Feminismo, Hedonismo, Erotismo en la poesía hispánica contemporánea
Por Nelly E. Santos
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Feminismo, Hedonismo, Erotismo en la poesía hispánica contemporánea - Nelly E. Santos
Las Ideas Feministas DE GERTRUDIS Gómez de Avellaneda
El propósito del presente trabajo consiste en destacar las ideas feministas de la poetisa cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda, perdidas entre los hilos endebles de la comunicación del romanticismo hispánico.
Desde las primeras obras literarias en lengua castellana se nos ofrece una extensa producción sobre el tema de la mujer. Durante el siglo XV, la polémica feminista se hizo más agria y su eco llegó hasta el siglo siguiente donde las ideas del humanismo renacentista permitieron el brote de mujeres destacadísimas como una prueba irrevocable de que la cultura era un patrimonio común de ambos sexos.
Santa Teresa y Sor Juana Inés de la Cruz son gloriosas afirmaciones del feminismo del siglo XVI y XVII. Ellas inauguran el nuevo fenómeno -la defensa de su sexo- que contribuiría a elevar la condición cultural y social de la mujer en los estrechos lazos de la hispanidad. Sor Juana Inés de la Cruz, mujer feminista por excelencia, nos ha legado, con su Carta-Respuesta a Sor Filotea, la carta magna de la emancipación femenina,i mismo tiempo que afirma sus puntos de vista sobre la libertad intelectual de la mujer.
Como un epígono de este nuevo fenómeno socio-cultural aparece el romanticismo que produce una nueva manera de ser, una diferente actitud ante la vida en todos los aspectos. Aunque el romanticismo fue un movimiento genuinamente literario, ejerció una decisiva influencia sobre las demás artes, las costumbres y la política; posiblemente más decisiva que cualquier otro movimiento en cualquier otra época.
Gertrudis Gómez de Avellaneda vivía en España desde 1836. Ya había logrado triunfar como poeta y autora dramática, al mismo tiempo que se sentía ardiente defensora de las ideas de libertad y progreso, haciendo de su vida fehaciente ejemplo. Para exponer las ideas feministas de la poeta cubana y encontrar el alegato abolicionista de su prosa, nos pareció prudente dar al olvido todo razonamiento expuesto por sus personajes novelescos y dramáticos y reducirnos al límite de su estilo periodístico por creerlo el índice de su verdadera personalidad feminista.
De esta manera, la selección de los cuatro artículos publicados bajo la denominación genérica La Mujer
ii no es caprichosa sino que obedece a una razón más importante que nos concierne destacar aquí. Se apoya, principalmente, en que éstos surgieron de la tan belicosa confrontación con los académicos españoles al rechazar, por cuestiones de sexo,
el nombramiento de Gertrudis como miembro de la Academia Española. En efecto, como ha indicado Cotarelo,iii la selección mencionada es de poquísimo valor estético, aunque de un valor histórico incuestionable para el tema que perseguimos.
En enero de 1853 falleció don Juan Nicasio Gallego, amigo y mentor de Gertrudis, individuo de número de la Real Academia Española a quien la poeta aspiraba a suceder. Gertrudis anhelaba con vehemencia el nombramiento, aunque a veces fingía hacerlo por razones de amistad y lealtad. Su carta del 3 de enero del mismo año (1853) debe servirnos como una radiografía sentimental. En ella expresa un argumento decisivo:
(La Academia) ... no podrá menos que desear que alcance alguna honrosa distinción la pobre mujer poeta, que se ve privada por su sexo a aspirar a ninguna de las gracias que están alcanzando del gobierno sus compañeros literarios, no cediendo a ninguno en laboriosidad y en amor a las letras, y que hallará justo y debido y honroso para la Academia al compensarme en cierto modo, mostrando que no es en España un anatema el ser mujer de alguna instrucción; que el sexo no priva del justo galardón al legítimo merecimiento.iv
Si tomamos la cita anterior como un inocente desahogo de vanidad, no estaríamos haciendo justicia a esta mujer superior que, sintiéndose agraviada, no hacía sino reclamar un sitio merecido en la cima de las letras españolas. Hoy podemos leer su argumento como una queja de aquella mujer enorme
que se describió a sí misma como una criatura que . . . consulta más a sus instintos que a su razón.
