El daño está hecho
Por Vivian Dragna
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El daño está hecho - Vivian Dragna
Narrativas al Sur del Río Bravo
10
El daño está hecho
El daño está hecho
Vivian Dragna
Índice de contenido
Portadilla
Legales
El daño está hecho
Diseño de tapa: Ezequiel Cafaro
Todos los derechos reservados
© Ediciones Corregidor, 2024
Lima 575 1° piso (C1073AAK) Bs. As.
Web site: www.corregidor.com
e-mail: corregidor@corregidor.com
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1.ª edición digital: septiembre de 2024
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto 451
Para mí.
Para aquellos que me abandonaron.
Para los que abandoné.
Todo lo que nos sucede,
incluso nuestras humillaciones, nuestras desgracias,
nuestras vergüenzas, todo nos es dado como materia prima,
como barro, para que podamos dar forma a nuestro arte.
Jorge Luis Borges
PRIMERA PARTE
1
Puedo estar más de seis años presa por un delito que no cometí. Cuando quede libre seré otra; una mujer gastada, envejecida, me habré olvidando de mi vida, de las palabras, de los otros.
No es este mi país. Aquí la orfandad es más inmensa.
Tengo un abogado de oficio, se llama Fermín Pelayo y dice que todo se va a aclarar. Parece no dudar de mi inocencia. Quizá me buscó en internet y sabe a qué me dedico, o se guía por impresiones: soy elegante y educada, tengo cuarenta y un años y dos hijas.
Estoy en la cárcel para mujeres Wad-Ras, en el distrito barcelonés de Sant Marti. Me trajeron a esta celda dos funcionarios, así le dicen a los que tratan con nosotras. Uno de ellos entró primero y encendió la luz. La celda estaba en penumbras, desde afuera alcancé a ver una cama, una silla, una mesa, un velador, un ropero, una pequeña ventana enrejada y el espejo del baño. No conseguía imaginarme adentro de ese cuadrado minúsculo y sucio; y aunque no estuviera sucio, así lo parecía, como lo parecen ciertas cosas viejas que fueron usadas por otros. Me aferré a la silla de ruedas pero uno de los funcionarios empujó mi brazo hacia arriba para que me parara. No fue brusco su movimiento, la fuerza del hombre estaba en su mirada, parecía decirme que me lo merecía.
Pero no. No me lo merezco.
Me paré y escuché sus indicaciones.
Cuando me quedé sola, me senté a observar el cuadrado que sería mi prisión. Pero lo que veía era otra cosa: mi desgracia en plenitud. Y así, sentada en esta vieja silla de madera, en la que ahora escribo, lloré con agonía, con impotencia. Al fin había podido volver a llorar. Dejé caer las lágrimas para sentirlas en mis mejillas y en los labios; quería recuperar el sabor de mi sal. Cuando el llanto se agotó (¿por qué uno deja de llorar si la pena no se va?), fijé la vista en una de las paredes de la celda. En pintura roja, con letra cursiva y despareja, sin mayúsculas, alguna mujer había escrito: guíame con tus aletas tiburón / pero no me comas.
Mi madre me abandonó cuando tenía once años. Se fue en un auto rojo con un hombre seis años más joven. Ya sos grande
, me dijo. Sos una mujercita. Me voy hija, algún día me vas a entender y a perdonar
. A partir de ese tarde, y por treinta años, no pude llorar más. No es que en todo ese tiempo no me hubiera emocionado. Me sucedió algunas veces, los ojos se humedecieron, pero inclusive haciendo el esfuerzo por llorar, no me fue posible. Iván quiso ayudarme hasta que se dio cuenta de que no podía. Franco ya lo había intentado antes. Ayudar a llorar. ¿Se puede?
Mi padre ya no está. No tengo hermanos, y no sé si el tío que alguna vez tuve, vive aún.
