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Casa, vecindario y cultura en el siglo XVIII: VI Simposio de Historia de las Mentalidades
Casa, vecindario y cultura en el siglo XVIII: VI Simposio de Historia de las Mentalidades
Casa, vecindario y cultura en el siglo XVIII: VI Simposio de Historia de las Mentalidades
Libro electrónico377 páginas4 horas

Casa, vecindario y cultura en el siglo XVIII: VI Simposio de Historia de las Mentalidades

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La vida diaria de las personas que habitaban las ciudades iberoamericanas del siglo XVIlI tenía lugar básicamente en dos espacios: la casa y el vecindario, en los cuales se entablaban relaciones sociales de distintos tipos donde se manifestaba toda la complejidad cultural que puede tener una sociedad.
IdiomaEspañol
EditorialInstituto Nacional de Antropología e Historia
Fecha de lanzamiento9 jul 2024
ISBN9786075399652
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    Casa, vecindario y cultura en el siglo XVIII - Marcela Dávalos López

    Introducción

    La presencia europea en el continente americano, en especial en Iberoamérica, era un hecho consolidado para el siglo XVIII. Estaban en funcionamiento las instituciones virreinales de gobierno, justicia, hacienda y, más tardíamente, de guerra; el catolicismo, más o menos sincrético, había penetrado la conciencia de las personas y la Iglesia se había asentado firmemente en América. Las ciudades, trazadas, muchas de ellas en el siglo XVI, vivían los embates modernizadores de sus gobernantes. La vida diaria de las personas que habitaban las ciudades iberoamericanas del siglo XVIII tenía lugar básicamente en dos espacios: la casa y el vecindario; en los cuales se entablaban relaciones sociales de distintos tipos en las que se manifestaba toda la complejidad cultural que puede tener una sociedad.

    ¿Cuáles eran las características de las relaciones que se entablaban en la comunidad doméstica y cuáles en el vecindario?; ¿qué manifestaciones culturales se dieron en la casa y en el vecindario?; ¿cuáles eran las características de las relaciones sociales de las personas en los distintos estratos de la sociedad y qué papel tenían en la integración de ésta? Tales fueron algunas de las preguntas que nos llevaron a convocar al Sexto Simposio de Historia de las Mentalidades con el tema Casa, vecindario y cultura en el siglo XVIII que se realizó los días 30, 31 de agosto y 1 de septiembre de 1995. Las ponencias presentadas tocan diferentes aspectos de la vida en la casa y en el vecindario en algunas ciudades de España, Nueva España, Nueva Granada; y el Chile y Brasil coloniales en el siglo XVIII.

    Se planteó que la vida doméstica y la vida del vecindario están separadas por una frontera simbólica: la puerta. Puertas adentro está el espacio doméstico, en el cual funcionan ciertas normas de convivencia, así como una jerarquización donde cada uno de los miembros de la comunidad doméstica tiene un papel determinado dentro de esa estructura. Puertas afuera se encuentra el espacio del vecindario y de la ciudad, lugares donde rige otra lógica de convivencia y ciertas normas de conducta y punición propias del espacio público.

    La casa era el escenario donde se desarrollaban los acontecimientos más importantes de la vida familiar: el nacimiento, la concertación del matrimonio y la muerte. La casa era vivienda, pero al mismo tiempo podía ser taller, tienda y escuela de artes y oficios; era el lugar donde se transmitían los valores morales y religiosos, donde se aprendía el modelo católico de vida familiar y donde se le hacían componendas; donde se inculcaba el miedo al demonio y el amor a Dios; donde se sembraba la prepotencia y los prejuicios en los poderosos y el sometimiento y la resignación en los pobres.

    Todo esto sucedía bajo la mirada de una mujer, gobernante del ámbito doméstico, quien desde la cocina, el lugar más social de la casa, determinaba los horarios, dirigía los rezos, disponía las comidas y educaba a los hijos. De ahí que la vida doméstica se trastocara seriamente cuando las cigarreras, muchas de ellas madres de familia, tuvieron que salir de su casa para trabajar en la gran Fábrica de Puros y Cigarros de la Ciudad de México. No hay que dejar de mencionar, sin embargo, que junto con la solidaridad y el afecto familiar convivían las desavenencias conyugales, la violencia intrafamiliar, la incontinencia, los celos y, a veces, la muerte.