v Poco después, inmersa en una aureola de fracaso, recibe Gertrudis una carta del Marqués de la Pezuela, que viene a confirmar sus temores:
En mi juicio -le dice-- casi todos valíamos menos que usted; pero, sin embargo, por la cuestión del sexo (y el talento no debe tenerlo), los partidarios de usted sufrimos todos la pena de no contarla a usted, por ahora, entre nuestros académicos.vi
Sólo con lo citado se podría argüir el recalcitrante antifeminismo que animaba a los miembros de la gran institución académica. Con suma razón escribió Gertrudis en 1856:
Soy acaso el único escritor de España que jamás ha alcanzado de ningún Gobierno distinción ni recompenza (sic) grande o chica. Mi sexo ha sido un eterno obstáculo a la buena voluntad que algunos ministros me han manifestado, y mi amor propio herido ha tenido, sin embargo, que aceptar coma buenas las razones que, fundándose siempre en mi falta de barbas, se han servido alegar.vii
La Avellaneda sufrió toda clase de ultrajes literarios; después de la circulación de un romance satírico de Luis Fernández Guerra, intitulado Protesta de una ‘individua’ que solicitó serlo de la Academia Española y fue desairada,
en el bando enemigo era peyorativamente designada con el nombre de Doña Safo.
viii El incidente con la Academia parece haber despertado el latente feminismo combativo que tantas veces su espíritu artístico explorara en heroínas novelescas y dramáticas, al encontrar una fraternal lianza e identificación con las causas abolicionistas que se nutrían en las voces feministas de su siglo en varios continentes. Este incidente sirve también un propósito dual, es la génesis y asunto de sus artículos publicados en La Habana, en 1869, cuando, finalmente, le es posible desplegar sus ideas emancipadoras en un órgano publicitario que funda y dirige, el "Álbum cubano de lo bueno y lo bello" revista quincenal de moral, literatura y bellas artes y modas, dedicada al bello sexo.ix
Cuando se hubiera creído ya olvidado el disgusto de su madurez, lanzó al aire toda la amargura acallada durante los años; se expresó sobre la cuestión con tanta violencia polémica, atacando con tan dura ironía y feroz sarcasmo el antifeminismo de los académicos que, a su lectura, no es necesario insistir en el valor histórico que estos artículos guardan para el estudio evolutivo de las ideas feministas de Gertrudis Gómez de Avellaneda.
Al leer el primer artículo, de los cuatro que forman la serie mencionada, nos damos cuenta que la poeta conocía muy bien el desarrollo histórico de la controversia de las mujeres y que tenía plena conciencia de la posición emancipadora que habría de tomar la mujer de su siglo. Sin embargo, decir que Gertrudis era la continuación de aquel movimiento socio-literario del pasado sería exagerar, como lo sería hoy ver en sus palabras la afirmación al comentario de Cotarelo de que el último artículo de esta serie era donde habría la autora de desfogar sus iras contra el ‘sexo dominador.’
x
En más de una ocasión se ha. comparado la obra de Gertrudis con la de Sor Juana,xi sin embargo, en lo que no se había insistido es en el paralelo evidente que arroja la lectura de su artículo tercero de esta serie, en donde se analiza a la mujer respecto a su capacidad para el gobierno de los pueblos y la administración de los intereses públicos,
con la Carta-Respuesta a Sor Filotea,
de Sor Juana. Ambos escritos esencializan la misma combatividad y enlazan las más puras actitudes feministas de las dos mujeres poetas.
En sus escritos, ellas muestran a la mujer con una gran capacidad y aptitud para la administración del Estado y de los grandes intereses públicos, recurriendo a la Historia para apuntalar sus afirmaciones. Sor Juana y Gertrudis admiten que, aunque la mujer está dotada de muchas facultades, está mal educada y dirigida. Así lo exclama Gertrudis, en un raudo vuelo de entusiasmo:
. . . y no olvidéis que las mujeres en ningún país del mundo somos educadas para sufrir fatigas, afrontar peligros, defender intereses públicos y conquistar laureles cívicos.xii
Si el tratamiento esencial del tema las une, la calidad estética las separa. Como ya hemos anotado, no pretendemos afirmar que, con los artículos de la poeta cubana, ofrecemos al público una obra maestra desatendida; éstos sirven el propósito de nuestro trabajo, el de justificar la incorporación de su voz a una de las grandes preocupaciones de nuestro tiempo.
