Sombras de metal
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Sombras de metal - José Antonio Bonilla
Sombras de metal
Copyright © 2018, 2022 José A. Bonilla and SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788726939811
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.
This work is republished as a historical document. It contains contemporary use of language.
www.sagaegmont.com
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Prólogo 1889
ALBERTO GARCÍA GUTIÉRREZ
Aquel año de 1889 fue, como lo son todos los años por una causa u otra, especial.
En la recta final del siglo xix las diversas naciones que componían lo que conocemos como Occidente se sentían henchidas de orgullo por los logros conseguidos en los campos del saber. Las mujeres y hombres que vivían lo que nosotros hoy conocemos como la Belle Èpoque poseían la confianza en un mundo trazado por un progreso continuo, lineal. Pensaban que el futuro inmediato, a medio y largo plazo, sería una edad de oro en la que la especie humana vencería de forma definitiva a sus eternos enemigos: el hambre, la enfermedad, el oscurantismo y la superstición, la guerra y la muerte.
Occidente era dueño y señor de la mayor parte del globo terráqueo. El futuro era, pues, un mundo a imagen y semejanza de esa pequeña porción del planeta, Europa, junto con sus satélites coloniales y los jóvenes Estados Unidos. Ninguna nube negra aparecía en un horizonte despejado y radiante de luz.
1889 fue el año de la Exposición Universal de París. Del 6 de mayo al 31 de octubre el mundo estuvo en la ciudad de la luz. Las cifras del acontecimiento asombran hoy, aproximadamente ciento treinta años después. Casi un millón de metros cuadrados de exposición brillaban con la ingente cantidad de novedades en todas las disciplinas y áreas del saber humano. Cerca de sesenta y dos mil expositores acercaban al visitante las maravillas de la época; invenciones, aplicaciones técnicas e industriales, descubrimientos en química, física y exploración geográfica, arquitectura y bellas artes.
Los afortunados que visitaban la exposición universal, quedaban atónitos ante los edificios construidos ex profeso. Entre el Campo de Marte, el Trocadéro, la zona del d’Orsay y los Inválidos junto con una de las orillas del Sena se extendía la superficie, el perímetro, donde los pabellones de las naciones de todo el mundo se erguían con sus diferentes diseños arquitectónicos enarbolando al viento sus banderas. Era una competición entre potencias de diverso grado para ser consideradas la mejores de entre todas ellas.
Pasear por la exposición universal en aquel 1889 era poder admirar el triunfo del espíritu humano sobre la materia.
El progreso se medía en capacidad de asombro y belleza, de eficacia y eficiencia de lo que se mostraba al mundo y a la vez del ingenio nacional al servicio de la humanidad.
Seis millones y medio de personas fueron en 1889 a visitar la exposición que conmemoraba el primer centenario de la Revolución Francesa. La Tercera República Francesa deseaba brillar y alzarse de nuevo como una potencia entre potencias alejando de forma definitiva el desastre de 1870 que diera lugar de forma paradójica a su nacimiento y a la vez a su derrota contra Prusia y al nacimiento del segundo Reich alemán.
París brillaría como una joya sobre el orbe como la ciudad del progreso y del futuro. Y el progreso era la máquina.
La máquina, como icono de la época, era el logro de la mente humana y su herramienta para la dominación y sumisión del mundo al ser humano.
El templo de ese dominio en la Exposición Universal de 1889 fue el llamado Palacio de las Máquinas. El edificio que albergaba la tecnología de la época, obra del arquitecto Ferdinand Dutert y el ingeniero Víctor Contamin, era una nave central abovedada de hierro, acero y vidrio cubierta por arcos triarticulados de hierro fundido de 110,60 metros. Era el edificio de luz más grande jamás construido hasta aquel momento; 120 metros de ancho, 420 de largo y 48 de altura. Aquel que se adentraba en el templo de la máquina quedaba sorprendido por la luz interior y por los veinte arcos que daban cobijo a las maquinarias de los diferentes expositores. El futuro era la máquina, el progreso se medía por turbinas, hélices, dinamos, motores, electricidad y gasolina.