    En varias ponencias se aborda la conformación espacial de la casa, donde hay lugares para habitar, así como dependencias de servicio y lugares comunes, cuando se trata de casas grandes; es decir, de las casas de aquellas personas con suficientes recursos económicos; las viviendas de los pobres sólo tenían una o dos habitaciones y un sencillo menaje: si acaso una única cama, trastos de barro y de madera, y un fogón para hacer la comida, el cual muchas veces se encendía en la calle.

    Si fijamos nuestra atención en el sólo detalle del espacio disponible para habitar encontramos una diferencia palpable entre las élites y los pobres, y el efecto que tuvo puede verse en el nivel de la estructura de la comunidad doméstica y en las formas de convivencia en distintos grupos sociales.

    Observamos en varias ponencias que los miembros de las élites en diversas ciudades de Iberoamérica y España en el siglo XVIII disponían generalmente de amplios espacios para vivir y de bienes que habían de heredar a sus descendientes; el padre de familia instaba a sus hijos a que se quedaran viviendo en la misma casa aun después de casarse, con la promesa de heredarlos, de tal manera que en estos grupos encontramos comunidades domésticas complejas formadas por varios núcleos familiares emparentados entre sí y pertenecientes a varias generaciones (padre, hijos, nietos) conviviendo bajo el mismo techo, junto con criados, sirvientes y esclavos.

    Los pobres, en cambio, no gozaban de grandes espacios ni de bienes qué heredar; la necesidad de satisfacer los requerimientos más elementales para la sobrevivencia orillaba a los miembros de las comunidades domésticas a salir de la casa paterna a temprana edad para colocarse como aprendices de artes u oficios, como sirvientes, como costureras, etcétera. El espacio para vivir es escaso en estas comunidades, por lo cual al casarse los hijos, la nueva pareja se iba a vivir a una vivienda aparte, tan reducida y pobre como la anterior, pero vecina, ya que esto les permitía seguir disfrutando de la solidaridad familiar. Tales circunstancias en lo referente al espacio doméstico en los grupos subalternos parece contribuir a que la estructura de sus comunidades domésticas sea de un sólo núcleo familiar.

    Así, el espacio disponible para la vida doméstica se presenta como un elemento que es necesario tomar en cuenta al analizar la estructura de la comunidad doméstica y las formas de convivencia, así como ponderar la influencia que tuvo en la vida familiar del siglo XVIII.

    En las urbes iberoamericanas y españolas del siglo XVIII la vida doméstica no tenía nada de encierro, pues la calle traspasa la puerta y entra en la casa o cuando menos se asoma por la ventana, a través de los personajes urbanos: el aguador, el carbonero, el buhonero y, desde luego, el vecino.

    Puertas afuera de la casa se encuentran el vecindario y la ciudad. A las ciudades iberoamericanas y españolas del siglo XVIII se las quería modernas, con calles y plazas limpias, empedradas y alumbradas; libres de vagos, malentretenidos, mendigos; en fin, libres de la plebe ...pero con contribuciones urbanas. Así lo señalan dos ponencias sobre México y Santafé de Bogotá en donde las pretensiones modernizadoras se toparon con la tradición al negarse las monjas y ciertos dueños de casas a pagar el impuesto de frentes en México; y en Bogotá al negarse las almas caritativas a dejar de dar limosna a los pobres en la calle y al negarse a destinar esas caridades a las instituciones públicas creadas por el moderno estado español para la atención a los menesterosos.

    El control al que las autoridades querían someter a la población fue una intención un tanto malograda, pues quien ejercía un efectivo control sobre las personas era, al parecer, el vecindario. A despecho de la normatividad jurídica que debía regir la convivencia social en las ciudades de Iberoamérica y España, existía una suerte de norma social no escrita pero acatada, que era observada con más escrupulosidad que el derecho positivo.

    El ámbito de la casa y la vida de sus habitantes era no sólo visto desde fuera, sino vigilado desde la calle o desde las ventanas de los vecinos; los ojos y oídos estaban siempre atentos a los movimientos de los demás, pero quien así miraba, sabía que a su vez, era mirado y vigilado por vecinos. Este importante hecho social era aprovechado por las instituciones judiciales de las ciudades, cuyos funcionarios eran al mismo tiempo vecinos de la misma, para impartir la justicia formal, que funcionaba un tanto desfasada de la justicia vecinal.