Iván es lo único que tengo o tenía. Me traicionó, pero no sabe que lo sé. Y esa traición me llenó de una tristeza conocida. No era tan inmensa como había sido la de mi padre, pero lo suficiente como para necesitar alejarme de mi marido. Vine a Barcelona a reencontrarme con Franco, mi primer novio, al que no había visto en veinte años.
No tendría que haber viajado. Tampoco podría haberme quedado con Iván. Quería huir de la mujer que era antes del viaje.
Subí al avión para vengarme.
Pero el plan salió mal.
2
Llegué a Barcelona hace seis días. Estuve dos días con Franco y otros dos en el hospital. Del hospital fui al juzgado en silla de ruedas. El médico había indicado que la usara hasta volver a realizarme estudios. Del juzgado me trasladaron a esta vieja prisión.
Tengo que volver a Buenos Aires el 18 de octubre, de esa forma uso el pasaje de regreso que ya tengo emitido y nadie se enteraría de esta tragedia. Nadie, salvo Iván.
En la celda el tiempo parece no avanzar, sin reloj la referencia es el sol o las comidas o la sirena en la mañana, o el ruido que sube del patio. Los sonidos, las luces, las sombras, los pasos que escucho en el pasillo; son señales que arman el día en bloques. La escritura me ayuda a calmar la ansiedad. Desbaratada la ficción del tiempo, mi vida aquí encerrada se convierte en una sucesión de palabras escritas a máquina, de silencios, de escuchas, de mínimos movimientos del cuerpo. Son horas inmedibles, intervalos de algo espeso.
La noche no terminara nunca. Miro la ventana a la espera de que desoculte el día nuevo y traiga algo de esperanza.
No sé para quién escribo, ni si lo hago bien. Sé que no es un texto ornamental, tal vez se encuentre despojado de poesía o de buenas metáforas, no soy escritora.
Mi celda no tiene rejas, tiene puerta de metal con una tapa desde donde pueden observarme. Mi mesa está ubicada de costado a la puerta, frente a la pequeña ventana enrejada. De vez en cuando levanto la vista del papel y miro hacia esa tapa, los posibles ojos del otro lado de la puerta no me inhiben; ¿cómo me veré desde ahí, desde afuera
? Estoy acá y escribo, le digo al que me mire, ¿qué otra cosa puedo hacer?
Decidí bañarme. Olía muy mal, hacía días que no me bañaba. La suciedad también denigra. La ducha es pequeña, sin cortina, el chorro de agua es mínimo, me da mucho asco pararme sobre el piso mugriento. No esperaba un jabón de buena calidad pero tampoco uno que no hiciera espuma, tan grasoso. Lavé la bombacha y el corpiño y colgué todo en la canilla de la ducha, una cañilla vieja, oxidada, que gotea aunque la cierre con mucha fuerza. Había una parecida en la casa de mi padre, en el baño del garaje, el que usé cuando no quise entrar al baño principal. Esta canilla me remite a la otra, y mi memoria elige un recuerdo triste.
Cuando el agua caliente se acabó, y eso sucedió muy rápido, me sequé con una toalla áspera y miré la ropa que debía volver a ponerme. Ropa de prisionera: pantalón y camisa amarilla. En la camisa estamparon el número de mi celda, la veintitrés, y las iniciales de la prisión, dice en el bolsillo: WR 23. Uso zapatillas que fueron blancas. Vestirme sin ropa interior fue desagradable pero no tuve alternativa. Sigo oliendo mal.
En esta celda no me siento madre, ni esposa, ni periodista. Estoy en la orilla de mi presente, la playa solo abarca esta tierra extranjera.
Hay pocas veces en la que uno alcanza a percibir la bifurcación vertiginosa de la vida provocada por un acto. Yo atravieso ese instante infinito e intento desagotarlo en estas páginas.
Todas las mujeres en Wad Ras somos idénticas por el solo hecho de estar acá. Vestimos iguales y tenemos estampadas nuestras celdas en la camisa. Nos vemos sometidas a un proceso de indiferenciación. El único pasado que tal vez importe: nuestro delito.
