La exquisita dolencia: Ensayos sobre Ramón López Velarde
Por Emilio Uranga
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Difícilmente encontraremos una lectura de López Velarde tan sostenida y con tantas capas como la de Emilio Uranga, filósofo y periodista. Las obras de uno y otro forman uno de los dísticos más agudos y más singulares de nuestra cultura. A ambos les interesó "todo lo que no tiene fin preciso, los despilfarros de fuerza y de pasión, lo fútil, lo que nadie mira, lo sencillo y suave, la debilidad, el pecado, la tristeza". Uranga supo ver en López Velarde, no sólo a un poeta católico, criollo y nostálgico, sino a un filósofo "cósmico", universal, humanista, el fundador, junto con Madero, de una "patria íntima". El presente libro reúne por vez primera los textos que Uranga dedicó al poeta zacatecano a lo largo de tres décadas. La mayoría de estos textos tuvo la vida efímera de un día en las páginas de un periódico.
"En Emilio Uranga hay algunas páginas notables sobre López Velarde y aquella imagen del poeta jerezano sobre 'la viuda oscilante del trapecio', emblema para Uranga del ser del mexicano. Es sorprendente que este año en que se ha celebrado el centenario del nacimiento de López Velarde ninguno de nuestros críticos haya recordado esas páginas penetrantes... Uranga fue un excelente crítico literario. Lástima que haya escrito tan poco. Hubiera podido ser el gran crítico de nuestras letras: tenía gusto, cultura, penetración...
Es necesario recoger sus escritos. Son parte de la cultura contemporánea de México."
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La exquisita dolencia - Emilio Uranga
A través de nuestras publicaciones se ofrece un canal de difusión para las investigaciones que se elaboran al interior de las universidades e instituciones de educación superior del país, partiendo de la convicción de que dicho quehacer intelectual se completa cuando se comparten sus resultados con la colectividad, al contribuir a que haya un intercambio de ideas que ayude a construir una sociedad madura, mediante una discusión informada.
Con la colección Pública ensayo presentamos una serie de estudios y reflexiones de investigadores y académicos en torno a escritores fundamentales para la cultura hispanoamericana, con los cuales se actualizan las obras de dichos autores y se ofrecen ideas inteligentes y novedosas para su interpretación y lectura.
Los derechos exclusivos de la edición quedan reservados para todos los países de habla hispana.
Prohibida la reproducción parcial o total, por cualquier medio conocido o por conocerse, sin el consentimiento por escrito de los legítimos titulares de los derechos.
Primera edición impresa, junio de 2021
Edición ePub: febrero 2022
D. R. © 2021
Bonilla Distribución y Edición, S.A. de C.V.,
Hermenegildo Galeana 111
Barrio del Niño Jesús, Tlalpan, 14080
Ciudad de México
editorial@bonillaartigaseditores.com.mx
www.bonillaartigaseditores.com
D. R.© 2021 Emilio Uranga
ISBN: 978-607-8781-48-5 (Bonilla Distribución y Edición)
ISBN: 978-607-8781-49-2 (Epub)
Cuidado de la edición: Bonilla Artigas Editores
Maquetación: Maria L. Pons
Diseño forros:
D.C.G
. Jocelyn G. Medina
Realización ePub: javierelo
Hecho en México
Contenido
Introducción.
Emilio Uranga y Ramón López Velarde: una suave conjunción de existencias
José Manuel Cuéllar Moreno
La exquisita dolencia.
Carácter y ser del mexicano en la poesía de Ramón López Velarde
Devoción a la Provincia
¿López Mateos contra López Velarde?
Ramón López Velarde y la política
Arturo Arnáiz y Freg y Ramón López Velarde
Vivir como hombres
La mujer, el mundo y la patriaen la poesía de López Velarde
El mar y el petróleo
López Velarde y nuestro México
Sobre el editor y el autor
Introducción.
Emilio Uranga y Ramón López Velarde: una suave conjunción de existencias
José Manuel Cuéllar Moreno
A Mercedes Oteyza
La expectación de la hora ingrata
Ramón López Velarde se nos aparece, hoy en día, nimbado por un incuestionable prestigio de poeta del alma nacional
. También se nos aparece como una antigualla: el poeta de un catolicismo criollo ya extinto o el cantor nostálgico de la provincia. A pesar de las transformaciones que ha padecido el país en estos últimos cien años, los veneros de López Velarde siguen destilando su savia poética. Prueba fehaciente es el tupido bosque de bibliografía que crece a su alrededor año tras año. El poeta de Jerez ha sido víctima del encarnizamiento erudito. Para bien y para mal. Sabemos con puntillosa exactitud cuándo, cómo y dónde comenzó a publicar, qué alusión secreta se agazapa detrás de tal o cual metáfora; en qué calle, en qué número habitaba su amada imposible, su amada difunta, su amada alteña, su amada pianista… Para angustia de los estudiosos, largas sombras de misterio todavía se ciernen sobre la vida de López Velarde. ¿Qué pasó con las cartas que escribió a sus (por lo menos cuatro o cinco) mujeres? ¿Fueron echadas al fuego en un acceso de cólera o de pudor? ¿Guardan un sueño desapacible y polvoso en algún closet? ¿Qué hizo López Velarde inmediatamente después de la Decena Trágica? ¿Regresó a su casa, en Zacatecas, a prestar auxilio a la familia en medio de los clamores revolucionarios? ¿De qué trabajó en la Secretaría de Gobernación? ¿Dónde está, si es que alguna vez existió, su poema Rigoletto
? ¿Cuál es la grafía correcta: Suave Patria, La suave Patria o La suave patria
? Ésta y otras preguntas han sido elevadas a enigmas de la literatura nacional.
