Poética del cante jondo
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El cante merecía y aguardaba la llegada de una Poética: aquí está, por fin. Y es espléndida” (Del Prólogo de Félix Grande)
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Poética del cante jondo - José Martínez Hernández
PRÓLOGO
El lector que con este libro comienza su frecuentación de los trabajos sobre el cante flamenco ha sido muy afortunado: tiene en sus manos uno de los pocos estudios radicales que ha producido, en más de un siglo, esta música radical. Hasta el día de hoy, y desde que en 1881 don Antonio Machado y Álvarez, Demófilo, editara su Colección de cantes flamencos, volumen que la mayoría de los estudiosos consideramos el origen de la flamencografía, la nómina de los libros dedicados al cante se cuenta en varios centenares. Muchos de ellos tienen alguna utilidad, pocos son necesarios, y muy pocos han acabado siendo imprescindibles. Poética del cante jondo ha nacido para situarse de una manera fulminante en la familia nada numerosa de los libros indispensables sobre un tema tan frecuentado por la investigación y tan enaltecido por las celebraciones. Poética del cante jondo es un ensayo iluminador e indispensable en la bibliografía flamenca, y ello no sólo por su naturaleza de libro radical (de libro que busca, encuentra, expresa y defiende la turbulencia emocional en donde el cante halla la nutrición de sus raíces); también es indispensable e iluminador por la energía expresiva y la temperatura poética con que ha sido pensado, sentido, vivido y redactado. Escribir del modo en que este libro se presenta al lector no es un suceso fortuito. Esta prosa a la vez reposada y vertiginosa, alimentada juntamente en el ascetismo de la exactitud y en el dispendio de la sensualidad, ni siquiera es posible reuniendo la perseverancia del artesano, la gravedad del conocimiento, el alivio de la precisión y el júbilo de paladear las palabras como lo que son en verdad: criaturas vivas, misteriosas y auténticas; todo esto no es suficiente. La temperatura poética y la energía expresiva requieren, además, para manifestarse la presencia de un don poco frecuente: una toma de posición moral ante el tema al que se entregan la disciplina y la pasión; en este caso, una actitud moral ante el acontecimiento flamenco, que en el presente libro se entrevera, como era inexorable que ocurriese, con una ética ante el suceso trágico y sagrado, exaltado y escandaloso de vivir y morir. Escribir bien (no: admirablemente; es decir, con la sabiduría de reotorgar a las palabras su poder de iluminación) no es un suceso fortuito y no es un hecho lateral o añadido; es, además de un oficio cuyo aprendizaje no se termina nunca, la prueba de un abrazo con los severos mendigos emocionales que constituyen la conciencia moral (la inocencia, la memoria, el sueño de justicia, la cercanía del infortunio) y la evidencia de una complicidad sanguinaria con el esplendor de la fatalidad. No ignoro que estas últimas líneas parecen redactadas para mencionar a la moral del cante jondo, pero lo que pretenden es elogiar el alma del autor de este libro. Porque tampoco es un suceso fortuito el hecho de que haya sido el profesor de filosofía José Martínez Hernández quien ha compuesto esta Poética. El cante y él estaban destinados a encontrarse, trabarse, vivir juntos y repartirse su dolor y robustecerse con él. Son el múltiple dolor del cante jondo y el conocimiento y la reivindicación del dolor que el autor de este libro no ha logrado ocultar con la censura del pudor los dos cimientos que sostienen la edificación de esta Poética y lo que le confiere su personalidad de libro indispensable.