La máquina de escribir es del enfermero. Ayer me vino a curar las heridas que tengo en las piernas. Observó las servilletas sobre las cuales yo había escrito algunas frases. Me preguntó si quería algo para escribir, pensé que se refería a papel, le dije que sí. Esta mañana regresó con una máquina de escribir y hojas. Dijo que la máquina había sido de su padre y que en ella se escribieron textos que nunca pudo leer. ¿Por qué?
, pregunté. El funcionario escuchaba todo en silencio, se quedó entre nosotros, vigilando. El enfermero no me respondió. Le hice otra pregunta: ¿por qué me la das?
Usted me hace acordar a mi mamá
, dijo. Ella también escribía en servilletas. Mi padre no la dejaba usar la máquina de escribir. Pero ellos murieron, y ya nadie la usa
. El muchacho es como yo, somos una cofradía de abandonados que se encuentran en lugares imprevistos, como lo es esta prisión para mí, pensé mientras ponía la primera hoja en la máquina de escribir. Coloqué los dedos sobre las teclas como me habían enseñado en dactilografía en la escuela secundaria. Había tenido que memorizar las letras de izquierda a derecha y de derecha a izquierda ayudada con un cartón amarillo con el dibujo de las teclas. Las acaricié y practiqué el movimiento de los dedos hacia arriba y hacia abajo. Al principio me costó y tiré varias hojas, me equivocaba de teclas.
Dejo mis dedos agazapados, no estoy acostumbrada a escribir así. Dudo de mis ideas, de la frase que estoy por armar. No puedo borrar hacia atrás como con la computadora. A veces paso mucho tiempo con las manos en esa posición, mirando lo que ya escribí y el blanco que le sigue. Hasta que se produce el momento mágico y mentirosamente autónomo de buscar con los dedos las letras y los signos. Con golpecitos que suenan distinto, lo que pienso se graba en el papel. De a poco, voy conociendo el sonido de mis teclas. No suena igual la z que la y. Ni el retroceso, ni el guión. Me convertí en pianista de mis pensamientos. Los escucho mientras los escribo. ¿Pianista, como quería ser mi madre?
A la noche debemos apagar la luz de la celda, solo me permiten el encendido de un velador que tiene una bombita opaca y de bajo voltaje. Todo lo que obtengo del mundo exterior son las sombras que pasan por debajo de la puerta. Eso y lo que puedo mirar a través de la pequeña ventana enrejada. Me pregunto y lo escribo: ¿cuántas horas faltan para que Iván se dé cuenta de que algo me sucede? Le dije que viajaba con una amiga. Los dos primeros días lo llamé para saber cómo estaban las nenas. Desde el día del accidente, y de eso hace cuatro días, Iván no sabe nada de mí.
Él fue quien me llevó al Aeropuerto de Ezeiza para mi vuelo a Barcelona. Me dijo: María, es la primera vez que viajás sola, y va a salir todo bien. Vos disfrutá, yo cuido a las nenas
. Parecía contento con mi viaje. Quince días solo le daban una libertad aún mayor a la que ya tenía. No dijo que me iba a extrañar. El trabajo lo lleva –sin mí– a festivales de publicidad en el exterior. Los dos sabemos, aunque no lo decimos, que algunos de esos viajes pueden evitarse.
Iván me lleva trece años. Lo conocí cuando él tenía treinta y cuatro, ahora tiene cincuenta y cuatro años. Sigue siendo un hombre atractivo, menos por la belleza que por su personalidad. Es alto, delgado, el cuerpo lo trabaja en el gimnasio. El pelo se le está llenando de canas.
Cuando lo vi por primera vez, quedé impactada por sus ojos: tan iguales a los de mi madre, tan azules.
Mi madre en los ojos de Iván.
Iván tiene la virtud de la creación, el entusiasmo del emprendedor. Es dueño de una agencia de publicidad, trabaja con la intensidad de un animal que persigue a su presa.