    El hecho de conocer a alguien de vista, trato y comunicación daba a los vecinos la oportunidad de descargar su conciencia, y al denunciar a un bígamo o al testificar contra cierto religioso solicitante en un juicio sentía que participaba en la procuración de justicia y en la preservación del orden social. Pero tanto en estos casos como en otros que están narrados en las ponencias donde se estudia el vecindario destaca un hecho crucial: la norma social no escrita que regía la vida en el vecindario consideraba tolerables, hasta cierto punto, muchas actitudes que para la justicia formal serian inmediatamente punibles tal era el caso del adulterio, la bigamia, el amancebamiento o la incontinencia de un cura.

    Pero si bien los habitantes del vecindario se resistían a la denuncia formal ante las autoridades, ejercían su propia justicia: realizaban sus juicios e imponían los castigos correspondientes. La murmuración y el chisme fueron los medios utilizados por los vecinos para enjuiciar y condenar a las personas, cosa que apenas admite réplica o defensa. El castigo solía ser duro y uno solo: la deshonra de las personas que eran objeto de la murmuración; esto era así aun cuando lo que se decía fuese mentira, como fue el caso de la mujer casada que se trata en una de las ponencias; al parecer el chisme que se dice no puede contener una información cualquiera, sino que debe seguir cierta lógica y contener tal información que haga aun de una mentira un relato verosímil. Si bien esta suerte de juicio popular se queda muchas veces sólo en el chisme, hubo otras ocasiones en que la murmuración terminó en tragedia, ya sea por la reclusión de una mujer inocente o por el asesinato de un amante que no era tal.

    Estas almas que tan celosas eran para vigilar a su prójimo, se resistían, como ya se dijo, a poner a las autoridades judiciales en conocimiento de los sucesos y sólo lo hacían en última instancia, cuando las cosas llegaban a un punto límite: cuando el denunciante era directamente afectado y como último recurso, cuando el hecho que se había tolerado se tornaba escandaloso, cuando se era aconsejado o instado por alguna autoridad o cuando los vecinos eran llamados a deponer como testigos bajo juramento en un procedimiento judicial.

    Así, vemos que si bien la puerta se consideraba una frontera que marcaba el límite entre la vida doméstica y la vida del vecindario, de ninguna manera se trata de una frontera nítida, ya que tanto en las ciudades iberoamericanas como españolas del siglo XVIII había una continua interacción entre la casa y la calle. La calle y sus personajes entraban a menudo en la casa y la vida privada, más aún la vida íntima de los habitantes era del dominio público.

    Las relaciones que entablaban los integrantes de una sociedad dentro de la casa y en el vecindario eran mucho más complejas de lo que se plantea en este libro; aquí aparecen tan sólo algunos aspectos de este importante asunto que pretendieron contestar algunas preguntas y provocar otras que me atrevo a plantear: ¿cuál era la lógica con la que circulaba un chisme?; ¿qué peso tenía en el ánimo de las personas la condena social y cómo afectaba esto su vida familiar?; ¿de qué manera debe leer un historiador los documentos para encontrar los detalles de la vida diaria y captar de ellos la complejidad de los conceptos culturales? Tales preguntas pueden constituir una guía para futuras investigaciones que nos permitan avanzar en el conocimiento de la vida cotidiana y del funcionamiento de las sociedades iberoamericanas y españolas del siglo XVIII.

    Lourdes Villafuerte García

    Seminario de Historia de las Mentalidades

    DEH-INAH

    Nexos con la ciudad

    Relaciones afectivas articuladas en torno al espacio doméstico en la aldea chilena 1750-1850

    René Salinas Meza

    Universidad de Santiago de Chile

    I

    El propósito fundamental del presente trabajo es establecer un conjunto de preguntas y afirmaciones relativas a la estructuración de las principales manifestaciones privadas de relación al interior de la aldea chilena de los siglos XVIII y XIX. Para ello comentamos la documentación contenida en numerosos expedientes judiciales disponibles para el periodo, tanto civiles como eclesiásticos.¹

    Buscamos, por una parte, reconocer y describir todas aquellas relaciones personales de tipo afectivo desplegadas dentro del ámbito de las aldeas chilenas del siglo XVIII y mediados del XIX, estableciendo, por otra, los espacios físicos nidos de estas relaciones. La categoría relaciones afectivas incorpora todas aquellas actividades de la vida privada, familiar y social en las que prima la dimensión (nivel) de los sentimientos y sociabilidades básicas. Se trata de precisar el modo en que se desarrollaron estas actividades al interior de un proceso de generación y expansión de sociabilidades propiamente urbanas.

