera de más con esta situación que preveía difícil de asimilar.

    —No puedo dejar de pensar en su madre… No lo quiero ni imaginar… —dijo con la voz quebrada, y se fue a llorar al porche hundiéndose, impotente, en la lluvia de buganvillas que trepaban con destreza la pared y que mi padre decidió plantar dos años antes. A pesar de la reticencia de mi madre al principio, la elección había resultado un gran acierto. Cuando floreció, empezó a despertar el anhelo de los viandantes. Las flores otorgaban cierta categoría a la vivienda, revalorizándola, transformándola en una de esas casas con abolengo que atesoran los pueblos con historia, que atesora Mencía.

    Ese día de noviembre, cambió la vida de la madre de Victoria, la de María y la mía para siempre.

    Mencía sintió la congoja, la impotencia y el miedo al zarpazo inesperado del azar que todos sentimos. Desde entonces, el temor a sufrir ese golpe aleatorio de la existencia acompañó, pertinaz, mi día a día. Mencía se convirtió en un recuerdo poco placentero y la muerte de Victoria, en el fin de una etapa complaciente. Dejé de concebir la existencia como un juego benévolo y descubrí que el dolor no me iba a abandonar fácilmente, aunque se lo pidiese.

    Existen algunos momentos en la vida sin retorno, no son demasiados, pero este parecía ser uno de ellos.

    2

    Victoria apareció muerta en el acantilado del Alba, velada por el graznido triste de una veintena de gaviotas y por el sonido de un mar disconforme por haberse convertido en verdugo obligado. Las olas batían resignadas contra las rocas de aquel mar embravecido que parecía ser el único testigo de ese triste suceso.

    El acantilado del Alba, a medio camino entre Mencía y Puertoblanco, formaba parte de un enclave evocador, de éxito garantizado para el suicida que debía de encontrar en aquel lugar, la eterna poesía de la que consideraba que estaba carente su vida.

    Amanecía el día sereno y callado. A las siete y media de la mañana, inmerso en el vaivén de la rutina, un vecino de Puertoblanco paseaba por los alrededores un viejo perro labrador de mirada inquisitiva y porte aristocrático.

    El desasosiego de varias bandadas de pájaros alertó encarecidamente de que algo sucedía, inmersos en un vuelo colectivo que intranquilizaba. El joven caminante se desvió unos pasos de la senda trazada para asomarse al sitio indicado por las gaviotas. Un cuerpo de mujer yacía inerte en la orilla. A los quince minutos, varias comandancias de la Policía acordonaron la zona. El sitio era escarpado y de difícil acceso, pero el de Victoria no era ni el primer cuerpo azotado sobre aquellas rocas, ni ellos inexpertos en esas lides. El rescate del cadáver fue más rápido de lo esperado porque pudieron acceder a través de un camino abrupto y zigzagueante que, a pesar de no encontrarse en las mejores condiciones, resultó útil para acceder a la zona.

    La Policía judicial abrió diligencias e hizo un primer acercamiento rutinario. El levantamiento del cadáver les llevó media mañana. Uno de los agentes hizo una llamada concisa al juez de guardia, que ordenó al médico forense personarse en la zona. Mencía observaba la escena, beligerante y decrépita, desde la ladera.

    Beltrán, el joven que localizó el cadáver, permanecía en una esquina sin saber qué hacer ante el inesperado acontecimiento que había cambiado la cadencia de sus quehaceres diarios. Los agentes de la Policía le exigieron permanecer allí hasta que estuviesen seguros de que no necesitaban hacerle más preguntas. Se tomaron las muestras necesarias y las fotos exigidas siguiendo el protocolo. El perro labrador gemía y ladraba sin un patrón definido, se intuía la queja de un animal inteligente, capaz de interpretar como una desgracia, lo que estaba ocurriendo. Beltrán agradeció su compañía mientras reposaba, intentando asimilar lo sucedido, sentado en un montículo cercano, con el cuerpo curvado hacia delante para intentar devolver algo de color a su rostro mortecino.