No quiero encontrarme con Iván en Barcelona. No lo perdono. Y no quiero que me vea en la situación en la que me encuentro. Ya me rescató una vez, de eso hace veinte años. Otra vez, no.
3
El tiempo corre de otro modo aquí, sé que es un problema de percepción, solo cuento con la virtud absolutoria del sueño, en las pocas horas que logro dormir. Siento que hace meses dejé mi casa, mis hijas, mi trabajo. Cada hora, parece que abro puertas que dan a cuartos vacíos.
Los días con Franco, los del hospital, los de esta vieja prisión, valen por semanas, por meses. ¿Cuántos años tengo ahora?
Si el tiempo fuera medible en velocidad, la aceleración comenzó el día del choque en la autopista, que sucedió la mañana de mi tercer día en Barcelona. Íbamos a Cadaqués con Franco, Felipe y Montse, su mujer. Querían llegar en menos de dos horas, justo para almorzar. Felipe manejaba muy rápido y su esposa se lo reclamó, discutieron, se insultaron, parecía que iban a golpearse. Franco y yo le pedimos que disminuyera la velocidad o nos bajaríamos del auto, pero él se rio de nosotros, giró la cabeza para vernos y en ese instante todo se volvió impreciso, primero rebotamos contra algo, luego contra un poste de luz. El impacto final contra una pared provocó ruidos secos, algunos vidrios estallaron, todos gritamos. El dolor me llegó de costado cuando el auto se detuvo, me quedé quieta, Felipe y Montse bajaron del auto, yo miré a Franco que había perdido el conocimiento, no usaba cinturón y se golpeó la cabeza con el techo y la ventana. Sangraba, busqué su mano. La remera se le fue manchando de sangre, también la mía porque me apoyé en su hombro. Podía sentir sus latidos. Nunca antes había visto a alguien herido de esa forma.
Fue todo muy rápido, yo tengo para mí, ahora, que el choque duró un par de minutos, sin embargo recordarlo resulta lento, escribirlo también.
Las escenas se liberan solas en mi cabeza.
Participan mis dedos como médium.
La carta que yo le había puesto en el bolsillo esa mañana sin que él se diera cuenta, no se había caído al piso del auto. El sobre decía: De Lola para Franco: variaciones de una vida
. Dudé: ¿debía sacársela o dejarla? Sentí un golpe en la ventanilla, era un policía. Alguien los debe haber llamado. Luego supe que estaban cerca, camino a un operativo, eran de la Policía Nacional y se acercaron a socorrernos. Del patrullero bajaron dos perros que después de dar unas vueltas se sentaron frente al baúl y se quedaron quietos mirándolo. Escuché la sirena de las ambulancias. Sentía un dolor insoportable en mi costado izquierdo. Los médicos se ocuparon primero de Franco, lo sacaron del auto entre dos personas, lo colocaron en una camilla y ya no lo vi más. Felipe y Montse no tenían heridas, el airbag había amortiguado los golpes. Yo salí del auto sola pero me costaba caminar, un enfermero vino a auxiliarme. Los policías abrieron el baúl y bajaron todos los bolsos y valijas alertados por la actitud de los perros. Me hicieron mirar las valijas cerradas y decir cuál era la mía. A Felipe y su mujer les pidieron lo mismo. Recuerdo ahora la escena como si hubiera pertenecido a alguna película policial. ¿Qué hacía yo dentro de esa escena? Policías, perros, sirenas, ambulancias, patrulleros. Diez minutos antes íbamos camino a Cadaqués, me llevaban a conocer ese pueblo mediterráneo, te va a encantar
, me habían dicho, ahí vivió Dalí, y también hubo otros pintores que solían pasar largas temporadas: Miró, Picasso
. Justo cuando subía a la ambulancia, un policía se acercó para informarme que estaba detenida y que iría al hospital con custodia porque habían encontrado una bolsa con droga en mi valija. Quise verlo con mis propios ojos. Eso dije, es imposible, quiero verlo con mis propios ojos
. Yo no pude ver cuando abrieron mi valija, me la habían mostrado cerrada para que la identificara. El policía me acompañó hasta el auto. Vi mi valija abierta sobre el pasto, vi mi ropa esparcida, y a un costado, una bolsa pequeña que tenía un polvo blanco. Alguien le sacaba fotos, un oficial escribía algo que supuse debería ser un informe. Habían alejado a los perros. Me desesperé, dije que no había seguridad de que esa bolsa fuera mía. Indicaron que mejor me callara la boca, mi valija se había abierto frente a testigos. Sería verdad, cerca del auto chocado conversaban unas personas para mí desconocidas, tal vez los testigos. Nadie sabía que yo estaba ahí, el único que podía ayudarme había perdido el conocimiento. Creo que grité, me subieron a la camilla, me inyectaron algo, de a poco sentí que el dolor cedía, los ojos se me cerraban, recordé en forma abrupta lo que había dicho la mamá de Franco cuando me tiró las cartas del Tarot, yo tenía veintiún años y era Lola: vos y mi hijo tienen que separarse ahora y no verse nunca más, pero nunca más
. Al final me dormí. Desperté en una habitación en el Hospital de Bellvitge.
