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Enamorarse por internet en estos tiempos es normal. Me pregunto si es normal todo lo que ha pasado Sara por creerse una súper cybernauta. Esta atrapante historia de la vida de Sara te hará reir y llorar, o talvez sólo llorar por los acontencimientos desgarradores que marcaron su vida, por las consecuencia de su excesiva confianza en desconocidos a través de las redes sociales, por sus decisiones en la búsqueda desenfrenada por una "Vida digna". Te envolverá la ternura cuando conozcas su amor por Khalil, es el oasis de su desierto, lástima que vive al otro lado del mundo. Logrará ese amor superar las barreras de la distancia y el tiempo?? Enrédate en esta bella y corta historia de amor trascendental. Buena lectura!
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Enredados - Kelsy Wilmot
EN RED A DOS
––––––––
Kelsy Wilmot
©EnRedADos
©Kelsy Wilmot Autora/editora
©Diseño de portada: Cristian Díaz
Copyright© 2016
ISBN: 9791221010480
Todos los derechos reservados
Este libro es un romance fruto de la imaginación de la autora. Los personajes y situaciones solo tienen el objetivo de conferirle veracidad a la narración. Nombres, lugares, acontecimientos o cualquier semejanza con alguna historia real es casual y pura coincidencia.
Dedicado a Rosa Moronta y Jael Infante.
A todos los que han conocido el amor por Internet.
Agradezco el apoyo incondicional de mi compañero de vida.
Gracias a mis amigas Jael Infante, Ismenia Ventura y a mi amigo Alexander Herrera por sus aportes a este libro.
Biografía
Kelsy Wilmot es una escritora independiente dominicana, residente en Italia. Licenciada en Márquetin. Es amante de la naturaleza, una apasionada lectora, una poeta romántica cuya pasión siempre ha sido y sigue siendo escribir.
Su primer libro autopublicado es el Poemario titulado Sentimientos al Desnudo, publicado en febrero de 2016.
Un año más tarde publicó ENREDADOS, un romance que espero que mantenga a los lectores atados a sus páginas hasta el final.
Esta joven autora es también muy activa en las redes sociales, mantiene un contacto cercano con todos los que la siguen.
ÍNDICE
Biografía
1. Doña María González, la abuela de Sara
2. Sara González
3. Sara. De campesina a cenicienta universitaria
4. Tomás Martínez
5. Sara. Inicio de su vida de nómada
6. Viviendo con la familia Vanderhorst
7. Yohana Ortega
8. La nómada sufre
9. Sara versus Yohana
10. Buscando el amor en el ciberespacio
11. Cambio de vida
12. Del laberinto al abismo
13. Un abismo más profundo
14. Resultado positivo (+)
15. Resultado negativo (-)
16. La señora Marian Larous
17. Del abismo a la prostitución
18. EN RED A DOS
19. Un amor platónico
20. Esperando el amor
21. Sara con su soledad
22. Rafael Pérez, el padre de Sara
23. Raquel, la amiga de Sara
24. Sara en Europa
25. Buscando a Isabel González
26. Encuentro con Roosevelt Reichert
27. España, última parada
28. Sebastián Torres, Madrid, España
29. Desengaño
30. Veinticinco años después
31. Bajo la Torre Eiffel
32. Khalil Belarbi
1. Doña María González, la abuela de Sara
Mi hija Isabel tenía diecisiete años cuando se quedó embarazada de aquel delincuente, era uno de esos «gatillo alegre», el típico hombre irresponsable con fama de peligroso, uno de esos que es mejor evitar si no quieres terminar en la cárcel o en el hospital.
En el barrio, todos lo conocían por su fama de don Juan. Era un soberbio conquistador de mujeres, pero a pesar de todo, mi hija se enamoró de él y se veían a escondidas en patios traseros de casas aisladas, en fincas, ríos o plantaciones de bananas. En una de sus escapadas, se quedó embarazada.
Yo siempre me pregunto ¿por qué rayos los hijos no obedecen a sus padres? Creen que nos divertimos haciéndoles «la vida imposible», según me dijo ella, una de aquellas noches en la que me desobedeció y salió a escondidas por la ventana para encontrarse con aquel truhan.
Como era de esperar, él la rechazó todas las veces que Isabel le pidió que vivieran juntos. El espíritu de rebeldía de mi hija se fue transformando en otro de melancolía a medida que su embarazo avanzaba, así que para salvarla, le di todo mi apoyo. Cuando llegan los problemas, hay que afrontarlos con coraje, nada se gana con lamentarse.
Nos mudamos a otra ciudad para estar en paz y que mi nieta no tuviera que sentir vergüenza porque su padre la rechazaba, aunque él no tenía nada de lo que ella pudiera sentirse orgullosa. Lo mejor era alejarse de aquel hombre que no tenía ni el más mínimo sentido de la responsabilidad ni cordura. No tenía nada que ofrecerle, ni siquiera la paternidad.
