Archivos secretos del Vaticano
Por J. A. Salas
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A lo largo de los siglos se han publicado de forma separada todos los escritos que han ido apareciendo acerca de nuestro personaje, pero no ha existido ni existe una única publicación cronológica, y el motivo principal radica en la dificultad de ensamblar pasajes,
que en ocasiones pueden llegar a ser hasta contradictorios, para lograr una única sintonía de sucesos.
A partir de la segunda mitad del siglo I de nuestra era surgieron los textos de Marcos, Mateo, Lucas y Juan, convirtiéndose en los escritos más cercanos y antiguos sobre la vida y obra del Maestro de Galilea y siguiendo su tendencia aparecieron posteriormente muchos manuscritos que vinieron a cubrir aquellas "lagunas" sobre su vida y obra, que no se tuvieron en cuenta por los primeros textos, ya que para los autores de los llamados Evangelios Canónicos lo importante era el mensaje de Jesús de Nazaret, evitando la redacción
de un texto simplemente histórico. Dichas "lagunas" fueron cubiertas precisamente por los Evangelios llamados Apócrifos, especialmente en lo referente a su infancia, a lo que ocurrió tras su muerte, a los viajes de los apóstoles antes de Pentecostés, a la Asunción de María a los cielos; y a muchísimos personajes que tienen un sitio relevante en la historia pero que no aparecieron en los primeros escritos de nuestra era y que en este texto serán revelados.
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Archivos secretos del Vaticano - J. A. Salas
© Derechos de edición reservados.
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© José Antonio Salas Alcázar
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1089-373-3
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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Prólogo
El ejemplar que tiene usted en sus manos es una unificación cronológica de todos los evangelios, cartas, manuscritos, libros, textos históricos, acerca de la vida de Jesús de Nazaret, de su familia y de su entorno, que han seguido la línea de los textos más antiguos de los que tenemos conocimientos.
A partir de la segunda mitad del siglo I de nuestra era, surgieron los textos de Marcos, Mateo, Lucas y Juan, convirtiéndose en los escritos más cercanos y antiguos sobre la vida y obra del Maestro de Galilea, y siguiendo su tendencia aparecieron posteriormente muchos manuscritos que vinieron a cubrir aquellas lagunas
sobre su vida y obra, que no se tuvieron en cuenta por los primeros textos, ya que para los autores de los llamados Evangelios Canónicos, lo importante era el mensaje de Jesús de Nazaret, evitando la redacción de un texto simplemente histórico. Dichas lagunas
fueron cubiertas precisamente por los Evangelios llamados Apócrifos, especialmente en lo referente a su infancia, a lo que ocurrió tras su muerte, a los viajes de los apóstoles antes de Pentecostés, a la Asunción de María a los cielos; y a muchísimos personajes que tienen un sitio relevante en la historia pero que no aparecieron en los primeros escritos de nuestra era.
En esta unificación de escritos no hemos incluido los manuscritos que se alejan de los primeros testigos que escribieron su obra, es decir, no hemos incluido aquellos movimientos cristianos que crearon su propia historia acerca de Jesús y sus discípulos.
A lo largo de los siglos, se han publicado de forma separada todos los escritos que han ido apareciendo acerca de nuestro personaje, pero no ha existido ni existe una única publicación cronológica como la que usted tiene en sus manos, y el motivo principal radica, en la dificultad de ensamblar pasajes, que en ocasiones pueden llegar a ser hasta contradictorios, para lograr una única sintonía de sucesos.
Para la elaboración cronológica de todos los pasajes, en primer lugar seleccioné aquellos manuscritos que seguían la línea de los primeros textos aparecidos (Marcos, Mateo, Lucas y Juan); posteriormente los dividí en distintas partes: Evangelios de la Infancia; Evangelios de las Enseñanzas; Evangelios de la Pasión, Muerte y Resurrección; y los Evangelios Asuncionistas; después los coloqué linealmente por etapas para seguir el orden cronológico; y por último, se fue desarrollando pasaje a pasaje, incluyendo en cada uno de los mismos, todos los textos que hacían referencia a un hecho en cuestión, dándole forma al mismo tiempo a la narración de los pasajes, respetando el fondo y el sentido de los mismos. De esa manera, logramos obtener una visión conjunta, en sus diferentes etapas, de aquellos que escribieron acerca del hombre más famoso de la historia. Por lo tanto, lo que usted tiene entre sus manos es una obra única de investigación, elaboración y ejecución que ha llevado su tiempo antes de empezar a describir pasaje por pasaje, la vida completa de Jesús de Nazaret y todo lo acontecido en su entorno, según las narraciones de aquellos que escribieron acerca de Él.
Respecto a la selección de evangelios y manuscritos, como hemos comentado, utilicé los llamados Evangelios Apócrifos y rechacé los Evangelio Gnósticos y otros escritos que se alejaban de los primeros textos de la historia.