    ¿Cuáles son las actividades que hemos registrado? ¿Qué espacios asociados a ellas hemos encontrado? ¿Qué características poseen estas relaciones personales? ¿Qué relación guardan con el ámbito espacial que las alberga? ¿Cuáles son sus escalas de materialización?

    Las principales actividades que hemos registrado, apuntan a la descripción de un amplio campo de relaciones propias de la vida privada. Fundamentalmente nos ha interesado evaluar la presencia y características de las relaciones afectivas, propias tanto de las parejas unidas por el matrimonio, como de aquellas concertadas fuera de este vínculo religioso. También se presentan otros niveles de relación: entre padres e hijos; otros miembros del núcleo familiar; relaciones de amistad; y con otros sujetos de la comunidad representados en los miembros de la iglesia, de las policías del barrio o ciudad y de modo destacado de los propios vecinos. Asimismo, nos interesa observar la recurrencia de actividades sociales entre mujeres, hombres, niños de un barrio o sector de la ciudad, estableciendo sus funcionalidades.

    Estas actividades se desarrollan en lugares específicos que nos interesa describir y asociar al entorno del conjunto urbano cultural. La casa, el barrio, el vecindario, la aldea o villa, el monte (un lugar más allá de la ciudad).

    Hacia el final del periodo en estudio es posible señalar que la conformación de los espacios urbanos ha marcado una importante mutación cultural. La cultura citadina ha generado numerosos espacios urbanos diferenciados, la ruptura de la autarquía de la aldea ha hecho desaparecer las pautas netamente rurales, surgen expresiones de sociabilidad que podríamos calificar de modernas.

    Nuestro conocimiento de la vida social de la familia, a caminado de la demografía a las mentalidades. Este derrotero ha marcado asimismo nuestras certezas y dudas presentes.

    En nuestro actual estado de avance resultaría aventurado proponer una interpretación acabada, un modelo definitivo que incorpore todas las realidades históricas y culturales que ha supuesto en el periodo, el desenvolvimiento vital de las realidades familiares y comunitarias. Sin embargo, intentaremos establecer algunas notas y comentarios que nuestras fuentes ilustran sobre algunos de los problemas ya reseñados.

    Sabemos que nuestros antepasados articularon familia en múltiples formas, ya sea en la unión sancionada con el rito católico, o en las múltiples variantes de unión consensual al margen de esta aprobación. Las personas que hacen pareja en estas aldeas del siglo XVIII son de origen fundamentalmente exógeno, proviniendo de la movilidad generada por los cambios en la estructura agraria. Son en general parejas jóvenes, como la mayor parte de la población de la aldea, lo que puede ser asimilado al régimen demográfico pre-industrial europeo.

    El periodo de estudio se sitúa en lo que puede ser denominado el periodo colonial tardío. Se caracteriza por la consolidación de las estructuras semi-urbanas de la aldea tradicional y su evolución lenta hacia formas de urbanización modernizadora. Fundamentalmente nuestra muestra corresponde a los grupos sociales de áreas de intensa subdivisión de la propiedad urbana lo que genera formas de asentamiento y articula relaciones que poseen especificidad, si se las compara con los ámbitos regulados por la cultura de la hacienda o de centros urbanos modernos. Centros semi-urbanos rodeados de una ruralidad que permea en muchos aspectos su cultura, a la vez que se ve afectada por tenues presiones modeladoras modernizadoras. Las aldeas estudiadas son aquellas típicas del valle central de Chile, entre otras Rancagua, San Fernando, Los Andes, San Felipe, Chillón, etc.; un reducido número de aldeas cuya cultura es escasamente conocida en nuestra historiografía, desde la perspectiva de sus sociabilidades básicas.