Lo indispensable es exigente, y la moral también. El cante y el autor de esta Poética no desconocen que todo tiene un precio y que los donativos más grandes de la vida tienen un precio caro. Ante la respiración de la piedad y del coraje que dan ritmo a este libro, comprendemos con una claridad conmovida que el placer de recibir la pena vieja y el comunitario consuelo que habitan en el cante nos ha pedido a cambio nuestra propia experiencia de orfandad y de desconsuelo. La reconciliación del hombre con su destino trágico, a través de la música jonda, demanda la contemplación del desamparo y de la angustia. El disfrute del cante requiere los escalofríos de nuestra desnudez: el cante sólo acude a besarnos la frente y a entregarle un pañuelo a nuestra congoja originaria cuando ejercemos la sinceridad de asumir que somos criaturas ateridas. «Los hombres (lo ha escrito Saramago) somos animales inconsolables». Únicamente cuando proclamamos ante los tribunales de nuestra intimidad que para disfrutar de una vida verdadera hemos desvalijado a nuestro desconsuelo originario, tenemos el privilegio de recibir la consolación del flamenco... Y aquí conviene señalar una de las observaciones radicales de que está compuesto este libro: el predominio del grito sobre la belleza melódica en la formación y en la fibra expresiva del cante; el predominio de la garra dionisíaca sobre la caricia apolínea, el predominio de las sendas escarpadas de la pasión sobre las autopistas de la razón, el predominio de la perturbación romántica sobre los sosiegos de la Ilustración y, en fin, el predominio de las perplejidades, los escozores y las humillaciones de la intimidad sobre las certidumbres, las arrogancias y las incompetencias de ese artefacto de gran consumo que llaman objetividad. Si recordamos que el autor de estas páginas deambula por los pasillos de la Ilustración, tendremos una prueba más de su arrojo intelectual. Pero leamos despacio, y a compás, y así comprenderemos que el respeto de nuestro autor a las tinieblas y los barrancos del Romanticismo (y, más allá del Romanticismo, a la cultura jonda) no es un acto de soberbia ni una prueba de altanería; ni mucho menos una refutación de la universidad, la residencia de la Ilustración, que es, junto con su memoria y el flamenco, el abrevadero de levadura sabia con la que dilata su vida: sencillamente, y casi humildemente, es la elección a la que se sabe destinado como fervoroso del cante y como criatura que ya ha asumido haber nacido, como todos los hombres, para durar muy poco entre fogonazos de eternidad rudimentaria, y que le aguardan la fatalidad de la muerte y el indescifrable castigo del olvido. El autor no polemiza con los sosiegos de la fe en el progreso y en la felicidad: se limita a señalar que es la condición humana quien discute con el pensamiento sedante, que es la grasa de placenta de los alimentos terrestres lo que renuncia al beneficio de los alcalinos, y que entre las heridas de la conciencia y las anestesias de la cultura amedrentada, el cante ya ha elegido. Y ha elegido, también, con arrojo; o, dicho con mayor precisión: ha elegido desde su parentesco con la fatalidad.
Es la fatalidad como viga maestra del cante (no sólo una fatalidad circunstancial y momentánea, sino ante todo la fatalidad que le otorga una solemnidad insomne a la estructura de la conciencia del animal humano) lo que ha llevado al autor de esta Poética a retomar la vieja distinción entre cante flamenco y cante jondo. En 1922 Manuel de Falla y Federico García Lorca ya reparaban en las características musicales y en la turbación expresiva que autorizan una y otra definición. Pero ni Falla ni García Lorca argumentaron de forma suficiente este hecho sustancial en el cante, un hecho que sólo señalaron con premura y en un horizonte cultural en el que la bibliografía sobre el arte flamenco era prácticamente inexistente, y aún más inexistentes los estudios interdisciplinares (aunque la genialidad de García Lorca saltó por encima de la penuria bibliográfica de la época y escribió sobre el cante iluminaciones y hasta revelaciones que hoy debemos considerar como fundacionales), ni las tentativas posteriores han logrado ser a este respecto clarividentes y apacibles. Ambas definiciones casi siempre se han presentado vinculadas a peculiaridades étnicas, y a menudo se ofrecen erosionadas con el ácido del racismo, de modo que los estudiosos más afligidos ante un pleito racial que es muy antiguo y no termina nunca (la proporción de elementos gitanos y de elementos payos en la edificación del flamenco), hemos acabado por renunciar a distinguir entre flamenco y jondo y a utilizar casi invariablemente la palabra flamenco, dando por sentado que todos entendemos lo mismo y con el afán de no contribuir al mantenimiento de una contienda indeseable. Y, sin embargo, tras la lectura de esta Poética, comprobamos que la decisión de establecer las diferencias entre cante flamenco y cante jondo es algo más que pertinente, es estéticamente necesaria y ontológicamente obligatoria: lo flamenco es el paisaje, lo jondo es el subsuelo; lo flamenco es la cordillera y lo jondo es el precipicio; lo flamenco es el canto y lo jondo es el alarido; lo flamenco es la suntuosidad de la opulencia y lo jondo es el esplendor de la ruina. En consecuencia, lo flamenco nos enriquece y lo jondo nos da limosna. Para desarrollar una poética, una ética y una patética del cante, y para disponer de un indicador solvente con el que evaluar la deontología del cantaor, señalar estas diferencias es una tarea provechosa que aún no se había efectuado con suficiente claridad, y este libro la lleva a cabo con una argumentación tentacular, una equidad meticulosa, una precisión creadora y una vehemencia exacta. Lo que podríamos resumir diciendo que el autor de este libro siente, piensa y escribe con justicia.