El motivo fundamental es que, el Gnosticismo, es un conjunto de corrientes sincréticas (corrientes que intentan conciliar doctrinas distintas) filosóficas-religiosas que llegaron a plasmarse con el cristianismo en los tres primeros siglos de nuestra era, convirtiéndose finalmente en un pensamiento declarado herético por los primeros Padres de la Iglesia cristiana. En base a esta doctrina, para los gnósticos (gnosis significa, conocimiento
), los iniciados no se salvan por la fe en el perdón gracias al sacrificio de Jesús, sino que se salvan mediante la gnosis o conocimiento reflexivo de lo divino, que es un conocimiento superior al de fe. Para esta corriente, el ser humano es autónomo para salvarse a sí mismo. Ni que decir tiene, que estos textos, al ser una corriente ideológica, se alejan de nuestro enfoque cronológico de la vida y obra de Jesús de Nazaret. Por poner un ejemplo, el Evangelio Gnóstico de Judas, escrito alrededor de los años 130-150 d. C., nos ofrece una visión totalmente ajena a su historia, es decir, en este escrito, Jesús considera a Judas Iscariote como el más iniciado y el primero de todos sus discípulos, pactando incluso con él, su entrega y muerte: Tú los supera a todos ellos. Porque tú sacrificarás al hombre que me cubre… La estrella que indica el camino es tu estrella
(Judas 56-57). Para esta corriente, la presencia de Jesús y la de todos los hombres en la tierra es un error, y la felicidad llega con la muerte. Este pensamiento utilizó su base ideológica para poner en práctica el carpen diem (aprovecha el momento presente sin esperar el futuro) en su mundo, mediante fiestas interminables, sexo descontrolado, banquetes casi a diario etc. Por lo tanto, como hemos comentado anteriormente, los escritos gnósticos se alejan del enfoque inicial de describir la historia cronológica en base a los manuscritos más antiguos.
Sin embargo, los Evangelios Apócrifos (apócrifo significa, oculto
), que surgieron en los primeros siglos del cristianismo, aunque no fueron incluidos en el canon de la Iglesia Católica, mantienen una sincronía con los Evangelios Canónicos, y en muchos de estos escritos, se hacen referencias a dichos Evangelios, ya que durante algún tiempo, varios de estos manuscritos fueron considerados canónicos por las primeras comunidades cristianas. Debido a la gran cantidad de escritos acerca de la figura de Jesús de Nazaret, sólo cuatro (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) fueron aceptados por la Iglesia y considerados canónicos en el Concilio de Nicea (325 d. C.) y ratificado en el de Laodicea (365 d. C.).
Pero gracias a la presencia de estos textos, catalogados como apócrifos, la tradición cristiana se ha valido para escribir su propia historia, es decir, por ejemplo, dicha tradición ha venerado durante siglos a los Magos de Oriente, cuyos nombres no aparecen en los canónicos pero sí en los apócrifos: Melchor, Gaspar y Baltasar; y el clásico portal de Belén con el buey, la mula, san José, María y el Niño en el pesebre. Gracias a estos textos, podemos saber qué ocurrió y por dónde transitó la Sagrada Familia durante su viaje y huída a Egipto que menciona Mateo. Del mismo modo, podemos obtener el origen de los nombres de los dos ladrones que fueron crucificados junto a Jesús en el Gólgota: Dimas y Gestas; quién fue La Verónica, venerada por la Iglesia Católica como la Santa Mujer Verónica; qué ocurrió después de la muerte de Jesús y su descenso a los infiernos que se menciona en el Credo Apostólico; quien es Satanás y en dónde habita, reconocido por la Iglesia como el Adversario de Dios; cómo es el Paraíso; cómo se produjo la Asunción a los cielos de María etc. Estos textos apócrifos, le han dado vida a lo largo de los siglos al cristianismo y a su propia tradición.
En cuanto a las partes del libro que tiene usted entre sus manos, hemos incluido en cada una de ellas los siguientes escritos unificados cronológicamente:
1ª Parte – Los Evangelios de la Infancia: Evangelio de Mateo; Evangelio de Lucas; Protoevangelio de Santiago; Evangelio del Pseudo Mateo; Libro sobre la Natividad de María; Libro sobre la Infancia del Salvador; Evangelio del Pseudo Tomás, filósofo israelita o Evangelio de Tomás sobre la Infancia del Señor; Evangelio Árabe de la Infancia; Historia de José el Carpintero; Evangelio Armenio de la Infancia; Libro de la Infancia del Salvador; Fragmentos Apócrifos Independientes.
Para el conocimiento de la historia y para saber lo que ocurrió en un momento determinado, sólo podemos acudir a la única fuente válida y fiable: la fuente escrita. Con esto no quiero decir, que todo lo que se desarrolla en este volumen sea cierto, ni tampoco que sea falso; sólo son documentos escritos muchos años después sobre uno de los personajes que más han influido en la historia de la humanidad.
