Cuentos sagrados de América: (The Sea-Ringed World Spanish edition)
Por María García Esperón, Amanda Mijangos y David Bowles
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Quince mil años antes de que los Europeos pisarán las Américas, la gente ya se había propagado de punta a punta y de costa a costa. Como todos los humanos, estos Nativos Americanos buscaban comprender su lugar en el universo, la naturaleza de su relación con lo divino, y el origen del mundo en el que habían emergido sus antepasados.
Las respuestas se encuentran en sus historias sagradas.
La autora María García Esperon, la ilustradora Amanda Mijangos, y el traductor David Bowles nos han regalado un tesoro. Sus talentos han tejido esta colección de historias de naciones y culturas en nuestros dos continentes – el Mundo Rodeado del Mar, como lo llamaban los Aztecas – desde la orilla de Argentina hasta lo mas alto de Alaska.
La lista de Em Querido busca presentar los mejores libros traducidos de todo el mundo a una audiencia Estadounidense. Nos sentimos afortunados de traerte este libro en nuestra lista inaugural, con el deseo de que sea una verdadera
María García Esperón
María García Esperón was born in Mexico City and has won many awards including the Hispanic American Poetry Award for Children. Her novel Dido for Aeneas was selected in 2016 on the IBBY Honour List.
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Cuentos sagrados de América - María García Esperón
Abuela Araña
Tradición hopi
Abuela Araña,
querida abuela:
cuéntame el cuento
de las estrellas.
De cómo el búho
y el águila vuelan,
por qué los búfalos
pastan y sueñan.
Abuela Araña,
aquí en la tienda,
tu voz me arrulla,
¡cuéntame, abuela!
Hace mucho tiempo, tanto que es imposible contarlo, un esp í ritu viv í a solo en el espacio infinito. Rodeado de rayos de sol, hecho de pura luz, sent í a tanta energ í a bullir en su interior que tuvo la idea de crear un mundo. Se llamaba Taawa, y de sus manos brotaron las praderas y las cascadas, una tierra inmensa llena de monta ñ as, y en medio de ella un vasto ca ñó n, al fondo del cual corr í a un r í o de aguas cristalinas.
Pero no había nadie en esas tierras tan hermosas. Entonces Taawa tuvo otra idea: crearía una abuela. Y de sus manos surgió Kookyangwso’wuuti: Abuela Araña, que de inmediato se puso a tejer una tela interminable. De esa tela surgió todo lo que le faltaba al mundo creado por Taawa: las nubes, los peces, las aves y los seres humanos.
Sin embargo, las noches eran muy oscuras.
Los seres humanos habitaban ese primer mundo, y Abuela Araña les daba consejos, sin dejar de tejer su tela, a la que continuamente agregaba algún río o un nuevo árbol. Entonces, de las montañas bajó un ser tramposo, de nombre Iisawu o Coyote. También bajó Muy’ingwa, un espíritu muy bueno, creador del maíz.
Los seres humanos vivían felices y trataban a ambos con respeto, pero algo pasó en sus corazones. Se descarrilaron y comenzaron a portarse tan mal que Taawa cruzó los brazos sobre su pecho y se oscureció su penacho de rayos de sol.
Los seres humanos se asustaron, pues el cielo se rompió en pedazos y tembló la tierra. Una lluvia de fuego cayó de las nubes y una cortina de granizo apagó las llamas y sepultó las casas. Los seres humanos lloraron y trataron de ponerse a salvo, pero les fue imposible, pues Taawa se había oscurecido para que el mundo se destruyera, en castigo a la maldad que se había apoderado de ellos.
Abuela Araña, compadecida de quienes habían conservado puros sus corazones y sufrían las calamidades que eran el castigo de los malos, se descolgó en su tela desde las estrellas y condujo a los elegidos hacia el Gran Cañón. Cuando todos estuvieron congregados, un poderoso bambú surgió desde las profundidades de la enorme grieta.