    La utilización de la categoría sociabilidades nos remite al campo de la vida e historia de los sujetos, más allá incluso que la asociatividad informal; en efecto, en palabras de Agulhon,

    ... la noción de sociabilidad ha contribuido, junto a muchos otros [...] temas, a revalorizar la historia de la vida cotidiana. Ciertamente esta siempre ha existido, justificada suficientemente por sus valores descriptivos y pintorescos [...] Nunca faltaron tampoco los apuntes sobre las costumbres, las buenas maneras [...] la cortesía, el esparcimiento, las diversiones, en fin, sobre el comportamiento del individuo entre sus prójimos.²

    y el carácter y aportaciones de esta perspectiva aparece vinculada, necesariamente, a una preocupación propia de la historia de las mentalidades.

    La historia de las evoluciones de lo cotidiano ha sido indesmentiblemente valorizado por la revelación del carácter histórico de las mentalidades colectivas.³

    El nivel específico de nuestra actual preocupación se vincula a las relaciones entabladas en el espacio del barrio o vecindario. A propósito de asuntos similares, nos refiere el autor citado, que esta orientación nos permite buscar una aproximación a la historia de las mentalidades en espacios urbanos en formación.

    ...Si la actividad frente a la vida y la actitud frente a la muerte, si el amor conyugal o maternal son, más allá de una falsa apariencia, hechos de orden más bien cultural que natural, si tales hechos han variado en el curso de la historia, con mayor razón pueden también haber variado las maneras de frecuentar a los vecinos, de ir de fiesta con los amigos, o las formas de comportamiento en un lugar público.

    La sociabilidad, en tanto marco de observación y clasificación de lo intersocial cotidiano, podía tener fácilmente cabida en la investigación histórica, en la medida en que las mentalidades colectivas en general comenzaban a ser acogidas por ella; y, a su vez, reforzaba esta tendencia historiográfica.

    II

    Residencia y ámbito de existencia, economía familiar básica, redes de afectos, conflictos se albergan en la casa.

    Entre muchas realidades del modelo clásico planteado por Ph. Ariés, la casa se presenta como un lugar que conquista progresivamente mayores espacios de intimidad y la vida comunitaria se hace menos cohesionada y se observan en distintos estratos sociales tendencias al resguardo de aspectos afectivos.

    Pero el espacio doméstico, que es un núcleo productor, generador de energías sociales, a su vez recibe desde el exterior un fuerte impulso modelador. En nuestras sociedades esto opero principalmente a través de la religión portadora de la moral, de la policía tuteladora del orden social y las expresiones comunitarias locales como portavoces de las buenas costumbres.

    Por otra parte, teniendo presentes las sociabilidades en el campo que hoy nos interesa, observamos que pueden constituirse, en una articulación de normatividades, fundamentalmente entre la ley y la costumbre, dentro del patrón familiar de la aldea.

    [En general] la estructura básica de un modelo familiar está dada por las parejas que se unen y se reproducen a través de los hijos, los cuales son educados conforme a las pautas de sociabilidad dominantes o sea, de acuerdo a las leyes y costumbres de la sociedad a la que pertenecen.

    ¿Qué encontramos en nuestras fuentes, se cumple y en qué condiciones el modelo propuesto para otras realidades, qué especificidades podemos recoger de nuestras fuentes, qué límites o aportaciones teóricas tienen nuestras sociedades? Primero, será necesario establecer algunas definiciones de carácter provisorio.

    Entendemos por grupo doméstico aquella unidad fundamental compuesta por padres, hijos, parientes, servidumbre y agregados. En el caso chileno, predomina en la aldea la presencia da hogares habitados por una unidad nuclear y otros co-residentes, unidos por el parentesco, por el trabajo u otras solidaridades. Nuestras fuentes muestran una casa habitada por la pareja, los hijos, los abuelos, los tíos, familiares más lejanos, los demás conocidos, como vecinos o extraños: a cada categoría corresponde una relación o vínculo afectivo específico (y un rol⁶) que encuentra en la casa su base material.

