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Vive tu Vida
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Libro electrónico159 páginas1 hora

Vive tu Vida

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Este libro te mostrará cómo recuperar lo que es sagrado en tu vida. Doce pasos establecidos para ayudarnos a entrar en contacto con nuestra esencia verdadera y para brindarnos la habilidad de aplicar nuestras energías en pos de una acción positiva, a nuestro servicio y al ajeno, y en beneficio de la expresión del flujo energético de la vida misma.
IdiomaEspañol
EditorialHay House LLC
Fecha de lanzamiento1 ene 2000
ISBN9781401933579
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    Vive tu Vida - Carlos Warter, M.D./Ph.D.

    part01

    Para iniciar este capítulo o este paso, elegiré una frase que todos hemos oído muchas veces: Conócete a ti mismo. Pero, antes, adaptémosla a: Conócete a ti mismo como ser humano. ¿Qué es ser humano?

    Casi todos vivimos abrumados por un sinfín de pensamientos, opiniones, discusiones, sentimientos o experiencias que hemos adquirido en nuestra interacción con el medio en que vivimos, y pensamos que conocernos es simplemente saber qué pensamos y qué sentimos. Sin embargo, detrás de casi cada uno de nuestros pensamientos y sentimientos superficiales hay una opinión ajena, fruto de nuestra educación, y son pocas las veces que nos preguntamos quién fue o qué fue aquello que nos influencia para pensar o sentir de esa manera determinada. Si realizamos una verdadera introspección y tratamos de llegar al fondo de nuestro ser, en determinado momento nos encontraremos con una zona de silencio interno. Y en ese silencio hay una fuerza, una sensación que no es una mera sensación física sino una plenitud, que dice: Yo soy, no en palabras sino simplemente siendo. Cuando pienso entonces en la frase: Conócete a ti mismo, pienso en profundizar en el cauce de mi ser hasta llegar a ese punto de plenitud.

    Ahora bien, cuando el silencio interior que he mencionado se hace total, aunque sea por un instante, vamos a sentir que todos nuestros pensamientos cotidianos y todas nuestras experiencias vitales se vuelven anecdóticas, no tienen tanto peso frente a la plenitud de ese Yo soy. Hay pensamientos flotando, hay sentimientos flotando, pero allí somos una especie de observador imparcial, un testigo de todo lo que está aconteciendo. En este momento se produce algo así como una… sonrisa interna. Una certeza de que todo lo que nos ha ocurrido y nos ocurre está sujeto a cambio pero nosotros, ese testigo, no estamos sujetos a cambio. Por eso se asocia este momento a una experiencia de luz, concretamente a una experiencia en la cual, si uno cierra los ojos, el cuerpo entero está en silencio y envuelto en claridad, como si estuviéramos mirando fijamente al sol con los ojos cerrados.

    ¿Y qué es lo que sentimos? Dos cosas fundamentales, que trataré de desarrollar ahora. Una es la Conciencia de Unicidad, y la otra es el Propósito Vital.

    La Conciencia de Unicidad es lo único y lo particular o singular de cada individuo: Yo soy. Cada uno de nosotros lo experimenta en ese instante que es único, a sus propios ojos y a los ojos de los demás. Cuando el individuo entra en ese espacio, su esencia (por decirlo así) está acompañada de una presencia mayor, de una presencia que lo envuelve, que lo sobrecoge. Y esa presencia no es el mundo externo ni el mundo de los pensamientos y de los sentimientos. Es la presencia del Creador. Es la experiencia sublime de saberse en la Divina Soledad, en la Presencia Pura. Ésta es la experiencia central de común-unión, de comunión, la fuente de conocimiento de la conexión amorosa con la comunidad social.

    Esa experiencia nos da la certeza de que uno es único y de que, al mirar a otra persona posteriormente, veremos a una persona única también, en el centro, debajo de sus propias ilusiones, pensamientos y sentimientos. Allí se produce, a mi entender, el primer cambio de enfoque: desde lo que YO SOY me dirijo a otra persona, desde la esencia misma, pero desde ese espacio de respeto que implica el reconocimiento de que el otro es esencialmente único también. En otras palabras, a medida que uno toma conciencia de su propia singularidad, tiene acceso a la singularidad ajena.