Como conclusión a ese largo desfile de heroínas, mártires y gobernantes ejemplares, la Avellaneda escribe, en su último artículo, sobre la capacidad científica, artística y literaria de la mujer. Y aquí nos habla Gertrudis por la boca de la herida.
El asunto produce una catarsis en su ánimo, pierde la contención y se entrega a los embates desencadenados de su temperamento.
De la capacidad científica de la mujer, anota:
Sería absurdo pretender hallar gran número de celebridades científicas en esa mitad de la especie racional, para la que están cerradas todas las puertas de los graves institutos, reputándose hasta de ridícula la aspiración de su alma a los estudios profundos. La capacidad de la mujer para la ciencia no es admitida a prueba por los que soberanamente deciden su negación, y causa sumo asombro que -aún, así y todo- no falten ejemplos gloriosos de perseverantes talentos femeninos. . .xiii
Nótese el tono irónico. que ofrece Gertrudis en este pasaje; el mismo que parece trasminar la esencia de las famosas redondillas de Sor Juana, Queredlas cual las hacéis, / Hacedlas cual las buscáis.
La tentativa feminista de estos artículos culmina en la agudización de su propio recuerdo. El rechazo de sus aspiraciones a pertenecer a la Real Academia Española nos alcanza una vez más en las líneas formidables de su prosa, cuando ridiculiza los excesos antifeministas de los ilustres miembros de dicha institución, diciendo:
. . . no se crea tampoco que data de muchos siglos su aceptación en el campo literario y artístico . . . ese terreno le ha sido disputado palmo a palmo por el exclusivismo varonil, y aún hoy día se la mira en él como intrusa y usurpadora, tratándosela, en consecuencia, con cierta ojeriza y desconfianza, que se echa de ver en el alejamiento que se la mantiene de las academias barbudas . . . esas ilustres corporaciones de gentes de letras, cuyo primero y más importante título es el de ‘tener barbas’."xiv
Vemos cómo, en este último artículo, la defensa de la mujer ha degenerado en contienda en que, más que la afirmación o negación de las buenas cualidades femeninas, se ventila la primacía de un orgullo personal herido que esgrime el dardo de un feminismo exaltado. Y continúa:
Como desgraciadamente la mayor potencia intelectual no alcanza a hacer brotar en las partes inferiores del rostro humano esa exuberancia animal que requiere el filo de la navaja, ella ha venido a ser la única insuperable distinción de los literatos varones, quienes -viéndose despojados cada día de otras prerrogativas que reputaban exclusivas se aferran a aquella con todas las fuerzas de su ‘sexo fuerte’. Cabe observar aquí que la Avellaneda habla con una gran sinceridad sobre un suceso polemístico, sin darle una perspectiva ajena a toda su intervención personal. Al desplegar una crítica acerba y sin riesgo de censuras declara, asimismo, que nunca, codiciosa de bienes personales, ha vendido su integridad y su verdad artística.
Gertrudis por otra parte, con su perspectiva doble de mujer y de artista, disfrutó de un punto de vista extraordinario para observar y juzgar los problemas feministas de su siglo.
¿Qué aporta Gertrudis al feminismo como movimiento renovador?
Descontando el antecedente personal que mueve a la Avellaneda a escribir los artículos, podemos anotar que la recreación del tema feminista equivale a esa complacencia en la expresión de los sentimientos que caracteriza a nuestros románticos, y que poco a poco ha de convertirse en un rasgo peculiar en la obra de nuestras escritoras.
Por otra parte, es interesante notar que el tema que hemos visto expuesto en sus artículos escapa la obra lírica de Gertrudis, pudiéndose afirmar, sin gran especulación, que la Avellaneda lo consideraba fuera de los lindes de la poesía ya que, la temática de una literatura activa, o del romanticismo social, era considerada asunto de la prosa. De esta manera, Gertrudis no escapa de estas convenciones y, ciñéndose al viejo cuño de la poesía, no intenta desordenar los límites de los géneros literarios.
La mejor aportación de la poeta, entonces, se reduce al campo histórico ya que los artículos tratados reflejan, sin duda alguna, el clima ideológico de su autora, al mismo tiempo que constituyen un documento fehaciente de un interesante