    Las sirenas de los coches policiales desprendían una luz azul silenciosa, como si el dolor les impidiese emitir sonido alguno. Un calor hondo y a destiempo impregnaba el ambiente.

    La Policía identificó algunas pisadas sobre la senda cenagosa que tuvo que recorrer Victoria. Se intuían las huellas parcialmente borradas de, al menos, dos personas imposibles de identificar, porque una brisa cálida y contundente, preludio del inicio del veranillo, las hizo desaparecer.

    Uno de los agentes se quitó la chaqueta, se arrodilló ante el cuerpo mientras unas gotas de sudor impregnaban su frente como lágrimas que brotasen de un lugar diferente a los ojos, de un lugar más profundo e intransitado. El rostro del policía, que se mostraba impasible a su llegada a la zona, dio paso a otro compungido, como si se hubiese quitado una máscara de carnaval y ahora su cara se hubiese acoplado al dolor de la víctima. Beltrán dedujo que probablemente el policía la había reconocido. Se levantó y se colocó de nuevo la chaqueta. En este movimiento, invirtió más tiempo de lo necesario. Se abrochó con esmero los botones, que sujetó con unos dedos temblorosos que acertaban a atravesar el ojal con dificultad, se recolocó mangas y cuello de la chaqueta por cuarta vez y, en un gesto de rotundo desacuerdo, dio la espalda al cadáver como si se negase a asimilar lo que había visto.

    El acantilado del Alba tenía un tránsito fluido en primavera y verano, pero era un sitio casi desértico los días de otoño e invierno, y menos aún en tardes lluviosas como la previa, en la que caminar por la zona resultaba, a todas luces, desapacible.

    El cuerpo fue trasladado al instituto forense para realizar la autopsia y confirmar su identidad. Algunos detalles insignificantes, prolijos, pusieron en alerta a la Policía y obligaron a sopesar otras posibilidades que no fuesen el suicidio. Las investigaciones se llevaron a cabo con calma y discreción, tenida en cuenta la juventud de la víctima y el impacto que cualquier especulación podría causar entre los vecinos del pueblo.

    La mañana de la muerte de Victoria, María y yo nos levantamos como cualquier otro día, ajenas al escenario del acantilado.

    Recuerdo despertar con la primera luz del alba, esas primeras luces anodinas y vulgares no dejaron entrever la importancia que guardaba un día que dejó una impronta imborrable en todos los que lo vivimos. Me desperecé con el silencio sorteando con destreza el sonido del despertador. Un despertar engañosamente pacífico que me concedió un tiempo imprevisto para revisar el temario de un examen próximo.

    Esa mañana acudimos, como todas las demás, al instituto de enseñanza media Sancho Carral de Mencía, donde cursábamos el último año antes de comenzar los estudios universitarios.

    Nos habíamos despedido de Victoria la tarde previa y nos extrañó su ausencia imprevista en la puerta de entrada del instituto, más aún cuando el chillido desagradable del timbre sonó reincidente por tercera vez. Anunciaba el inicio rutinario de las clases ese 15 de noviembre de 1989, a las nueve en punto.

    3

    La belleza de Victoria Marín no se desviaba ni un milímetro de los cánones establecidos. Una nariz recta y armónica, labios gruesos con mesura, ojos del color del otoño, que intercalaban verde y marrón. Tenía el pelo rubio con una onda suave y la tristeza enraizada en el alma.

    No resultó difícil reconstruir las horas previas a su muerte. El 14 de noviembre salió de casa sobre las cuatro para reunirse con nosotros en el café de El Mirador como cada martes. Se despidió de su madre con una prisa fingida que le ahorró algunas explicaciones que rehusaba dar. Su padre no estaba en casa y Miguel, su novio de entonces, trabajaba y no podía acudir a la cita. La reunión suponía un descanso necesario para reponer fuerzas y continuar el estudio, pero los exámenes estaban próximos y no podíamos entretenernos mucho tiempo.