Porque el conjunto de aseveraciones que se ensamblan en este libro hasta hacerle alcanzar la categoría de un alegato en defensa del cante no son sólo opiniones, sino actos de justicia; y no sólo pretenden definirlo, sino reivindicarlo; y no tan sólo en su maravilloso resultado final, sino dirigiendo sobre cada una de las etapas históricas y las características metafísicas y sociales que lo hicieron posible una inteligencia apasionada y un agradecimiento que se desplaza a la velocidad del fervor. Muchos son estos actos de justicia y es justo mencionar algunos de entre los más sobresalientes. El primero que debe reclamar nuestra atención es aquel que señala que esta música formidable, que nos habla de la conciencia trágica del existir humano, ha sido elaborada, de manera conmovedora y exclusiva, desde el fondo del destierro social, en la profundidad del desamparo y el desprecio, y gracias a la genialidad de unas criaturas que en su mayoría no gozaron de más estudios que el de saber firmar con una cruz, pero doctorados cum laude en las asignaturas de la desesperación y del miedo, de la pobreza y de la humillación. Desterrados de la cultura del bienestar y del bienestar de la cultura, habitantes de la intemperie y a unas lágrimas más cerca de la muerte que otros seres humanos, se asomaron al pozo de la pena andaluza, arañaron en la mina de una tradición musical mestiza y prodigiosa, y levantaron un monumento cultural en forma de sonidos originarios y de palabras verdaderas que han alcanzado a sonar con la desgarrada belleza de una novedad milenaria. El cante comenzó a construir sus estructuras musicales a finales del siglo XVIII, pero su capacidad de estremecimiento procede del embrión de la conciencia, de los preliminares del espanto y del origen de la compasión; y sus creadores, un puñado de españoles injuriados por el desdén y propietarios de la necesidad, han brillado y se han fundido como bombillas pobres durante poco más de un siglo, y han sido y son nuestros contemporáneos, pero sus emociones radicales (como las emociones radicales que todos ocultamos en lo oscuro de nuestra intimidad, y que a veces logramos compartir y exteriorizar si no somos demasiado cobardes) vienen desde la soledad del origen del mundo. Y desde la perplejidad de esa soledad primordial, los creadores del cante jondo han logrado ser a la vez los creadores de una bronca y exquisita cultura de la piedad que se convierte en un acontecimiento civilizatorio y, posiblemente, único en la historia de la cultura contemporánea de Occidente.
Esta es otra de las reivindicaciones necesarias que contiene este libro: el cante jondo, además de una música portadora de una sinceridad escalofriante, y precisamente por intervenir en el diálogo cultural con esa sinceridad que en el fondo no es otra cosa que un inmenso coraje para vivir y para morir, es un acontecimiento artístico al que tenemos el deber de llamar por su nombre: una música culta. Pero lo es en el sentido más milenario y menos complaciente de este concepto, muchas veces equívoco: «El cante jondo es culto porque es expresión de una espiritualidad naturalista, de una ética de la autenticidad, y de una experiencia trágica de la vida. [El cante jondo] es culto por su profundidad expresiva, por su complejidad creativa y por su hondo, antiguo y misterioso arraigo en el alma del hombre». Esa capacidad, ese arrojo para habitar no sólo en una circunstancia histórica (y del modo más inhóspito: como exiliados, como parias) sino también en el río tumultuoso de las emociones fundamentales de la conciencia, ese río que se inicia en el origen de la especie y en donde abreva la caravana de las generaciones, hacen que la cultura jonda, y la música y la poesía que la transportan, la interpretan y la contagian, alcance una temperatura casi incendiaria, un ardimiento que enaltece al dolor, la resistencia y la solidaridad originarias de donde procede y que nos invita a reconsiderar la instrumentación con la que solemos examinar las etapas sucesivas de la cultura occidental, la arrogancia con la que cada etapa refuta a las etapas anteriores y se proclama como definitiva, la soberbia con la que barre bajo la alfombra a la energía espiritual y al poderío expresivo de una procesión de iletrados a los que con una astucia temerosa sitúa en un gueto al que llama condescendientemente cultura popular, y el paternalismo insufrible con el que de vez en cuando simula sentar a la mesa de la alta cultura a los fenómenos culturales de origen popular, cuando en realidad los mantiene tras la puerta de la cocina comiéndose un trocito de pan untado en una lágrima. Y es entonces cuando suenan las palabras terribles de una siguiriya compuesta con frases musicales de una hermosura casi aterradora en donde ulula un desamparo embadurnado en una sanguinaria piedad; y escuchamos la siguiriya y sabemos que ella nos escucha a nosotros, y mientras se produce esa proximidad ceremonial notamos que una cultura vieja que viene caminando de rodillas desde hace muchísimo tiempo le da un beso a la sangre que otorga ritmo a nuestro pulso, y allí en el fondo de la siguiriya y de nuestras arterias escuchamos los susurros de una cultura vieja que nos habla de la fatalidad... y es entonces cuando sentimos el alivio de ser por un instante verdaderos, mendigos, consolados y cultos. Sincera y antiguamente cultos. Solemnemente cultos. Y tal vez recordamos entonces que a ese acontecimiento de nuestro ser le llamó García Lorca cultura de la sangre.