Hay autores que han comentado que los escritos acerca de la vida y obra de Jesús son fábulas fantasiosas para dar un mayor realce a su divinidad, especialmente en los evangelios dedicados a la infancia del niño Jesús. Y en cierto modo pueden tener razón, cuando dichos escritos están basados en multitud de prodigios. Todo lo que se salga de lo normal, de lo tangible, de lo razonable e incluso de lo lógico, da pie a que los estudiosos y lectores de estos textos utilicen la palabra, incredulidad
, en lo referente a los manuscritos dedicados a Jesús. Personalmente, como he comentado con anterioridad, no estoy en condiciones de juzgar la veracidad de dichos textos, sólo deseo transmitirlo en un solo volumen, y que los hipotéticos lectores saquen sus propias conclusiones al respecto.
Sólo me cabe deciros, mis queridos lectores, que algo muy grande tuvo que ocurrir en Palestina hace unos dos mil años para que un grupo de judíos, que esperaban la llegada de un Mesías libertador que expulsara a los romanos de sus tierras e instaurara su reino, siguieran a un compatriota cuya arma era la palabra, que bendecía a los enemigos y que fue apresado mansamente para morir en una cruz a la vista de todos. Algo muy grande tuvo que ocurrir para que aquellos que en su día lo abandonaron en el momento de su pasión y muerte, se armaran de valor y dieran su vida por Él.
Consejos para una mayor comprensión y seguimiento de los pasajes
Cada pasaje está estructurado de la siguiente manera:
En primer lugar, se añade el título al comienzo en cada uno de ellos siguiendo un orden cronológico.
Justo debajo de dicho título, aparecerá la fuente o las fuentes de donde se ha extraído el texto en cuestión. Para las fuentes hemos empleado el signo ortográfico del paréntesis, para independizarlas unas de otras; seguido de la abreviatura del título del evangelio o del manuscrito; el capítulo; y los versículos.
Por ejemplo: si un pasaje hace referencia al Evangelio de Mateo, capítulo ocho, versículos del tres al doce, quedaría representado de la siguiente manera: (Mt 8, 3-12). Del mismo modo, si en un determinado pasaje, hace referencia a un mismo texto pero con capítulos y versículos distintos, es decir, Mateo, capítulo 8, versículos del tres al doce, y capítulo 9, versículos del uno al cuatro, utilizaríamos dentro del mismo paréntesis, el signo ortográfico del punto y coma, quedando de la siguiente manera: (Mt 8, 3-12; 9, 1-4).
De esta manera, los lectores tendréis todas las fuentes de donde se ha extraído la información en relación a los distintos pasajes, y para ello, contaréis con una tabla con los nombres de los manuscritos empleados en este libro y con su abreviatura correspondiente, para poder seguir, el que lo desee, un estudio complementario.
Por otro lado, la intención de este trabajo es ofrecer al mismo tiempo una visión global de la época en tiempos de Jesús. Para ello hemos realizado anotaciones a pie de página, como si de un anexo se tratara, al final de cada pasaje. Incluimos en dichas anotaciones, los hechos más relevantes acerca de las costumbres judías, de sus habitantes, ciudades, personas destacadas o mencionadas en los distintos pasajes, ubicaciones geográficas, situación política, religiosa, cultural, estudios científicos de determinados hechos relevantes etc.
Del mismo modo, también hacemos referencias a pie de página a todas las frases, palabras o dichos que tienen su correspondencia con los Libros del Antiguo y Nuevo Testamento.
Todas las anotaciones a pie de página vendrán señaladas con un número correlativo a partir del (1)
en adelante, junto a las frases, palabras o dichos en cada uno de los pasajes.
Para aquellos que deseen realizar un estudio complementario de las escrituras, les recomiendo que tengan un ejemplar de los Libros de la Biblia para su seguimiento.
Un fraternar abrazo, mis queridos lectores.
José Antonio Salas Alcázar
Introducción
Jerez de la Frontera (Cádiz) ESPAÑA, miércoles 14 de abril de 1999
Colegio La Salle Buen Pastor, once de la mañana…
—Hermano, ¿da usted su permiso?
—Pase, pase…
La sala donde me encuentro me transporta directamente a mi infancia. A pesar de que el edificio ha sufrido varias reformas, el cuadro de San Juan Bautista a mi derecha y el crucifijo que preside la estancia, me obligan a tomar una postura erguida y seria, como esperando la reprimenda del Director por una travesura. En el centro, una amplia mesa de caoba se interpone entre mi interlocutor y yo.
—Siéntese.
Todavía un poco tenso, ocupo la silla que me señala. Inmediatamente me llama la atención el mar de documentos, en aparente desorden, que invade la superficie. Al sentarme, observo una nutrida biblioteca a mi izquierda, cuyos libros parecen haber sido consultados una y otra vez.
—Dígame, ¿qué puedo hacer por usted?