    La tarde era lluviosa y desapacible. Victoria hizo una parada imprevista en casa de María porque el viento le había hecho añicos el paraguas; estaba empapada y notaba el frío enquistado en el cuerpo.

    —¡Hola, Victoria! Pero… ¡Si estás calada hasta los huesos! —dijo María al verla entrar en su casa. Los dientes le castañeaban con un sonido intenso que traducía urgencia e incomodidad.

    —Sí, el viento me destrozó el paraguas. Diez minutos caminando, y ya ves… ¿Podría cambiarme en tu casa? ¿Tendrás algo de ropa para prestarme? —preguntó a sabiendas de que María guardaba algunas prendas de vestir suyas que a veces intercambiaban.

    —Claro, pasa, aquí tienes… La ropa que me dejaste para la cena del mes pasado, así te la devuelvo.

    Victoria llevaba puesto un vestido oscuro, largo, con medias y botines, debía de ser bonito pero estaba tan mojado que había perdido el encanto que seguramente tendría. Llevaba un gorro rojo corinto calado hasta el arco superior de las cejas que aumentaba el verdor con el que sus ojos miraban por debajo. Cogió la ropa que le ofreció María y se la puso rápidamente. Un pantalón vaquero claro y un jersey rojo de cuello alto que la hacía parecer más rubia, más estilizada y más guapa. Victoria se había puesto, sabiéndolo o no, la ropa del día de su muerte.

    La casa de los padres de María se comunicaba a través de un pasillo acristalado con el negocio familiar, un pequeño hotel rural llamado La Velada de Mencía, que seguía los cánones decorativos de los años ochenta. Sus padres tenían otro local de similares características en Pozuelo, a las afueras de Madrid.

    —Vamos, date prisa, que llegamos tarde.

    Salieron apresuradas camino de El Mirador. Aquel local, extraña mezcla entre cafetería y pub, gestionó nuestras inseguridades durante los años previos a la madurez, esos que transitamos como pudimos. Las conversaciones durante tardes imperecederas vaciaban nuestros corazones, serenaban nuestro ímpetu y alimentaban nuestro espíritu; se quedarían para siempre impolutas en nuestra memoria.

    —¿Hoy no viene Miguel? —preguntó María, temerosa de que hubiese ocurrido alguna desavenencia entre ellos.

    —No, no puede venir, tiene que trabajar.

    —Te pondré la ropa a secar antes de salir. Mañana te la devuelvo —le propuso con amabilidad.

    María, ordenada y metódica como era, colocó en un tendedero plegable de madera prematuramente destartalado el vestido de Victoria, que goteaba sobre el suelo cerámico con un ímpetu inesperado.

    —Gracias, María —dijo Victoria, ya cambiada de ropa—. Mira, ya ha parado de llover, podemos ir andando. ¡Qué mala suerte! He salido de casa en el único momento que estaba previsto que lloviese durante el día.

    Y así fue, mientras María y Victoria caminaban hacia El Mirador, unos rayos de sol las deslumbraron y un arcoíris casi perfecto surcó el cielo de lado a lado, subrayando la naturaleza su supremacía, su superioridad absoluta y algo de su potencial artístico.

    María había reproducido en su mente, durante años y hasta la saciedad, la conversación que mantuvo con Victoria camino de la reunión de aquel martes. Nada le resultó extraño, Victoria parecía razonablemente feliz y era imposible de prever lo que ocurriría en las horas siguientes. Sabíamos que había superado con éxito una etapa difícil hacía algo más de dos años. Nunca verbalizó los problemas que pudiese tener con su padre. Nunca concretó lo que le ocurría, ni exteriorizó con nosotras su silencioso sufrimiento, pero dedujimos, por su actitud alegre, que los había superado.