Llama la atención la ausencia, en esta cacofonía, de la voz de Emilio Uranga, un personaje de inteligencia osada y aguda
, relegado en la actualidad al desván de lo curioso y de lo pasado de moda. Octavio Paz fue de los primeros en lamentar este ostracismo en noviembre de 1988 (es decir, pocos días después del fallecimiento de Uranga). En él hay algunas páginas notables sobre López Velarde y aquella imagen del poeta jerezano sobre ‘la viuda oscilante del trapecio’, emblema para Uranga del ser del mexicano. Es sorprendente que este año en que se ha celebrado el centenario del nacimiento de López Velarde ninguno de nuestros críticos haya recordado esas páginas penetrantes. Y esto me lleva a señalar algo que, creo, no se ha dicho: Uranga fue un excelente crítico literario. Lástima que haya escrito tan poco. Hubiera podido ser el gran crítico de nuestras letras: tenía gusto, cultura, penetración. Tal vez le faltaba otra cualidad indispensable: simpatía […] Es necesario recoger sus escritos. Son parte de la cultura contemporánea de México
.¹
Quizá convenga preguntarnos ya no sólo quién era, sino cómo era Emilio Uranga: un temperamento cáustico y mordaz, una inteligencia luciferina, una acusada inclinación por la discusión sabrosa (es decir, por la discusión acalorada), una labia que hechizaba y mantenía cautivos a sus oyentes. Las fotos de todas las épocas exhiben su sonrisa triunfante y maliciosa. Detrás de sus anteojos de gruesa montura, sus ojos chisporrotean con la lucidez y con la dignidad del sufrimiento
. Tenía una mirada de rayo láser. Gracias a sus inmersiones periódicas en el psicoanálisis de Freud, sabía palpar las fibras sensibles. Disponía de un arsenal de palabras como saetas envenenadas. Leía con voracidad y entre líneas a Goethe, Proust, Mann: los tres lo acompañaron desde la mocedad hasta la vejez, sin interrupciones. Como muchos otros miembros de su generación, Emilio Uranga inició su formación filosófica en las sofocantes nieblas germanas de Kant, Hegel, Husserl, Scheler y Heidegger. Con el concurso de la fenomenología aprendió a observar, exhaustiva y concienzudamente, los objetos y los caracteres. Aprendió a analizar. Y aprendió que debajo de esta frágil pátina que llamamos cotidianidad
palpita un amasijo de infinitas posibilidades aguardando el momento propicio para brincar a la luz. Está en las manos de cada uno empuñar libremente estas posibilidades huidizas.
Uranga no soportaba la inautenticidad. Muchos de sus pleitos y sus polémicas (con Juan José Arreola, con Cosío Villegas, con Carlos Fuentes, con el propio Octavio Paz) bien pueden ser entendidas como un ansia irrefrenable de desenmascarar, a lo Nietzsche. Su estrategia predilecta: el cinismo, la inversión de los valores. Había que andarse con cuidado en las inmediaciones de Uranga. Nadie sabía en qué instante de endiablada inspiración iba a descolgar el teléfono o a redactar un artículo atrabiliario para echar de cabeza al que hasta ayer había sido su amigo. La frontera entre amigos y enemigos siempre le resultó movediza y hasta extraña. Al lado del Chamán de la Selva Negra, en su estantería, se hallaba Ortega y Gasset. Allí, en el historicismo de Ortega, está otra clave para descifrar a Emilio Uranga. La Verdad, para esta corriente filosófica, no es Una ni Eterna ni ronda por el firmamento en espera de su descubridor genial. Las verdades, con minúscula, son concretas, están encarnadas y cumplen una función viva e histórica. Ligan a una persona de carne y hueso con las circunstancias en que está irremediablemente inscrita. Las verdades prosperan, tienen su momento de vigencia y de utilidad, su razón de ser en la historia. Después fenecen, se tornan incomprensibles, se calcarizan, estorban a la nueva generación, que libra ya sus propias y novedosas batallas y que anda en busca impaciente de soluciones a su justa medida.
Emilio Uranga asimiló la lección mejor que nadie: lo que hoy parece crucial y obvio termina por disiparse y por agotar su relevancia. Esto ocurre con las ideas, con las corrientes filosóficas, con las naciones, y con mayor razón, con los amigos, con los amores y con uno mismo. La inconstancia es la norma.
Este primer retrato de Emilio Uranga no estaría completo sin la influencia decisiva y definitiva de Ramón López Velarde, su poeta de cabecera pero también su autoridad máxima. En su filosofía y en su vida, el poeta de Jerez tuvo siempre la última palabra.
Una suma de nostalgias y arraigos
En junio de 1921, Ramón López Velarde dio su último paseo por la capital, de noche y bajo una cortante llovizna. No podríamos decir que la muerte lo tomó por sorpresa. Algo dentro de él intuía desde hacía tiempo que su adicción por la ciudad-necrópolis lo llevaría a la tumba. Tenía 33 años recién cumplidos. Postrado en el lecho, en su casa de avenida Jalisco 71 (hoy
