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Corín Tellado
Corín Tellado (1927-2009) nació en un pequeño pueblo pesquero de Asturias, pero vivió la mayor parte de su vida en Cádiz. Publicó su primera novela a los diecisiete años, y en su larga carrera escribió más de cinco mil obras.
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Mi encrucijada - Corín Tellado
CAPITULO PRIMERO
No sé qué día me percaté de mi confusión.
¡Qué importa!
Fue un día, en ese minuto que tenemos reservado aunque no queramos.
Ese segundo indefinible que aparece, te ves, te miras, ves a los demás… te confundes con el propio confusionismo.
No amaba a mi novio.
Y sé también por qué no le amaba.
Pero no quiero ir por un camino retorcido falto de lógica y coordinación.
Iré por orden.
Me llamo Mirta Ruiz. Un apellido muy «aristocrático», ¿verdad?
No, ya lo sé.
Pero el nombre no hace a la persona.
La persona es la que hace el nombre.
Vivo en Vallecas.
En una casa vieja de cuatro pisos, perdida en un barrio lleno de barrizales.
Mi padre es obrero.
El clásico Botejara, dependiente de una época confusa y conflictiva que no vamos a mencionar.
Mi madre es la segunda Botejara de la familia.
Y no digo Botejara porque sea un nombre concreto ni pertenezca a una familia concreta, sino porque marcó una época muy concreta, eso es verdad, y que formó un país entero.
Tampoco el hecho de que eso haya ocurrido tiene nada que ver con mi relato.
Yo escribo esto porque me sale de dentro.
Diría de mis narices, pero no es así.
Sale de mi cerebro en un grito agónico de rebeldía, de protesta, de denuncia.
¿Hacia quién?
¡Hacia qué?
No lo sé, ni quiero.
He descubierto, eso es verdad, que no quiero a mi novio.
Se llama Manuel Tirado y es estudiante de cuarto de informática y trabaja ya.
Por lo menos ha tenido la suerte de encontrar trabajo cursando a la vez su propia carrera.
Pero eso tampoco viene al caso.
Yo estudio también.
Fui buena estudiante en el colegio nacional donde cursé, en Vallecas, mis primeros pinitos como ser humano integrado a una sociedad donde podía el poderoso, y el pequeñito se quedaba rezagado.
No por saber menos, por no poseer dinero para continuar.
La profesora, debo decirlo y aquí queda dicho, fue una gran señora, una orientadora para mí y alentadora de mi íntima ansiedad de superación.
«Puedes hacer carrera superior.»
Aquello me quedó clavado en la mente.
¡Carrera superior!
¿Cómo?
¿Con qué?
Mis padres eran buenos. Nunca podré decir que fuesen malos. No eran cultos, pero quizá fuesen listos.
Y cuando dije que deseaba continuar estudios superiores, me miraron sorprendidos.
Quizá pensaban explotarme.
Pero no, no era eso.
Se veían impotentes.
Carecían de medios. Mi padre ganaba lo justo para vivir. Mi madre le ayudaba limpiando oficinas…
El panorama, pues, queda bien claro aquí, no resultaba alentador.
Pero la profesora fue a hablar con mis padres.
No sé lo que les dijo.
Lo suficiente para que ellos, buenas gentes al fin y al cabo, entendieran que no estaban obligados a darme más de lo que podían, pero sí si yo misma me ayudaba.
Tampoco eso era tan fácil.
Pero la profesora se empeñó y me enseñó el camino.
No me lo dijo ella, así fue de discreta. Me lo dijeron mis padres.
—Parece ser que doña Engracia te buscó un empleo.
Me quedé asombrada.
Una cosa descubría.
Mis padres aceptaban.
Y yo tenía que hacer todo lo demás.
¿Qué carrera elegir?
¿Y cuál era el empleo?
Mi destino estaba allí, pero yo aún lo ignoraba.
No conocía entonces a Manuel.
Es decir, sí le veía por el barrio, pero no tenía relaciones con él, aunque dada mi experiencia de niña callejera sin historia, sabía ya que le gustaba.
Me miraba demasiado.
Para mí, en aquel momento Manuel era deslumbrador.
El hijo del tendero del· barrio.
¡Casi nada!
Después conocí otro mundo.
Pero volvamos a la iniciación de todo.
—¿Un empleo? —balbucí casi desmayada—. ¿Y puedo estudiar al mismo tiempo?
—Es que nosotros no podemos pagarte nada, pero si lo ganas tú… nosotros te mantenemos…
Me moría por los libros.
Por aprenderlo todo.
Por leer.
Cuando no tenía un libro leía periódicos.
Todo me causaba un interés especial y hasta específico.
Y siendo ya bachiller superior a los dieciséis años… me sentía más segura y protegida.
Hice el COU… Porque soy joven.
¿Cuántos años tengo ahora?
Pocos. O muchos de experiencia.
Pero en aquel entonces tenía diecisiete y hecha la selectividad.
Fue cuando Manuel empezó a meterse por nuestra pandilla del barrio.
Cuando yo empecé a presumir.
A sentirme adolescente con visos de mujer.
Pero aún no debo de tocar este punto.
Quedan otros anteriores…
Y los relataré tal cual…
II
—Es de enfermera —me especificó mi padre— en una clínica particular donde trabajan dos urólogos. ¿Se dice así, Engra?
Mamá asintió con la cabeza.
—¿Y qué ganaré, papá?
—No sé. Tendrás que ir a verlos. Son dos jóvenes que empiezan. Uno casado y el otro soltero.
Fui.
No sabía aún qué carrera iba a elegir. Pero sí sabía que iba a estudiar. Ir a la Universidad.
Mi sueño.
Mi trauma más acelerado.
Aquella tarde me personé en la clínica.
Me recibió uno de los médicos llamado Eugenio Latorre. Un tipo alto, fuerte, guapísimo.
A mí me lo pareció.
Me impresionó, sí…
Yo procedente de un barrio, verme en el. centro de Madrid en aquella clínica brillante, blanca, preciosa.
Reconozco que entonces yo era una chica delgada, escuchimizada, mal vestida, de cabellos rubios lacios, mal peinados, ojos verdes sin expresión madura e indefinida. En una palabra, la pobre chica de barrio sin experiencia, deseando saber, ser universitaria, entender a los demás…
Iba a ganar dinero por abrir y cerrar puertas, vestir bata blanca y tener unas horas determinadas para tal labor, que serán siempre, según mi jefe, de las cinco a las nueve.
Lo justo.
Así podía ganar para los libros y la matrícula.
Y podría asistir a la Universidad en las mañanas.
Distraído, monótono, con ese carisma del hombre bien situado, elegante, profesional me dijo un sueldo…
Yo nunca había visto tanto dinero junto.
Hoy pienso que era poco.
Que se aprovechaban de mí. Pero entonces…
¡Qué iba a saber yo!
Acepté, claro, y