    Aquella tarde, la vida parecía motivadora y amable. Durante la reunión en el café, encadenamos un tema con otro, como cada martes. Planificamos nuestra próxima vida universitaria, hablamos de las fiestas a las que acudiríamos, incluso opinamos sobre las noticias candentes en los medios de comunicación, como la caída del muro de Berlín hacía pocos días, las inundaciones en el sur o la cartelera de cine. De aquella distendida conversación, concluí con el tiempo, tras revisarla con minuciosidad una y otra vez en mi mente, que el inicio próximo a la universidad y el noviazgo con Miguel eran evidentes fuentes de motivación para Victoria. Era difícil armonizar tantos planes de futuro con la mentalidad de una suicida.

    El año siguiente al que murió, elegíamos carrera universitaria. Victoria había cursado un bachillerato de letras. Era una persona reflexiva, amante de la lectura y con una sensibilidad artística incuestionable. Había manifestado en incontables ocasiones su intención de estudiar Filosofía y Letras y su elección no nos había sorprendido. El principio de la universidad era uno de nuestros temas predilectos, del que hablábamos enardecidos, no pocas veces, en el café. Recuerdo que intentamos convencerla en más de una ocasión para que estudiase Derecho o Filología Inglesa, aludiendo a las mejores salidas profesionales, pero tenía la decisión tomada. Su firmeza no adolecía de fisura alguna. Visualizaba su futuro con mayor claridad que nosotros el nuestro. Un primo de su padre la había orientado sobre algunas opciones laborales y Victoria mostraba un desbordante entusiasmo por cualquiera de ellas. Tenía planificado dedicarse a escribir textos de filosofía, pero no descartaba la docencia y el trabajo editorial le parecía apasionante. Nos sorprendía la claridad con que visualizaba su futuro frente a nuestros pensamientos vagos, imprecisos y confusos, exentos de seguridad y confianza. Contrastaba tanta decisión con el ademán de joven inestable con el que algunos la identificaban. Pocos adolescentes exhibían tanto anhelo al elegir su futura profesión.

    Ahora, pienso que quizás sabía que solo iba a disfrutar de ella en sus pensamientos, que tal vez intuyese su muerte próxima, que vivía con plena emoción unos planes que era consciente de que nunca se iban a materializar.

    María, Victoria y yo disfrutábamos con la lectura, aunque nuestros gustos diferían. Victoria solía escoger textos filosóficos o poéticos, cualquier temática alejada del pragmatismo. Atesoraba una sensibilidad especial en todos los aspectos de la vida. Leía a Platón con frecuencia.

    —Solo vemos una parte de la realidad —nos explicaba algunas veces—. Una parte muy pequeña, y, además, la vemos desde una perspectiva que es inexacta, que es parcial, incluso equivocada. No vemos el mundo desde la perspectiva que nos permite explicar nuestra existencia.

    El pragmatismo de María contrastaba con el ensoñamiento de Victoria, pero a pesar de tener pensamientos y actitudes opuestas, se entendían sin problemas. Yo me encontraba a medio camino entre ambas, no podía negar mi tendencia artística e idealista pero conservaba también una visión de la realidad algo más práctica que me hacía mantener los pies en el suelo.

    Victoria no hizo ninguna alusión a Miguel, pero tampoco nos extrañó. No era raro que no acudiese a nuestras reuniones. Trabajaba muchas tardes en una conocida tienda de ropa para conseguir algo de dinero extra que le permitiese pagar algunos caprichos insulsos. Recuerdo que Victoria habló también esa tarde de su madre, de las horas que invertía en la peluquería en la que trabajaba para sufragar gastos. No supimos si se refería a los gastos originados por la mala vida que se le atribuía a su padre. Nunca solía mencionarlo en nuestras conversaciones, lo que le daba cierta veracidad a algunas habladurías que corrían en el pueblo sobre un trato poco amable de Hernán con su mujer y su hija.