—Hermano, me llamo José Antonio Salas, soy antiguo alumno del colegio y me gustaría, en la medida de lo posible, organizar un encuentro con los compañeros que compartimos pupitres en los años ochenta. Mientras hablo, mis ojos son secuestrados por unas fotocopias escritas en griego situadas en la esquina derecha de la mesa.
—Bien, ¿y para cuándo sería ese encuentro?
Sigo ensimismado observando esos folios tan curiosos, en un intento de descifrar todo aquel puzle de palabras.
—¿José Antonio? ¿Cuándo sería la reunión?
—Del año ochenta... ¿Puede decirme, por favor, qué es? —le digo mientras señalo una hoja con una nota adherida que dice «80 d.C».
Guiado por mi gesto, el Hermano de las Escuelas Cristianas fundadas por San Juan Bautista de la Salle en Francia, en el año 1680, se incorpora y, mientras se apresura incómodo a recogerlos todos, dice:
—Son copias del original del Evangelio según San Mateo.
—¿Del original?
—Así es, no le puedo decir más.
—Hermano... —digo intentando contener mi euforia—, ¿sabe cuál es mi pasión desde hace un par de años?
—¿San Mateo?
—No sólo San Mateo, persigo unificar los cuatro evangelios en uno e intentar cubrir las lagunas de la Biblia con aquellos documentos que fueron descartados, es decir, los apócrifos.
El religioso me mira apoyándose en el respaldo de su sillón y, sonriendo, me dice:
—Eso es imposible. Unificar los cuatro evangelios es una tarea que está destinada al fracaso. Cada uno de ellos se escribió para comunidades cristianas distintas, y respecto a los apócrifos, muchos han aparecido, pero no están inspirados por el Espíritu Santo. José Antonio, ¿usted es católico?
—Sí, aunque no tendría más remedio que separarme de los dogmas de la Iglesia católica si quiero cumplir mi propósito. Con independencia de la inspiración del Espíritu Santo, mi trabajo sería más bien periodístico, sobre la biografía de Jesús de Nazaret y los eventos históricos que le rodearon.
—Bueno, si le sirve de consuelo, le diré que tras el Primer Concilio de Nicea, celebrado en el año 325, el emperador romano Constantino I
«El Grande» ordenó la unificación de los cuatro evangelios canónicos y nunca se llevó a cabo. Respecto a los apócrifos, el mismo emperador decretó que se destruyeran. Así que, sabiendo esto, si es capaz de componer una biografía evangélica bien documentada y unificada, no sólo cumpliría el mandato de Constantino, ¡sino que sería el único en conseguirlo en estos diecisiete siglos! —exclama con una sonora carcajada.
—Disculpe —reacciono un tanto desairado—, pero si en su día se desecharon los manuscritos apócrifos, ¿por qué la Iglesia católica venera a Melchor, Gaspar y Baltasar, cuando ni tan siquiera aparecen sus nombres en los canónicos? ¿Por qué hay parroquias dedicadas a Santa Ana, cuando no sabemos casi nada de la madre de María? ¿Y quién fue la mujer Verónica subida a los altares por la Iglesia católica? ¿Por qué hay hermandades católicas cuyo misterio es la sentencia de muerte a Jesucristo, cuando dicho documento no aparece en ninguno de los evangelios canónicos? Y así un largo etcétera…
Él me mira sorprendido y vuelve a sonreír…
—Hermano José Antonio, la verdadera Iglesia se la debemos a los cristianos primitivos, aquellos que eran perseguidos y celebraban, clandestinamente y sin un orden litúrgico, la Eucaristía. Muchos de ellos perdieron la vida por difundir el mensaje de Cristo. Esos primeros cristianos ya hablaban de Melchor, Gaspar y Baltasar; de la Santa Mujer Verónica; de la sentencia de muerte a Jesús; de Ana y Joaquín… Todo eso ha llegado a nuestros días gracias a la transmisión oral. Muchos de esos manuscritos se conservaron escondidos, a pesar de que fuera ordenada su destrucción.
Me quedo de nuevo pensativo y, mirando fijamente a mi interlocutor, le pregunto de forma inquisitiva:
—¿Yo podría acceder a los originales de esos textos?
—Tarea difícil, antiguo alumno lasaliano —dice mientras acaba de guardar en una carpeta todos los folios—. Quien me facilitó estas copias es un buen amigo —relata despacio. Luego hace una larga pausa y continúa—: No puedo prometer nada, pero quizás él pueda echarle una mano.
—No sabe cuánto se lo agradecería, Hermano —mis ojos se iluminan.
—Bien, bien, no se haga ilusiones. Él, debido a una de sus múltiples actividades, tiene acceso al Archivo del Vaticano.
—¡Qué interesante!
—Interesante y complicado al mismo tiempo, pero bueno, se intentará. Déjeme su número de teléfono. Hablaré personalmente con él. Por ahora no le puedo dar ningún dato más, le contaré su proyecto y todo dependerá de su decisión.
Me acerca un bloc de anillas de papel cuadriculado donde, con letra nerviosa, apunto mis datos. Tras dejar el bolígrafo sobre la mesa, le extiendo mi mano iniciando la despedida.
