La metamorfosis
Por Franz Kafka
4.5/5
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Franz Kafka
Franz Kafka nasceu em Praga, capital do antigo império Austro-Húngaro, em 1883. Formado em Direito, empregou-se numa companhia de seguros, trabalho que afirmava detestar, mas que lhe permitia subsistir e dedicar-se à escrita. Em vida, viu apenas sete livros seus publicados, entre os quais A Metamorfose, em 1915. Em 1917 é-lhe diagnosticada a doença que viria a vitimá-lo em 1924: tuberculose. Kafka legou os direitos autorais da sua obra ao amigo Max Brod, com instruções explícitas para que todos os seus escritos fossem queimados após a sua morte. Max Brod ignorou esta ordem e, entre 1925 e 1935, dá ao prelo a obra completa de Franz Kafka, onde se incluem alguns dos romances e contos mais influentes de toda a literatura do século XX.
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37 clasificaciones4 comentarios
- Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Apr 23, 2023
Realmente llegas a empatizar con la forma monstruosa de Gregorio, el autor te hace imaginar muy detalladamente su nuevo cuerpo lo que termina generando cierta incomodidad y es excelente. Se me hizo bastante triste aunque con un final esperanzador. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Jan 18, 2023
Me encantó porque la lectura es fácil aunque deja reflexiones muy profundas. - Calificación: 3 de 5 estrellas3/5
Jun 18, 2022
Fue una historia corta pero creo que expresa muy bien esos casos en que se pierde el afecto hacia alguien que aprecias cuando su aspecto físico cambia, creo que es algo que debemos modificar. En cuanto a la historia me dejó con la duda de el por qué se transformó... - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Dec 13, 2021
Una perfecta alusion a la naturaleza parasitaria del hombre nefasto.
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La metamorfosis - Franz Kafka
La metamorfosis
EditorialLa metamorfosis (1915)
Franz Kafka
© Editorial Cõ
Leemos Contigo Editorial S.A.S. de C.V.
edicion@editorialco.com
Traducción: Benito Romero
Edición: Octubre 2020
Imagen de portada: Rawpixel
Prohibida la reproducción parcial o total sin la autorización escrita del editor.
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Portada
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La metamorfosis
La metamorfosis
Una mañana, después de un sueño inquieto, Gregorio Samsa se despertó transformado en un feo insecto. Estaba tirado de espaldas sobre un duro caparazón y, al levantar la cabeza, vio su vientre oscuro, marcado por curvadas callosidades, sobre el que colgaba la colcha, que estaba a punto de irse hasta el suelo. Numerosas patas, bastante delgadas en comparación con el grosor normal de sus piernas, se agitaban en el aire.
–¿Qué me ha pasado?
No estaba soñando. Su habitación, una habitación normal, aunque muy pequeña, tenía el aspecto habitual. Sobre la mesa había desparramado un muestrario de paños –Samsa era viajante de comercio–, y de la pared colgaba una estampa recientemente recortada de una revista ilustrada y puesta en un marco dorado. La estampa mostraba a una mujer tocada con un gorro de pieles, envuelta en una estola también de pieles, y que, muy erguida, esgrimía un amplio manguito, asimismo de piel, que ocultaba todo su antebrazo.
Gregorio miró hacia la ventana; estaba nublado, y sobre el cinc del alféizar repiqueteaban las gotas de lluvia, lo que le hizo sentir una gran melancolía.
«Bueno –pensó–; ¿y si siguiese durmiendo un rato y me olvidase de todas estas locuras?» Pero no era posible, pues Gregorio tenía la costumbre de dormir sobre el lado derecho, y su actual estado no le permitía adoptar tal postura. Por más que se esforzara volvía a quedar de espaldas. Intentó en vano esta operación numerosas veces; cerró los ojos para no tener que ver aquella confusa agitación de patas, que no cesó hasta que notó en el costado un dolor leve y punzante, un dolor jamás sentido hasta entonces.
–¡Qué cansada es la profesión que he elegido! –se dijo–. Siempre de viaje. Las preocupaciones son mucho mayores cuando se trabaja fuera, por no hablar de las molestias propias de los viajes: estar pendiente de los enlaces de los trenes; la comida mala, irregular; relaciones que cambian constantemente, que nunca llegan a ser verdaderamente cordiales, y en las que no tienen cabida los sentimientos. ¡Al diablo con todo!
Sintió en el vientre una ligera picazón. Lentamente, se estiró sobre la espalda en dirección a la cabecera de la cama, para poder alzar mejor la cabeza. Vio que el sitio que le picaba estaba cubierto de extraños puntitos blancos. Intentó rascarse con una pata; pero tuvo que retirarla inmediatamente, pues el roce le producía escalofríos.
–Estoy atontado de tanto madrugar –se dijo–. No duermo lo suficiente. Hay viajantes que viven mucho mejor. Cuando a media mañana regreso a la fonda para anotar los pedidos, me los encuentro desayunando cómodamente sentados. Si yo, con el jefe que tengo, hiciese lo mismo, me despedirían en el acto. Lo cual, probablemente sería lo mejor que me podría pasar. Si no fuese por mis padres, ya hace tiempo que me hubiese marchado. Hubiera ido a ver el director y le habría dicho todo lo que pienso. Se caería de la mesa, ésa sobre la que se sienta para, desde aquella altura, hablar a los empleados, que, como es sordo, han de acercársele mucho. Pero todavía no he perdido la esperanza. En cuanto haya reunido la cantidad necesaria para pagarle la deuda de mis padres –unos cinco o seis años todavía–, me va a oír. Bueno; pero, por ahora, lo que tengo que hacer es levantarme, que el tren sale a las cinco. Volvió los ojos hacia el despertador, que tictaqueaba encima del baúl.
–¡Dios mío! –exclamó para sí.
Eran más de las seis y media, y las manecillas seguían avanzando tranquilamente. En realidad, ya eran casi las siete menos cuarto. ¿Es que no había sonado el despertador? Desde la cama se veía que estaba puesto a las cuatro; por tanto, tenía que haber sonado. Pero ¿era posible seguir durmiendo a pesar de aquel sonido que hacía estremecer hasta los muebles? Su sueño no había sido tranquilo. Pero, por eso mismo, debía de haber dormido al final más profundamente. ¿Qué podía hacer ahora? El tren siguiente salía a las siete; para cogerlo tendría que darse muchísima prisa. El muestrario no estaba aún empaquetado, y él mismo no se sentía nada dispuesto. Además, aunque alcanzase el tren, no evitaría reprimenda del amo, pues el mozo del almacén, que había acudido al tren a las cinco, debía de haber dado ya cuenta de su falta. El mozo era un esbirro del dueño, sin dignidad ni consideración. Y si dijese que estaba enfermo, ¿qué pasaría? Pero esto, además de ser muy penoso, despertaría sospechas, pues Gregorio, en los cinco años que llevaba empleado, no había estado nunca enfermo. Vendría el gerente con el médico del Montepío. Se desharía en reproches, delante de los padres, respecto a la holgazanería de Gregorio, y refutaría cualquier objeción con el dictamen del doctor, para quien todos los hombres están siempre sanos y sólo padecen de horror al trabajo. Y la verdad es que, en este caso, su diagnóstico no habría sido del todo infundado. Salvo cierta somnolencia, fuera de lugar después de tan prolongado sueño, Gregorio se sentía francamente bien, además de muy