    Podía recordar con una claridad absoluta cómo se refería a «mañana y a la semana siguiente» cuando hablaba, como si estuviese convencida de que para ella iba a existir un mañana.

    ¿Podría estar fingiendo y saber lo que iba a ocurrir? ¿Había sido su acto un impulso? ¿O bien desconocía de verdad lo que el destino le deparaba?

    Tomamos unos refrescos, unos cafés y un par de croissants a la plancha que paladeamos con gusto.

    El sonido de la televisión retumbaba con fuerza en el café que estaba casi vacío. La voz de la presentadora del noticiario se imponía con autoridad sobre las nuestras. Cada veinte minutos, actualizaba las últimas novedades sobre la caída del muro de Berlín, la noticia que había emocionado al mundo. Los medios de comunicación repetían la crónica como autómatas. Nosotros escuchábamos retazos entre una conversación y otra, conscientes de ser testigos de un hecho histórico irrepetible ocurrido cinco días antes, cuya importancia no acertábamos a comprender totalmente. La presentadora continuaba su narración con voz grave y vehemente: «Alemania, fragmentada en dos países tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, vuelve a unirse de nuevo para formar uno solo. La caída del muro consigue unificar ambas Alemanias y la vida de miles de personas que ya pueden atravesar la frontera con el permiso que otorga la libertad. Dos pensamientos opuestos, capitalismo y socialismo, separados por cuarenta y cinco kilómetros de pared». Fueron días de euforia, que compartimos expectantes desde la distancia.

    Tras la muerte de Victoria, me sentí aprisionada en Mencía y busqué mi propia liberación. Recuerdo esta noticia no solo por su repercusión mundial, sino también porque yo me sentí presa del mismo modo. Cuando escapé de Mencía, recordé la caída del muro, ocurrida treinta años después de su construcción y diez meses antes de mi partida.

    Mi muro cayó en junio de 1990, cuando hui a Barcelona. Seguramente, ese día, sentí la misma sensación de libertad que sintió Alemania aquel 9 de noviembre; lo interpreté como el final de mi guerra fría.

    La televisión reproducía incesante la noticia. A las seis, nos despedimos para retomar el tiempo de estudio. Recuerdo ese momento engañosamente intrascendente, con una claridad meridiana, como si hubiese sido ayer.

    Desde el café de El Mirador, fuimos esa tarde espectadores en primera línea de un anochecer anaranjado sobre el que se dibujaba de fondo la silueta estilizada de la iglesia del Monasterio de Mencía, cuya cúpula acababa en una fina aguja, igual que en un cuadro, igual que en una novela. Victoria me miró, se recogió el pelo y se despidió con una sonrisa tranquila:

    —Jimena, nos vemos mañana después de salir de clase.

    Contesté con un «vale» de conformidad absoluta. Y ahí finalizó nuestra amistad para siempre, porque para ella nunca existió un mañana.

    4

    La vida de la madre de Victoria encaneció para siempre el 15 de noviembre de 1989, su rostro perdió cualquier atisbo de luz y nunca logró deshacerse de la tristeza perenne que acompañó su ademán, desde entonces.

    Ningún momento tan demoledor como el de su padre velando el cuerpo. El gesto encorvado, doblegado por la desgracia, la mirada errática ante el inicio de la ausencia. Aunque nadie se atrevía a mencionarlo con firmeza circulaban por el pueblo rumores reiterados sobre una extraña justicia impartida de manera socavada, que castigaba de forma anónima e implacable a un mal padre y marido.

    María y yo no habíamos visto nunca la cara de un muerto. Su imagen inerte, detenida en ese oscuro momento, su rictus incapaz y su falta de aliento nos perturbó. La miramos. Su cuerpo nos pareció un lienzo sin memoria, un lienzo en blanco, despintada su belleza entre los dedos de la muerte. Tuvimos la extraña certeza de que el cuerpo que teníamos delante estaba deshabitado, y Victoria lejos, en otro lugar, viajando con sus recuerdos.