—Un momento, ¿y qué hay del encuentro con los antiguos compañeros?
—Vaya, se me había olvidado. Bueno, si no le importa, buscaremos otro momento para hablar de eso, ahora me tengo que marchar. Encantado y muchas gracias por todo —al fin estrecho su mano—. Ha sido un placer hablar con usted.
—El placer es mío, y disculpe si le he ofendido antes. Sinceramente, dudo mucho que pueda llevar a cabo ese proyecto, pero si no lo intenta, jamás lo sabrá. Le deseo toda la suerte del mundo, de verdad.
—Muchas gracias.
Abandono el despacho del Hermano de las Escuelas Cristianas y marcho a casa con una sonrisa de satisfacción.
Catacumbas, Roma, primavera del año 167
Con sigilo, se acerca Silvano, vestido con una túnica blanca de mangas larga y, sobre ella, un manto color grisáceo con capucha que le cubre la cabeza.
Mira a ambos lados para asegurarse de que nadie le sigue, baja los primeros peldaños de piedra de la entrada al subterráneo y, sobre la pared izquierda, dibuja medio arco. En su otra mano lleva varios pergaminos enrollados.
A principios del siglo II, los primeros cristianos de Roma utilizaron las canteras a las afueras de la ciudad para excavar galerías subterráneas, algunas de ellas de varios kilómetros, con el fin de enterrar a sus difuntos en las numerosas hileras de nichos de sus paredes. Esto era así porque la ley romana prohibía que se diera sepultura en el interior de la ciudad.
Los cadáveres, envueltos en una sábana, se colocaban en el interior y se sellaban con lápidas de barro cocido, donde grababan el nombre del difunto, acompañado por un símbolo cristiano.
A partir del año 161, debido a la persecución del emperador Marco Aurelio, los seguidores de Cristo comenzaron a utilizar estas catacumbas como lugar de reunión y culto.
A través de un largo pasillo, Silvano va encendiendo antorchas, hasta que accede a un amplio habitáculo, presidido por una mesa rectangular en cuyo centro hay un cáliz de madera.
Momentos después, aparece otro hombre con vestimenta similar y, sobre el medio arco dibujado por el primero, traza una curva hasta unir ambos extremos. Así, sucesivamente, va entrando cada hombre dejando la misma marca en la roca.
El último en llegar lleva consigo una jarra y un pan redondo plano y blanquecino.
Con una veintena de hombres ya en el interior, Silvano toma la palabra:
—Hermanos, bienvenidos todos. Antes de conmemorar la Cena del Señor, quiero agradeceros la discreción. Corren tiempos difíciles para los seguidores de Cristo, el Mesías Salvador. Nuestros hermanos de Grecia, Asia Menor e incluso Jerusalén y toda la tierra de Jacob están celebrando a escondidas, como nosotros y otros grupos de Roma, la Cena del Señor para evitar ser apresados por romanos y judíos. Debemos seguir manteniendo nuestro símbolo para tener la seguridad de que todos somos discípulos de Cristo. La marca que habéis dejado en la entrada, cerrando cada arco, es nuestro símbolo de unión, el pez, recordando las palabras del Mesías en el lago de Galilea a los hermanos Pedro y Andrés: «Seguidme y os haré pescadores de hombres». Bien, dicho esto, comencemos.
Coloca encima de la mesa la jarra de agua y el pan sin fermentar hecho a base de harina, cereal y agua, buscando la similitud con el pan empleado en su día por Jesús y sus discípulos en la última cena.
Aunque el idioma habitual de los cristianos en Roma, para pasar inadvertidos entre la multitud, es el griego, en sus reuniones emplean el hebreo y el arameo, utilizados por el Maestro de Galilea.
Silvano desenrolla uno de los pergaminos y comienza a leer en hebreo:
—«Isaías volvió a hablar a Acaz: Pide una señal al Señor, tu Dios, en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo
. Respondió Acaz: No la pido, no quiero tentar al Señor
. Entonces, dijo Isaías: Escucha, heredero de David. ¿No os basta cansar a los hombres que cansáis incluso a Dios? Por eso el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad, una joven está encinta y dará a luz un hijo que le pondrá por nombre Emanuel. Comerá requesón con miel hasta que aprenda a rechazar el mal y escoger el bien. Porque antes de que aprenda el niño a rechazar el mal y a escoger el bien, quedará abandonada la tierra de los reyes que te hacen temer. El Señor hará venir sobre ti, sobre tu pueblo y sobre tu dinastía días como no se conocieron desde que Efraín se separó de Judá
». Es palabra del profeta Isaías.
***
En su palacio del Monte Palatino, ubicado en una de las siete colinas de Roma, el emperador Marco Aurelio se dirige a su coemperador Lucio Vero:
—Los cristianos son los destructores de nuestros dioses. Han de ser aniquilados. Ordena a los magistrados y oficiales que procedan contra ellos, persiguiéndolos hasta la muerte. Los seguidores de Cristo son enemigos, causantes de toda desgracia, han de ser objeto de burla pública, encarcelados, torturados o exiliados. Eso es lo mínimo se que merecen.
