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La selva herida
La selva herida
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Libro electrónico215 páginas2 horasNoFicción

La selva herida

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Un periodista y un explorador vascos viajan hasta la selva peruana de Madre de Dios, donde descubrirán la misteriosa y terrible realidad del Amazonas: unos individuos que han emergido de los bosques y hablan una lengua olvidada, un rostro de piedra oculto entre lianas, una ciudad construida sobre chapa, sangre y oro, un ambientalista que no claudica ante los sicarios, una fiscal que sacrifica todo su mundo por salvar el nuestro... La selva herida cuenta una historia de belleza, aventura y devastación en el nuevo Far West amazónico.

La selva herida mezcla un estilo literario y periodístico, que se enmarca en el género fronterizo de la crónica, pues es al mismo tiempo el diario de un viaje y el resultado de una investigación posterior. Después de acompañar al explorador Miguel Gutiérrez en una lenta expedición por Perú, Bolivia y Brasil, el autor aprovecha cada capítulo para profundizar en los grandes temas a los que se enfrenta la Amazonía. Sin perder la escala humana ni obviar los momentos involuntariamente cómicos, el libro inmortaliza un mosaico de personajes selváticos: un explorador que persigue el origen histórico del legendario Paititi, una comunidad indígena que crea mitos para defenderse de los grandes lobbies, una doctora en bioquímica que mide la preocupante contaminación de los ríos, una fiscal ambiental que lidera la mayor operación contra la minería ilegal del país, un padre que se mantiene firme ante los asesinos de su hijo, una madre que busca desesperadamente a una hija desaparecida o dos mineros que sueñan con formar una banda de música. A través de esta emocionante crónica, La selva herida retrata la contradictoria, variopinta y exuberante realidad amazónica.
IdiomaEspañol
EditorialPepitas ed.
Fecha de lanzamiento9 abr 2024
ISBN9788418998577
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    La selva herida - Martín Ibarrola

    LOS BUSCADORES DEL PAITITI

    ESTA HISTORIA COMIENZA DONDE termina la carretera.

    El hombre que llegó al pueblo ribereño de Atalaya no se parecía en nada a los impecables turistas que frecuentaban el Amazonas. Su expresión, escondida bajo el ala de un sombrero, era hosca y barbuda, tenía la ropa rasgada y había algo en él que recordaba la silueta de los héroes cansados. Sin mecenas ni marcas que financiaran el viaje, apenas pudo estrenar algunas raciones liofilizadas. El resto del equipo había sido reutilizado de otras expediciones. Su nombre era Miguel Gutiérrez Garitano y llevaba meses trazando una minuciosa ruta por Madre de Dios, una frondosa y selvática región al sur de Perú. Había estudiado las fuentes históricas, había leído los manuscritos del siglo xvi y conocía de memoria los viejos nombres de las tribus locales. Y entre todo aquel laberinto de legajos, mapas y testimonios, había encontrado el camino para llegar hasta Juan Álvarez de Maldonado, un conquistador español que murió cuatro siglos atrás y con el que parecía haberse obsesionado. Mi intención era acompañar a Miguel y aprovechar la expedición para escribir una serie de reportajes sobre la vida cotidiana del Amazonas. Después de un largo viaje y un año y medio de investigación, ya puedo contar esta historia de belleza, aventura y devastación.

    El personaje histórico que estudiaba Miguel no respondía al tópico de los conquistadores despiadados. Las crónicas cuentan que en 1567 Juan Álvarez de Maldonado fue nombrado gobernador de un inmenso territorio que se extendía desde la fortaleza de Opatari —en los límites orientales del país— hasta el mar del Norte. Tras contraer matrimonio con una adinerada viuda que costeó parte de sus alocadas aventuras, el explorador partió desde la capital andina de Cusco, atravesó el misterioso bosque de las nubes y alcanzó la selva baja de Madre de Dios, donde habitaban tribus a las que ninguna civilización había conseguido doblegar. Su intención era colonizar aquellas tierras y encontrar el mítico reino del Paititi, donde —según algunas leyendas— se habrían refugiado los últimos incas tras la llegada de los conquistadores españoles.