4
Hoy abrí los ojos muy temprano, antes de la sirena. Me tapé la cara con la sábana y lloré con los ojos cerrados, acurrucada, se trataba de un llanto antiguo, algo que pedía salir de su encierro, un agua oxidada, gotas repletas de recuerdos.
Seguí tapada un tiempo más, quise creer que estaba en una bolsa de dormir o en una carpa. Porque lo que estaba afuera, una vez que pisara descalza mi celda, era una realidad demoledora. Ya sé que la vida es una constelación de incidentes, pero no era necesario este cortejo con la desgracia.
Al destaparme, demoré mucho en aceptar la luz, el primer minuto me resultó terriblemente extraño, un momento de pánico.
Más tarde, en el baño, me miré detenidamente en el espejo. Seguía teniendo el pelo largo y castaño, los ojos negros de mi padre. Ahí estaban mis cejas oscuras y tupidas, mis lunares, el labio inferior corrido levemente hacia un costado, los dientes alineados, las arrugas, las ojeras. Todo era mío, y había sido de Lola, sin embargo sentí que miraba a otra persona.
Adelgacé, pero los kilos perdidos por adversidades pesan en el cuerpo como anclas. Debo moverme a pesar del dolor en la cadera. Tomo un calmante a la noche y otro a la mañana. La celda es un rectángulo de unos tres metros de ancho por cuatro de largo. Si le quito lo que ocupa la cama, la mesa, la silla y el placard, me quedan unos ocho metros cuadrados, sin contar el baño. Hice un dibujo en una hoja y algunos cálculos en base al tamaño de mi pie y la superficie disponible. Diseñé un recorrido para dar la mayor cantidad de pasos que permite el espacio. Me propuse tres mil pasos por día sin salir de la celda. Debo respetar la misteriosa costumbre del cuerpo de moverse. No quiero bajar al patio, ni cruzarme con las otras mujeres que lucen como yo. Me imagino repetida cientos de veces, clonada mi desdicha.
Hacía muchos años que no resolvía algún problema matemático. Hacer ese cálculo me remitió brutalmente al pasado. Mi memoria se atropella desordenada con incómoda violencia. Exceso de sensaciones.
* * *
Nunca se me ocurrió estudiar otra cosa que no fuera matemática. Me refiero a que a Lola nunca se le ocurrió. Fue tan natural, los números estuvieron siempre alrededor mío. Escuchaba desde la cocina las clases que mi padre daba a sus alumnos. De tanto escucharlas, las memoricé. Las preguntas de los chicos eran siempre las mismas, sin embargo no me aburría. Lo que variaba era la forma en que mi padre le entraba al tema, que dependía del alumno. En el Instituto él preparaba para el ingreso al Nacional Buenos Aires. Esas clases eran distintas, me decía, se trataba de chicos más pequeños. Se lamentaba algunas veces: fulanito no va a entrar
. Lo decía con tristeza. Pensaba que los problemas matemáticos no debían ser nunca un obstáculo, que tan solo eran una batalla a librar, un enredo del que se podía salir si uno no pierde la ilusión. Decía que los problemas eran como la niebla. Todo se hunde en la niebla, pero cuando la niebla se despeja, la resolución aparece y ese momento es mágico. La revelación desvanece los temores sufridos, aseveraba. Mi padre tenía todas las respuestas a esas cuestiones pero ninguna respecto a mi madre.