    Sentimos impotencia ante lo que adivinamos irreparable pero, escépticas, nos negamos a creer que Victoria pudiese desaparecer indefinidamente de una forma tan azarosa, aquel noviembre.

    El funeral fue rápido. La lluvia acompañó la ceremonia de principio a fin. Todo fue negro ese día, también lo fue el aire. Un responso comedido se ofició con tiento para que el dolor no desgarrase el pueblo, minimizar habladurías malintencionadas y disminuir el desvalimiento de esos padres huérfanos que mostraban una pena sin parangón. No recuerdo ningún dolor más intenso que el de Carmen, su madre. Su mirada me sigue buscando con ansia, algunas noches atraviesa mis pensamientos y entonces, me despierto sudorosa e inquieta, entre sueños, en mi casa de Barcelona y recuerdo Mencía.

    Los asistentes al funeral introducían las tarjetas en la urna, firmaban apresurados en el libro de condolencias, incapaces de encontrar las palabras precisas, y trataban de dejar atrás con rapidez aquella casa, como se abandona un momento turbio e indeseable. Se sentían en la obligación de acompañar a la familia, pero desconocían cómo.

    Acabada la ceremonia, la gente se iba difuminando a la salida de la iglesia, todos se encontraban aliviados por poder huir con el deber cumplido. Recuerdo cada paso que dimos camino del cementerio. María y yo nos desmoronamos, por fin, al atravesar los barrotes herrumbrosos y descascarillados de la verja de la entrada. La tierra revuelta, el último momento.

    Nos fijamos en la lápida vecina, que estaba cubierta de polvo y parecía maltratada por el olvido que, sin embargo, resultaba necesario y permitía seguir viviendo a los que nos quedábamos. Parecía intentar recordarnos cómo el paso del tiempo separa sin remedio a quienes se van de quienes continúan.

    Dos días sin planificar, para los que nunca íbamos a conseguir explicación alguna. Salimos del cementerio adoctrinadas sobre la injusticia y sin sentir que caminábamos.

    Una mezcla de incredulidad, de incoherencia inherente a la juventud nos impidió admitir que el adiós fuese definitivo, pero el paso metódico de los días fue implacable y demostró lo equivocadas que estábamos. Nunca más volvimos a ver a Victoria Marín, ni en Mencía, ni en ningún otro lugar consabido de este mundo, nunca más en nuestra vida. Y eso debía de ser la muerte.

    5

    La sórdida historia del acantilado del Alba alteró la rutina del pueblo durante varios meses y lo sumió en una incertidumbre difícil de gestionar. Los periódicos locales no hicieron más que una mención somera del suceso, pero algunos programas televisivos, acostumbrados a nutrirse como sanguijuelas de la sangre y desgracia ajenas, desgranaron concienzudamente cada detalle, recreándose más en el que más miserable les parecía. Se especuló sobre distintas posibilidades: la crueldad de un padre maltratador, el novio despechado y celoso, un amor imposible, el desequilibrio mental de una joven demasiado guapa.

    Rememorar aquellos días previos a la muerte se convirtió en una obsesión que tuve que dominar. Intentaba encontrar algún detalle, por insignificante o nimio que fuese, capaz de ayudar a la Policía a desvelar lo que había sucedido. Dudábamos de que Victoria se hubiese suicidado y eso implicaba dudar, de forma socavada, de nosotros mismos.

    Su círculo de amigos encabezábamos una hipotética lista de sospechosos por haber sido los últimos en ver con vida a Victoria. Nuestras declaraciones ante la Policía cobraron, por ende, especial importancia.

    Recuerdo que nos entrevistó un agente insulso sin vocación alguna; un hombre joven, tan corpulento como poco lúcido, que finalizaba cada interrogatorio de forma mecánica cuando el reloj marcaba la hora exacta en la que se acababa su turno, sin importarle que la siguiente frase pudiese aportarle o no la solución del caso.