    Recordemos que los mapas de aquella época todavía desvelaban los rincones vírgenes del planeta y las expediciones seguían el rastro de las «noticias ricas», que auguraban el descubrimiento de ciudades escondidas entre lianas y rebosantes de oro, plata y ámbar cuajado. Maldonado fue, como acertadamente calificó el editor Luis Ulloa, un conquistador que llegó tarde a un mundo ya viejo. Con el paso del tiempo sus hazañas sucumbieron al olvido, pues, a diferencia de otros coetáneos, ninguna de sus empresas fue realmente exitosa. Pero los informes de aquellas expediciones perduraron en las bibliotecas y conservaron un valiosísimo compendio de apuntes geográficos, hidrológicos y antropológicos que ahora rastreábamos sobre el terreno. Si pretendíamos seguir los pasos de Maldonado, Atalaya debía ser la casilla de salida.

    El río que íbamos a navegar, conocido en épocas prehispánicas como Amarumayo o «río serpiente», tenía su origen en los imponentes nevados de Pucará, unas montañas con nieve perpetua que se levantaban al sureste de Paucartambo. A medida que sus aguas descendían hacia la selva baja, su nombre también cambiaba: el Huaisambilla, el Pilcopata, el Piñi-Piñi… Y finalmente, poco antes de llegar al pueblo de Atalaya, adoptaba su denominación cristiana, un apelativo que invitaba a la exclamación, a la sorpresa, a la blasfemia: ¡Madre de Dios! Y no era para menos. El indomable río de Madre de Dios, una de las venas azules que bombeaba vida a Latinoamérica, serpenteaba por los bosques tropicales del Manu y se adentraba majestuosamente en lo desconocido.

    Nuestro limitado presupuesto solamente nos había permitido adquirir un par de kayaks hinchables, cuyos fabricantes recomendaban para un uso principalmente familiar. Al desplegar las canoas nos sentimos como Espronceda cuando llegó a Lisboa: el poeta debió de tirar al Tajo las dos únicas monedas que guardaba en el bolsillo porque no quería entrar con tan poco dinero en una ciudad de tanta belleza. Tampoco nosotros estábamos dispuestos a navegar con una simple piragua de plástico por uno de los más exuberantes afluentes del Amazonas. Así que, para ennoblecer la campaña, emulamos el bautismo de una canoa del siglo xvi: a su kayak lo nombramos Churruca y al mío, Ítaca, y a falta de un sacerdote y agua bendita, bendijimos la proa con unas gotas de aguardiente.

    A nuestro alrededor se había congregado la mayor parte del pueblo de Atalaya, que alababa nuestra valentía por no recurrir al peque-peque —un pequeño y ligero bote con motor de cola que lo hacía ideal para desplazarse por tramos con poco caudal—. Pero no todos mostraron el mismo entusiasmo. Uno de los ancianos, poco impresionado por nuestro improvisado bautismo, lanzó un funesto augurio en voz alta:

    —En esas balsas cabe el cajón de un muerto.

    Y se fue.

    Miguel colocó su mochila en la embarcación y cargó los obsequios que habíamos comprado en la tienda del pueblo: tabaco para los colonos, aguardiente casero para los indígenas y ron para los antropólogos. Estaba de un humor excelente, envalentonado por la adrenalina de una nueva aventura. Antes de atar sus cosas, decidió comprobar la estabilidad de la embarcación y subió encima, pero lo hizo con tanto entusiasmo que la piragua —diseñada para navegar por las tranquilas aguas de un lago— siguió la inercia de su impulso y lo lanzó al río junto con sus pertenencias. El explorador gruñó toda clase de insultos mientras los niños saltaban al agua para competir por ver quién recogía antes los bultos flotantes. Los adultos se llevaron las manos a la cabeza y seguro que pensaron lo mismo que me rondó a mí por la cabeza: ¡Madre de Dios!

    Los vítores y los gestos de reconocimiento mudaron en caras largas y expresiones catastróficas. «Esas balsas no están preparadas para este río», advirtió un hombre. Ya no éramos intrépidos expedicionarios. «No durarán en los rápidos». Nos habíamos convertido en unos inconscientes, unos temerarios. «Se van a matar», señaló una mujer. «¡Paren esto!», exclamó otra. Miguel se calzó el sombrero mojado, gruñó una segunda vez, fijó la carga con una cuerda y apretó los nudos hasta que le rechinaron los dientes. Volvió a subir al kayak, esta vez con la delicadeza y precisión de un bailarín de ballet, y los dos remamos a favor de la corriente. Los habitantes de Atalaya, visiblemente preocupados, decidieron escoltarnos con sus peque-peques.