Isabel maduró velozmente, más de lo que me podía imaginar. Se fue a vivir a Santo Domingo y allí consiguió dos trabajos con la intención de poder mantener a la niña que había dejado a mi cuidado. Uno de ellos consistía en limpiar casas durante el día y en el otro hacía de camarera en un restaurantico en horario nocturno.
Cuando Sara cumplió cinco años, mi hija se sentía tan abatida por la fatiga y por aquella vida que decidió irse del país, pensando que sería la mejor opción para poder darnos una «vida digna». No sé muy bien lo que eso significa. ¿Quiere decir que los pobres no somos dignos?
No hubo forma de detenerla, su determinación de irse en yola hacia Puerto Rico era firme. Así somos nosotros, los caribeños, que pensamos que en cualquier otra parte encontraremos el paraíso. Ella lo buscó y para mí que no lo encontró, se perdió en el camino buscándolo. Lo digo porque tres años después, dejé de recibir sus cartas, ni siquiera respondía a las mías. Sí, existían los teléfonos, pero en esa época era un lujo que muy pocos podían permitirse y en un campo apartado del sur de República Dominicana ni la línea se molestaban en instalar.
Al final, la desobediencia de mi hija se convirtió en mi mayor bendición, mi nieta renovó mi vida de alegría y me hacía olvidar a veces la angustia, el sentimiento de culpa y la tristeza que sentía por la desaparición de mi hija. Solo me quedaba Sarita en este mundo y me dediqué a ella por completo, fui su madre, su padre, su abuela, fui todo lo que necesitaba, y la cubrí de tanto amor que no sintió la falta de ellos.
Estoy orgullosa de mi nieta, es inteligente y buena estudiante, y es una preciosidad. Ahora es ya toda una señorita, bella como su madre, obediente y angelical, ella es mi satisfacción, mi todo. Hasta mi vida daría por protegerla.
2. Sara González
Mi madre me abandonó dejándome en brazos de mi abuela cuando yo apenas tenía cinco años, supuestamente, para ir a buscar una mejor vida para nosotras en el extranjero. ¿Qué clase de «mejor vida» era esa? ¿Una niña sin su madre? Mi padre era para mí una figura inexistente y por lo tanto, innecesaria. Pero con cinco años no se cuestionan esas cosas, así que mi infancia fue feliz, tranquila, normal.
Caminaba grandes distancias para ir a la escuela, antes no existía tanta malicia ni tanta inseguridad para los niños. Estaba en un campito tranquilo donde todos se conocían y vivían en armonía, a pesar de las precariedades. Mi abuela me enseñó a cocinar, a tejer y todos los quehaceres de una casa, como toda buena mujer debe saber.
Mi futuro lo imaginaba con claridad: estudiaría y trabajaría arduamente para darle una vida digna a mi abuela, ella era mi fuente de inspiración. Haría que se sintiera orgullosa de mí.
Me acompañarían sus enseñanzas y valores morales, eso, sumado a mis atributos físicos, me harían conseguir un marido perfecto, un joven de ciudad inteligente y rico, a quien entregaría mi virginidad la noche de la boda.
Llegaría a convertirme en la esposa perfecta, tal y como había aprendido que se deber ser. Mi marido me amaría locamente. Jugaría con mi larga cabellera negra, se perdería en mis grandes ojos marrones y besaría insaciablemente mis finos labios. Criaríamos tres maravillosos hijos y envejeceríamos juntos.
«¡Fantástico!», me decía a mí misma. Todo aquello me parecía fácil y totalmente realizable. «¡Manos a la obra!». Cada día estudiaba con más entusiasmo y me esforzaba con ahínco para aprender todo lo que pudiera faltarme para mi futuro ideal.
Empecé a visualizarme siendo la más bella, deseada y envidiada de la comunidad, el día en el que vi llegar a la esposa del síndico muy elegantemente vestida y con unos zapatos de tacón que anhelé de inmediato. Repartió regalos entre todos los niños en vísperas de Navidad, parecía Santa Claus. Deseé ser como aquella mujer y poder permitirme tener el dinero suficiente para hacer regalos y comprarme zapatos como los que ella calzaba, ropa bonita y maquillaje. Ser esbelta y bella. Más bella todavía.
A duras penas terminé la enseñanza secundaria, las condiciones para estudiar en aquella época no eran las mismas que ahora. Había llegado el momento decisivo de mi vida, debía ir a la universidad, hacerme profesional, trabajar duro, casarme y tener hijos. ¡Así, en ese mismo orden!
Hablé con mi abuela y le expresé mi deseo de