Sin asomarnos al abismo a la vez tenebroso y compasivo de la cultura de la sangre no es posible abarcar el cante jondo en toda la extensión de su naturaleza ritual; y de igual modo, sin escuchar con atención las páginas que sobre él escribió García Lorca, no es posible articular una celebración del cante que pueda visitarle «las últimas habitaciones de la sangre», para decirlo con palabras del propio Federico. Y no es fortuito, porque nada importante es fortuito, que el autor de esta Poética dedique un capítulo de su investigación a precisar los fundamentos de la cultura de la sangre, y que dedique otro capítulo a glosar y ampliar las reflexiones de Federico García Lorca sobre ese eje del cante jondo que llamamos el duende. Considero extraordinariamente oportuna la irrupción de un profesor de filosofía (o con más precisión: de un hombre culto que no ignora que su oficio consiste en contemplar y nombrar las consecuencias de la finitud humana sobre el estupor de la conciencia) reflexionando sobre una disciplina tan aparentemente poco universitaria como lo es la asignatura de la cultura de la sangre. Ya hemos visto que las culturas consolidadas y sucesivamente dominantes tienden a ignorar, e incluso a combatir, y por lo general con las armas letales del desprecio, toda concepción del mundo cuyo mensaje radical proponga la destrucción de las anestesias emocionales y el establecimiento del insomnio intelectual. Incluso la conciencia romántica, con ser la más cercana al pasmo trágico y al lenguaje resquebrajado de la cultura jonda, se aparta de ella cuando la ve abrazada a sus propias heridas con una testarudez que parece exigir el nombre de una moral de lo sublime, pero de lo sublime en permanente situación de jadeo, de lo sublime como ejercicio de mendicidad: «El Romanticismo se sirvió también de la idea de lo sublime para definir lo trágico, pero lo sublime no es idéntico a lo jondo, es la exterioridad de lo jondo, es lo jondo visto desde arriba. La categoría romántica de lo sublime presupone una concepción idealista, contemplativa, edificante y reconciliadora de lo trágico, mientras que el cante jondo se alimenta del inconformismo y el desconsuelo, de la sinrazón vivida como fatalidad». Es decir: José Martínez Hernández, al acometer su investigación sobre el cante, sobre la cultura de la sangre, sobre la relación entre el cante y la piedad y entre el cante y la muerte, estaba destinado a celebrar, con la serenidad apasionada y la tranquilidad admonitoria con que está escrito todo el libro, las iluminaciones que sobre el cante nos entregara García Lorca. Es otro de los actos de justicia y de desobediencia que llenan de encanto ético a esta Poética del cante jondo.
¿A quién desobedece el autor al contribuir a situar a García Lorca como el poeta que más nos ha ayudado a leer correctamente, es decir, con el abecedario del abismo, los desfiladeros del cante? A una parte considerable de cuantos escriben sobre el tema. Por extraño que pueda parecer, los aficionados y los estudiosos del cante no somos pocos y mal avenidos, sino que somos muchos y avenidos de forma pésima. Uno de los territorios de nuestros lamentables combates está formado por las páginas que García Lorca escribió sobre el cante jondo. Los flamencógrafos que tenemos a García Lorca como uno de los mejores lectores de la cultura de la sangre somos la minoría. Por si esto no fuese ya motivo de lamentación, hay que agregar que, en líneas generales, casi todos ejercemos la arrogancia de desconocer algunos saberes que nos ayudarían a ser menos precipitados (por ejemplo: deberíamos haber estudiado música: heroicamente no lo hicimos). Y es desde esta suficiencia de la humildad desde donde me quedo perplejo al recordar algunas refutaciones de los textos del poeta granadino, y desde donde soy incapaz de comprender las dimensiones de la autoridad intelectual con la que algunos estudiosos le desdeñan su genio. Ese desdén no ha sido cometido en este libro. En él no se presta atención a las trivialidades, y no se olvida lo esencial... Y así, al recorrer sus páginas, hallamos