    En la época de Juan Álvarez de Maldonado los ahogamientos resultaban habituales y los tripulantes constantemente se veían obligados a saltar por la borda para quitar las rocas y abrir caminos dentro del propio río, algo que nosotros también deberíamos hacer en más de una ocasión. A finales de 1568, una canoa sufrió un terrible accidente al chocar contra un tronco sumergido. Algunos soldados murieron enganchados entre las ramas subacuáticas y Maldonado permaneció tanto tiempo sumergido que lo dieron por muerto. Milagrosamente, logró zafarse de aquella trampa mortal y salir a la superficie río abajo. Los soldados estaban tan espantados que el gobernador tuvo que esforzarse en arengarlos para continuar por la selva. Las tribus hostiles aprovecharían más tarde su debilidad para atacarlos desde las sombras y Maldonado sobrevivió milagrosamente a un flechazo que le impactó sobre el ojo y le salió por detrás de la oreja.

    La comparación parecía inevitable. Si las canoas de aquellos hombres —que pesaban toneladas y eran capaces de transportar hasta treinta personas— habían sucumbido al río, ¿qué oportunidad tenían un par de kayaks hinchables? Y había algo aún más preocupante. Unos años antes habían emergido de los bosques de Madre de Dios unos misteriosos individuos que caminaban desnudos, portaban largas flechas y hablaban una lengua olvidada. Los antropólogos creían que esta tribu llevaba varios siglos escondida en las profundidades de una región con árboles suficientes como para sepultar por completo el país de Suiza. Los habitantes de Atalaya nos recomendaron bordear el Parque Nacional del Manu por la margen derecha del río, pues la orilla opuesta les pertenecía a ellos, los salvajes mashco piro, una de las últimas tribus aisladas que quedan en el planeta. ¿Serían tan desconfiados como aquellos que atacaron a Maldonado? ¿Nos vigilarían desde la espesura del bosque? Mientras nos alejábamos de Atalaya, aún era visible el cartel que avisaba a los foráneos despistados:

    ¡Cuidado! Zona de tránsito de indígenas en aislamiento. no intentar contactarlos. no entregarles ropa, alimento, herramienta u otros. no fotografiarlos (podrían interpretar la cámara como arma).

    A unos cien metros del pueblo, las aguas escondían remolinos burbujeantes y las piraguas corrían el riesgo constante de zozobrar. Nos sentíamos incapaces de controlar el rumbo y avanzábamos igual que los antiguos expedicionarios, aterrorizados, ¡a furia de remo! De pronto, un gigantesco remolino engulló a Miguel y lo escupió sobre una gran piedra. El kayak resbaló hasta la esquina de la roca y quedó varado en mitad de los rápidos. Era una estampa cómica y aterradora, propia del mismísimo capitán Haddock. Los amigos de Atalaya debieron de llevarse las manos a la cabeza otra vez: ¡Madre de Dios! El explorador aguantó así unos instantes, lanzando agónicas paladas al viento, hasta que un fortuito golpe de cintura le permitió volver a la corriente. Definitivamente no éramos los aguerridos expedicionarios que esperaban. Seguimos remando, con la esperanza de no perder ningún objeto valioso en los rápidos. Hasta que, por fin, el cauce ensanchó y las aguas amansaron. Los de Atalaya se despidieron aliviados desde sus botes y volvieron al pueblo. Miguel suspiró.

    —Estoy demasiado viejo para esto.