En esos momentos, Lucio Vero interviene.
—En las distintas provincias que gobernamos ya estamos utilizando placas calentadas al rojo vivo colocadas sobre sus cuerpos hasta la muerte, algo que podemos empezar a llevar a cabo también en Roma. Y según me han informado, tiene gran éxito entre el pueblo sentarlos en sillas de hierro para quemarlos a fuego lento, siendo objeto de burla y gran diversión. Otra práctica interesante consiste en arrancarles la carne con tenazas...
—Todas estas prácticas novedosas han de comenzar en Roma. Por cierto, Lucio, ¿qué se está haciendo con sus cuerpos después de muertos?
—Los arrojamos a los perros para que terminen de devorarlos y así impedimos que los cristianos puedan darles sepultura según sus falsas creencias.
—En Roma se han ido matando a espada, pero estas técnicas me parecen más divertidas.
—Pues prepararemos el decreto contra los cristianos y lo aplicaremos lo antes posible.
***
En el interior de la catacumba, continúa el rito de la Cena del Señor.
Tras finalizar la lectura del profeta Isaías, Silvano despliega un segundo pergamino y, a pesar de estar escrito en armenio, lo traduce con soltura al hebreo:
—«Reyes, príncipes y toda la comitiva, entonando cánticos, empezaron a bailar con alegría, bendiciendo a Dios por haberlos considerado dignos de llegar a tiempo a Belén para contemplar la gloria de su Hijo. Entraron en la caverna donde encontraron a María y al Niño envuelto en pañales y recostado en el pesebre. Y los tres Reyes saludaron a María diciéndole: Dios te salve, llena de gracia
. Se acercaron al pesebre y vieron al niño Jesús. Luego le ofrecieron sus presentes adorándolo. En primer lugar, se acercó Melkon, hijo del Rey de Persia, que, de acuerdo con la costumbre de los bárbaros, le besó los pies al infante recién nacido. Se arrodilló y le entregó a María oro, aloe, muselina, púrpura, cintas de lino y una moneda de oro. El segundo en entrar fue Gaspar, hijo del Rey de la India, besó los pies del Niño, se arrodilló y le hizo entrega a María de incienso, nardo, canela y otras esencias aromáticas, esparciendo un perfume delicioso por toda la gruta, y una moneda de oro. Y el tercero en comparecer fue Baltasar, hijo del Rey de Arabia, besó los pies del Niño, abrió su cofre y le entregó a María mirra, plata, piedras preciosas, perlas finas, zafiros de gran valor y una moneda de oro…».
Acto seguido, Silvano deja el pergamino armenio sobre la mesa y, mirando a sus hermanos, les dice:
—Roguemos por nosotros y por todos los demás, donde quiera que estén, a fin de que seamos hallados justos en nuestra vida y nuestras acciones, y seamos fieles a los mandamientos para alcanzar así la salvación eterna. Besaos los unos a los otros.
Los diecinueve asistentes se van besando en las mejillas y, seguidamente, uno tras otro se acercan al altar y, de la misma forma, le desean la paz a Silvano, que seguidamente eleva el pan ázimo y una copa de vino mezclada con agua y, alzando también la mirada, dice:
—Gloria al Padre del universo, en el nombre del Hijo y del Espíritu Santo. Le damos las gracias porque somos dignos de estos dones.
Todos responden al unísono:
—Así sea.
Deja momentáneamente el pan y la copa sobre la mesa y, barriendo con la mirada a todos los presentes, Silvano prosigue:
—A los hijos adoptivos del emperador Antonio Pío, Marco Aurelio y Lucio Vero, al senado y al pueblo romano dirijo esta súplica en defensa de los hombres de toda estirpe injustamente odiados y perseguidos.
A pocos metros, en el exterior de las galerías subterráneas, un grupo de seis soldados, pertenecientes a la guardia pretoriana, se aproximan a la entrada.
Van uniformados con una túnica de lana, sobre ella un cinturón donde tienen envainados la espada y el puñal, y debajo del mismo unos flecos reforzando la parte de los genitales. Recubren su torso con una armadura y su cabeza con un casco, ambos de metal.
Cada uno porta un escudo en la mano izquierda y una lanza en la derecha.
—¿Dónde los has visto? —pregunta Cornelio a uno de su acompañantes que, señalando con la lanza, contesta.
—Justamente ahí, en esa entrada, vi a un cristiano mirando hacia todos lados mientras accedía al interior. En estos lugares se esconden para practicar la magia contraria a nuestros dioses. Llevo tiempo siguiéndolos. No sé si hay más, pero es de extrañar que un hombre solo acuda a este lugar.