—Hijos míos, el primer mundo se ha acabado —dijo Abuela Araña con voz fuerte—. He tejido un hogar para ustedes, con hermosas praderas y búfalos azules, con cielos resplandecientes y águilas de vuelo majestuoso. Ese mundo los espera, pero tienen que esforzarse para llegar a él. Han de trepar por el tronco del bambú que el Gran Cañón les ha regalado, ayudándose unos a otros, y al cabo de una larga noche llegarán a la tierra que les promete su Abuela Araña.
Así hicieron los seres humanos. Treparon por el bambú y, al final de la larga noche, despertaron en la primera mañana del nuevo mundo. Abuela Araña tomó una red que había hilado y la ató cuidadosamente con gotas de rocío. Con una enorme fuerza la lanzó a la bóveda celeste.
Y en la primera noche del nuevo mundo se encendieron todas las estrellas.
Aztlán Tradición mexica (nahua)Aztlán
Tradición mexica (nahua)
Las garzas blancas como la sal,
el agua clara del manantial,
cielos azules, isla de paz,
¡cómo quisiera volver a Aztlán!
Era una isla de blancura resplandeciente, rodeada por aguas de color turquesa. La frecuentaban las garzas de plumaje blanqu í simo, y el sol se elevaba en su horizonte como un p á jaro de fuego. Llov í an esmeraldas cuando el pr í ncipe poeta entonaba sus cantos, que eran tambi é n flores, y el viaje de los astros en la noche era registrado por los sabios en libros escritos con tinta roja y negra.
Se llamaba Aztlán, lugar de la blancura, según algunos, isla de las garzas, según otros. Parecía eterna, y quizá lo era. En sus pulimentadas calzadas posaban los dioses sus sandalias de oro, sobre sus aguas plácidas surcaban barcas cargadas de flores y productos de la tierra: maíz dorado y dulces calabazas, cacao para preparar la bebida sagrada y chiles de variados colores.
El aire era purísimo, y el cielo, azul. Templado, el ambiente. Equilibrio de norte a sur, serenidad de este a oeste. Aztlán de los ponientes de esplendor rojizo y de la noche verdinegra, de la aurora dormida en las ramas de los árboles y de las cuatrocientas voces del cenzontle.
Parecía eterna, y quizá lo era cuando el dios Huitzilopochtli, el azul colibrí de la izquierda, guerrero solar e incansable, se apareció en majestad ante Mexitli, que era un altivo príncipe y un sacerdote piadoso, mientras este hacía sacrificios en el templo, punzándose los muslos con espinas de maguey para ofrecer sangre preciosa.
—Mexitli, mi espejo —dijo Huitzilopochtli—, es menester que dirijas al pueblo a otro destino. No hay tiempo que perder, sopla el caracol a los cuatro rumbos, haz que suene su voz. Los creadores en el cielo han decretado el final de Aztlán, y debes empezar a dibujar otro principio.
Mucho se afligió Mexitli al escuchar la orden de Huitzilopochtli. Pensamientos encontrados agitaron su ánimo. ¿Aztlán desaparecería? ¿Se hundiría la isla blanca en las aguas de turquesa? No osó preguntarle al dios, pero el azul colibrí podía leer la mente del caudillo, y frunció las cejas.
—Aztlán no se hundirá ni desaparecerá, porque es eterna. Pero dentro de poco nadie podrá verla. Ha cumplido su cometido, el fin para el que la forjaron los creadores. Ahora escucha, Mexitli, espejo mío, y dime, ¿me obedecerás?
El príncipe cayó de rodillas y puso la frente en el suelo ante la majestad de Huitzilopochtli. El dios sonrió satisfecho al contemplar desde sus adentros el valiente corazón de Mexitli.
—Llevarás al pueblo en peregrinación por largo tiempo. Caminarán hacia el sur, y en el camino las mujeres alumbrarán a las criaturas de un mundo que será nuevo. Ahora me ves, pero entonces te será imposible distinguir los contornos de mi cuerpo. Sin embargo, estaré con ustedes, los acompañaré en la peregrinación larga, y a veces podrás ver la huella de mis pies en la arena.