Él no había estudiado música clásica, sin embargo me decía que la matemática está a mitad de camino entre la ciencia y el arte.
Mi madre nunca había hablado así a pesar de haber estudiado piano tres años. Tal vez parezca extraño que yo recuerde las palabras de mi padre después de tanto tiempo. Pero hay ideas que quedan prendadas en algún lugar nuestro, y sucede que no sabemos que recordamos hasta que el recuerdo aparece y se expande y, como ahora, lo escribo.
Una noche, mi padre pelaba papas en la cocina y yo planchaba al lado de él, estábamos en silencio escuchando a Mozart que sonaba en el living. Cuando terminó de sonar el CD habló. Dijo que en Estados Unidos habían hecho un test a los alumnos que rendían matemáticas. A la mitad los separaron y los hicieron resolver los problemas escuchando música de Mozart. El otro grupo no escuchó música. Aquellos que escucharon a Mozart dieron mejor el examen. A este resultado lo llamaron inteligencia musical.
Yo lo admiraba por todo lo que me decía y por la paciencia que le tenía a sus alumnos.
Su vida era una repetición. La vida le daba un día tras otro. Ahora, después de haber escuchado tanto su música, después de haber estudiado teoría musical solo para entenderlo a él, comprendo que entre los músicos que escuchaba hubiera elegido a algunos que componen en base a la repetición de notas.
Yo también me repetía ante él, (pobre Lola), pero siendo niña no se me ocurría cómo convertirme en una hija y dejar de ser la ofrenda que le había dejado mi madre. Creo que ahora tampoco sabría hacerlo.
Atravesé el CBC en la UBA sin esfuerzo. Me costó más adaptarme a la nueva vida lejos de mi barrio, que a los aspectos académicos. Todo transcurrió como si ya lo hubiese vivido y esa facilidad me dejó tiempo libre para trabajar. Mi padre me pasó algunos alumnos y di mis primeras clases. Comencé con matemática de primer y segundo año de la secundaria. Entonces el que se quedaba en la cocina escuchando, preparado por si debía intervenir, era él.
Un día de abril, la lluvia persistía de tal forma que me provocó una congoja especial. Bajé del colectivo y corrí hacia el pabellón II de Ciudad Universitaria. ¿Me llevas?
, escuché a un muchacho decirme debajo de mi paraguas. Más que una pregunta era una decisión porque se acopló a mi andar hasta el primer techo. Chau linda
, dijo y desapareció. Me quedé mirando su recuerdo unos segundos. Era un día malo por la lluvia y porque mi madre estaría cumpliendo años en algún lugar del planeta, si estaba viva. Entré al aula y me senté atrás, algo que nunca hacía. Estaba en segundo año de la carrera, era de las alumnas con mejores notas, participaba en clase y mis compañeros me buscaban para que los ayudara a estudiar. No tenía vida social como tampoco la había tenido en la época escolar.
Esa tarde cursaba dos materias. La segunda, Álgebra lineal, era en otro piso. Hice lo mismo, me senté en los bancos de atrás. Me dediqué a dibujar caracoles alrededor de los orificios de la hoja del cuaderno. Cuando el profesor dio por terminada la clase, una compañera se acercó a hacerme una pregunta. Ella se despidió y yo giré a buscar la mochila, fue cuando encontré (sobre la mochila) un papel doblado y un bombón. El papel tenía dibujado un paraguas y una sonrisa. Y pude ver escrito en lápiz un nombre: Franco.