Y Cornelio, dirigiéndose a sus cinco acompañantes, ordena:
—Bien, coloquémonos tres a un lado y otros tres al otro, y conforme vayan saliendo, con la lanza les arrancaremos el corazón y con la espada les cortaremos la cabeza.
En el interior de la catacumba, Silvano coge el pan sin fermentar lo parte en veinte pedazos que deja encima de la mesa. Los diecinueve se van acercando para coger su trozo.
Silvano levanta el suyo mientras dice:
—Estas son las palabras que Cristo le dijo a sus discípulos: «Tomad y comed todos de él, porque este es mi cuerpo que será entregado por vosotros».
Entonces, los cristianos, a la vez, se introducen el pan en la boca, mientras Silvano eleva la copa de vino y dice:
—Tomad y bebed todos de él porque esta es mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por todos para el perdón de los pecados. Cristo nos dijo: «Haced esto en memoria mía».
Tras dar un sorbo, va entregando la copa a cada uno de sus hermanos. En el exterior, uno de los soldados se dirige a Cornelio.
—Normalmente los capturamos, los llevamos al interior de la ciudad y allí los torturamos hasta la muerte para divertimento de nuestro pueblo.
—Esta vez será distinto. La diversión será nuestra, aquí y ahora. Estad preparados, tarde o temprano tendrán que salir.
Una vez terminada la ceremonia de la Cena del Señor, Silvano se dirige por última vez a sus diecinueve hermanos.
—Que la paz sea con todos vosotros. Al unísono:
—Así sea.
Entonces se despiden y, por separado e individualmente, van saliendo del habitáculo, a través del largo pasillo, hasta llegar al exterior de la catacumba.
Silvano, mientras recoge la copa de vino y los rollos de manuscritos, se dirige a Martialis.
—Quédate un momento y así me ayudas a llevar los textos. Tenemos que facilitárselos a otros hermanos para que den lectura a los demás seguidores de Cristo. En breve, nuestros mensajeros nos suministrarán otros procedentes de los hogares de Jerusalén, lugar donde los judíos crucificaron a Nuestro Señor Jesucristo.
—Qué buena noticia, Silvano.
Uno a uno, los dieciocho restantes se dirigen en fila y en silencio hacia la salida por el pasillo repleto de nichos. Un soldado alerta a Cornelio:
—Cornelio, se escuchan pisadas, ya están aquí.
—Bien, preparaos. Nuestros trofeos serán sus cabezas.
El primero de los cristianos sube los peldaños de salida y, al llegar al exterior, escucha el grito del jefe de la expedición.
—¡Ahora!
Los dos primeros legionarios, protegiéndose el dorso con el escudo y manteniendo las lanzas en posición de ataque, se avalanzan sobre el primero de los desdichados cristianos.
Ambas puntas penetran en su cuerpo por derecha e izquierda, cayendo al suelo sin remisión y, de una patada, tiran su cuerpo a un lado.
Los dos segundos legionarios se adelantan esperando otra víctima que, al aparecer, recibe el mismo castigo; y los dos terceros, ahora en primera fila, hacen lo mismo que sus compañeros.
Ante los gritos y alaridos, el resto de los seguidores de Jesús retroceden sobre sus pasos y Cornelio da la voz.
—Entremos y acabemos con todos.
En filas de dos, acceden al interior, topándose con los temerosos cristianos y abalanzándose sobre ellos.
En el habitáculo situado al final de la catacumba, donde se celebró la Cena del Señor, un alarmado Silvano exclama:
—¡Martialis, se escuchan gritos! Los romanos nos acechan como lo están haciendo con todos los demás hermanos.
—Permanezcamos aquí en silencio y que Cristo nos proteja.
En el pasillo siguen cayendo uno tras otro y el reguero de sangre llega hasta la sala de la ceremonia.
Cornelio vuelve a dirigirse a sus compañeros:
—Avancemos para comprobar si alguno anda todavía escondido en este apestoso lugar.
Silvano y su ayudante Martialis deciden levantar dos de las lápidas que tapan a los difuntos cristianos, se esconden en su interior y, con sigilo, la cierran. Junto a los huesos envueltos con una sábana ambos permanecen callados en la oscuridad.
Tras inspeccionar todo el interior, Cornelio y sus cinco acompañantes van sacando uno a uno los cuerpos sin vida de los seguidores del Nazareno.
Una vez fuera, el jefe de los legionarios da la orden:
—Bien, aquí tenemos nuestros trofeos. Dejad las lanzas en el suelo y desenvainad la espada.
Acto seguido, los soldados romanos comienzan a cortar las cabezas de los dieciocho cristianos.
Una vez cumplida la orden, Cornelio se dirige a sus compañeros:
—Bien, dejemos los cuerpos aquí para que las aves terminen con el trabajo. Me acercaré a la guarnición e informaré a Tácito de los hechos por si desea ofrecer las cabezas al pueblo. Mañana volveremos a inspeccionar la zona. Después de esto, quizás nos den nuevas órdenes.