Por fin, Mexitli se atrevió a hablar, sin osar contemplar el rostro de su dios.
—¿Cómo sabremos dónde detenernos? ¿Cómo sabremos dónde fundar ese mundo que será nuevo?
—La señal será muy clara, Mexitli, príncipe y espejo mío. Llegarán a una laguna del color de las turquesas, ojo de la madre de la falda de agua. Un islote en la laguna. En él habrá un nopal, en el que estará posada un águila que sostendrá entre sus garras una serpiente. A muchos les parecerá inhóspito el lugar, e imposible levantar en él, no ya un templo, sino una casa siquiera. Pero tú podrás ver con el ojo de la mente, y ahí fundarás de nuevo Aztlán. A su tiempo acudirán las garzas con su blanco vuelo, y surgirá una ciudad rodeada por círculos de luz, cual pluma de quetzal.
—¿Qué nombre habremos de ponerle? —preguntó el príncipe, casi ebrio de futuro.
—El tuyo, Mexitli, espejo mío. Será tu lugar, tu asiento. México: los cimientos del cielo.
Bacabes Tradición mayaBacabes
Tradición maya
Cuidan el cielo
cuatro pilares,
cuatro colores,
cuatro Bacabes.
Nunca se cansan,
son inmortales,
son curanderos
y hacen rituales.
Antes de que comenzara el tiempo, existi ó un ser llamado Itzamn á . É l era el universo, y en é l todo viv í a: lo blanco y lo negro, lo bueno y lo malo, la mujer y el hombre, la piedra y el agua. Un d í a, Itzamn á vio pasar a una industriosa bordadora, le pareci ó hermosa y la llam ó a su lado. Se llamaba Ix Chebel Yax, portaba un tocado de serpientes, y amaba el color y la belleza. Con un suave pincel, al borde de los d í as hab í a pintado de rojo la tierra que amaba, las hojas de algunos á rboles y la cresta del p á jaro carpintero.
En esos días tan lejanos, el cielo, que estaba formado por trece estratos, crujía y amenazaba con desplomarse sobre las cabezas de los seres.
Itzamná e Ix Chebel Yax, universo y bordadora, ya marido y mujer, se miraron a los ojos, preocupados.
—Esposa mía, nuestro deber como creadores es dotar al mundo de aquello que le va faltando —dijo él.
—¿Lo dices por el cielo? —dijo ella.
—Así es. Tuve un sueño, tal vez premonitorio, en el que vi al cielo derrumbarse sobre la tierra. Es necesario proveer al cielo de soportes. He pensado en algunos árboles, pero ninguno es tan alto como para elevarse desde sus raíces hasta las nubes.
—Déjamelo a mí —dijo Ix Chebel Yax—, que para eso soy industriosa y bordadora. Y, además, tu esposa.
Itzamná se cruzó de brazos e inclinó la cabeza sobre el pecho. Buscó solazarse a la orilla de un cenote, y justo en ese momento un pedazo de cielo cayó a sus pies, turbando su tranquilidad.
Pocos días después, Ix Chebel Yax informó a su majestuoso consorte que habían tenido cuatro hijos. En un solo parto, de una sola vez, pues así eran las cosas en la era de los dioses.
—Se llaman Bacabes —le dijo Ix Chebel Yax a Itzamná—. Cada uno tiene un color diferente, y son los hijos de mi industria y de tu preocupación por el bienestar de los seres. Ellos ya se disponen a sostener el enorme techo del cielo, y estarán por siempre en las cuatro esquinas del mundo. El Bacab rojo, Kantzicnal, será el guardián del Este; el blanco, Saksini, el vigía del Norte; el amarillo, Jobnil, custodiará el Sur, y el negro, Jozanek, el Oeste.