    Nos interrogaron uno a uno con la esperanza de encontrar un hilo conductor que explicase lo ocurrido.

    Beltrán, el joven que descubrió el cadáver de Victoria, declaró después de nosotros. Era un chico endeble, con cejas caídas, en forma de cúpula que se movían inquietas cuando hablaba, ojos claros con tinte azulado y barba lampiña con mentón sobresaliente. Perspicaz al máximo, pero nervioso, no pudo aportar nada nuevo. Era vecino de Puertoblanco y, obligado por la necesidad, trabajaba como mancebo de farmacia. Tardó unos meses en recuperar la normalidad de su vida, aunque imagino que su mente no habrá borrado nunca la imagen de aquel suceso. Confirmó la hora del hallazgo del cuerpo, ratificó su posición y proporcionó algunos detalles de dudosa trascendencia. No conocía a Victoria y la palidez casi fantasmal de su cara durante la declaración demostraba que no mentía. El joven policía intentó, con cierta desgana, darle coherencia a aquel tumulto de frases inconexas que se convirtieron finalmente en su declaración.

    La Policía era ambigua, no hablaba con claridad. No sabíamos si, con los interrogatorios, buscaban un asesino o todo formaba parte de un trámite rutinario para reafirmar la teoría del suicidio.

    Un año de relajadas pesquisas convenció al cuerpo policial de que había llegado la hora de cerrar el caso. No se pudo demostrar ninguna teoría distinta al suicidio. Una vida familiar infeliz o un desequilibrio mental no diagnosticado habrían hecho de Victoria una suicida en ciernes. Así lo pensó la Policía y así hubo de pensarlo Mencía.

    Una nueva desgracia en un pueblo situado unos kilómetros más allá, cinco meses después, consiguió empequeñecer el infeliz acontecimiento del acantilado del Alba. Siete víctimas de un accidente de autobús dejaron dos viudos y dos niños muertos. Nacieron lágrimas nuevas que consiguieron que nunca más, en los meses venideros, se volviese a hablar de Victoria. La mirada relativa, la perspectiva sobre los acontecimientos suele empequeñecer el impacto de un suceso.

    La Policía cerró por fin el caso sin disimular su alivio. Los años pasaron ágiles y aprendimos a convivir con la duda. Veíamos muy improbable la posibilidad de una muerte autoimpuesta después de haber escuchado hablar a Victoria la tarde antes. Necesitábamos saber también qué le había hecho dudar a la Policía desde el primer momento sobre la versión del suicidio y por qué se tardó tantos meses en cerrar el caso.

    Desde entonces, la mente del suicida fue para mí una especie de laberinto del que traté de encontrar la salida, un jeroglífico que intentaba descifrar. Me intrigaba identificar la tecla que era necesario pulsar en la mente de una persona para activar el instinto suicida. Esa que enfrentaba la propia vida a un final consentido. La catarsis definitiva, el quebrantamiento de la persona sin vuelta atrás. El motivo.

    En mis cavilaciones, dudaba si este instinto obedecía a un impulso repentino o premeditado, a una causa externa o a un mal funcionamiento neuronal. Incluso a un desorden psiquiátrico.

    De todos los patrones que estudié a conciencia, concluí que el de Victoria podría haber sido un impulso repentino producido por algún hecho que por entonces desconocíamos. Eso, en el caso de que ella fuese su propio verdugo, porque la posibilidad del homicidio parecía que no estaba descartada de forma contundente y en aquella marabunta de emociones desordenadas en la que se había convertido mi vida, ese pensamiento me inquietaba todavía más, si cabe.

    6

    La noche que regresé a Mencía amaneció con la luna. Deduje que ese día iba a ser diferente al verla iluminando a deshora las calles vacías, alumbrando la plaza Morante, deshabitada, inerte,

    ¿Disfrutas la vista previa?
    Página 1 de 1