El mundo de 1889 poseía ya antes de esa fecha una ingente cantidad de invenciones, de máquinas, que hicieron más cómoda la vida. Antes de 1889 se habían ido sumando desde 1800 el barco, la locomotora y el ferrocarril a vapor, la máquina de coser, la máquina analítica de Babbage para cálculo matemático, el refrigerador, la fotografía y el papel fotográfico, el código Morse, el telégrafo, la rotativa, la lámpara de arco, el gas para la iluminación y como fuente de energía, la turbina hidráulica, el ascensor, el cable telegráfico submarino, la batería recargable, la máquina de escribir, el motor de combustión interna, el de gas y el de gasolina, el teléfono, el fonógrafo y el cilindro de grabación, la lámpara o bombilla incandescente, la electricidad como fuente de energía, el ventilador eléctrico, el linotipo, la bicicleta, la motocicleta, el automóvil a motor de gasolina, el tranvía eléctrico y el submarino, entre otras muchas invenciones.
El mundo de 1889 era un mundo de máquinas al servicio del ser humano. Ya no se concebía la civilización sin ellas. Ellas serían, a ojos de aquellos occidentales tan seguros, las que llevarían al ser humano a la futura edad de oro.
En 1889 se presentó al público de la Exposición Universal algo que aunque ya se conocía no dejaba de fascinar: autómatas. Estas creaciones eran para las mujeres y los hombres de la Belle Èpoque un símbolo de la capacidad del ser humano de emular a la naturaleza. Los stands en los que se encontraban estas creaciones eran los más visitados.
Si la máquina era el icono del progreso, los autómatas eran el intento de copiar al ser humano y a los animales en sus formas y actos. Llegar a conseguir que aquellas máquinas no fueran distinguidas de un ser vivo era el reto de sus creadores. Su historia, su extraordinaria historia, vale la pena esbozar, de forma breve, antes de seguir paseando por el París de 1889…
Se perdía en la noche de los tiempos cuándo el ser humano empezara a querer crear seres mecánicos. En el antiguo Egipto los sacerdotes habían creado estatuas de los dioses que movían brazos, manos, escanciaban agua o abrían y cerraban sus ojos. El legendario Homero en su Ilíada, en el siglo viii a.e., describía a sirvientes mecánicos creados por Hefestos, el Vulcano latino, dios de la metalurgia. Serían los griegos los que ahondarían en la búsqueda de autómatas en la realidad y no en la leyenda versada o en dioses simulados. Entre el 400-350 a.e., Archytas de Tarento creó un pájaro mecánico, entre el 262-190 a.e., Apolonio de Perga creó una serie de autómatas musicales impulsados por la energía del agua. Herón de Alejandría superó a los anteriores con sus estatuas movidas por la energía de… máquinas de vapor. Fue el primero en escribir un tratado sobre los autómatas en el siglo i a.e., el primero en concebir una máquina de vapor: la eolípila. Llegaría a concebir su Teatro de Autómatas en el que se recreaba escenas de la Guerra de Troya basados en los versos de Homero.
La Edad Media legaría las leyendas de cabezas parlantes, cabezas autómatas. Roger Bacon, San Alberto Magno o el Papa Silvestre ii se decía que poseyeron cabezas mecánicas que respondían a preguntas con un sí o un no, a preguntas sobre el futuro. En aquella época eso era considerado, de forma peligrosa, mancias, cosas de nigromantes, de brujos… pero dicen que toda leyenda posee en sus bases una parte de verdad. En el caso de San Alberto Magno la bruma de la leyenda nos cuenta que llegó a crear un autómata de hierro que realizaba diversas tareas. Los supuestos treinta años que le llevó su construcción y perfeccionamiento se redujeron a chatarra de hierro y virutas de madera cuando su discípulo, Santo Tomás de Aquino, destruyó el ser mecánico por concebirlo como obra del maligno.
La idea de crear seres mecánicos a imagen y semejanza de los seres vivos seguiría latente, no solo es de Occidente.
La civilización árabe tuvo en Al Jazari, en el siglo xii , inventor de los relojes de agua y del cigüeñal, a otro precursor con su libro El libro del conocimiento de los ingeniosos mecanismos en
