Ernestina, una brujita miedosa
Por Rebeca Mendoza
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Un día, la escoba huyó al bosque encantado y Ernestina tuv
Rebeca Mendoza
María Rebeca Mendoza Romero, nació en Querétaro, Querétaro, el 27 de enero de 1979, es Maestra en Derecho por la Universidad Autónoma de Querétaro. Durante veinte años se ha dedicado al servicio público en Procuración de Justicia. Desde secundaria le ha gustado escribir artículos pequeños, pero su gusto por crear historias infantiles surgió en el 2013 cuando nació su pequeña hija, a quien le fascina contarle nuevas historias, personajes y mundos irreales infantiles, llenos de fantasía, y que ha decidido compartir en este cuento.
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Ernestina, una brujita miedosa - Rebeca Mendoza
Capítulo I
El caldero mágico
Había una vez, en lo más escondido del bosque, una casa vieja; estaba hecha de madera y tenía un techo de paja. Durante el día, la casa permanecía cerrada. Por las noches, se escuchaban voces muy extrañas, bailes, risas y cantos. En algunas ocasiones, se observaban luces de muchos colores dentro de esa casa, a veces parecía que estaba ardiendo en fuego, pero sólo eran las llamas de una gran fogata que se encontraba adentro.
Casi nadie se acercaba a esa parte del bosque. Estaba prohibido llegar hasta allá, y aunque no lo estuviera, todos tenían miedo de ir a ese lugar.
Una noche, mientras el pueblo dormía, encendieron las luces de la casa vieja, se escucharon las risas y los bailes y una canción que decía así:
Llegó la noche.
¡Ay qué alegría!
Saquemos los calderos.
Haremos hechizos.
Busquemos las escobas,
volaremos por el cielo
y cantaremos con alegría.
Llegó la noche.
¡Ay qué alegría!
Saquemos los calderos.
Haremos hechizos.
Busquemos las escobas,
volaremos por el cielo
y cantaremos con alegría.
Así es, en esa casa vivían dos brujas. La mayor de ellas era una mujer alta, vestida totalmente de negro, con la cara pálida y la nariz larga con una verruga. Tenía un sombrero muy grande. Las uñas de sus manos eran larguísimas y las uñas de los pies, esas no eran largas, es más, no tenía uñas en los pies, porque las brujas no tienen dedos en los pies. Su cabello era tan largo que le llegaba casi a los tobillos: esta bruja se llamaba Lola.
La otra, era una bruja un poco más pequeña, no tan alta, más joven que la primera, apenas tenía ciento veinte años. Lola había cumplido ya ciento cincuenta y cinco años. Esta bruja joven tenía un sombrero más corto, terminado en punta. Su cara no era tan pálida, a pesar de que nunca le había dado el sol, pero su piel era clara como la luna, también tenía una verruga en la nariz y se vestía de color negro. Ella se llamaba Cleotilde.
Lola y Cleotilde eran hermanas. Tenían muchos años viviendo en esa casa del bosque. Las dos eran muy buenas haciendo hechizos, también eran fantásticas acróbatas cuando volaban en sus escobas. Todas las noches salían al bosque a dar piruetas y piruetas: era lo que más disfrutaban.
La escoba de Lola, obviamente era una escoba grande, de la misma edad que ella, ciento cincuenta y cinco años; aún volaba muy bien, tenía algunas ramas medias rotas pero era como una amiga para Lola: esta escoba se llamaba Nona. La escoba de Cleo, al igual que ella, tenía ciento veinte años, era más pequeña, tenía el palo retorcido de tantas piruetas que habían dado juntas: esta escoba se llamaba Layla.
Una noche, mientras se encontraban volando e iban rumbo al castillo del Conde Vampiro, Cleotilde le comentó a Lola que quería tener una hija.
–¿Una hija?, pero, ¿qué dices, Cleo?
–Así es, Lola, quisiera tener una pequeña brujita conmigo.
–Vamos, vamos. Deja de pensar esas cosas. No sabes lo que estás diciendo. Vamos rápido al castillo del Conde para saludarlo y regresamos pronto, antes de que salga el sol.
Así, pasaron esa noche visitando a su amigo. De regreso, Cleo le dijo lo mismo a Lola.
–Creo que sería hermoso poder convivir con una pequeña brujita, ¿no lo crees tú?
Lola se quedó pensativa, la verdad era feliz viajando con su hermana en las escobas, pero veía en su cara unas ganas inmensas de tener una hija.
–Luego lo platicamos, Cleo. Vamos a pensarlo muy bien. Hemos estado solas por más de cien años. No sé si tener una hija sea algo bueno ahora.
–Piénsalo, Lola. Hace falta un poco más de alegría en la casa