Itzamná regaló a cada uno de los Bacabes una enorme ceiba para que se apoyaran en caso de cansancio. Pero no fue necesario, pues habían heredado la diligencia e industria de su madre bordadora. Nunca se cansaban, aunque sus músculos estuvieran tensos y su mirada fija, sin parpadear, para cumplir el cometido de sostener el cielo.
Al principio, los Bacabes eran visibles para los seres humanos, pues los hombres y las mujeres se hallaban preocupados por entender el mundo, siempre necesitados de cura para su hambre y su sed, su preocupación y su enfermedad. Los hombres y las mujeres de los primeros tiempos les pedían cooperación y consejo a los Bacabes, y estos contestaban de buen grado, sin dejar de sostener el cielo. Sonreían dulcemente cuando revelaban con qué planta o raíz podían sanar alguna dolencia.
Con los años y los siglos, los Bacabes se cubrieron de follaje y tierra, de nubes y tolvaneras, y ya no se les distinguió el rostro bello. Sin embargo, sus enseñanzas se convirtieron en rituales, y sus palabras de curación y consuelo fueron grabadas en piedra en la hermosa escritura que inventó el padre Itzamná, que también era el universo.
Bochica
Tradición muisca
Con tu cayado,
con tu bastón,
sabio Bochica
vuelas al sol.
Dinos tan solo
si volverás,
si un día a Colombia
regresarás.
Del oriente lleg ó un extranjero a las tierras de Bacat á . Era un hombre completamente diferente a los dem á s muiscas, que ignoraban en aquellos tiempos lejanos c ó mo cultivar la tierra, hacer tejidos y modelar la arcilla: Viv í an como pod í an, solo para sobrevivir. Cazaban animales a pedradas y com í an sus carnes crudas. Se cubr í an con pieles sin curtir. Hablaban, si es que eso era hablar, con gru ñ idos y se ñ as. Tra í an las u ñ as sucias, y muy pocos alcanzaban la edad madura, pues las enfermedades cobraban muchas vidas. Viv í an en cavernas, y sus noches eran muy oscuras, pues transcurr í an sin luz y sin palabra.
Hasta que llegó Bochica. Tenía el cabello del color de la plata y los ojos azules como el cielo sin nubes. Vestía una túnica larga anudada sobre el hombro izquierdo, portaba el bastón del caminante y miraba con una compasión infinita a todos los seres humanos con los que se encontraba. Lo acompañaba una alpaca que murió extenuada al llegar al pueblo de Bosa.
Enseñó a ese pueblo a hablar, a cultivar, a tejer y a cantar. A construir casas para guarecerse, a cocinar sus alimentos y a soñar. Pasó por Pasca y Fontibón, por Zipacón y Tunja, y por dondequiera que caminaba dejaba un legado de belleza y verdad.
Quienes lo siguieron por largo tiempo notaron que cada día había más tristeza en los ojos de Bochica, como si supiera que pronto tendría que dejar atrás las hermosas tierras a las que se había entregado, como si intuyera que sus enseñanzas caerían en el olvido. Sus pasos lo llevaron de vuelta al oriente por el que había llegado, y al arribar a Iza, en Boyacá, desapareció, fundiéndose con la luz o con el viento, y nadie supo más.
Pasaron veinte años, o doscientos, algunos dicen que dos mil. Los muiscas se olvidaron de las enseñanzas de Bochica y ofendieron a los dioses, sobre todo a Chibchachum, que era el protector de la tierra muisca y el guardián de las aguas. Al ensuciarle el rostro, lo agredieron y le faltaron el respeto, y colmaron su paciencia.
Chibchachum reaccionó encolerizado, derramando el poder de sus aguas y desviando los ríos sobre la sabana de Bogotá. Muchos murieron. Por igual se ahogaron los hombres y los animales, y la desolación se apoderó de los muiscas. Y los mejores de entre ellos recordaron a Bochica.
—Es un hombre