Entre risas y bromas, los seis legionarios se dirigen al interior de la ciudad de Roma dejando tras de sí los cuerpos yacentes de los cristianos y un reguero enorme de sangre.
Silvano y Martialis, horrorizados ante lo que esperan encontrar, abren las lápidas y discretamente avanzan por el túnel. Suben temerosos los escalones y caen de rodillas ante los cuerpos decapitados de sus hermanos.
—Martialis, que Jesucristo los tenga en su gloria.
—Que así sea.
Aún con los ojos inundados de lágrimas, Silvano ve clara su misión:
—Tenemos que huir antes de que vuelvan los soldados. Esconderé los pergaminos con la historia de nuestro Señor e intentaré ponerme en contacto con nuestros hermanos de Jerusalén. Todos debemos proteger la palabra escrita. Vayámonos.
Los seguidores de Cristo son perseguidos en Jerusalén, Antioquía, Alejandría, Asia Menor (cercano oriente de Turquía y la parte occidental de la provincia romana de Asia), Cesarea (en la costa al noroeste de Jerusalén), Damasco, Grecia, Libia, Cartago (en África, al sur del Mediterráneo)... Todos ellos disponen de diferentes manuscritos que hablan de diversos episodios de la vida de Jesús, que ocultan por miedo a su destrucción.
Málaga, ESPAÑA jueves 15 de marzo de 2001
Han pasado dos años desde mi encuentro con el Hermano de las Escuelas Cristianas de San Juan Bautista de la Salle y aún no tengo noticias de su amigo.
Durante este tiempo, he ido recopilando datos de fuentes no cristianas que acreditan la existencia de Jesús de Nazaret: Tácito, Suetonio, Flavio Josefo y Plinio el Joven.
Aquella ilusión por completar cronológicamente la vida de Jesús, de su familia, amigos y enemigos se desvanece por momentos.
A las siete y media de la mañana, salgo con mi Renault Megane rojo de mi residencia provisional en la Cala del Moral, dirección al Hospital Materno Infantil Carlos Haya.
Soy visitador médico y hoy debo acudir a la sección clínica del departamento de ginecología para presentar unos productos del laboratorio farmacéutico que represento.
Aparco el coche, accedo a la primera planta, preparo las literaturas de dos productos en promoción para la vaginosis bacteriana y la candidiasis vaginal y me dispongo a entrar en la sala de reuniones.
Justo en el momento en el que el Jefe de Servicio me da paso, suena mi teléfono móvil, que olvidé poner en silencio previamente.
Al cogerlo para apagarlo, me sorprende el prefijo +39 de la llamada.
«Qué número tan extraño», pienso. Mientras, azorado, sonrío con complicidad a mi anfitrión, pero no atino con el botón de apagado y, por segunda vez, suena.
Como si se tratase de una premonición, sonrojado entrego los porfolios con la literatura de ambos productos a los veintidós doctores y, desconcertado, les digo:
—Disculpadme, pero me tengo que marchar urgentemente. Os dejo las literaturas y la semana que viene volveré a pedir cita para explicar el mecanismo de acción de los productos. Lo siento muchísimo.
No tengo ni idea de por qué estoy haciendo esto. A ver cómo se lo digo al gerente de zona. Pero eso no me preocupa ahora. Quiero saber quién me llama desde ese número tan extraño.
Nervioso, al salir al pasillo, trato de devolver la llamada, pero solo consigo oír un largo pitido agudo.
Desesperado y con gesto de pocos amigos, vuelvo a la Cala del Moral.
He perdido la mañana de ventas y aquellas dos llamadas me han dejado enormemente intrigado.
Me dirijo directamente al bar de unos buenos amigos:
—Buenos días, Agustín. Ponme un pitufo mixto y un mitad.
—¡Marchando!
Mi amigo me trae una taza, mitad café y mitad leche, y acto seguido un bollito caliente de jamón york con queso fundido.
Justo antes de pagar, suena de nuevo mi móvil, donde aparece por tercera vez ese número extranjero que comienza por +39.
Nervioso, salgo del bar para atender la llamada.
—Buenos días. ¿José Antonio Salas?
El perfecto castellano de mi interlocutor me deja asombrado y aliviado al mismo tiempo.
—Sí, soy yo.
—Me ha facilitado su número el Hermano de las Escuelas Cristianas de Jerez y, tras pensar en lo que me dijo, al final me he decidido a llamarle, disculpe mi demora. Pertenezco a la Orden de... —Tras tomar aire, hace una pausa que me parece eterna y continúa hablando—. Iré al grano: conozco su proyecto y, aunque me parece una locura, creo que si alcanza algún logro será muy importante. Como religioso, no puedo participar públicamente, pero como hombre, siempre he creído que los manuscritos custodiados por la Iglesia católica durante tantos siglos ayudarían a conocer mucho mejor la figura de Jesús de Nazaret y su entorno. Considero un error continuar centrándose casi exclusivamente en los Evangelios Canónicos.