    En cuanto al Propósito Vital, al propósito de la vida, es la expresión de esa singularidad, de esc diamante, de esta joya única que cada uno es. Distinta pero semejante en su expresión. Frente a todas las contingencias circundantes de cada día, podemos actuar sin conocimiento de nuestra esencia o con conocimiento de ella. Si hemos realizado la introspección que nos permite estar en conocimiento de nosotros mismos, nuestra expresión vital será la expansión en el mundo, de cada una de nuestras acciones, sensaciones, pensamientos y sentimientos, enfocados con un solo propósito: la manifestación de nosotros mismos y la visión de la esencia de cada uno de aquellos que nos rodean. Es una reacción en cadena, de verdadera expansión. Y hay tres etapas en este proceso:

    1) Tomar conciencia de lo que nos rige, tanto externa como internamente, tanto social como psíquicamente.

    2) Transformar nuestra habilidad de experimentar la vida, de manera tal que no estemos regidos por cada situación, sino que adquiramos cierta maestría sobre ellas. Pero no me refiero al control ni a la manipulación, sino al hecho de poder estar en paz, con la certeza y la seguridad de que el proceso de la vida que es autónomo de las circunstancias mismas, que el proceso de la vida genera las circunstancias. Entenderlo nos da la paz suficiente como para, en este verdadero cambio vital, proyectar con calma nuestra acción.

    3) Entender que la mera existencia física no es lo único que ocurre en la vida ni mucho menos, sino que es la trascendencia interpersonal, más allá de lo físico, del YO SOY, aquello que nos lleva a la felicidad.

    Yo llamo felicidad a la edad de la fe; es decir, al momento a partir del cual la fe en nuestro núcleo vital no es condicionada por las circunstancias, sino que las trasciende. Al momento a partir del cual nos conocemos a nosotros mismos y podemos amar de verdad.

    La palabra amor viene del etrusco y quiere decir recuerdo de la propia divinidad. Es decir, la presencia del Creador en nosotros: en nuestra esencia. Los antiguos griegos tenían distintas palabras para cada una de las acepciones del amor: el amor entre miembros de familia era el amor fraternal, el ágape era el nombre para el amor amistoso, el eros era el amor sensual. Nosotros hemos condensado esas acepciones en Amor, y yo creo que son distintas cualidades. Ese recuerdo de la esencia o de la propia divinidad, del cual estábamos hablando, corresponde al amor esencial. Aquel que está presente en la interacción humana, cuando la conciencia de nosotros mismos se proyecta a los demás. Veamos un ejemplo. Si yo veo una mujer y se suscita en mí este sentimiento, que no es una emoción ni un afecto sino que es… algo más profundo que emoción y afecto (porque la emoción y el afecto pueden no ir acompañados de esa certidumbre de ser, de esa fe de quien YO SOY).

    Digamos que uno ve a esta mujer. Y curiosamente siempre la miramos a los ojos y, si encontramos en ella cierto destello de luz que no nos intimida, algo así como que esa persona sabe profundamente qué es y no está identificada solamente con su lindo cuerpo, con su lindo peinado, con su aspecto externo, entonces algo pasa en nosotros mismos. Cierta resonancia nos hace evocar un recuerdo más profundo de nosotros mismos. Luego, nos aproximamos a ella, la conocemos y ella nos conoce, y vemos los detalles: mundanos, físicos, circunstanciales, emocionales. Y proyectamos una energía en acción, una emoción que es el afecto mismo. ¿Adónde quiero llegar con este ejemplo? Al hecho de que aprender a amar significa aprender a reconocer la divinidad en uno y en el otro. Y la expresión de ese amor es energia en movimiento. Muchas veces entendemos mal, creemos que lo fundamental en el amor es la atracción física o emocional de energías. Pero sabemos que eso pasa rápidamente, nace y se extingue con una fugacidad que nos

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