    La casa como espacio físico y social, es también muchas casas. Es la casa de la familia habitada por el matrimonio, el lugar de convivencia de una mujer y un hombre, acompañados por hijos y parientes, a veces algunos trabajadores domésticos, etc. La casa se convierte en un reflejo de las expresiones afectivas que la articulación cultural de estos grupos humanos produce.

    Prestando atención a las expresiones afectivas, la casa se presenta como su espacio físico básico, muchas veces abierto y cerrado a los otros. Su conformación nuclear no estricta deriva en una participación bastante abierta de una gran cantidad de sujetos en torno a residencias elitarias y del bajo pueblo; a la vez que procura cerrarse a la tutela externa en ciertos momentos y a propósito de experiencias de la vitalidad más íntima de la pareja.

    La casa es, primordialmente, la habitación de la pareja; en ella ésta adquiere una privacidad que le permite ocultarse de los demás. La casa da pábulo, ante todo, a la consumación de un estatus de pareja matrimonial y dentro de ella transcurrirá la vida familiar.

    Cuando se trata de la residencia de los sectores elitarios de la aldea, esta casa también tiene sub-espacios interiores que albergan otras tantas formas materiales y afectivas. La alcoba nupcial, los demás dormitorios de los demás residentes (¿los dormitorios de los niños?), los cuartos de la servidumbre, a veces algún extraño, los corredores interiores, el patio interior, la cocina, etcétera. Estos lugares guardan diversas experiencias afectivas. Pueden invocar una afectividad expresa, como el cuarto de la pareja, apoyar la realización de conductas no permitidas o consagrar el espacio para lo permitido.

    ¿Tiene la casa un lugar oscuro y otro claro? La casa tiene una normatividad que es promovida por las instituciones, en ella radican todas las virtudes, y la regentea una mujer que es modelo cristiano de valores; en cambio hay otra casa que ampara la violencia contra la mujer, el sexo oculto/escondido con la servidumbre, el amancebamiento en el barrio, los delitos sexuales contra miembros de la familia, los acuerdos afectivos extramatrimoniales, etc. La casa de día y la casa de noche; la casa del comedor y la casa de la cocina; la casa iluminada y la casa en tinieblas; la casa de respeto temerosa de Dios y la que cobija el escándalo público.

    Una expresión acabada de lo anterior es el mantenimiento de relaciones ambivalentes, la existencia de las dos casas, de dos relaciones mantenidas con intereses y valoraciones distintos: la casa de la manceba y la casa de la familia, un asunto que dejaba a más de alguno con la soga al cuello:

    Este hombre sin temor de Dios duerme continuamente en casa de su manceba y le da por esta amistad mala vida a su propia mujer.

    [el hombre] se venía de su casa las más de las noches a dormir en la casa de María Rosa Vergara y con gran escándalo del vecindario y los de la casa y que por este motivo le da muy mala vida a su mujer y sabe por un mozo de la casa que una vez que su mujer le pidió que dejara esa mala amistad se quiso [el amancebado] Quijada ahorcar y lo encontraron con una soga en el cuello.

    Pero también la casa es la residencia de todas aquellas formas subalternas de unidad doméstica, de todas aquellas relaciones no sancionadas por el matrimonio, parejas de hecho cuya realidad comunitaria nos permite evaluar el conjunto de respuestas sociales a la existencia de la ilegitimidad como verdadera norma, para estos espacios.

    También puede ser casa el rancho en los bordes o extramuros de la ciudad, el conventillo, permanentes cuartos de alquiler. Multiplicidad de realidades residenciales que fue recogida por los funcionarios al realizar los censos de población.

    El alquiler es una inestable permanencia en las habitaciones populares del periodo, que genera una abigarrada fisonomía comunal. La fragmentación del espacio se hace intensiva, las residencias, los oficios, los hombres; crece el comercio y las vinculaciones personales y funcionales.

    El allegamiento intensivo de gentes a los márgenes de la villa se ha iniciado ya con el siglo XIX, sus impactos sobre la configuración de las ciudades se mantiene en el tiempo, y son una de las expresiones de la pobreza urbana actual.

    Estos lugares son el lugar de habitación de otras tantas familias, en las que encontramos tanto parejas constituidas bajo el rito católico, como acuerdos y consensos matrimoniales al margen de la ley eclesiástica, cuya duración es variable (pudiendo alcanzar en no pocos casos muchos

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