    Aquella tarde acampamos en la orilla de un meandro, con las puntiagudas montañas de Pantiacolla en el horizonte. El explorador recogió un nido de oropéndola para encender un fuego y, al cambiarse de ropa, dejó al descubierto las cicatrices de su cuerpo, que componían un doloroso álbum de recuerdos. Nació en Galdakao en 1977, pero se crio en Vitoria. Era historiador, escritor, miembro de tres sociedades geográficas, coleccionista de sombreros, bibliófilo y diseñador de su propio cuchillo, el Erroi, que significa «cuervo» en euskera. En su tierra natal trabajaba como cabo de la Ertzaintza y había sido condecorado en dos ocasiones por salvar vidas. Pero su verdadera pasión era la exploración. En la selva de Guinea Ecuatorial estudió las rutas de Manuel Iradier y compartió los rituales secretos de la huidiza secta del Bwiti. Junto a su hermano Rafa rodeó el kilométrico muro del Sáhara Occidental, subió encima de los trenes de carbón que cruzan Mauritania y recorrió las zonas inexploradas del desierto del Tiris. También encontró la última frontera de la psique humana en el frente de Irak, donde presenció con un chaleco de prensa cómo se libraba la batalla de Mosul contra el Estado Islámico. Una vez navegó hasta el Ártico, imitando la leyenda de aquellos navegantes que buscaban un mar abierto y templado en el interior del Polo Norte. Una leyenda que corría el peligro de cumplirse bajo la amenaza del cambio climático. Aunque su gran expedición se centró en los valles andinos de Perú, donde investigó el mito de la ciudad de Vilcabamba. Miguel y su equipo descubrieron el santuario de Comballa, la necrópolis de Quishuarpampa y los restos de varios edificios ocultos bajo la maleza. Ahora, a sus cuarenta y dos años, se adentraba en los mismos bosques donde Maldonado había protagonizado una de sus más intrépidas aventuras.

    —Hace tiempo que me di cuenta de la dureza de aquellos hombres que en el siglo xvi conquistaron el mundo, desde Filipinas hasta Sudamérica —reconocía el vasco—. Eran de otra pasta. Terribles muchas veces, magníficos algunas.

    Y es que Maldonado comandaba a sus hombres de manera implacable, castigando duramente cualquier motín, pero también planificaba sus viajes con espíritu científico y temperamento diplomático. De hecho, contrató a pilotos navales para topografiar los ríos y dio orden de no hacer «agravio a yndio o yndia». El informe oficial de su expedición, que se prolongó desde 1567 hasta 1569, indica que mandó a un hombre de confianza, el capitán Manuel de Escobar, a confraternizar con los nativos que habitaban las cuencas del río. Tenía orden de obsequiar a los cabecillas con regalos y consolidar nuevas alianzas. El capitán fue amistosamente recibido por el cacique Tarano, líder de los araonas, con quien llegó a combatir un enemigo común. No obstante, debido a un conflicto cuidadosamente omitido en el informe, los indígenas se rebelaron contra el español, incendiaron con flechas de fuego la aldea donde se escondía y lo mataron mientras daba de beber a los caballos. Maldonado siguió los pasos de Escobar, ignorando el trágico destino de su capitán, y fue capturado por el mismo Tarano, que debió de sentir un ramalazo de compasión, pues le perdonó la vida y lo mandó de vuelta a Cusco. Gracias a su informe conocemos hoy los nombres de aquellos pueblos amazónicos —algunos ya desaparecidos— y su posición en los ríos de la época. También trajo las primeras pistas documentadas sobre el Gran Paititi, un canto de sirena que seguiría seduciendo a los incautos durante siglos con la promesa de exóticas riquezas.

    Cabe recordar que cuando los españoles arribaron a Perú no se toparon con una sociedad salvaje, como las que encontraron en el Caribe o el Darién, sino con una civilización avanzada que mostraba un altísimo nivel de desarrollo social, militar, agrícola y artesanal. En el prólogo de un libro dedicado a la Edad del Oro, el escritor Mario Vargas Llosa reflexionaba sobre la gran singularidad de sus antepasados andinos:

    Lo más notable no eran los caminos que cruzaban los cuatro Suyos o regiones del amplísimo territorio, sus templos y fortalezas, sus sistemas de riego o su prolija organización administrativa, sino algo sobre lo que todos los testimonios de estas crónicas coinciden: haber erradicado el hambre en ese inmenso dominio, haber sido capaz de producir —y distribuir lo producido— de tal modo que todos sus súbditos comieran. De muy pocos imperios de la Historia se puede decir algo semejante.

    Después de someter a otras tribus locales, los incas instauraron una teocracia que anulaba la voluntad del individuo pero convertía a la sociedad en una colmena perfectamente funcional. Todo su poder estaba concentrado en unos pocos gobernantes, a los que adoraban como a dioses. Sin embargo, la llegada por mar de unos hombres acorazados que montaban a caballo y portaban armas de fuego desbarató por completo su sistema de gobierno. Aquellos fieros navegantes pronto descubrieron el talón de Aquiles de esta civilización: si descabezaban

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